Capítulo 19. ¿Y eso…?
Leo
Hacía bastantes días que no se pasaba por La Sirena y esperaba encontrarse con Ben. Últimamente estaba de mejor humor y no sabía si era porque había conocido a alguien. Pero con el poco caso que le hacía Stella, más le valía olvidarse de ella.
Se acerco a la barra para pedir bebidas y Charlie le acompañó, dándole una buena palmada en la espalda.
—Así que… por fin el soltero más codiciado se decide a sentar la cabeza.
—Eso parece. Aunque la sentaría del todo, la verdad. Para siempre, Charlie, solo que…
Miró de reojo a Harper que charlaba animada con las chicas y Mack.
—Solo que… —dijo Charlie para animarlo.
Stella salió del almacén despeinada y atándose el delantal. Se acercó a ellos con una mueca extraña.
—¿Qué queréis? ¿Cervezas?
—Para casi todos, para Lori un zumo —pidió Charlie.
Ben salió del almacén con la camisa mal abrochada. Leo sonrió. Miró el rostro sonrojado de Stella.
—Voy a saludar a Ben, ahora vuelvo. No pagues, que pago yo.
—Vale, tío.
Charlie se quedó hablando con Stella mientras esta le abría los botellines. Dio dos pasos, interceptando al grandullón de Ben.
—Vaya, vaya —dijo, sobresaltándolo. Él lo miró, nervioso—. Pensé que ella no te quería ni ver.
—Bueno, las cosas cambian… a veces.
—¿A veces? Diría o que os habéis dado de hostias o echado un polvo.
—Joder, puto niñato inoportuno. Más te vale que te calles y no hagas una de tus bromitas. El lunes te lo cuento.
—Vale, tío —dijo Leo levantando las manos—, pero el lunes me cuentas. Vendrás mañana, ¿no?
—Sí, ahí estaré. Y si me aprecias, te callarás la boca.
—Es que un chisme tan jugoso… Dios, será imposible hacerlo.
—Tú sabrás, Leo. Puedo hablar con Harper ahora mismo y te jodo tu día.
—No te pongas así, solo estaba…
—Sí, bromeando, como siempre. Me largo —dijo apuntándole con el dedo.
Leo sonrió y volvió a la barra. Stella lo miró enfurruñada.
—¿No ves a Ben todos los días? ¿De qué hablabais?
—Creo que no te importa. De trabajo. ¿De qué más podríamos hablar? —dijo con una sonrisa burlona.
—Gilipollas —contestó ella marchándose. Charlie se lo quedó mirando.
—No tengo ni idea de lo que ha pasado.
—No ha pasado nada. Ya sabes la manía que le tiene a Ben. Sin más —dijo en voz alta para que ella, que estaba vuelta, lo escuchase. Tampoco es que quisiera joder a su amigo. Ella pareció destensar los hombros y llevaron las cervezas a la mesa.
Stella se acercó y les trajo dos cuencos de frutos secos. Parecía más tranquila y sonrió a las mujeres, especialmente a Lori con quien tenía una estupenda relación.
—La semana que viene quedamos a tomar algo, Stella —dijo Lori cuando se iba a marchar. Ella sonrió y se fue.
—Lo cierto es que es preciosa —dijo Charlie. Ruby le dio un codazo y él se frotó el brazo con gesto teatral—. Me refiero a que es preciosa cuando sonríe, porque siempre está de mal humor.
—Eso no es así, Charlie —dijo Lorelai—, no os voy a contar su historia porque no os importa, pero es una mujer encantadora. Quizá con mala suerte y algunos prejuicios contra la gente de pasta, pero creo que está más tranquila. Aunque… —miró a Mack que se encogió de hombros.
—Esperemos que no desarrolle la aplasia porque si no tiene parientes vivos, será complicado.
—¿Y donantes? —preguntó Leo.
—Es una posibilidad, pero para según qué cosas es mejor familiares. Recemos para que no sea nada.
Se quedaron un momento callados, hasta que Charlie recibió un mensaje. Casi aulló feliz.
—¿Qué?
—Joder, que la película se va a estrenar a primeros de diciembre, para captar el público que quiere romance en Navidad. La han adelantado todo lo posible y saldrá entonces.
—Es un buen momento —dijo Ruby. Todos coincidieron.
—Espero que os vaya muy bien, chicos —dijo Mack levantando su botella de cerveza sin alcohol—, os merecéis que os pasen cosas muy buenas, además de haber encontrado a las mujeres de vuestra vida.
—Eso sí es cierto —dijo Leo convencido. Atrajo a Harper hacia su costado y ella sonrió.
—Entonces, mañana celebramos tu cumpleaños —preguntó Charlie.
—Sí, pero están preparando una fiesta sorpresa en la nueva carpa y ni Bella ni Mini Villana nos dejan entrar —dijo Lori—. Incluso Fran ha entrado.
—Ya sabes cómo son, cariño —dijo Mack tomándole de la mano—. Creo que a mi hermana le hacía mucha ilusión montar una fiesta especial. Hay muchas cosas que celebrar. Richard se ha recuperado bastante bien.
—Intentaremos no provocarle muchas emociones —suspiró Leo. Harper le tomó de la mano.
—Leo, la recaída que tuvo fue por el tratamiento. Cambiamos algunos parámetros y va mejor. Si alguien es responsable, soy yo.
—Tampoco tú, doctorcito —dijo Lorelai acariciando su brazo—, son efectos secundarios que pueden suceder.
—No creo que ninguno de los dos seáis responsables —comentó Harper—, porque le estáis dando una vida estupenda y os volcáis con toda la familia. La verdad, pensé que en mi familia estábamos unidas, pero solo somos dos y mi tía. Lo vuestro es algo fuera de lo normal.
—Estoy de acuerdo —dijo Ruby—. En mi caso, excepto con Caleb, no tengo mucha relación y oye, que me ha costado que estén todo el día abrazándome.
Charlie se acercó a ella y le dio un beso en el cuello. Leo se levantó a pagar. Stella lo miró de reojo y le puso la cuenta.
—Oye, que me da igual lo que hagas. Solo no jodas a Ben.
—No pensaba —dijo ella con cierta tristeza. Él quiso preguntarle más, pero una vez que tomó los billetes, se marchó de su lado.
Después, caminaron hacia la casa de nuevo. Iban atentos, cada uno con su pareja, pero afortunadamente no pasó nada. Se dirigieron a su habitación mientras que Mack y Lorelai acogían a Charlie y Ruby.
—Mañana nos vemos a primera hora —dijo Leo—. Sophie quiere que desayunemos todos juntos. Y con respecto a la fiesta, hay que venir todos de blanco.
—Joder, de blanco —protestó Ruby—. No tengo nada.
—Yo te dejaré alguna cosa —comentó Lorelai.
Se marcharon y subieron a la habitación. Margot estaba en el sofá, leyendo y los saludó, aliviada de verlos. Después de ir al baño, se recostaron en la cama.
—¿Tienes algo blanco?
—Una camisa, pero no pantalones. Aunque tengo unos color coral claro, ¿sirve?
—No sé, tendremos que preguntarle a Mini Villana.
—Si lo hubieras dicho antes, lo habría traído.
—Un fallo, pero no pasa nada. Lo arreglaremos. ¿Lo has pasado bien? ¿Ves como no era para tanto?
—Lo veo —dijo acurrucándose contra su pecho. Él la abrazó.
—Harper, soy muy feliz contigo, y sé que llevamos poco tiempo, pero sinceramente espero que sea para siempre.
Ella levantó la cabeza. La miró con todo su amor y esperaba que ella entendiera que la amaba. Pasó un dedo por su cabello y descendió hasta la mandíbula. Ella jadeó suavemente y luego se retiró.
—No, en tu casa, no. Pueden escucharnos.
—Estamos casados, Harper. Hasta mi hermanita lo entiende. Pero si no quieres, está bien.
—Por querer… —dijo ella colocándose encima. Él sonrió. Ya estaba más que excitado. Acarició su espalda y la colocó justo en la zona donde ella se daría cuenta de cuánto la deseaba. Ella lo miró con una sonrisa traviesa.
—Yo sí quiero, y puedo ser muy silencioso. Además, ya he probado y esta cama no hace ruido.
—Demuéstramelo —dijo Harper.
Llevó las manos al precioso trasero de su esposa y la atrajo hacia su boca.
Se unieron en un beso suave que comenzó a hacerse más profundo y él le dio la vuelta para colocarse encima de ella.
Se echó a reír y él atacó el cuello, metió la mano por debajo de la camiseta de pijama y atrapó uno de sus pechos.
Ella se retorció debajo de él para levantarle la camiseta y pasar la mano por su espalda. Él se estremeció.
—Me matas, Harper. Me matas cada vez que me tocas. Solo de pensarlo, voy todo el día empalmado.
Ella volvió a reírse. —Exagerado. Igual se te pasa en un tiempo.
—Yo diría que no —dijo sacando la mano y bajando el pantalón de ella. Acarició por encima de sus braguitas y ella se arqueó—. Hace rato que te deseo y tengo que disimular todo el tiempo o mis hermanos se partirían conmigo.
—Me halagas, Donovan.
Metió el dedo debajo de la braguita y notó la humedad.
—Tampoco tú vas mal, amor.
—Eres… eficiente —dijo ella y luego jadeó cuando los dedos de él masajearon su centro de placer.
—Mira, ya no aguanto más —dijo él y se bajó los pantalones, mientras ella hacía lo mismo. Se colocó sobre ella y entró—. Estoy en el cielo, Harper.
—Y yo —jadeó ella.
Leo se movió despacio, profundo, pero luego aumentó el ritmo. Se agachó para besar su cuello mientras se movía.
—Te amo, Harper.
Ella se dejó ir y él la acompañó. Respiraban agitados, mirándose a la cara. Ella acarició su rostro.
—Y yo también, Leo. Te amo. De verdad.
Enterró la cara en su cuello porque no quería que lo viera llorar. ¿Eso era real? Solo esperaba que al día siguiente no la cagase.