No somos novios (pero ya verás) (Familia Cresswell-Donovan 4) Capítulo 14. Y a veces, los sueños llegan
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Capítulo 14. Y a veces, los sueños llegan

Harper

Cuando llegó al hotel, su madre no entendió nada. Tuvo que explicárselo dos veces a ambas. Esperaba que se molestaran, que se enfadasen con ella por mentirles, pero solo la abrazaron, recogieron sus cosas y se marcharon a casa.

—Ven unos días a mi casa, hija. Descansa de todo este lío.

—Kevin anda diciendo que tenemos que dar explicaciones. Estoy un poco harta, la verdad. Y me ha conseguido otro restaurante para dentro de poco.

—¿Cuándo?

—En cinco días.

—Perfecto, te quedas cinco días en casa y luego vuelves con energía renovada. Y, por cierto, o sois actores de un Óscar o hay algo entre vosotros. A tu madre no la engañas, y a Margot tampoco.

—Bueno, será eso.

—¿Te han informado sobre Richard?

—Sí, le ha tocado a Lorelai hacer de intermediaria. Leo no debe querer ni hablar conmigo, para que veas. Me ha dicho que sigue en la UCI, pero al parecer fuera de peligro. Así que vale, recojo algunas cosas y nos vamos.

—Me parece fenomenal.

En la puerta vieron un par de paparazzi.

En realidad, no era tan famosa como para que alguien la siguiera, así que salieron por el garaje de camino a Jersey, a la tranquila casa de su madre.

Durante los cinco días que estuvo pudo ordenar sus pensamientos, con largos paseos sin el móvil.

No supo nada de Leo, pero Lorelai le informó de que Richard había salido de la UCI y que ya estaba en casa con tratamiento.

Puede que le operasen de nuevo en unos meses, cuando se encontrase mejor, pero estaba vivo y era lo que importaba.

Ella soltó un suspiro de alivio y se lo dijo a su madre. Se abrazaron.

—Hoy tengo que ir a ese restaurante, Kevin me mandará la ubicación cuando esté en la ciudad, y ya me quedaré, mamá. Me ha encantado pasar estos días aquí, haciendo galletas y paseando con la tía y contigo. Te quiero mucho.

—Y yo a ti. Llámame cuando llegues y también cuando acabes en ese restaurante. O si acabas tarde, al día siguiente.

—Claro, mamá.

Les dio un abrazo a ambas y se fue a su apartamento.

Kevin la iba a pasar a buscar, y le dijo que se arreglase, que el sitio era elegante, aunque sin pasarse.

Así que se puso un vestido ligero de tirantes en colores rosados, algo ajustado y no demasiado largo.

En la cintura llevaba un gracioso adorno de mariposas.

Se colocó un colgante con una mariposa también y miró su mano.

Todavía no se había quitado el anillo de Leo.

Estuvo a punto de hacerlo, pero todavía no habían hablado de cómo iban a romper, aunque él ya lo hubiera hecho por su cuenta.

Se arregló el cabello y lo cogió en una coleta baja.

Si iba a entrar en la cocina, no quería dejar ningún cabello suelto por allí.

Cuando bajó a la calle, Kevin ya la esperaba. La miró entera y dio el OK.

Luego, se subió al coche, mirándola de reojo.

—¿Qué me quieres decir que no me dices?

—Ah, sí, —soltó una risita—, me conoces bien. Leo ha cancelado el contrato que lo unía a Agatha.

—No me digas —dijo ella sorprendida.

—Sí. Dijo que estaba harto de todo. Está pasando por un mal momento.

—Me dijo Lorelai que su padre había salido, que estaba mejor.

—Lo está. Pero él de alguna manera, se ha hundido en la miseria. Tal vez podrías hablar con él.

—¿Yo? Recuerda que me echó de su casa y de… su vida.

—Estaba bajo presión. Te miraba con…

—Mira, Kevin, no lo digas. Por favor. Déjalo ya. Tiene familia suficiente como para que puedan consolar al niñito. Todos hemos perdido a personas queridas y seguimos adelante.

—Sentirse culpable es jodido, Harper.

—No voy a hablar del tema.

Él hizo el gesto de cerrarse la boca con cremallera y tirar la llave por la ventanilla. No pudo evitar sonreír. Kevin era como un hermano para ella. Llegaron al lugar y aparcaron detrás de una calle.

—¿Y por qué quieres venir a una de mis visitas?

—Es que tengo un evento luego y quiero que me acompañes, sin más. Así te distraes.

La entró por un callejón de atrás y ella enarcó las cejas. Normalmente solía pasar por la puerta principal, así hacía alguna foto de cómo era el lugar y el aspecto general. Ni siquiera se había fijado en qué calle estaba.

—Bienvenidos a mi cocina —dijo el chef. Era un tipo alto, atractivo y con gorro de cocinero. Aspecto limpio, eso le gustó.

—Encantada, chef. Soy Harper.

—Me llamo Caleb. Gracias por venir. Hace poco que hemos abierto y toda ayuda es buena.

—Antes de nada, quiero decirte que mis reseñas son sinceras, a pesar de que hayáis llegado a un acuerdo comercial, no mentiré.

—Y eso es lo que más me gusta, porque todo el mundo sabe que eres así. Creo que te gusta visitar las cocinas primero.

—Sí. Desde luego.

Le mostró la cocina completa. Había dos mujeres trabajando, todas con sus uniformes completos. Estaba muy ordenada e incluso lo que era la cámara refrigeradora, toda etiquetada. Hizo varias fotos y asintió con una sonrisa.

—¿Podré hacerte una entrevista corta?

—Sí, vamos al reservado y pregunta lo que quieras. ¿Te apetece un café o una copa de vino?

—Café estaría bien. He visto que tenéis algunas especialidades. ¿Me sorprendes?

—Por supuesto.

La llevó al reservado y desapareció. Al poco, ya estaba de vuelta.

—Las he encargado. Ya veo que has montado el trípode. Verás, soy bastante tímido para mostrarme en redes, pero mi marido dice que, si quiero prosperar en el negocio, debo hacerlo.

—Sí, estoy con él. Te guste o no, salir al mundo hará que conozcan este lugar tan bonito. Espero ver la sala más tarde.

—Desde luego, pero pensé que aquí estaríamos más tranquilos.

Un camarero les trajo dos cafés especiales, con un toque de nata y canela. Ella les hizo una foto y comenzaron la grabación.

—La editaré, así que siéntete cómodo con lo que digas y si hay algo que no quieres decir, no lo hagas. Si tenemos que repetir, lo haremos. Comencemos como si fuera una conversación natural. ¿Cómo llegaste a ser chef?

—Gracias, Harper. Verás, mi historia no es de lo más normal, creo. Te diré que estaba en el ejército, pero nunca me gustó del todo. Tradición familiar, ¿sabes? Y, además, soy gay, algo que a mis padres no les hizo ninguna gracia. Así que seguí mi pasión y mis sueños y aquí estoy.

—Vaya, eso es algo maravilloso. Entonces, ¿siempre te gustó cocinar?

—Sí. Mi madre viajaba mucho y como soy el hermano mayor, me tocaba hacer la comida.

A mi padre no se le daba bien. Empecé a preparar más que una hamburguesa o una ensalada.

Pero luego me enrolé y allí no pude hacer nada.

Sin embargo, aprovechaba cualquier día libre o incluso horas para ir a aprender allá donde estaba destinado.

—Montarse un restaurante es complicado y cuesta mucho dinero.

—Así es. Ahorré todo lo que pude y también he de decir que mi marido quiso invertir en mi negocio y entre los dos lo levantamos. Él es el socio ejecutivo, según dice, —comenta sonriendo—, pero somos muy felices.

—Trabajar en tu sueño es lo mejor para cualquier persona.

—¿Cuál es tu sueño, Harper? —preguntó él de repente.

—Bueno… yo también quería algo así, pero no tengo la suerte de tener un marido que me apoye y digamos que… tampoco me siento preparada.

—¿Querías ser chef?

—Me conformaría con trabajar en una cocina de momento.

—¿Y dejarías tu trabajo por ello?

Ella tragó saliva. No entendía muy bien por qué le estaba preguntando eso, pero asintió segura.

—Lo dejaría, Caleb. Lo dejaría de verdad.

—Entonces trabaja conmigo Harper. Necesito a alguien en la cocina.

—No me conoces, ni siquiera sabes cómo trabajo.

—Me han informado y he visto tus redes, antes preparabas platos con mucho estilo. Y, bueno, podemos empezar un par de meses a prueba, si ves que te convence, te quedas. Que no te gusta estar aquí o no te gusto como jefe, te vas. Tan fácil como eso.

Se quedó sin habla. ¿Por qué le estaba sucediendo esto?

—Puedes pensártelo, Harper, aunque primero me gustaría que probases mi menú especial.

—Por supuesto, Caleb, desde luego.

—No me contestes todavía, tienes unos días para pensarlo, aunque sí es cierto que necesito una ayudante de cocina que sepa hablar con la gente. Serías perfecta para ello, si te parece bien. Ya ves lo mal que se me da a mí.

—¿Quieres decir que trabajaría en la cocina y en la sala?

—Mucha gente solicita hablar con el chef. Y lo odio. O no lo odio, pero me produce una gran incomodidad. Me salvarías la vida.

—Yo…

—No me contestes ahora, pediré que traigan mi menú especial.

Salió un momento y ella miró a su alrededor. La sala era preciosa, la cocina un sueño… ¿sería posible? Y el chef era un encanto.

Entró una simpática camarera que le explicó lo que llevaba todo el plato.

Era una sencilla sopa de tomate con hierbas y un helado salado.

Le hizo fotos antes de comerla y después se grabó probándola.

Se le abrieron los ojos como platos y solo pudo ronronear.

Le pasó lo mismo con los demás platos. Además, sola en esa sala, se encontraba muy centrada en los sabores, los olores, las texturas.

Con el postre, volvió a entrar el chef, algo nervioso.

—Dios santo, Caleb. ¿Esto dais en el menú?

—Mmm sí. Esto. Tal cual. ¿Qué te ha parecido?

—¿Los empleados pueden comer de vez en cuando estos platos?

Se echó a reír. —Claro, siempre los probamos antes de comenzar el servicio.

—Me quedo, me da igual lo que me pagues o si me das de comer, no hace falta que lo hagas.

Caleb soltó una carcajada. —Veo que te han gustado.

—Me va a ser muy difícil encontrar un fallo para que no parezca que no soy sincera. Llévame a la sala a ver si encuentro algo que no me guste.

Volvió a sonreír y la acompañó. Ella hizo algunas fotos y luego, refunfuñó al volver al lado del chef.

—Maldita sea, es perfecto.

El chef la abrazó con afecto. No le había parecido un tipo de esos que van dando abrazos, pero lo aceptó. Un hombre trajeado y muy atractivo apareció y le tendió la mano.

—Soy su esposo y socio. ¿Has comido bien?

—A las mil maravillas.

—¿Y con respecto a lo otro? Porque mi esposo es un as con las preparaciones, pero explicarlas… eso no se le da nada de bien. Me parece que tú lo tienes todo, Harper.

Sí que la habían investigado, él también sabía su nombre.

—Esta es nuestra oferta —dijo Caleb pasándole un papel. Ella no esperaba tanto, pero sonrió. No es que fuera a ganar lo mismo que siendo creadora de contenido, pero le valía.

Tendió la mano y ellos la estrecharon.

—¡Bienvenida a la familia!

—Será raro publicar una crítica gastronómica perfecta y luego trabajar aquí, pero me da igual. Mis seguidores saben que soy sincera.

—Tenemos un cáterin en media hora, ¿quieres quedarte? ¿Te animas? Casi eres ya empleada.

Kevin se acercó con una sonrisa. —¿Has aceptado?

—También lo sabías.

—Por supuesto, mona. Seguiré siendo tu agente cuando salgas en medios, y vendré a comer aquí todas las semanas.

La metieron en la cocina y le dieron un uniforme que no le quedaba nada de mal. Se puso un gorro y se lavó las manos. Estaba emocionada. Kevin se fue a ese evento y ella aprendió, imitó y preparó cientos de cosas.

—Eres rápida, Harper. Me gusta —dijo llevando una bandeja a la cámara.

Pensó en su padre. Cómo habría disfrutado viéndola trabajar en una cocina. Uno de sus sueños se había hecho realidad y de lo otro… supuso que el tiempo y la distancia le ayudarían a solucionarlo.