Capítulo 18. De nuevo en Los Hamptons
Harper
Sabía que la familia de Leo la aceptaba, de hecho, se había comunicado con Lorelai, con quien sentía más afinidad, y ella la animaba para ir. Aun así…
Pero no podía seguir dándole largas a Leo. Si estaba con él, era con todas las consecuencias y aunque había hecho teatrillo, ya empezaba a conocerlo, tenía razón. Era peor esperar y tensar la relación. Así que ese fin de semana se enfrentaría a todo eso.
Hicieron una pequeña maleta para el fin de semana. Leo parecía como si le estuvieran dando calambres. Sonreía, la miraba cuando él pensaba que no lo veía y disimulaba cuando se giraba. Tal vez estaba tan nervioso como ella, algo normal, por otra parte.
Había hablado con Caleb, que también acudiría a la comida del sábado, sobre la posibilidad de viajar de vez en cuando, sin presionarle, pero a él le pareció bien. Ajustaría el sueldo, lo que era razonable, y si eso ocurría cada cuatro o cinco semanas, parecía asumible.
Respiró aliviada cuando lo hablaron. Estaba demasiado cómoda en ese trabajo y renunciaría al otro si era necesario, pero a la vez, se sentía mal por todo el tiempo que había invertido en conseguir el nivel que tenía. Se sentó en el coche junto a Leo, que llevaba un gorro calado hasta las orejas.
—¿Tienes frío?
—Tú qué crees. Se está mejor en estos meses en cualquier sitio que no sea Nueva York.
—Si es tan bonito, la nieve, el árbol de Navidad… a mí me encanta.
—No te digo que no, pero el calor me gusta más —contestó poniendo en marcha el coche—. En Los Hamptons se suaviza un poco, pero no demasiado. A papá le gusta tener la chimenea encendida todo el día. Dice que huele a hogar.
—Y así es, supongo. A mis padres no les convenció poner chimenea cuando compraron la casa, pero a mí también me gusta.
—¿Querrías vivir en una casita con jardín y chimenea? —preguntó volviéndose por un instante hacia ella. Parecía nervioso.
—No, no digo eso. Me gusta vivir en la ciudad, porque tienes todo a mano, pero de vez en cuando, escaparse a una casita está bien.
—En eso te doy la razón y… no hemos hablado nunca de ello —dijo tamborileando con los dedos en el volante. Ya habían tomado la interestatal y no se encontraron con demasiado tráfico.
—¿De vivir en una casita?
—Ah, no, no de eso. De otra cosa —dijo él mirándola de refilón.
—Leo, si no me dices lo que piensas no lo voy a adivinar. No soy una vidente.
—Sí, claro. Harper, ¿te gustaría tener hijos conmigo?
Se giró hacia ella, pero luego tuvo que volver la vista a la carretera. Ella se quedó quieta, parada como si alguien la hubiera deslumbrado.
—No te ha dado un ataque, ¿verdad? Sigues respirando —dijo él con una sonrisa nerviosa.
—No sé si es el momento de hablarlo, Leo. O sea… acabamos de decidir estar juntos. ¿Quieres asustarme y que salga corriendo?
Él la miró con los ojos muy abiertos y el coche se desvió ligeramente. Lo enderezó y siguió mirando por la carretera.
—No, no. Solo, bueno, quería saber si en un futuro querrás niños.
—Supongo que en un futuro muy lejano sí. Tal vez en años. ¿Te vale esa respuesta?
—Me vale. Pero… Jacob limpió el barco el otro día y … bueno, vació la papelera, algo que se me olvidó a mí y ¡dios!, tengo que parar.
Se acercó a un camino secundario y paró el coche. Se giró hacia ella.
—Jacob me ha escrito esta mañana. Limpió la papelera. Dijo que el condón estaba roto. El que usamos.
Ella abrió la boca, pero no dijo nada. Desbloqueó el móvil y miró la aplicación con la que controlaba sus reglas. Luego suspiró aliviada.
—No, imposible. Después de esos días tuve la regla. No… a ver son muy irregulares, por eso lo llevo apuntado, así que tranquilo, no hay bebé.
Él acarició su rostro de forma muy tierna y le dio un suave beso.
—No creas que me parecería mal. Aunque no tenga muy claro qué voy a hacer en el futuro, ser padre contigo sería un sueño. Me haría muy feliz.
—Ya, Leo, pero es demasiado pronto. Ya sé que tus… hermanos han tomado una decisión y que tal vez quieras llenar la casa de tu padre con niños, pero no ahora, ¿vale?
—Desde luego. No ahora. Cuando tú quieras. Yo estoy abierto a ello, de verdad.
—Es bueno saberlo. Tal vez deberíamos continuar.
—Sí, vamos.
Ella se recostó en el sillón. Leo puso música y miró por la ventanilla. Los árboles se movían con el fuerte y frío viento y el cielo se había vuelto de un azul oscuro que le recordaba a los ojos de Leo cuando estaba contrariado. Como en ese momento.
Y sí, quería ser madre, pero no tan rápido.
Necesitaba saber que él estaría siempre ahí y tal vez por ese miedo a que todo resultarse ser un espejismo, no se había decidido a vivir con él.
O a vender su piso. Confiaba en él… más o menos.
Tampoco es que llevasen tanto tiempo como para decir que era el hombre de su vida.
Kevin le había dicho que nada es eterno y lo entendía.
Pero Leo… ¿la amaba tanto como para entregarse en cuerpo y alma a él?
Torció el gesto sin mirarlo. El problema es que ella se estaba enamorando de cada gesto, incluso de sus bromas tontas.
De su suave piel, de cómo la abrasaba cuando pasaba sus labios por todo el cuerpo, de la cara de felicidad cuando dormía a su lado, de su cabezonería, de los detalles tontos cuando la iba a buscar o del amor verdadero que tenía por su familia.
Cayó en la cuenta. Oh, sí. Estaba loca por él.
Lo miró de reojo mientras seguía el ritmo de la música en el volante, aunque la miraba fugazmente de reojo.
—Le das vueltas a algo, Harper. Tienes esa cara de cuando eché pimienta al filete de pollo. No te cuadraba.
—Ah, sí. Estoy preocupada.
—¿Por mi familia?
—¿Se va a vengar Mini Villana?
Él soltó una carcajada y puso la mano sobre su rodilla, acariciando la pierna hasta subir un poco más arriba, lo que le hizo jadear.
—Tal vez deberíamos haber aprovechado la parada para tranquilizarnos un rato, ya sabes —dijo él con una sonrisa maliciosa y moviendo las cejas arriba y abajo.
—No seas crío, Leo, que llega la policía y nos pilla o cualquiera o…
—Era broma, Harper. Yo me metería en algún bosquecillo, donde solo los osos pudieran vernos. Pero no, Sophie no se va a vengar de ti en absoluto. Ya lo verás.
—Me da que sabes algo que yo no.
—Es que he hablado con ellas y están deseando verte. Ya llegamos.
Entraron por la valla de la espaciosa finca y ella volvió a suspirar. El viento soplaba fuerte, aunque no tanto como en la ciudad y una fina llovizna caía sobre el césped, formando algún charco. Aparcaron bajo un tejadillo y sacaron las bolsas.
—¿Corremos hacia la puerta? —preguntó Leo con una risa. Ella asintió.
—Te ganaré a pesar de esas piernas largas y fuertes que tienes.
—¿Eso te pare…?
Ella aprovechó su desconcierto para echarse a correr hacia la puerta, riéndose de lo inocente que era a veces. Pero él salió detrás y justo cuando llegaba a la puerta, la cogió de la cintura y ahí mismo la besó. La puerta se abrió y alguien carraspeó.
—A ver, niños, que esto no lo debería estar viendo una menor —dijo Sophie con una sonrisa enorme—, pero me alegro de veros.
Ella abrió los brazos y Leo la subió encima, con sus protestas porque le estaba mojando la ropa. Entraron y luego la bajó al suelo. Harper se agachó y ella se lanzó a sus brazos.
—¡Qué ganas tenía de verte, Harper Donovan! —exclamó ella apretándola con sus bracitos. Ella apenas podía contener las lágrimas—. Me alegro de que seas la esposa de verdad de mi tonto hermano. Pero es bueno y te quiere mucho.
—Ey, peque, ¿cuándo te has hecho tan mayor? —preguntó Leo algo cohibido. Ella lo miró con suficiencia.
—Resulta que voy creciendo día a día, tontorrón. Pasad. Casi están todos.
Cogieron la bolsa y Leo le dio la mano con una sonrisa feliz.
Ella también había suspirado aliviada. Le importaba mucho Sophie.
En la cocina, Jacob y Bella se sentaban mirando el móvil que cerraron en cuanto ellos entraron, Charlie estaba en los fogones, Ruby hablaba con Margot y Richard sentados en una esquina sonriendo.
Cuando ellos llegaron, todos se volvieron con una sonrisa.
Jamás había recibido tantos abrazos, ni siquiera en Navidad. Las sonrisas sinceras le estaban desarmando y aunque Leo no se apartaba de su lado, estaba empezando a ponerse nerviosa.
—Venga, ya vale, abusones. Vamos a dejar la ropa.
Ella suspiró cuando subieron de la mano a la habitación de Leo. La habían reformado, sin quitar su personalidad, pero la cama era más grande y había otro armario. Ella lo miró y él le guiñó el ojo.
—Creo que quieren que vengamos más por aquí. ¿Qué te parece, amor?
—Es bonita y cómoda, aunque es cierto que el baño es común, pero… para unos días, me vale.
—Perfecto.
Recogieron la ropa y volvieron a bajar a la cocina. Mack y Lorelai con Fran habían llegado y de nuevo un millón de abrazos. Felicitaron al doctor por su cumpleaños.
—Tenemos una sorpresa —dijo Sophie—. Papá ha mandado cubrir una zona del jardín y ha puesto una chimenea. Es como un invernadero. Mañana lo iremos a ver todos.
—A sus órdenes —dijo Charlie entre risas.
—Es que ahí se hacen mejor las fiestas y como somos tantos ya y más que vendrán, pues así tenemos un sitio para estar cómodos.
Con esa explicación, nadie objetó nada. Ruby y Lorelai se sentaron junto a ella y comenzaron a hablar sobre el restaurante, sobre el trabajo, un poco de todo. Mientras, Leo había desaparecido, pero bueno, tampoco le dio importancia. Ella estaba cómoda y tal vez quería hablar con su padre.
Jacob puso un café delante de cada una de ellas. —Para ti descafeinado, Lori.
Ella asintió y acabaron hablando de embarazos, aunque ni ella ni Ruby parecían demasiado interesadas en esa posibilidad para ellas. Tomaron unos sándwiches y decidieron ir al pub. Había dejado de llover e incluso el aire se estaba calmando.
—No creas que me tengo muchas ganas de ir allí, cada vez que vamos, se arma una gorda —dijo Charlie.
—Tranquilo, cariño, que vas conmigo —soltó Ruby con una sonrisa que adivinaba juegos nocturnos.
Mack y Lori se cogieron de la mano. Los únicos que no estaban era Jacob y Bella, a la que le costaba caminar.
Charlie se acercó a ellos con una sonrisa. —Entonces, juntos, juntos.
—Sí —se apresuró a decir Leo mientras apretaba su mano—, juntos del todo, aunque esta cabezota de mujer no quiere venir a casa a vivir, por mucho que duerma conmigo seis días de siete.
—Todo llegará —replicó ella un poco molesta. ¿Les iba a airear a todos su situación? Charlie le dio una palmada a su hermano y ella se soltó, dejándolos caminar a los tres hombres juntos. Lori se puso a su lado.
—¿Dudas de Leo? —susurró Ruby.
—No es eso, pero… llevamos poco tiempo.
—Nosotras no somos quienes para aconsejarte porque nos fuimos a vivir con ellos demasiado pronto, quizá —dijo Ruby—, pero no me arrepiento. Levantarme cada día con un hombre así, con alguien que te mira como si fueras el sol de su universo, joder, no tiene nombre.
—Lo mismo para mí —dijo Lori—. Mack parece un tío serio y lo es, pero cuando está en la cama, con el cabello revuelto y su mirada miope, en fin, es adorable. Y no digamos cuando se entregan al sexo.
Ruby soltó una carcajada que los hizo volverse. Leo le sonrió y siguieron caminando.
—No, si yo no me quejo, chicas. Todo está bien. Demasiado bien. Aunque a veces dice muchas tonterías, incluso eso me gusta.
—Según Charlie, Leo siempre ha sido un poco cínico, pero era por defenderse del mundo —suspiró—, ahora le da por leer libros de psicología. Aunque también dice que desde que está contigo ha cambiado y no es tan capullo.
Volvieron a reírse.
—No creo que sea necesario ir deprisa, o sea, podemos ir viviendo juntos y ver qué pasa.
—En eso te doy la razón —volvió a decir Ruby y suspiró algo más seria.
—¿Qué te pasa? —preguntó Lori.
—Nada. Charlie. O sea, quería formalizar nuestra situación y de repente… ya no dice nada de eso.
—Mack dice que tendríamos que casarnos antes de que llegase el bebé, pero creo que no es necesario.
—Leo me preguntó si quería tener hijos… en un futuro.
—Ay, diosito, que nos quieren cazar, pero bien —rio Lori—, aunque bueno, yo ya soy suya.
—Y yo —suspiró Ruby—. Me tiene loca este tío. No se puede ser tan buena gente. Joder, si es que hasta ayuda a la gente a cruzar la calle. Es un amor y a la vez una fiera en la cama. Me acuesto todos los días con los ojos cruzados.
Lori soltó una carcajada escandalosa y ellos se volvieron de nuevo. Ruby miró a Charlie y le mandó un beso. Él hizo el gesto de cazarlo y ponérselo en la boca, lo que le costó una colleja de Leo, que sonreía mirando a Harper. Luego, siguieron caminando.
—A ver, yo no tengo queja ni en la cama ni en la convivencia. ¿Os enterasteis de que vino cada día a comer al restaurante hasta que acepté salir con él?
—Ah, sí, me lo contó mi hermano. Nadie apostaba por ti, lo siento. Todos sabían que acabarías con él.
Harper bufó con una sonrisa y se encogió de hombros. —¿Lo veis? Es demasiado en todos los sentidos.
Atravesaron la calle y Mack abrió la puerta de La Sirena. Había bastante jaleo y gente en ella. Entraron y Leo consiguió una mesa en el rincón. Se notaba un buen ambiente y esperaba que ese día no ocurriera nada.