Capítulo 16. Helados & calor
Harper
—¿En serio, Caleb? —preguntó ella limpiándose las manos.
—Es un cliente y paga. Tiene sus derechos.
—¿No hay un cartel que ponga reservado el derecho de admisión?
—No puedo hacer eso. Es mi familia. Anda, ve.
Salió murmurando. Leo llevaba más de un mes acudiendo a comer cada día y cada día le pedía a la camarera hablar con la chef y relaciones públicas para que le contase cómo estaba hecho el plato de turno.
Al principio le sorprendió, se quedó callada, pero él parecía tomárselo muy en serio.
Ahora, incluso las camareras y los clientes habituales soltaban una risita cuando ella salía.
Si algo podía decir de Leo Donovan es que era constante.
—Buenos días, caballero. ¿Qué se le ofrece hoy? —preguntó ella con voz fría.
Él le sonrió y tuvo que hacer un esfuerzo para que no le temblasen las manos. Llevaba una americana oscura, camisa azul y su cabello artísticamente despeinado.
—El guiso me ha parecido excelente, pero no he localizado los ingredientes, ¿puedes explicármelos?
Ella frunció el ceño al principio, pero al hablar del plato se le iluminaron las mejillas. Él asintió, escuchándola atentamente hasta que acabó.
—No esperaba que dos ingredientes tan distintos como la piña y la pimienta maridasen tan bien.
—¿Verdad? —dijo ella entusiasmada. Al ver su sonrisa, se puso seria—. ¿Algo más?
—Me ha dicho un pajarito que tienes fiesta esta noche. Sé dónde hacen unos helados de chocolate salados que son imposibles de reproducir.
Ella abrió los ojos y luego frunció el ceño.
—¿Me estás pidiendo una cita?
—No, para nada. Solo tomar un helado. Creo que a Caleb le encantaría que pudieras espiar cómo se hacen, por si queréis cocinar algo parecido.
Se llevó las manos a la cara, pensativa.
—Bueno.
—Te recojo a las siete.
—Tengo que irme a cambiar a mi casa.
—Te recojo en tu casa.
—Está bien.
Se volvió y él alzó los brazos en señal de victoria.
La camarera aplaudió y ella se giró para verlo cómo los bajaba con rapidez.
Leo se encogió de hombros. Era un niño grande muchas veces.
O todas. Pero joder, había ido cada día durante todo este tiempo.
Según Caleb era muy romántico que la rondase, pero no tenía mérito, trabajaba al lado.
Su marido Dan le había dicho que solo trabajaba dos días a la semana hasta que naciera su sobrino, pero igualmente iba a comer cada día. Y pagando.
Suspiró al entrar en la cocina. Caleb la tomó de los hombros.
—Has quedado. Casi he escuchado los aplausos.
—Por pesado. Y porque vamos a ir a esa heladería que quería… Un momento, ¿se lo has dicho?
—No sé. Tal vez en alguna conversación se lo comenté a mi esposo. Quizá él se lo dijo a Bella. Las noticias corren.
—Sois unos conspiradores. Pero ya que el chico se deja la pasta aquí, lo menos que puedo hacer es tomar un helado.
—Seguro que tiene una lengua muy juguetona —dijo una de las cocineras mientras ella se ponía a cortar cebolla.
—Sí.
Se echaron a reír y se sonrojó. Ni se había dado cuenta.
—Bueno, ya está, chef, tenemos que trabajar, ¿no?
—Por supuesto, dejad de darle a la lengua.
Volvieron a reírse todos. Ella esbozó una sonrisa.
Lo cierto es que su vida estaba cambiando.
Claro que publicó la reseña, donde mostró la limpieza del restaurante y los platos y también, a la semana, que iba a trabajar de prueba.
Estuvo mostrando algunos platos y tenían reservas para más de un mes.
Caleb estaba muy contento y se alegraba por ellos.
Comenzar de cero no era fácil y se sentía muy agradecida por la oportunidad que le habían dado.
Su madre y su tía habían ido a comer y cuando sacó un plato inspirado en uno que hacía su padre, se echaron a llorar.
Su vida parecía tomar sentido y, aunque la llamaban de otros lugares, estaba rechazando la mayoría de los proyectos. Le bastaba con el trabajo y, de todas formas, tenía su casa ya pagada e incluso ahorros. No necesitaba más.
O eso creía hasta que él empezó a ir a comer cada día. La escuchaba hablar de los platos y después nada. Ella empezó a frustrarse un poco, la verdad. ¿Para qué iba si luego no le decía nada más?
Se despidió de todos a las seis y caminó hacia su piso.
Estaba solo a una parada de metro así que después de llegar y ducharse, se arregló.
Ya no tenía la manicura perfecta. Ahora sus uñas eran cortas y sin pintar.
Se había deshecho de su melena, para resultar más manejable y no solía maquillarse demasiado para ir a trabajar.
Kevin le decía que las seguidoras estaban encantadas con su cambio de vida y solían pedir que les contase cosas.
No habían desmentido que la boda había sido falsa, pero sí que se habían distanciado.
De todas formas, ellos habían estado liados con el juicio que llevó a esos matones a la cárcel y también con lo de Richard.
Incluso siendo octubre, el tiempo estaba caluroso y se puso solo una cazadora fina con vaqueros y un jersey ancho. No quería que él pensara que se estaba arreglando demasiado para él. Y si iba con traje de chaqueta, era su problema.
A las siete menos cinco llamaron a la puerta. Todavía se estaba calzando. Abrió. Él llevaba una sudadera y vaqueros. Y con eso, estaba demasiado atractivo como para que no se le fuera la cabeza.
—Hola, espero que no te haya molestado que suba a buscarte.
—Sí, suelo dejar que los clientes pesados vengan a mi casa.
Él sonrió. — Touché.
—Pasa, tengo que calzarme.
—Tu casa es muy bonita, Harper.
Se empezó a poner las deportivas, nerviosa de tenerlo ahí. Porque se acordaba de ese momento en el barco cuando le hizo ver las estrellas. Se sonrojó y con los nervios, pisó el cordón y se cayó al suelo.
—¿Estás bien? —preguntó él entrando. Ella estaba sentada y él le tendió la mano para levantarla, lo hizo con tal fuerza que ella se estrelló contra su pecho. Puso la mano en él y Leo acarició su rostro. Se apartó.
—Los helados.
—Sí, vamos a por los helados, chef.
—No soy chef todavía, estoy aprendiendo.
—Según he escuchado, eres buena.
—Caleb es un amor.
—Ja. Ese tío amenazó a Charlie con cortarle las pelotas y asarlas en la barbacoa si se portaba mal con Ruby. Parece un oso amoroso, pero es un grizzly en el fondo.
Se echó a reír. Leo le abrió la puerta y salieron. Caminaron por la ciudad, callados, mirando alrededor. Los árboles comenzaban a cambiar suavemente de color, todavía aguantando el calorcito de un tardío verano.
—Entonces, ¿estás contenta?
—Sí. Es mi verdadera vocación, Leo. ¿Y tú? ¿Cómo va la galería?
—No va mal. A Bella le falta cada vez menos y voy a ir más días.
Puede que ella se quede en casa está enorme y le han recomendado reposo.
Se queja de que no se ve los pies y mi hermano anda loco para conjuntar su ropa.
Menos mal que han decidido mudarse a Los Hamptons para estar más tranquilos, aunque supongo que Bella seguirá trabajando online.
—¿Y tu padre?
—Mi padre, mi madre y Sophie están temblando porque una madre furiosa aterrice en su casa. Pero están bien. Lo siento, siempre haciendo bromas.
Ella le tomó del brazo.
—Está bien, Leo. Es tu forma de ser. La persona que te quiera debe aceptarlo. Luces y sombras, porque tus chistes son lo peor.
Él la miró ofendido y luego se echó a reír.
—Supongo que tengo un síndrome de Peter Pan mal llevado.
—¿Y tus redes?
—Bajaron, como era de esperar. He empezado a publicar sobre la galería y tal, pero no sé. No creo que vuelvan a subir. Y no me importa. Mira, ahí está la heladería. Pedimos uno y caminamos.
—Claro.
Entraron en el local. Ella se pidió uno de chocolate con café amargo y pimienta y él de fresas con mostaza. Lo cierto es que eran sabores muy extraños. Caminaron sin atreverse casi a probarlos.
—Seamos valientes —dijo Harper.
Le dieron un lengüetazo y ella cerró los ojos, buscando los sabores que le explotaban en la boca.
—Madre mía, esto es una pasada. Es un orgasmo de sabor.
—¿Un orgasmo? No me digas eso, Harper.
Ella lo miró con picardía.
—¿Quieres probarlo? —preguntó. Él asintió y se acercó a su bola de helado, pero ella le dio un mordisco—. ¿De mi… boca?
Leo abrió los ojos y se acercó a ella. Pasó la lengua por sus labios y ronroneó. Ella se agitó. Y es que se había cansado de resistirse a su atracción por él.
—Te dejaré que pruebes el mío.
Se extendió el helado por los labios como si fuera un carmín y ella se echó a reír. Él se agachó. La lengua de Harper recorrió los labios de Leo y él se estremeció.
—La verdad es que está delicioso.
Él se incorporó y la miró muy serio.
—Entonces, ¿esto significa que me das una oportunidad o que quieres comer más helado?
Ella bufó, pero asintió.
—Una pregunta con dos respuestas no se responde con un simple sí —dijo él nervioso.
—Es que se me ocurren formas muy creativas de comer un helado, a parte de los labios.
—Vamos a mi casa, que estamos más cerca —dijo él tomándola del brazo. Ella se echó a reír y lo paró por un momento.
—Escucha, Leo. Solo quiero… pedirte que, si tienes algún problema, duda, o si te sientes muy mal o muy bien, no me excluyas de tu vida. No me apartes.
—No lo haré, Harper. De verdad. Puedo ser un poco imbécil y hacer bromas porque me acojona ser serio, ser intenso como mi hermano.
Lo he visto sufrir durante muchos años y me da miedo amar tanto a alguien que quizá no me corresponda y siempre acabo haciendo una tontería. Y ya no sé qué estoy diciendo.
—Tranquilo, Leo. Hay otra posibilidad.
—¿Cuál? —preguntó él alarmado.
—Que la otra persona te quiera de verdad y que desee pasar todo el tiempo contigo, a pesar de tus tontas bromas.
Él abrió la boca y luego la cerró.
—¿Me quieres de verdad? Harper, dime que no me he confundido.
—Claro, Leo. Te quiero de verdad. Para lo bueno y para lo malo. Ya no me voy a resistir más.
El helado se cayó al suelo porque ambos se fundieron en un abrazo. Él la tomó de las mejillas y la miró a los ojos.
—No puedo creerlo. Te amo, Harper, y no desde hace poco. Creo que desde que te vi en el balcón del hotel de Las Vegas.
—Yo creo que me enamoré de ti cuando despertaste en pelotas en mi cama. Tenías una cara de niño bueno que me dejó sin palabras.
—Y mi precioso culo, claro.
Se echó a reír. —Creo que quiero volver a verlo.
—Entonces, vamos ya. Aunque sea sin helado. Mañana volvemos a por más, pero ahora nos vamos.
Casi corrieron hacia el apartamento de Leo. Los besos en el ascensor fueron demasiado tórridos para no excitarlos. Harper metió la mano por debajo de la sudadera y Leo la cogió en brazos y se la puso en la cadera. Se abrió el ascensor y se escuchó un carraspeo.
—Ah, veo que estáis ocupados. Había venido para dejarte la llave del local, pero vamos, seguid, seguid.
Salió llevando a Harper encima mientras su hermano Jacob se partía de risa entrando en el ascensor.
—Lo sabrá toda tu familia.
—Mejor. Que lo sepan. Sigues siendo mi esposa.
—No mandaste los papeles —dijo ella. Él buscó las llaves mientras la sujetaba con una mano. Por fin abrió la puerta.
—No quería divorciarme y sigo sin quererlo. Organizaremos una boda de verdad.
—Ya hemos organizado dos —dijo ella agarrada a su nuca. Él cerró la puerta de una patada.
—Pues una cada año si es necesario. A mi familia le encantará.
La dejó en el suelo y se sacó la sudadera, la camisa, los pantalones. Ella se la quitaba a la misma velocidad. Cuando ambos estaban desnudos y descalzos, él la volvió a coger en brazos y se la llevó a la cama. La echó y se puso a su lado, respirando agitado.
—Pero lo del helado lo vamos a probar.
—Podemos probar muchas cosas, Leo. Pero creo que ahora deberías besarme.
Y la besó, con ganas, explorando cada centímetro de su cuerpo, durante toda la noche. Y después de dormir abrazados. O de repetirle lo enamorado que estaba de ella. Muchas veces. O de entregarse al placer como nunca lo había sentido. ¿Eso era amor? Sí, debía de serlo.