Capítulo 7. Inesperado #2
Cuando se giraron, dos de los tipos del bar se pusieron por delante de ellos. Ruby había llegado hasta donde estaban y se voltearon, enfrentados a ellos.
—Tíos, os han visto en el bar, diría que vais directos a la cárcel si nos hacéis algo —dijo Charlie, intentando calmarlos.
—Como si fuera la primera vez —dijo uno riéndose—. Sois muy gallitos cuando estáis rodeados. Además, nos das igual. Es ella la que tiene que aprender la lección.
Se quedó pálido, su hermano jadeó y se enfrentó al tipo.
—¿Os ha mandado Rubens?
—Ni idea de quién es ese tipo. Solo que esta pelirroja debe aprender una lección y se la vamos a enseñar con gusto. Depende de vosotros si queréis salir bien o mal. Os podéis ir.
—Está bien, toda vuestra, ni siquiera somos nada —se le ocurrió decir. Había que pensar rápido y ese tipo de respuesta les chocaría. Pero Charlie lo miró horrorizado. Arrastró a su hermano, pero este se resistió.
—¿Qué coño haces? —gritó con furia. Los tipos parecían divertirse y les dieron la espalda, rodeando a Ruby. Leo lo miró con intención y le dio un puñetazo por detrás al más cercano. Entonces Charlie se dio cuenta de su verdadera intención.
Ruby sacó su pierna a trabajar y dejó a uno sin aliento con una patada en las pelotas. Cogió el bate que había soltado y comenzó a golpear. En minutos, estaban los tres de pie, agitados, con sangre en la cara, pero enteros.
—Llamo al sheriff —dijo Leo. Iba cojeando. Charlie se acercó a ella y la abrazó.
—Joder, amor. Lo siento. No teníamos que haber venido.
—¿Estás bien? ¿Herido?
—Magullado, ¿tú?
—Bien.
—Ya he llamado al…
Leo los miró y se cayó tan largo como era. Ruby lo examinó y vio un fuerte golpe en la cabeza que sangraba. Charlie, nervioso, llamó a una ambulancia.
—No es… no es nada —murmuró él, entrando y saliendo de la inconsciencia. Escuchó sirenas, sintió la mano de su hermano, luego alguien lo examinó. Iba y venía. Su hermano se colocó a su lado y le decía que se tranquilizase. Durmió un rato y alguien le abrió los ojos. Protestó y Mack sonrió.
—¿Cómo estás, gruñón?
—Me duele un puto huevo la cabeza.
—Ya es él —respiró aliviado Mack que después de tomarle las constantes, salió supuso que a comentar a la familia.
Enseguida entraron Margot y su gemelo, que le dio un abrazo.
—Tranquilo, tío, estoy bien.
—No quiero quedarme sin el padrino de mi hijo.
Él parpadeó, emocionado. Margot le dio un abrazo también. Finalmente, Jacob se quedó con él, aunque insistió que tenía que cuidar de su esposa. Su hermano se negó a irse.
—Estará bien, tiene toda una familia por esclavizar.
Se echaron a reír, aunque Leo se tocó la cabeza. Dolía y mucho.
—Me alegro de verte tan feliz, Jacob. Estabais hechos el uno para el otro, a pesar de ser una mandona.
—Sí, pero es mi mandona. Es dulce cuando estamos solos, supongo que en la familia tiene que demostrar que sigue siendo Bella.
—Me parece bien, si a ti te gusta.
—Pero tú estás más serio y quizá más borde de lo habitual, Leo.
—Papá me preocupa.
—Ya. Mack me dijo que Lorelai y él han estado revisando las nuevas terapias que hay por el mercado. Llevan idea de probar alguna y papá está de acuerdo.
—¿Y si fuera a peor?
—Pero ya va a peor, Leo. Se… se apaga.
Se apretaron de las manos y asintieron. Habían perdido a una madre, no querían perder a un padre. No todavía.
—¿Y los demás? ¿Sophie?
—Está asustada, aunque no quiere reconocerlo. La verdad es que hemos tenido un verano muy agitado, Leo.
Después de un día más de hospital, ya se encontraba mejor.
Agatha le había llamado y le pidió que se hiciera algunas fotos en el hospital, que eso siempre daba puntos.
A pesar de su reticencia a ello, acabó haciéndolas y las mandó a su editor por si las mejoraba.
Más tarde, le dieron el alta, Mack y Lorelai pasaron a despedirse y su hermano lo llevó a Los Hamptons.
Charlie se había vuelto al rodaje y solo estaban Bella y Sophie, que lo recibió con los ojos rojos.
—Estoy bien, peque. De verdad. Aunque Jacob dice que me he quedado un poco más tonto de lo que soy.
Ella se volvió a su gemelo que puso cara de sorpresa. Llevaba el dedo de reñir por delante.
—No te atrevas a decir esas cosas de Leo. Él no es tonto y no lo será. Nunca.
—Oye, que se lo ha inventado, Mini Villana. Ya sabes cómo es.
Leo se sentó en el sillón y abrió los brazos. Ella se sentó junto a él y se apretó a su cuello, temblando.
—Me dais muchos sustos, jolines y a los papás también.
—No es nuestra culpa, peque. Quizá estamos en el lugar menos adecuado.
—Pues te voy a castigar, no ¡a todos! Os castigaré sin salir.
—Cariño, eso no es posible —dijo su madre sentándose a su lado—. A veces ocurren cosas feas fuera de casa, pero quedarte dentro no es la solución.
—Estudiaré artes marciales como Ruby.
—Eso está muy bien —dijo Leo—. ¿Me podrías traer un vaso de agua?
Ella lo miró con los ojos entrecerrados. —Espero que no te aproveches de tu herida.
Se aguantó la risa y Margot aprovechó para abrazarlo.
—¿Estás bien?
—Me duele la cabeza, pero bien. ¿Papá?
—Duerme, luego te ayudamos a subir a verlo. El juicio por agresión de esos malnacidos será en una semana más o menos. Tal vez así todo se acabe. Los voy a empapelar hasta que se pudran en la cárcel.
—No sé, no resultó nadie demasiado herido…
—¿Te parece poco tu conmoción? Ha venido un agente del FBI y nos ha dicho que son parte de una agencia que se dedica a dar palizas, a asustar a la gente. Los van a coger por los huevos.
—¡Mamá! ¡Has dicho una palabrota! —exclamó Sophie con el vaso de agua en la mano. Luego, sonrió—, pero me gusta.
Se le hacía bastante complicado estar en la cama sin moverse.
Consiguió un sitio en el jardín, donde nadie lo molestaba y de vez en cuando ponía un post. Agatha había atrasado con bastante disgusto el tema de la boda porque no pegaba demasiado después de esto, pero no había contactado con Harper.
Ni siquiera le había preguntado qué tal estaba e imaginaba que lo sabía.
Su humor se había vuelto insoportable y entre él y su impaciente esposa, Jacob parecía bastante estresado.
Al menos, Charlie y Ruby volvían para el fin de semana. Escuchó a su hermano abrazarlo cuando entraba.
—Menos mal que habéis venido, esto es un infierno —dijo Jacob sin preocuparle que tanto Bella, que había salido de su despacho a saludar, como él, que estaba en la terraza, lo escucharan.
Sophie llegó corriendo y saltó en brazos de Charlie. Los escuchó hablar. Seguro que Jacob se quejaba de sus hermanos. Al menos, su padre había respondido bien a la terapia experimental. Poco a poco, iba recobrando el color y había dejado de estar conectado a una botella de oxígeno.
Se cambió mientras todos se saludaban, en parte, quería estar solo por unos momentos y luego salió al porche. Llevaba la cabeza vendada y Charlie, que estaba con su padre, se levantó a abrazarlo.
—¿Qué tal te encuentras?
—Me duele la cabeza, la verdad, pero no hay daños graves.
—Pensé que habría suerte y te cambiaría la personalidad —dijo Jacob. Se echaron a reír, pero Leo lo miró mal.
—No tendrás esa suerte, capullo.
Bella salió y su marido se levantó enseguida para cederle su sitio. Ella refunfuñó, pero sonrió a Charlie y a Ruby.
—Qué bueno veros ¡Qué ganas tengo de que me den el alta!
—Pronto, ¿no? —preguntó Ruby. Bella asintió.
—Gracias a Dios —murmuró Sophie, pero ella la escuchó y la niña se volvió poniendo su cara angelical, así que todos se echaron a reír.
—Aunque es verdad que aquí se está de maravilla. Esta tranquilidad… no tiene precio.
—Ya sabes que estamos a pocas millas de la casa. Podemos venir, si papá y tu madre aceptan, casi todos los fines de semana, hasta que nazca… él. Díselo, Bella.
Todos la miraron y ella sonrió. —Hemos pensado el nombre del bebé. Se llamará Alexander por mi padre y Richard por ti. Así que Richard Alexander Donovan Cresswell.
Richard tragó saliva, Sophie se puso a aplaudir y más de uno soltó una lágrima.
—Pero yo lo llamaré Alex. Es un nombre demasiado largo —dijo Sophie.
—Rebautizado queda —rio Charlie.
Llamaron a la puerta principal y Jacob se levantó a abrirla. —Serán Mack, Lorelai y Fran.
Sophie se levantó para recibirlos y Charlie a por algo de beber. No escucharon mucho ruido y se volvieron hacia la puerta. Jacob estaba pálido y lo miraba y Sophie enfurruñada. Entonces la vio.
—¿Qué coj…? —preguntó al verla.
—Hola, esposito, aquí estoy, para cuidarte.
Todos la miraron y luego a Leo.
—¿Qué es esto, hijo? —preguntó Richard.
—Harper, ¿qué haces aquí?
—Visitarte.
—Hablemos dentro —contestó él. La tomó del brazo y la llevó a su habitación.