Capítulo 9. ¿Revolcarse es revolcón?
Leo
Llegó la hora de acostarse. El jardín ya estaba totalmente adornado en tiempo récord gracias a las órdenes de Bella y el apoyo de su lugarteniente Sophie, encargada de transmitir las órdenes de la jefa a todos.
Ellos solo habían estado obedeciendo y, aunque no iban a tener invitados, sí que acudirían algunos amigos.
Subieron a las habitaciones, Jacob y Bella se dirigieron a la de Mack donde dormían por el momento. Él se giró hacia su hermano.
—Recuerda que estás con una conmoción, no te agites demasiado.
Harper se volvió, nerviosa y él fulminó con la mirada a Jacob.
—Como cuando te encerrabas con Bella y os escuchaba suspirar. Es patético, Jacob.
—Basta los dos —dijo Bella—. A la cama. Buenas noches, Harper y disculpa por el coeficiente emocional de los gemelos. Son majos, pero a veces vuelven a los dieciséis.
Harper sonrió y entraron en la habitación. Le mostró donde podía dejar sus cosas y el baño. Una vez que ella se había puesto el pijama, se quedó de pie, mirándolo. Él abrió la cama y le dejó sitio.
—Supongo que no te importa. Quedaría raro si durmiera en el sofá.
—Claro, Leo. Oye, siento de verdad haberme presentado así. En mi cabeza salía de otra forma.
—Ya está hecho. A dormir. Mañana nos vamos a casar de nuevo —suspiró él.
Se metió dentro con él. No pudo evitar oler el suave perfume de su crema y se recostó con los brazos doblados bajo su cabeza. Ella se giró hacia él.
—Tu familia es genial, pero me siento horrible.
—Lo sé. Yo también, no creas.
—Al menos tu padre está mejor. ¿Cómo llevas la cabeza?
—Mejor. Te voy a contar más sobre lo que pasó para que estés preparada, sobre el acoso que le hicieron a Ruby, las peleas y el juicio.
Se lo fue contando mientras ella asentía escuchando atenta.
Poco a poco se fue sentando frente a él y puso la mano sobre su estómago, acariciándolo, y su cuerpo comenzó a reaccionar.
Dobló las dos piernas y dejó de hablar. Su mente ya no coordinaba.
Solo miraba sus labios al decir palabras de consuelo, su rostro apenado y la forma graciosa en la que inclinaba la cabeza, como si de esa manera pudiera escuchar mejor. Ella se acercó un poco más y lo miró.
—¿Qué te pasa? ¿Te entristece hablar de esto? ¿Te encuentras bien?
Y él hizo una estupidez. La rodeó por la cintura y la atrajo a su pecho. Ella se quedó quieta, sorprendida. Sus labios estaban a la distancia de una respiración.
—Leo, ¿qué?
Después llegó la segunda. Se acercó y la besó.
No porque tuviera que hacerlo o porque hubiera una cámara.
La deseaba. Posó sus labios con suavidad y ella apoyó sus manos en el pecho, pero no se apartó.
Sintió que ella se giraba para acomodarse sobre él y abrió la boca.
El beso profundizó y Harper no se retiró, así que la colocó sobre él.
Sus piernas entre las suyas y notaría sin duda lo excitado que estaba.
Pero ella se retiró, deprisa, golpeándole con el muslo en un punto sensible.
Él gimió y luego le dio una punzada en la cabeza.
Ella se levantó de la cama, llevándose la sábana y se enredó, cayéndose al suelo de culo.
Llamaron a la puerta y entró Jacob sin avisar. Los miró. Leo levantó las piernas y él una ceja. Se giró.
—Están bien, tranquilos. Juegos nocturnos.
Escuchó unas risitas de alguien del pasillo y lanzó la almohada con fuerza a su hermano, que cerró la puerta.
—Joder, no se puede tener intimidad en esta casa —dijo en alto. Todavía escuchó algunas risas.
Se levantó y ayudó a Harper a desenredarse de las sábanas. Ella estaba sonrojada.
—Lo siento, Leo. Ha sido una reacción desproporcionada.
Tomó su mano y la levantó hasta quedar cerca de él. Retiró el cabello revuelto de su cara detrás de la oreja y sonrió.
—Vamos a tener bromas sobre esto durante mucho tiempo, ¿lo sabes?
—Eso veo. En realidad, ha sido gracioso.
Y, de repente, ella soltó una carcajada. Él la miró y se echó a reír también. Se acostaron el uno al lado del otro, mirándose de frente.
—No siento haberte besado porque me apetecía, Harper y no puedo evitar excitarme, eres preciosa y te deseo. Pero entiendo muy bien que no quieras hacer nada, implicarte… más, por decirlo así y no volveré a hacerlo, excepto supongo que mañana, cuando nos no casemos, que nos pedirán un beso.
—Gracias, Leo. Entiendo muy bien que te excites porque yo también lo he hecho, pero me da miedo colgarme de ti sabiendo que esto es un contrato y que es temporal.
Me pareces un tío muy atractivo y desde luego que podría acostarme contigo.
No digo que sea enamoradiza, pero tienes muchas razones para que lo haga.
Y, sinceramente, no quiero estropear lo que tenemos.
Leo asintió, en silencio.
—Si tuviera que enamorarme de alguien, sería muy parecida a ti. Preciosa, inteligente, con una gran personalidad, y otras muchas cualidades que tienes. Lo mejor, que les has caído a mi familia de maravilla. Pero como dices, si… ocurriera eso de acostarnos y gustarnos más, sería raro.
—Sí mejor nos dormimos. Además, te puede doler la cabeza.
—Sí. Descansa. Gracias, Harper, por todo.
—Vale… sí. Gracias también.
Se quedó boca arriba mirando al techo y de vez en cuando la escuchaba suspirar hasta que se debió dormir. Claro que era una mala idea acostarse con ella porque si ella decía que no quería quedarse colgada, para él ya era tarde. Había empezado a gustarle mucho y eso era una putada.