No somos novios (pero ya verás) (Familia Cresswell-Donovan 4) Capítulo 4. ¿Fingiendo?
14%

Capítulo 4. ¿Fingiendo?

Harper

No se podía creer que ese tipo fuera tan... no tenía ni palabras. Se despidió de Agatha cuando se fue y Kevin la acompañó hasta el ascensor.

—Mira, cariño, ya sé que es algo extraño y que eres demasiado honrada como para engañar a la gente, pero ¿lo has visto? Está muy bien y si te das un revolcón pues tampoco pasará nada.

—No pienso, Kevin. Y sí, ya sé que mucha gente hace esto continuamente, eso no significa que me guste.

—A grandes males, grandes remedios. El tipo del restaurante ha reaccionado mal, anda poniendo malos comentarios sobre ti, aunque yo me ocuparé de todo. Arréglalo con esto y luego serás libre para hacer lo que te dé la gana. Nos vemos mañana en el avión.

—Qué remedio.

Se fue a su precioso apartamento en Manhattan y empacó bikinis, ropa más y menos informal, algún vestido elegante, por si iban a cenar y…

—¡Maldita sea!

Abrió el cajón donde guardaba la ropa interior más sensual para echarla en la maleta.

Si tenía que hacer fotos, al menos serían favorecedoras.

Supuso que tendría que besarlo. No es que Leo Donovan fuera desagradable y olía muy bien.

Pero de ahí a compartir saliva… era otra cosa.

Tal vez podrían disimular. Hacer como si se besaban. O se notaría.

Se sentó en su sofá y volvió a mirar las redes de Leo.

Buscó los vídeos más antiguos y sí, así era.

Había dormido en lugares infames y realmente con bichos y cucarachas.

Se veía más joven, pero con mucha ilusión y fuerza.

En otro vídeo, más reciente, bailaba con la que debía de ser su hermana pequeña, en la boda de su gemelo.

Y cantaban. No lo hacía tan mal, la verdad.

Se veía un tipo risueño, divertido, nada que ver con el que había conocido, pero lo comprendía. A ninguno de los dos le gustaba la idea, pero los dos la necesitaban.

—Pues ya está, lo haremos lo mejor posible.

Kevin la esperaba en el aeropuerto y subieron al avión. Ella a veces se ponía peluca para viajar, pero no esta vez, porque su agente había sacado primera clase. Lo miró con una ceja levantada y él se encogió de hombros.

—Chica, hagámoslo con clase. Y te tienes que hacer fotos viajando. También ayuda.

Resopló, se retocó el maquillaje y sonrió a su teléfono. Se hizo algunos selfies y luego Kevin le hizo otras fotografías mientras ella fingía dormir con el antifaz, o cuando tecleaba en su iPad, y en cualquier otra pose que se le ocurrió. Luego, se sentaron a descansar y comer.

El hotel era de lujo, sin duda. Kevin la acompañó a la suite donde había dos habitaciones con baño propio y una salita común. Él no había llegado, así que eligió una de ellas. Kevin le dio un beso y las instrucciones y se marchó.

Se suponía que esa noche deberían aparecer en el balcón de la suite, cerca, tal vez con poca ropa y besándose.

Luego, se meterían dentro de la habitación y fundido en negro.

No era difícil. Y cuando saliera, debería explicarle todo a su madre.

Por suerte, se había ido por fin de crucero con su tía.

Eso le daba algo de margen, aunque en realidad, no sabía cuándo iban a publicarlo.

Deshizo la maleta. La idea era que esa noche antes de ese robado iría al restaurante del hotel para hacer su reseña.

Esperaba que al menos fuera aceptable. Se dio una ducha y se envolvió con el albornoz, echándose en la cama.

No supo si se había quedado dormida cuando escuchó la puerta abrirse y se asustó.

Salió corriendo y lo vio entrar, con una maleta.

Él la miró de arriba abajo. Se dio cuenta de que tenía el albornoz algo abierto, se tapó y volvió a su habitación, cerrando la puerta.

—Hola a ti también —escuchó por detrás. Se vistió deprisa y salió. Él tenía la puerta abierta y había dejado la maleta sobre la cama.

—Ey, hola, Leo. Lo siento, me había quedado dormida.

—No pasa nada, es que he tenido mal día.

—¿Problemas familiares?

Se sobresaltó y luego se encogió de hombros.

—Sí, pero todo se arreglará. Solo que este finde tengo que volver a casa, así que tendremos que hacerlo en cinco días. Ya se lo he dicho a Agatha.

—Me parece bien. Cinco días es perfecto.

—Bien. Tendré que grabar la suite para mi canal. Deberías esconderte o algo, no queremos hacer spoiler, ¿no?

—Sí, claro. Si quieres me meto en el baño por si te apetece poner algo de que tienes una suite con dos habitaciones. Tal vez podrías dejar ver sin querer algo de mi ropa.

—¿Ropa interior sexy? —preguntó con una sonrisa.

—No, Leo Donovan. Ropa sin más.

—Vale. Pues métete en el baño.

No tenía que enfadarse, él hacía su trabajo.

Otra cosa que él se comportase de esa forma.

Se encerró en el baño y empezó a maquillarse, de todas formas, tenía que hacerlo para el robado y luego para la cena en el restaurante.

Sacó el rizador y se arregló la melena. Sí, disfrutaba con esos preliminares y también de investigar los lugares.

Había hecho los deberes y sabía que el chef era un hombre joven, y atractivo, que empezó a trabajar en el negocio familiar, luego, con mucho esfuerzo, fue a estudiar a diferentes escuelas gastronómicas y acabó en ese prestigioso hotel de las vegas.

Quería hacerle una entrevista, no solo la reseña y a Kevin le había parecido muy bien.

Lo escuchó hablar con ese tono animado y burlón, irónico, que tanto le caracterizaba. Debía de ser así, aunque no se lo había demostrado. Al rato, llamó a su puerta.

—Terminado. Gracias por darme el espacio.

—De nada, Leo. Es tu trabajo.

—Debería hacer unas cuantas grabaciones por el hotel, pero quizá se nos haga tarde.

—Me ha dicho Kevin que venía sobre las siete.

—No tardará. ¿Qué te… vas a poner?

—He traído lencería y también algún camisón corto, o una camiseta, no sé. ¿Tú?

—Según dice Agatha, solo un pantalón corto. Somos personas objeto, Harper.

Ella se echó a reír.

—Ni que lo digas. ¿Y si salgo en ropa interior y me dejas tu camiseta? En plan tipo romántico presta la ropa a su chica porque tiene frío.

—Bien pensado. Me gusta la idea. Soy romántico, aunque no lo creas.

—No importa lo que seas, Leo, solo que lo finjas.

Él asintió y como llamaron a la puerta, fue a abrir.

Kevin, Agatha y su fotógrafo entraron en la suite.

Ella les explicó la idea y ellos aplaudieron.

El fotógrafo les indicó el lugar perfecto donde deberían ponerse para la mejor toma.

Luego, se fue para colocarse en otra habitación de hotel donde se veía todo.

—Anda, id a cambiaros —dijo Kevin.

Ella se puso un culote y un sujetador de encaje que transparentaba ligeramente, pero como era de noche, pensó que no se vería nada. Leo salió con la camiseta y el pantalón del pijama puestos.

—Vamos, chicos, tenéis que ensayar un poco o saldrá muy cutre —dijo Kevin. Ambos resoplaron.

—Mira, Leo, te pones apoyado en la barandilla, así como pensativo mirando el paisaje. Luego se acerca ella en ropa interior, tú te vuelves, la miras, te quitas la camiseta, ella se la pone y os abrazáis, tal vez si no os importa podéis besaros. Pensad que es como en una película.

—Y si a Harper no le importa, le metes mano.

—¡Kevin!

—No haré nada que ella no quiera, digáis lo que digáis —contestó Leo enfadado.

—Está bien, Leo. Yo también te meteré mano.

Él sonrió y asintió. —Párame si lo necesitas. Quedamos en una palabra clave. Y entonces yo me quedo quieto.

—Buena idea. ¿Qué te parece… pastel?

—¿Pastel? Vale. Paso de ensayar, eso sí, vamos a ello y si sale mal, repetimos. Pero si sale a la primera, pues ya está.

—Estoy de acuerdo.

—Qué bien que estéis de acuerdo en todo. Bueno, pues nos vamos con el fotógrafo. Suerte, chicos.

Se marcharon. Ellos se quedaron mirando.

—Estás preciosa y muy sexy, Harper. Espero no molestarte.

—Pensemos que es una película, como la que has hecho con tu hermano.

Sonrió y se le vio un pequeño hoyuelo. —Eso estuvo más que bien. Me gustaría dedicarme a ello.

—Nunca se sabe. ¿Empezamos?

Asintió y se fue fuera. Tal y como estaba de ánimo le saldría muy bien eso de estar pensativo.

Lo observó colocarse en el lugar adecuado.

Había escuchado algunas cosas de su familia, líos legales…

, y también leído. Kevin se informó sobre ello y le hizo dudar si era el adecuado para eso, pero ya habían firmado el contrato.

Se revolvió un poco el cabello y salió al balcón.

Él se giró y la recibió con una sonrisa deslumbrante y la tomó de la cintura.

Ella apoyó la mano en el pecho y se estremeció.

Ahí iba. Se quitó la camiseta, con tal mala suerte que le dio con el codo en la nariz y empezó a sangrar.

Ella fue corriendo al baño y él con la camiseta en la mano, la siguió.

Se lavó y se colocó sentada, con la cabeza hacia atrás.

—No hacia atrás, no. Según mi madrastra, hay que colocarse hacia delante y apretar.

Él le apretó la nariz con su enorme mano mientras ella se sentaba en el váter medio mareada. Ah, sí, la sangre no le gustaba. Su móvil sonó y Leo dejó su nariz y se acercó corriendo a cogerlo, volviendo a apretarle.

—Nada, que sin querer le he dado un codazo. Un poco de sangre. Está bien. Sí. Dadnos unos minutos. Lo siento, Harper, joder, qué desastre. A ver, déjame ver. Levanta.

Se levantó, algo mareada y él la agarró de la cintura. Su mano era cálida. La miró con detenimiento y luego cogió una toalla, la humedeció y limpió su rostro con cuidado.

—Creo que ya no sale. Es que de pequeña solía sangrar a menudo, por eso no me gusta, la verdad.

—Ya se ha pasado. Si estás bien, seguimos. Si quieres dejarlo, lo hacemos.

—No, no. Sigamos. Ten cuidado solo.

—Vale.

Avisó por mensaje a Kevin y volvieron a empezar.

Él se giró cuando ella salió y la tomó de la cintura, acariciándola con el pulgar.

Luego ella apoyó las dos manos en su pecho y él se agachó para besarla en la mejilla, cerca de la boca.

Desde fuera, parecería que era en los labios.

Ella se abrazó el cuerpo y él dio un paso atrás, se quitó la camiseta con mucho cuidado y se la ofreció.

Ella la aceptó con una sonrisa encantadora y se la puso.

Leo sacó con cuidado su cabello y se acercó a ella.

La tomó de la cintura y ella pasó los brazos por su nuca, acariciándola.

—¿Te parece que te bese, Harper?

—Sí, adelante. Bien.

Se agachó, agarrándola del trasero. Sabía que eso también se vería porque el balcón era de cristal.

Sus labios atraparon su boca. Eran cálidos, suaves y la abrió sin poder evitarlo.

Él lo tomó como una señal y se introdujo en ella.

¿Qué le estaba pasando? Demasiadas sensaciones.

Ronroneó y se apretó a él. Su erección era más que latente y él dejó de besarla para acercarse a su oreja.

—¿Quieres pastel?

—No… no todavía —jadeo.

Él metió la mano por debajo de la camiseta y acarició su espalda. Ella estaba poniéndose tan excitada como él.

—Ahora te voy a coger en brazos —dijo él en su cuello. Ella asintió con un gemido.

Él la tomó del culo y ella enroscó las piernas en su cintura. Antes de meterse dentro, la puso contra la pared, mostrando su espalda a la cámara. Se movió un poco contra su cuello y luego la abrazó y la metió dentro, hasta la habitación.

Siguió besándola y la echó en la cama. Ella estaba demasiado excitada para parar y los besos de Leo estaban arrasando la poca cordura que le quedaba. Él descendió la mano para acariciar su muslo y entonces… Llamaron a la puerta.

—Joder, lo siento, Harper. Ve a abrir, por favor. Tengo que ir… al baño.

Ella se levantó, sofocada y abrió la puerta. Kevin y Agatha entraron. Serios. Confundidos.

—¿Leo está…?

—En el baño. Ahora sale. ¿Habéis podido… hacer fotos?

—Veréis… ha habido un problema de lo más tonto. El idiota del fotógrafo… en fin, si no fuera porque no tenemos a mano otro, lo despediría.

Leo salió, recién duchado. Los miró y luego a ella.

—¿Qué ha pasado?

—Que se le ha olvidado meter la tarjeta de memoria. Hay que… repetir.

—No me jodas, Agatha.

—Si os salió tan bien. Imaginaos que es un primer ensayo. Hacedlo igual.

Leo se llevó las manos a la cabeza, revolviéndose el cabello. No pudo evitar mirar su pantalón y, o se había dado una ducha fría o se había… descargado.

—Venga, vale, pero aseguraros, joder, que no somos putos monos de feria.

Se fueron y la miró. Ella se encogió de hombros.

—Siento haberme empalmado. Yo…

—Es normal, Leo. Yo también me he excitado. No pasa nada. Que no te apure.

—Vale, si me devuelves la camiseta, comenzamos.

—Sí, perdona.

Sintió que su mirada la devoraba cuando se la quitó y se sonrojó. O sea, no le importaría nada darse un revolcón con él. Aunque tal vez no fuera demasiado profesional.

Lo vio otra vez pensativo en la barandilla y ella se acercó. Puso las manos en su pechó y él en la cintura. Entonces, lo miró a los ojos y apretó los labios. Oh, no. Soltó una carcajada. Él la miró extrañado y también se echó a reír. Era todo tan ridículo.

Después, volvieron a empezar, se quitó la camiseta y se la dejó a ella. Acarició su rostro, apartándole el cabello y ella se dejó. Estaba relajada. Sus manos ascendieron por el pecho trabajado de Leo y luego acarició su barba incipiente.

—No me ha dado tiempo a afeitarme. ¿Te pincho?

—No importa, Leo. ¿Sabes que tienes unos ojazos increíbles?

—Eso dicen en mis redes. Lo malo, que no soy exclusivo.

Ella lo miró sin comprender.

—Tengo un gemelo, aunque yo soy el guapo.

Ella sonrió y se acercó a él. —Deberías besarme, Leo. Solo porque tú quieres y yo también.

—Me encantará.

Se acercó despacio. Si antes el beso le había parecido sensual, pero correcto, ahora abrasaba sus labios.

Ambos gimieron cuando él pasó las manos por la cintura y la levantó, se sorprendió de su dureza cuando se colocó delante de ella y también cuando la llevó dentro en volandas.

Oh, sí, lo quería. Quería hacerlo. Pero él la dejó en el suelo y la miró, con el rostro serio.

—Creo que ya estará. Y si no, para otro día.

Cerró la puerta y se metió en la habitación. Ella se quedó paralizada, excitada y sorprendida. Llamaron a la puerta. Los dos agentes aplaudían.

Agatha miró hacia la puerta.

—Ya está, ¿no?

—Está. Genial. Os dejamos descansar.

—Yo tengo que bajar al restaurante.

—Sí, claro. Mañana hablamos. Buenas noches.

Agatha empujó a Kevin y se marcharon. Ella se vistió y se acercó a la puerta.

—Leo, tengo que ir al restaurante, a lo mío. ¿Estás bien?

—Sí, yo también debo visitar algunos sitios. Ya nos veremos.

—Vale.

Salió un poco confusa. No sabía qué le había pasado a Leo y se sentía mal por él. ¿Se había tenido que… desahogar? ¿Dar una ducha? Ella había tenido la tentación de hacerlo, pero se limitó a lavarse, iba ya mal de tiempo. Solo tenía clara una cosa.

Los besos de Leo Donovan habían sido los más sensuales de su vida.