No somos novios (pero ya verás) (Familia Cresswell-Donovan 4) Capítulo 20. Una sorpresa que no esperaba
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Capítulo 20. Una sorpresa que no esperaba

Harper

Se desperezó en la cama y extendió la mano. Leo no estaba. Eran casi las nueve y sabía que a él le gustaba madrugar, seguro que estaba aprovechando para hablar con su familia.

Cogió la toalla y varias cosas y se fue a la ducha.

La noche había sido muy intensa. Después de que él le dijera que la amaba con esa dulzura, se le había revuelto el cuerpo y no en mal sentido.

Era cierto, él podría ser algo… ¿inmaduro?

En algunos aspectos, pero lo aceptaba. Tenía un carácter alegre, algo irónico y desde luego, lo que veía claro es que no iba a seguir en ese plan.

Si él seguía queriendo, se mudaría a su casa y tal vez podrían dejarle el piso a Charlie y Ruby.

Leo había dicho que vivían en un sitio indecente. A ella no le importaba.

Se vistió con un jersey y vaqueros y bajó a desayunar. Leo estaba hablando en un rincón con Charlie y Mack y parecían estar conspirando. Charlie le dio un toque al verla y él se giró con una sonrisa. Ella levantó una ceja.

—¿Un café? Charlie ha hecho tortitas.

—¡Qué bien! ¿Dónde están los demás?

Los tres se encogieron de hombros a la vez. Eso era sospechoso. Mack carraspeó.

—Creo que andan preparando mi fiesta sorpresa. Ruby y Lori han ido al supermercado con Margot y Sophie. Richard está por el jardín con Jacob y Bella.

—Entonces, todos controlados —dijo Leo y se sentó con ella con una sonrisa amplia. Mack y Charlie se quedaron quietos, confusos.

—¿Me vas a decir qué pasa? Y no me mientas.

—Joder, Harper, déjame darte una sorpresa. A las once lo sabrás todo. Y no es nada malo, ya lo verás.

Charlie y Mack se fueron por la puerta con un rápido hasta luego. Ella lo miró y Leo se encogió de hombros.

—Se les ha olvidado comprar algo para la fiesta. ¿Damos un paseo por la playa?

—¿No veré tu sorpresa?

—No, está en el jardín de atrás. Vamos, ten paciencia.

—A veces eres como un niño pequeño —dijo ella viéndolo tan sonriente.

—Lo sé y por eso me quieres.

Salieron de la mano caminando por la playa.

A pocos metros, se paró en una valla, mirando una casa a la que le hacía falta una mano de pintura.

Era preciosa. Sus tablas color azul desvaído acababan en un tejado blanco a dos aguas, con chimenea.

Tenía un pequeño jardín alrededor, con más hierbajos que flores.

Dieron la vuelta, de la mano y le mostró una zona arbolada, donde había un columpio.

—Es preciosa, Leo. Pero…

—Es nuestra, Harper. La he comprado para cuando vengamos a Los Hamptons, así podremos hacer todo el ruido que queramos. Es una casita de playa con dos habitaciones y un baño, pero…

—Leo —interrumpió ella—. ¿La has comprado?

—Sí, y tiene chimenea. Podemos venir cuando queramos.

—Estoy sin habla. No sé qué decir.

—Dime si quieres verla por dentro, Harper. Hay que reformar algo, pero podemos decírselo a Bella si quieres.

Estaba sin palabras. Él sacó una llave de su bolsillo y entraron.

Era toda una zona abierta con cocina que daba a un salón sencillo, forrado en madera blanca y con muebles un poco desvencijados.

La llevó a ver los dormitorios, uno más grande y otro pequeño, que estaban sin muebles.

El baño era completo y le señaló el rincón.

—Podríamos poner una bañera con patas. Y vamos a ver el jardín.

La arrastraba hacia la cocina y salieron a esa diminuta y preciosa zona arbolada. La llevó hasta sentarse en el columpio.

—Es seguro, Jacob lo ha probado.

Se sentó mirando todo y sin poder hablar. Él se balanceó de una pierna a otra, delante de ella. Acabó agachándose para ponerse de cuclillas y apoyarse en sus piernas.

—Dime algo, Harper. ¿Me he pasado? ¿Te parece horrible?

Dios, de verdad estaba terriblemente preocupado. Acarició su rostro y dos gruesas lágrimas bajaron sin poder evitarlo.

—Es… maravilloso, Leo. Increíble.

Él se dejó caer de culo y respiró aliviado.

—¿Pero por qué?

—Sé que es una casa pequeñita, pero estamos cerca de mi padre y del resto de la familia.

Tampoco es que quiera pasar todo el tiempo con ellos, pero me pareció absurdo tener una casa en Miami y no aquí —soltó de golpe, como si le faltase el aire—, y no te digo que…

estemos aquí a todas horas. De hecho, tu madre y tu tía podrían usarla para pasar unos días en la playa.

—Basta, Leo, está bien. Me gusta y me encantará que Bella me recomiende algunas cosas, aunque si me das carta blanca, me gustaría decorarla a mi modo.

—Por supuesto. Lo mío es tuyo —dijo él levantándose. Se sacudió el trasero y tendió la mano—. Lástima que no tengamos una cama, porque la estrenaríamos. El sofá… bueno, es de segunda mano.

—Ya llegará el día. No te preocupes. Gracias, esto es demasiado, pero me encantará poder venir a verlos a todos y luego quedarnos aquí.

La abrazó con ganas y luego se apartó, mirando el reloj.

—Vamos a casa, hay que preparar la fiesta no sorpresa para Mack.

—Miedo me das.

—Más miedo te debe de dar Margot, porque es experta en preparar fiestas a lo grande y Bella lo ha heredado.

—Pero si es un cumpleaños. Qué no harán cuando sea algo más.

Se pusieron en marcha de vuelta. Leo le cogió de la mano. —Desde lo de mi padre, cualquier motivo es bueno para celebrar.

—Lo entiendo. Oye… creo que quizá sería bueno… ya sabes, que me mudase. Y podría dejarles mi apartamento a Charlie y a Ruby.

Se giró tan brusco que ella se quedó quieta.

—¿Lo dices en serio? Vaya, mi hermanastro se alegrará. Viven en un cuchitril.

—Perfecto entonces.

Él la miró y siguieron caminando. O sea, ¿le había dicho que se mudaba y no iba a hacer ningún comentario? No lo entendía. Cuando llegaron a la casa, Sophie salió a su encuentro y la tomó de la mano.

—Vamos, momento de chicas. Leo, ya sabes qué tienes que hacer.

—A sus órdenes, general villana —dijo él y se marchó dándole un suave beso. Seguía sin entender nada, pero la siguió.

No la llevó a la casa, sino al estudio de Jacob. Las otras mujeres de la casa ya estaban allí, con unas mesitas con maquillaje, zapatos y una percha con al menos una docena de vestidos blancos. Margot sonrió.

—Como he imaginado que ninguna habríais traído alguno y nuestra fiesta es de temática en blanco, le he pedido prestado algunos vestidos a mi amiga. Luego, el que os guste, o si os gustan varios, podéis quedároslos.

Ruby, Lorelai y ella se miraron, las tres muy cortadas. Bella se acercó con su enorme barriga.

—Hay tres de cada una de vuestras tallas, para que podáis elegir. No nos ha dado tiempo a más —dijo sentándose. Ella también llevaba un vestido blanco de punto muy elegante.

—Es que esto es demasiado —dijo Ruby.

—Mi madre está muy acostumbrada a mandar, pero todo tiene una buena razón, de verdad. Y tenemos flores para el pelo —dijo Sophie. Ella corrió hacia otra percha para ponerse su propio vestido blanco.

—Hagámoslo, chicas. Somos casi de la familia —dijo Lorelai.

Ruby no parecía demasiado convencida, y ella… bueno, estaba todavía en shock por la casa. Al parecer, esta familia lo hacía así. Por decir algo, de forma abrumadora.

Revisó los tres vestidos y los miró asombrada. Le encantaban. Era como si ella misma los hubiera elegido. Margot se acercó.

—¿Te gustan? De verdad, Harper.

—Me encantan. Tienes un gusto excelente.

—Mis hijas me ayudaron, Sophie es muy observadora y se da cuenta de lo que os gusta.

—De mayor dominará el mundo.

Ella se echó a reír. —Eso dicen. Si quieres, puedes quedarte los tres. Voy a ver a las demás.

Decidió ponerse uno, el más elegante, aunque no estaba convencida de quedarse los tres. Se cambió y miró a Lorelai. Ella ya llevaba uno de corte sirena que se ajustaba a sus curvas.

—He elegido este porque dentro de poco no me veré los pies.

—Ni que lo digas —contestó Bella resignada.

Se volvieron hacia Ruby que sonreía. Llevaba un conjunto de camisa y pantalones blancos, sin duda, de seda. Hasta en eso habían acertado. Sabían que a ella no le gustaban demasiado los vestidos.

—Estáis perfectas, hijas —dijo Margot emocionada. Sophie la abrazó.

—Ahora toca maquillarse y poner flores en el pelo —dijo emocionada.

Sacó una cajita donde había varias coronas con flores y las fue repartiendo. Ruby la miró, dudosa, pero ella buscó en su caja y sacó dos broches con delicadas flores blancas.

—Son preciosos, pequeñaja —dijo Ruby a punto de echarse a llorar.

Harper se puso una corona de flores azules y Lorelai las escogió rosas. Después, comenzaron a maquillarse, entre risas. Margot miró la hora.

—Vamos, chicas. ¿Os parece que entremos en fila? Así los chicos se quedarán asombrados. Sophie, luego Bella, luego yo, Lorelai, Harper y como eres la más alta, si no te importa, luego Ruby.

—Sin problemas —dijo ella—, pero ¿vamos a desfilar?

—Bueno, es para las fotos —comentó Sophie—, venga, vamos ya.

—Eso, que si no tendré que ir al baño otra vez —protestó Bella.

Se miraron, pero aceptaron. Sophie les dio una rosa a cada una y otra para las demás.

Esto empezaba a parecerle algo raro, pero salieron y no les quedó otro remedio que seguirlas. Avanzaron por el jardín en fila india. A Lorelai se le escapaba alguna risa y ella se giró para ver a Ruby, que se encogió de hombros. No tenían ni idea de lo que estaba pasando.

Llegaron a la famosa carpa y menos mal porque estaba haciendo bastante fresco. Sophie abrió la puerta. Las sillas estaban ordenadas y había gente sentada que se levantó cuando entraron. Harper miró a todos los lados y su madre la saludó con la mano, también su tía. No entendía nada.

Cuando pudo mirar al frente, ya que Margot la tapaba, los vio. Mack, Leo y Charlie estaban en fila, esperándolas, vestidos de blanco y con una gran sonrisa.

—Ay, diosito, que nos vamos a casar —dijo Lorelai.

Ruby hizo un ruido extraño con la boca y ella se quedó mirando a Leo que parecía inmensamente feliz.

Sophie se quedó delante, Bella y Margot se sentaron en la primera fila y ella llevó a cada novia con su novio. Y sí, había un sacerdote.

Leo le dio la mano.

—¿En serio? —susurró ella.

—¿Quieres casarte conmigo otra vez?

—Anda que si te digo que no.

Leo se echó a reír. Luego se puso serio.

—¿Me vas a decir que no?

—Pues claro que no, tonto.

Se giraron, Charlie estaba de rodillas, delante de Ruby y ella lo miraba emocionada. Mack ya besaba a Lorelai. El sacerdote carraspeó.

—Estas cosas se hacen después de la boda, señores.

Se escucharon unas risas y se colocaron en posición. El sacerdote habló sobre el amor, pero ella no lo escuchaba apenas. Con aguantar las lágrimas tenía bastante. Leo la sujetaba de la mano y acariciaba con el pulgar su muñeca.

—Mack Cresswell, ¿tomas por esposa a Lorelai Whitacker?

—Sí, la tomo.

—Yo también lo tomo —dijo ella sin esperar. Mack se echó a reír.

—Charlie Cresswell, ¿tomas a Ruby Smithson como esposa?

—Desde luego que sí.

—Ruby Smithson, ¿tomas a Charlie Cresswell como esposo?

—Sí, lo tomo.

—Leo Donovan, ¿tomas a Harper Wallace como esposa?

—Afirmativo.

Se escucharon risas. El sacerdote se volvió hacia ella y le preguntó. Ella se quedó callada. O sea, ya estaba casada, pero esto era de verdad. Miró a Leo y se volvió hacia el sacerdote.

—Sí, lo tomo.

Escuchó un suspiro de alivio mientras los declaraban marido y mujer y Leo casi sin esperar, la besó. Si escuchó silbidos, aplausos o risas, le dio igual. Estaba con el hombre al que amaba.