No somos novios (pero ya verás) (Familia Cresswell-Donovan 4) Capítulo 12. Celebremos todos juntos #2
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Capítulo 12. Celebremos todos juntos #2

—Somos muy felices de darle la bienvenida a Harper, pero también a Ruby, Lorelai, Fran y a toda la familia. A nuestros amigos queridos que también nos acompañan y a la madre de Harper por haber tenido una hija tan maravillosa. Y ahora, si los novios quieren decir algo…

Margot se llevó a Richard emocionados y Leo miró a sus hermanos, luego a Harper. Ella se sentía mal y él parecía que también.

—No voy a decir nada, que es privado. Solo gracias, familia.

—¡Será soso! —exclamó Jacob—. Al menos besarás a la novia.

—Eso sí.

Se acercó a ella y con cuidado, posó sus labios, sin profundizar, pero ella pasó los brazos por su nuca y lo atrajo. Él la abrazó y se escucharon silbidos hasta que, con desgana, se separaron.

Entonces Sophie fue hacia ellos y los abrazó, llorando. Leo subió a la pequeñaja y la volteó. La confusión de besos y felicitaciones se extendió durante un buen rato. Kevin lloraba y hacia fotos, igual que Agatha.

—¡A comer! —ordenó Bella acariciando su enorme vientre—. Alex se muere de hambre.

Entre risas, fueron hacia las mesas donde ya les esperaba el cáterin. Su madre les dio un abrazo y luego se fue a charlar con Margot, con quien había congeniado a la primera. Comieron un poco, pero vio que Leo estaba inquieto.

—¿Nos escapamos? —susurró. Ella asintió. Estaba un poco mareada. Habían puesto música y habían tenido que bailar una canción, ella con Richard y Leo con Margot. Sus hermanos querían bailar con la novia también.

La tomó de la mano y se escabulleron por el jardín. Jacob los pilló y le guiñó el ojo a su hermano. Llegaron al muelle y la ayudó a subir, descalza. Quitó el amarre y de un salto, se puso en cubierta.

—Ven, te enseñaré cómo se maneja.

Ella lo siguió. El barco se echó hacia atrás despacito mientras empezaban a aparecer los miembros de su familia que les decían adiós emocionados.

—Se han dado cuenta —dijo Harper saludando.

—A mi familia no se les pasa nada. Iremos a una cala preciosa. Si vemos que hay turistas, nos quedamos en el barco.

—Me parece bien.

Aumentó la velocidad. Se había remangado y sus fuertes brazos agarraban esa manija con firmeza. Le gustó que el suave aire entrase por las ventanas abiertas y removiese su cabello. Quería acercarse a él, tal vez abrazarle por la cintura. Pero, ¿no era demasiado?

Él se giró con una gran sonrisa y aumentó la velocidad.

—Ven, ponte delante, así te sujetas.

La tomó de la cintura y la puso entre el panel y su cuerpo. Los suaves botes que daba el barco le hacían chocar con ese muro de atrás, y sí, sabía que Leo Donovan estaba en forma, pero le estaba gustando demasiado.

Bajó la velocidad y llegaron delante de una isla. Fue parando el motor y explicándole para qué servían los botones. Ella no se estaba enterando de mucho, porque el roce de su espalda con el pecho de Leo la estaba trastornando.

—Echemos el ancla. Tenemos una lancha pequeña por si queremos bajar a la cala. Ahora hay gente, tal vez mañana.

—¿Nos vamos a quedar aquí hasta mañana?

—Todo el tiempo que quieras, Harper. Nadie nos va a decir nada. Creo que las chicas te hicieron una pequeña maleta. Al menos mi hermano hizo la mía. Si no tienes ropa, te dejaré algo.

—Es demasiado —suspiró ella.

Él la tomó de la mano. —Ven que te enseño el barco.

Bajaron por las escaleras, había una salita sencilla pero elegante con una mesa para comer y una mini cocina. Abajo, dos camarotes. Uno de ellos con cama grande. Habían puesto pétalos de flores en ella. Suspiró. Podría haber sido bonito si fuera cierto.

—Si te apetece bañarte o algo, podemos bajar por las escaleras. Es toda una sensación meterse en el mar a la luz de la luna.

—¿Y no habrá bichos raros?

—Normalmente no —dijo él divertido.

Ella buscó en su bolsa y encontró el bikini azul. Se fue a la otra habitación para cambiarse y quitarse la preciosa corona de flores. Se hizo un moño y escuchó las maldiciones de Leo.

—Puto Jacob —dijo con los pantalones puestos. La ropa estaba extendida por la cama.

—¿Qué?

—Ni me ha puesto pijama ni bañador. Lo voy a matar.

Ella se sonrojó y se encogió de hombros.

—Puedes bañarte en pelotas. Te recuerdo que ya te he visto desnudo.

—Mmm, sí, cierto. Vale.

Se quitó todo y ella salió corriendo del camarote. Que ya lo hubiera visto así no significaba que no se sintiera cohibida por su atractivo cuerpo. Él la condujo hacia la zona de atrás y bajó las escaleras con cuidado. Él se lanzó al agua.

—Está deliciosa, Harper, vamos, tírate.

—Iré a mi ritmo, Leo.

Acabó en el agua, a pesar de que ver esa oscuridad le intimidaba. Se quedó cerca del barco, agarrada a la escalera que bajaba hasta el agua.

—No sabía que eras una cobardica —dijo él chapoteando frente a ella.

—Está oscuro. Pueden salir peces y morderte, ya sabes, si piensan que es un gusano.

—Demasiado grande para un gusano —dijo él nadando hacia ella. Se colocó delante, agarrado a la escala. Luego, hizo un gesto de dolor y se hundió en el agua.

—¡Leo! Joder.

Se soltó y se metió bajo el agua, buscándolo. Él estaba flotando, justo debajo de ella, con una sonrisa tonta en la boca. Salió del agua, tosiendo y subió las escaleras. Él emergió tan contento.

—Me has dado un susto de muerte, hombre. Ya no pienso bañarme más. Y mira mi pelo. Estaba precioso.

A él le cambió el gesto. Ella temblaba y lo miraba enfadada.