Capítulo 6. Noche de bodas
Harper
Que sí, que ya sabía que a ambos se le había impuesto ese contrato y que ninguno tenía ganas, pero después de… esos besos, esos roces, pensó que él estaría por la labor. O si no, ¿por qué se había excitado tanto?
Cuando el día anterior lo vio entrar mareado, con los ojos vidriosos y después de quitarse la ropa tirarse a su cama, se dio un buen susto.
Y a la vez, suspiró. A pesar de estar pensando en la tal Sophie.
El cuerpo de Leo Donovan era muy aceptable, más que eso.
Era demasiado atractivo como para obviarlo.
Se quedó dormido y ella le echó la sábana.
Estuvo tentada de largarse a su cama, pero le estaba gustando verlo dormir.
Movía las cejas como si estuviera viendo o hablando con alguien y al final, embelesada, se había quedado dormida.
Quizá estaba confuso por ello.
Y ella también lo estaba.
Cuando bajó al restaurante, le enseñaron la cocina, los hornos de vapor, las diferentes zonas, el cuarto frío, los almacenes. Ella fue haciendo fotos y se dio cuenta de que estaba limpio y no por su visita. Estaba limpio de verdad.
El chef se presentó. Se llamaba Mark y su historia, contada por él mismo, le conmovió.
Se habían sentado en una esquina de la cocina y solo con el trípode, había grabado la entrevista.
Era un chico moreno, piel tostada, ojos carbón que parecían devorarla.
Sus manos eran sensuales y se sintió atraída por él.
Después, le hizo poner un gorro de cocina, algo que apreció, todos lo llevaban, se lavaron las manos y le puso un cuchillo para cortar un par de patatas.
Ella ya había mostrado en redes que lo manejaba bien, pero entonces él se puso detrás, y sin acercarse mucho, la tomó de la mano y se la dirigió por un momento.
El trípode lo estaba grabando todo y pensó que iba a ser una buena toma.
Mark se apartó con una sonrisa y cuando acabaron, le preguntó si podrían verse en otro momento, fuera del restaurante. En dos días tenía la mañana libre.
—No sé si podré, Mark, pero tengo tu teléfono.
—Me encantaría verte, Harper, aunque si no puedes, lo entiendo.
Se despidieron con un suave beso en la mejilla que le afectó, pero tuvo que reconocer que no tanto como los besos apasionados de Leo.
Ya no quiso salir, volvió al hotel. La habitación estaba vacía, así que se desmaquilló y editó los vídeos. El de ellos usando el cuchillo era bastante sensual, pensó en poner un fragmento en cámara lenta. Le mandó el borrador a Kevin y él la llamó enseguida.
—Dios santo, eres puro fuego, Harper. Ese chico, el cocinero, se te comía con la mirada, pero no habrás hecho nada… o sea, el contrato…
—Tranquilo, no hay nada. Aunque es cierto que me invitó a salir.
—Por favor no metas la pata.
—No lo haré, Kevin. Pero… no sé.
—Ya… tienes dudas. Veremos qué tal va y si no fuera bien, podemos reorientar tu carrera.
—Eres un ángel, Kevin. ¿Vosotros bien?
—Mejor que bien, la ceremonia está casi preparada. Agatha y yo hemos hablado y lo mismo nos montamos una agencia juntos. Es una crack.
—Mira por dónde. Me alegro, Kevin. Me voy a dormir.
—¿Leo ha vuelto?
—No, creo que iba a algún club.
—Ah, sí, cierto. Qué ganas de que destapéis vuestro amor, así podréis salir juntos.
—Ya, sí. Buenas noches, Kevin.
Colgó. Tendría que darle muchas explicaciones a su madre y luego… ¿cómo lo iban a hacer? Ambos vivían en Nueva York, así que se tendrían que dejar ver o tal vez viajar. Le caía bien, pero iba a ser demasiado.
Y luego, verlo desnudo le había revuelto la cabeza.
Al día siguiente, se fue a su próxima cita con un sentimiento de confusión.
Era un restaurante oriental que le pareció estupendo.
No estaba tan limpio como el del hotel, pero pasó con nota la comida, la bebida y, sobre todo, la amabilidad.
Justo eso era lo que ella quería, un lugar donde la gente fuera feliz comiendo y eso se notaba, no había más que ver a las familias que reían a su alrededor.
Se fijó en un hombre que se daba un aire a Leo.
Iba con su esposa y dos niños. Una estampa perfecta.
Sintió el deseo de hacer una fotografía, pero eran menores y no les había pedido permiso, así que solo se empapó de sus gestos, de su complicidad.
¿Tan difícil era encontrar a alguien que la quisiera de verdad?
—No seas tonta, Harper —se dijo. Ya lo había intentado y había salido mal.
Klein había tonteado con ella, la había halagado y poco a poco, se ganó su confianza.
Ella sintió que no era algo interesado, tenía más o menos el mismo nivel de seguidores que ella e incluso a Kevin le pareció una relación bonita.
Pero después de seis meses, él debió pensar que estar con una cantante era mucho mejor partido que una simple creadora de contenido y se enteró por las redes que él ya estaba con ella.
Fue bastante horrible y durante unos días apenas pudo contestar comentarios, pero lo hizo su agente con mucho estilo, así que él quedó como el malo de la película. Tampoco quería eso. Solo algo normal. Tal vez era mejor encontrar a alguien de fuera de este mundo.
No a Leo Donovan, claro.
Debía ponerse seria con él. Suspiró cuando abonó la cuenta y todavía hizo algunas fotos más del exterior. Kevin la llamó.
—Harper, ya deberías haber vuelto al hotel, hay que arreglarte. La peluquera llega en cinco minutos y ni te imaginas lo que me ha costado conseguirla. Es de lo mejor.
—Estoy a veinte minutos. Cogeré un taxi. ¿Leo ya está?
—Sí, en la ducha, creo. Se ha puesto colorado por estar al sol así que tendrán que maquillarle. Este chico…
Ella suspiró y su agente también.
—Estamos a punto de arrepentirnos. O sea, no me parece mal tío, pero he estado hablando con Agatha del futuro. Lo cierto es que nos pareció una idea brillante, pero tenías razón. ¿Y luego qué?
—No importa, la gente va y viene. Puedo romper en dos meses y ya está. No será mucho.
—Está bien. Tengo el papeleo legal también preparado.
—Gracias. Llego pronto.
Silbó para parar un taxi y le pidió que la llevara de vuelta al hotel. Claro que se arrepentía, o al menos de la parte molesta de estar expuesta. Pero ni con eso iban a poder. Necesitaba ese trabajo de momento y haría lo que fuera para conservarlo. Y por lo que había visto, Leo también.
Así que era una elección fácil. O eso suponía.
Bajó en el hotel y subió a la suite. Nada más entrar, Kevin la secuestró hacia su habitación y la sentó en una silla. Le quitaron la ropa hasta dejarla en interior y le pusieron una bata de seda. Alguien empezó a tirar de su cabello.
—Ya no hay tiempo de que te duches.
—Lo hice esta mañana.
—Perfecto. Estate quieta, dame el móvil y relájate. No queremos una novia estresada.
El fotógrafo estaba haciendo fotos aquí y allá. Ella estaba un poco nerviosa y apenas sonreía, hasta que Kevin le hizo el gesto con dos dedos en la comisura de su boca. Ella lo hizo, estaba acostumbrada a ello. Llamaron a la puerta de la habitación.
Leo llevaba la camisa abierta y el pantalón sin terminar de abrochar. Iba descalzo. El fotógrafo no se perdió detalle.
—Aunque Agatha ha dicho que no debía verte, quería asegurarme de que estás bien, de que… seguimos.
—Seguimos —dijo ella y por un momento, su sonrisa se volvió genuina al ver la preocupación en el rostro de su futuro marido. Él asintió.
—Bien. Nos vemos… enseguida.
Sacaron al fotógrafo para empezar a vestirla. El vestido era sencillo, blanco crudo y de tirantes. Una firma muy famosa se lo había cedido y eso era importante. Hablaba de la confianza de las marcas por ella. O eso decía Kevin.
Una vez que la maquillaron y la dejaron perfecta, salieron al salón de la suite.
Leo ya se había marchado, así que posó, mirando la cálida luz del atardecer.
Y sin su madre. Se iba a disgustar. Le temblaron las manos cuando se apoyó en la barandilla, mirando al horizonte.
Debería decirle que era una boda falsa. Pero eso sería más adelante.
—Estás tan preciosa que Donovan va a babear mucho más cuando te vea.
—¿Por qué dices eso?
—No, por nada.
—Es un hombre joven y yo… le agrado, nada más. Mejor que sea así, ¿no crees?
La maquilladora se acercó para los últimos retoques y le dio un suave toque con la brocha en la nariz para que dejara de fruncir el ceño.
—Desde luego. Vámonos. El novio espera.
Se montaron en una limusina blanca. Kevin no había escatimado en gastos, y el fotógrafo los seguía desde un coche, otro hombre del equipo grababa. Kevin la tomó de la mano.
—Serán unas semanas, Harper. Piensa en lo que vas a ganar.
—Mi madre se disgustará.
—Lo entenderá y te ama. Me gusta ese hombre, es honesto, aunque había escuchado que tenía un humor impredecible. Supongo que está muy preocupado por su familia.
—Sí, se ve afectado.
—Esta noche debéis miraros con amor de verdad, mi compañera se lo habrá dicho a él. Rozaros, besaros, reíros, ser cómplices. Si no es creíble, todo esto no habrá servido para nada. Eso sí… yo…
Lo miró porque él parecía apurado. Llegaron a la capilla donde se iban a casar y él la tomó de la mano.
—No te enamores, Harper. No vuelvas a sufrir.
Ella asintió con el estómago encogido. Por supuesto que no iba a hacer semejante estupidez.
Entró discretamente con Kevin y el fotógrafo no dejó ni un solo detalle de sus expresiones, así que se esmeró por sonreír con calidez.
Recordaba esos momentos en los que cocinaba pizzas caseras con su padre, cuando su madre sacaba el mantel de cuadros y lo extendía por el suelo.
Ella fue feliz en esa época. Y entonces, lo vio.
Llevaba una camisa blanca, sin corbata, pantalones claros e iba artísticamente despeinado.
Tenía un ramo de flores de color rosa suave en la mano.
Miró las suyas, estaban vacías. El ramo lo debía tener ella y casi se le escapó la risa.
Él se encogió de hombros y se lo dio. No le soltó la mano.
Ellos se miraron. Desde luego, él actuaba muy bien.
Incluso se podía creer que él la amaba. Se retrajo para escuchar al oficiante y recordó las palabras de Kevin. No se iba a enamorar. No iba a sufrir.
—…y ya puede besar a la novia.
Ni se había enterado. Se giró de forma automática.
Él acarició su rostro con mucha ternura y se acercó despacio, sosteniéndola.
El beso fue suave, ligero y delicado, como si se fuera a romper.
Ella apoyó la mano con el anillo sobre la suya y abrió un poco la boca, dándole permiso, algo que él aprovechó.
Pero enseguida, se retiró con una sonrisa. Kevin y Agatha aplaudieron. ¿Pues no estaban llorando?
—¿Qué es lo siguiente? —preguntó él con fastidio, ya sin esa expresión cálida.
—Varias fotos de posado en rincones elegidos de la ciudad y luego una cena íntima en un reservado, a dormir y quizá alguna foto en el balcón, quitándole el vestido.
—Creo que eso no será necesario —dijo Leo. Ella suspiró. Sí. Pasaba de volverse a mostrar en ropa interior.
El tour comenzó por distintos lugares típicos y acabó en el restaurante del hotel, en una pequeña sala reservada. Hicieron fotos y los dejaron solos. Ella se quitó los zapatos, dolorida.
—¿Demasiado tacón?
—Sí, es porque como eres tan alto, no quedaríamos bien en las fotografías.
—Déjame que te dé un masaje en los pies antes de cenar. No hay nadie que nos vea.
—No es necesario, Leo. Me valen las miraditas de antes. Eres un actor estupendo.
Él carraspeó, incómodo. —Tú tampoco lo haces mal. Pero en serio. Cuando mi madrastra estaba embarazada de Sophie, se le hinchaban los tobillos y, después de que viniera de trabajar, Charlie y yo nos turnábamos para darle friegas.
—¿Sophie es tu hermana? Creo que la nombraste mientras dormías.
Él movió la silla y se puso frente a ella, tomó sus piernas y las colocó en su regazo.
—Sí, es mi hermana pequeña. Cuando vamos a su casa, entra en nuestra habitación y se pone a saltar en la cama. Lo lleva haciendo toda su vida. Es hija de mi padre y mi madrastra, el punto de unión de las dos familias, por decirlo así.
—Háblame de tus otros hermanos —dijo ella cerrando los ojos con placer ante el masaje.
—Como hermano de padre y madre, solo está mi gemelo, Jacob. Sophie es medio hermana y luego están Mack, Bella y Charlie, pero la verdad, es como si también lo fueran. No para mi hermano Jacob, claro. Él se ha casado con Bella. Siempre estuvieron enamorados, supongo.
—Eso os daría problemas.
—¿No lees la prensa?
Ella negó.
—Los dio, pero tanto Margot como su hija tienen abogados para dar y vender y acallaron esos rumores asquerosos.
—Lo siento, Leo. Y… ¿tu padre?
—Tiene cáncer. Mack está buscando terapias alternativas, según me enteré, pero todavía no quieren dar nada por sentado —suspiró—. Tal vez debería haber estado más cerca de mi familia.
Siguió con el masaje, concentrado y mirando sus piernas. Ella se quedó callada. Sí. Esa sensación de pérdida la tenía con su padre. Aunque él la animaba para que viajase e hiciera su trabajo. Estaba muy orgulloso.
—Leo, creo que a tu padre no le gustaría que estuvieras en casa, mirando su cara, mientras dejas la vida pasar. Mi padre también falleció y siempre me animaba a que hiciera mis cosas, sobre todo porque tenemos un tiempo finito.
—Lo sé. Jacob también me dice algo así.
Llamaron a la puerta y entró el camarero. Ella bajó los pies y se colocaron en su sitio. Les pusieron el primer plato y se retiraron.
—Entonces, tu padre murió.
—Sí, era cocinero. Y mi madre se quedó desolada, ambas lo hicimos. Era un hombre buenísimo y me enseñó muchas cosas. Cuando empecé a hacer reseñas de restaurantes fue como si lo recuperase de alguna forma —Ella movió la verdura de un lado al otro—. Igual te parece una tontería.
—No, no lo es. Mi padre nos llevaba a los rodajes cuando teníamos vacaciones o era en un lugar poco peligroso.
Pero sí, fuimos a la selva brasileña, por ejemplo, cuando hizo un documental sobre la deforestación.
Jacob se sentaba para dibujar aquello, yo iba detrás de la cámara.
Me gustaba eso de viajar y a veces le daba ideas a mi padre.
—Ya te iban las cámaras entonces.
—Pero más por detrás, solo que mira, aquí estoy.
—¿Y no te has planteado seguir los pasos de tu padre?
—Creo que no. Me picó lo de actuar, aunque está complicado. Agatha trabaja mano a mano con la agente de Charlie, el hijo de mi madrastra, para ver si encuentran algún papel para mí, aunque sea corto. Supongo que cuando se estrene la película habrá más posibilidades.
—¿Participaste mucho?
—No, la verdad, fue algo muy corto, pocas escenas, pero yo qué sé.
Les retiraron el primer plato y les trajeron el segundo. Leo la miró muy serio.
—Y a partir de mañana, ¿qué vamos a hacer, Harper? Porque yo quiero ir a ver a mi familia. Me refiero a ir sin ti.
—Ya. Lo entiendo. Sin problema.
Terminó de comer, y no quiso postre. Se levantaron y volvieron al hotel. Luego, se hicieron alguna foto más y cada uno se fue a su cama. Ella suspiró. No es que esperase mucho más, pero…
—Vaya mierda de noche de bodas.