No soy más tonta porque no quiero Capítulo 1
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No soy más tonta porque no quiero

No soy más tonta porque no quiero

Por Martina Leiva

© inepub.com

Capítulo 1

Silvia

Mi historia empezó cuando prácticamente era una niña.

Tenía dieciséis años y, aunque era de Granada, pasábamos los veranos enteros en Marbella.

Mis abuelos tenían una pequeña casita allí, rodeada de terrenos y, cuando mis primos y yo éramos pequeños, recibió una oferta tan tentadora que no pudieron rechazarla.

Nono y Angelita, mis abuelos, decidieron vender casi la totalidad del terreno a cambio de que ampliaran su casa y les construyeran una piscina en la parte de la parcela con la que ellos se quedaron, para que pudiéramos disfrutar durante todo el verano.

Y así fue, no solo le ampliaron la casa, sino que la construyeron entera nueva, con la piscina que ellos habían solicitado y un acceso directo a la playa que teníamos cerca, para que no tuviéramos que dar toda la vuelta a la urbanización que había construido en los terrenos de mi abuelo.

Esa mañana acabábamos de llegar a Marbella. Era el veinticinco de junio y nos esperaba todo el verano por delante, para disfrutar, descansar y vivir numerosas situaciones con mis abuelos, que, pese a la edad que tenían, eran los primeros en apuntarse a lo que les sugirieran sus nietos.

Pero espera… ¡Qué cabeza la mía! Estoy aquí contando mi historia y todavía no me he presentado.

Mi nombre es Silvia y actualmente tengo veinticinco años.

Soy gestora en un banco internacional y, desde que terminé la carrera, vivo en Marbella.

Y ahora, sí, ya os puedo seguir contando mi historia de…

¿amor? Bueno, eso lo tendréis que decidir vosotros cuando lleguéis al final.

Como os iba contando, esa mañana habíamos llegado a Marbella y estaba organizando mis cosas en la habitación que compartía con mi prima María.

A pesar de que la casa era grande, nosotras preferíamos compartirla, ya que de este modo podíamos quedarnos charlando por la noche hasta las tantas de la madrugada sin molestar a nadie.

Nosotros éramos cinco primos. El mayor era Antonio, que tenía dos años más que María y yo, que nos llevábamos meses.

Era el hermano de María y ambos eran hijos del hermano de mi padre.

A nosotros nos seguían Andrés y Rocío, mellizos, dos años más pequeños e hijos de la hermana de mi padre.

Y, por último, estaba yo, que era hija única.

Habíamos terminado de organizar todo y todavía nos quedaba mucho día por delante, pues tan solo eran las doce y media. Ese primer fin de semana en que acudíamos a Marbella, venían todos nuestros padres, entre otras cosas, para leernos bien la cartilla, como se suele decir.

Lo que nuestros padres no sabían era que, en cuanto que ellos salían por la puerta, mis abuelos cambiaban por completo y nos daban manga ancha, dentro de unos límites, por supuesto. No os vayáis a pensar que aquello era Sodoma y Gomorra y que hacíamos lo que nos daba la gana.

Nos habíamos sentado en la cama para descansar, pues en nuestras maletas parecía que llevábamos la ropa para pasar dos años enteros en aquella casa. Mi prima me miró y no dudé en preguntarle por los planes que teníamos para la jornada.

—¿Qué vamos a hacer hoy?

—Cualquier cosa menos quedarnos en la casa, o no nos quitaremos de encima a los enanos en todo el día.

—Pobrecillos, María, entiende que ellos tan solo quieren disfrutar, lo mismo que nosotros.

—Ya, pero luego, en cuanto que hablan con sus padres, les largan todo lo que hemos hecho, como el año pasado, cuando le dijeron que nos habíamos tomado una cerveza en la playa.

—Eso es cierto, que no veas la bronca que me echó mi madre aquel día.

—Bueno, vamos a bajar y vemos si nos podemos escapar. Eso sí, antes, vamos a ponernos los bikinis, por si decidimos irnos a la playa.

—Tendremos que preparar también la bolsa, ¿no?

—Venga, chica, no me seas tiquismiquis.

María, además de mi prima, era mi mejor amiga desde siempre. Íbamos juntas al colegio de pequeñas y, cuando terminamos la primaria, las dos entramos en el mismo instituto, y así seguiría hasta que acabáramos nuestros estudios.

En Granada, mis padres y mis tíos decidieron comprarse un edificio de dos plantas y lo reformaron, de tal manera que hicieron dos pisos duples, enormes, uno para cada uno, así que también éramos vecinas.

No os vayáis a pensar que eran ricos, ni mucho menos, que ambos eran dos trabajadores normales.

En el caso de mi padre, era director de un banco, mientras que mi madre era enfermera.

Mis tíos, ambos, eran abogados y tenían un despacho propio.

El dinero que emplearon para eso era el que mis abuelos habían repartido entre sus tres hijos, procedente de la venta de los terrenos.

Bajamos al jardín, donde nuestros primos pequeños estaban en la piscina, junto con otros dos chicos que no conocíamos.

Según nos dijo mi abuelo, que era el que estaba allí, eran los hijos de uno de los vecinos, que no tenían piscina y que habían conocido cuando fueron al supermercado de la urbanización.

—Bueno, abuelo, pues como los niños están entretenidos, nosotras nos vamos a ir a la playa un ratito —le dijo mi prima.

—Claro, como que no teníais pensado iros de todas maneras —contestó mi abuelo, negando con la cabeza

—Pero… ¿y lo bien que ha quedado, abuelo?

—Ni que lo digas, habéis quedado estupendamente las dos. Anda, tirad, antes de que les diga a los cuatro que se marchen con ustedes.

—Quita, quita, ya mismo nos vamos. Y gracias, abuelo, por hablar en plural, que siempre quedo yo como la mala de la película.

Mi abuelo soltó una carcajada que resonó en todo el jardín y que provocó que los niños miraran en nuestra dirección, pero siguieron con lo que estaban haciendo, que no era otra cosa que tirarse desde el bordillo de la piscina al estilo bomba, como hemos hecho todos a esa edad.

Salimos por el acceso directo, a pesar de que ya estaban todos los chalés de la urbanización ocupados.

Habían tardado cinco años en terminar la promoción y venderlos todos; por eso, a la mayoría de los vecinos no los conocíamos, salvo a los que teníamos en la casa de al lado, que habían llegado a la vez que mis abuelos.

—Me encanta esta playa; no está masificada.

—Espera a que todo el mundo empiece a bajar y ya te lo diré.

—Hija, no seas gafe. Lo mismo y se marchan a otra.

—Claro, claro, van a ir a no sé cuántos kilómetros de distancia para que tú te quedes aquí, tranquilita.

Estábamos riendo mientras que colocábamos las toallas en las hamacas de la constructora de la urbanización cuando vimos llegar a unos chicos que no conocíamos de nada. También venían riendo y me llamó la atención la risa de uno de ellos.

No era especialmente guapo, pero tenía algo que transmitía una seguridad que, normalmente, no teníamos las personas de dieciséis o diecisiete años, y eso me gustó mucho.

—Madre mía de mi alma, mira qué guapo es el que lleva las bermudas azules; creo que voy a ir a presentarme…

—Quieta ahí. No vayas a empezar. Si ellos quieren, ya vendrán a presentarse, a saludar o a lo que les dé la gana.

—Hija, qué sosita eres; no parece que lleves los mismos genes que yo…

—Lo que a mí me falta de arrojo, lo tienes tú, multiplicado por mil. Pero al final, siempre acaba pasando lo que yo he vaticinado.

—Uy, uy, qué fina la muchacha…

No le dio tiempo a decir nada más porque solté una carcajada que provocó que los chicos giraran la cabeza hasta donde estábamos nosotras y no dudaron en venir a presentarse.

Poco sabía yo que ese momento tan insignificante, esa risa que soltamos, iba a ser el detonante de un cambio tan grande en mi vida.

Conforme más cerca estaba, más guapo me parecía ese chico, y eso en mí no era algo normal, pues para que alguien me gustara tenía que ser el poseedor de muchas cualidades que, en este caso, no me había dado tiempo a saber si las tenía o no, porque no lo conocía.

—Hola, chicas, ¿podemos sentarnos con vosotros? —Dijo uno de los chicos.

—Claro, las hamacas son para uso de la urbanización; podéis sentaros donde queráis —le contestó mi prima, como la que no había roto un plato en su vida.

—Ya, pero no son las hamacas lo que nos interesa, sino vosotras. Acabamos de llegar y no conocemos a nadie —respondió el chico del bañador azul.

No sabía lo que había hecho con esas palabras; había desatado a la bestia. Por si no os habéis dado cuenta, la bestia era mi prima, que, además, se sintió atraída por ese chico, y a la que esas palabras no le gustaron nada, dejándolo claro en las siguientes palabras que pronunció.

—Vamos, que, si conocierais a alguien, hubierais pasado de nosotras como de comer mierda. ¿No?

—No, mujer, no me has entendido; deja que me explique.