Capítulo 7. Inesperado
Leo
Casi no pudo dormir. Hablar con Harper le hizo pensar en su familia y en lo que pensarían sobre la estupidez que había cometido. No por ella, sino por ellos.
La escuchó dar vueltas y él se quedó quieto, intentando dormirse.
Al día siguiente, sobre las diez, les trajeron el desayuno.
Tocaba fotos de nuevo. Sonrieron, ella se sentó sobre sus rodillas, ambos en albornoz.
Estaba tan afectado que ni siquiera se excitó, a pesar de que había puesto sus labios en el hombro, o entrevió su escote.
Sonreía, mecánicamente, intentando hacerlo lo mejor posible.
Los dos siguientes días hicieron muchas cosas juntos. A pesar de que la tarde de la boda habían hablado en confianza, él dejó de hacerlo. No quería implicarse. Y ella, sin duda, tampoco.
Kevin y Agatha solo les pedían que sonrieran, que estuvieran cariñosos y pensó que tal vez le serviría para practicar su actuación. Y no es que le desagradase Harper, sino esa mierda de idea.
Por fin, el viernes se despidieron. Ella volvía a Nueva York, él a Los Hamptons, donde se quedaría el fin de semana y después, tenían previsto varias apariciones, porque el lunes ya iban a publicar lo de la boda.
—Pásalo bien con tu familia —dijo ella algo tensa. Supuso que la había ofendido. Pero ¿qué esperaba?
—Dale un beso, hombre. Despediros en condiciones —dijo Kevin.
Él se agachó sonriendo y la tomó de su rostro. Le dio un suave beso que no incluyó lengua y luego en la punta de la nariz. Ella soltó una risita y después se fueron cada uno por su lado.
Llegó a Nueva York y decidió pasarse a buscar a Charlie, necesitaba hablar con él y como Jacob le había dado sus llaves, las recogió junto con el correo y llegó a su piso. Cuando entró, la pelirroja, que solo llevaba ropa interior, se dio un susto de muerte.
—Hola, Ruby, me alegro de verte en estas circunstancias.
—Leo, ¿no sabes llamar? —contestó ella sin taparse. Él la admiró. Estaba bien buena. Ella refunfuñó y fue a ponerse una camiseta.
—¿Charlie?
—Dormido.
Él preparó el café. Se alegraba por su hermano, pero hubiera querido hablar con él a solas. Escuchó la puerta y salió Charlie en pelotas.
—¡Joder! ¡Tápate, tío! Te tengo muy visto, no es necesario.
—Leo, ¿qué haces aquí? —preguntó indeciso. Ruby le pasó una chaqueta. Tenía el ceño fruncido.
—Aquí el influencer ha entrado con una llave…
—Que mi hermano me dio. Por si acaso.
—Yo no te la di. Esa llave la tenía Bella.
—Ya, pero Jacob me la dio. Se me ha estropeado el coche y como sabía que ibas para los Hamptons me he pasado. Lo que no sabía que me encontraría a una sirena en pelotas.
—Eres un tipo muy imbécil. No te pareces a tu hermano.
—Eso dicen —dijo serio, pero luego retomó la compostura—. Al menos he traído croissants. Y mientras tu novia se ha vestido, he preparado café. La verdad es que si tu madre viera el sitio donde vives, le daría un ataque.
—Y tú te vas a callar la boca.
—A sus órdenes.
Se sentó con toda su cara en el sofá y Charlie, bufando, fue a vestirse. Ruby entró detrás. Los escuchó hablar. Claro que se había presentado sin avisar, pero tampoco sabía que estaría acompañado.
Salieron. Se había levantado y miraba por la ventana con una taza de café en la mano.
—Al menos tienes buenas vistas.
—No es nada comparable con tu casita de Miami.
—Ah, eso. La he vendido. O sea, está en una agencia para venderla. En realidad… bueno, da igual. ¿Os queda mucho? Me apetece ver cómo están Bella y el bebé.
—Sí, estamos enseguida, en que desayunemos.
Notó la mirada de su hermano y supo que no se estaba comportando bien. Él no se lo merecía, pero estaba demasiado tenso. Y verlos a ellos tan felices no le ayudaba.
Se metió en la parte trasera del coche con las bolsas, se puso las gafas de sol y esperó, mirando por la ventana.
—Hemos decidido terminar la película, a pesar de todo, quizá Lauren te llame.
—Vale.
—¿Qué te pasa? Tú no eres así —dijo Charlie mirándolo por el retrovisor.
—Tendrá mal de amores —dijo Ruby. Bufó, pero no contestó. Una vez que llegaron, se bajó con rapidez y desapareció en la casa.
Saludó rápido a todos y fue directo a ver a su padre. Margot estaba con él y también Jacob, que cuando lo vio, le dio un abrazo y se fue con Bella, que estaba enfurruñada en el sofá.
Sintió que el alma se le caía a los pies.
Su padre tenía bastante mal aspecto, aun así, charlaron un rato de todo y de nada.
Hasta que ya no pudo aguantar más y con la excusa de ver a los demás, se alejó por el jardín.
Margot pasó cerca y le dio un suave abrazo. Él la miró con todo el dolor del mundo.
—Recomponte, Leo. Podrías ir preparando la barbacoa, si te apetece.
Él no habló, porque las lágrimas pugnaban por salir y asintió.
Poco a poco, fue recuperando su habitual humor, porque tenía que seguir siendo él.
Cuando ya tenía todo preparado, empezó a preparar las mesas.
Fastidiado, vio que ninguno de sus hermanos salía.
Claro, estaban con sus chicas. Se asomó al salón.
—No pienso hacer yo solo la barbacoa, que lo sepáis.
Mack y Charlie se dieron por aludidos, y todos fueron saliendo al jardín. Extendieron los toldos para evitar el sol fuerte y empezaron a bromear entre ellos. Aprovechó para tirarle algunas pullitas a todos, nadie se quedó libre y escondió sus preocupaciones debajo de la máscara de siempre.
Pero tenía que reconocer que, a pesar de que su padre se veía pálido y ojeroso, lo estaba pasando muy bien. Estar con la familia calmaba su ansiedad. Y hasta ahora no se había dado cuenta.
—¿Haremos una hoguera nocturna? Podemos asar malvaviscos —dijo Sophie cuando todos se habían ido colocando en hamacas por el jardín. Su madre negó.
—Hoy no, cariño. Tal vez mañana.
Supo que era por su padre. Lo ayudaron a acostarse y Mack, Lorelai, Charlie, Ruby y él se fueron a La Sirena a tomar algo. Leo miró a Jacob, pero se negó a dejar a Bella por mucho que ella insistiera. Ya habría tiempo de hablar con su hermano.
Se acababa el verano y se notaba que había menos turistas por la zona. Era más tiempo de residentes y gente que trabajaba por ahí, aunque para él, era el mejor momento del año. Las parejitas caminaban agarradas de la cintura, pero no lo excluyeron.
—Hace poco tuvimos un mal rollo en el sitio donde vamos. Y encima lo de la tormenta, cuando se cayó una pared, fue muy fuerte.
—Ya la han reconstruido —dijo él. Había seguido la reparación casi en directo—, lo he visto en redes.
—¿Qué pasó?
Lorelai le hizo un resumen mientras caminaban hacia el bar. Ruby se sorprendió.
—Ese Bob es un indeseable. Algún día alguien le dará lo que se merece —dijo él enfadado.
—Son los típicos matones —comentó Ruby—, gente que solo quiere hacer mal porque sí. En cuanto le plantas cara, van a molestar a otro, lamentablemente.
—Y los hay en todas partes —dijo Lorelai.
Entraron en el pub. La pared que se había caído estaba sin pintar, pero el lugar seguía lleno. Ben se acercó a ellos. Tenía mala cara.
—Hola, chicos, ¿qué tal?
—Deduzco que Stella no te ha recibido bien —dijo Lorelai preocupada.
—No. Y me he cansado. No puedo hacer que yo le guste a ella, así que me largo por una temporada. Además, he tenido una oferta de trabajo. Después de la inauguración me iré un par de semanas.
—Lo siento, Ben —dijo dándole un toque en la espalda al socio de su gemelo—, a veces no se tiene la misma suerte que estos dos.
Ben se marchó. No sabía por qué se empeñaba en intentar algo con Stella cuando claramente ella no estaba interesada.
Nunca lo estuvo en ninguno de ellos y no por intentarlo.
Ella era preciosa y parecía tener suficiente carácter para ser interesante.
Se acercó a la barra a por bebidas y Mack lo acompañó.
Al menos, el doctorcito estaba menos serio ahora que salía con esa preciosa pediatra.
Le tocó en el brazo y se giraron hacia la puerta.
Siete tipos bastante siniestros entraban y se colocaban al final de la barra, apoyados en ella.
Varios de ellos los miraban fijamente. Volvieron a la mesa de sus hermanos.
—Esa gente tiene mala pinta —dijo Ruby. Charlie envió un mensaje a Ben que lo leyó enseguida y asintió. Se acercó a su hermano.
—Igual vienen a por Mack, Lorelai. Por lo que me habéis contado… si por él su agresor fue a la cárcel… Deberíamos llamar a la policía.
—Voy.
—Deberíamos irnos, Mack.
—Somos más. Está Ben y sus dos amigos, nosotros tres…
—Y yo, Mack. Te aseguro que estoy entrenada —dijo Ruby.
—Esperemos que no sea necesario —dijo Charlie—. Comportémonos de forma normal.
Al poco rato, apareció el sheriff con un ayudante y entraron a tomarse un agua. Él se acercó a la mesa y habló con ellos. Protestaron, pero acabaron marchándose. Respiraron aliviados. Luego, se acercó a ellos.
—Estaban de paso, pero no os fieis. No me han dado buena sensación. El juicio se celebra la semana que viene y eres el principal testigo, Mack.
—Pero no el único.
—Lo sé, pero esta gente, a saber. Y tampoco estoy seguro de que esté relacionado. Solo tened cuidado. Llamadme si pasa cualquier cosa. Me quedaré por la zona.
—Gracias, sheriff —dijo Mack serio.
—Deberíamos irnos —comentó Charlie. Ben se acercó y lo pusieron al corriente.
—Os acompañamos a vuestra casa, Mack, sin problema.
Se marcharon enseguida. De todas formas, tampoco les apetecía estar más tiempo en el bar. Leo caminó con Charlie y Ruby hacia casa, sabiendo que Ben, antiguo policía, iba a escoltar a Mack y Lorelai a la suya.
Charlie se puso a su lado. —Te pasa algo, tío. Cuéntame.
—Me quedo un poco atrás, así habláis —comentó Ruby con delicadeza.
—Verás, tío, es que creo que he hecho algo que no debería… Y ahora no sé por dónde salir.
—¿Qué ocurre? ¿Tan malo es? ¿Está relacionado con tu trabajo o con alguna chica?
—Buf, demasiadas preguntas, pero te diré que…
Escucharon un ruido. Ruby se había girado hacia la maleza y vieron un tipo que salía de detrás con un bate de béisbol. Luego, dos más. Ella se echó a correr gritando que se fueran.