No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 44
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Capítulo 44

Felipe

No sé qué se me pasó por la cabeza, pero me levanté como si me hubieran puesto un petardo en el culo, y me dirigí hasta donde estaban todos ellos. Damián fue el primero que me vio, y se vino hasta donde yo estaba, para impedir que me acercara a Nerea.

—Déjame en paz, y no te metas.

—Por supuesto que me meto, es mi amiga y ya has jugado bastante con ella.

—Yo no he jugado con nadie, y tengo que hablar con ella, tengo que contarle todo lo que he hecho y el motivo por el que lo he hecho.

—¿Pretendes excusarte por follarte a Natalie y a su amiga? ¿Eso es lo que quieres, seguir haciéndole daño?

—¡Joder! Que si lo he hecho, ha sido por un motivo de peso…

No pude aguantar más y me derrumbé, cayendo de rodillas en medio de la calle y llorando como si me estuvieran matando. Que sí, que lo estaban haciendo, aunque de manera indirecta, aunque el culpable de todo esto había sido yo.

En esos momentos, una patrulla de policía pasaba por allí, y vi cómo se paraban y bajaban del coche. Me daba igual que me vieran así; yo lo único que necesitaba era hablar con Nerea, conseguir que me escuchara, tan solo eso.

—Señor Fajardo, ¿le ocurre algo?

—Buenas tardes, agente. Simplemente que tiene problemas personales —le contestó Damián, pues yo no podía ni hablar.

—No se moleste, pero le estamos preguntando a él. Señor Fajardo, hemos intentado contactar con usted, tanto por teléfono como en su casa y en la de sus padres, que han sido los que nos han dicho que podía estar en la playa, haciendo deporte.

—Dígame que han intentado localizarme porque ya ha terminado toda esta pesadilla, por favor. Dígame que ya le puedo contar a todos la verdad, porque si no es así, me va a importar un carajo todo, o me volveré loco.

—Precisamente hemos venido a eso, ya hemos detenido a Natalie, ya ha pasado a disposición judicial.

Eso fue suficiente como para que me derrumbara de nuevo. Lloré, esta vez apoyado en la parte superior de un coche que estaba allí aparcado. Contra todo pronóstico, el primero que se acercó a mí fue mi hermano, que no me había visto así en mi puta vida.

—Felipe, ¿qué te ocurre? Me estás asustando.

—Ya se terminó todo, mi tormento ha tenido su fruto…

—¿De qué hablas?

—Nacho, no te enfades, pero la primera persona a la que le tengo que contar todo es a Nerea. Después, os daré todas las explicaciones necesarias a todos, pero, antes que nada, a ella.

—No sé si eso será posible… Le has hecho mucho daño, Felipe…

—Pero ha sido por su bien, te lo juro.

No nos habíamos dado cuenta de que Nerea estaba a su lado, y que nos miraba como si estuviera viendo una película que no tenía nada que ver con ella. Cuando me escuchó decir eso, resopló, y tengo que decir que pensé que me iba a mandar a la mierda.

—Te doy dos minutos, pero quiero que tengas claro que el que te dé la oportunidad de explicarte no significa que te vaya a perdonar, que vaya eso por delante.

—Y estás en todo tu derecho, pero déjame explicarte lo que he tenido que hacer y el motivo por el que lo he hecho. No quiero dejarme nada, aunque te duela, pero será peor que me lo puedas reprochar más tarde.

—Chicos, mil gracias por todo. Id a comer, porque me parece que esta conversación me va a quitar el hambre. Nacho, si no te importa, paga tú la cuenta y luego te hago un Bizum —les dijo Nerea a todos.

—No te preocupes por el dinero ahora, Nerea, eso es lo de menos. Si me necesitas para algo, ya sabes, me das un toque al móvil y te recojo donde estés.

—Gracias, amigo.

Me repateó la complicidad que vi entre ellos, y sí, sé que no es lógico, sobre todo después de haberme acostado con dos mujeres, pero no podía evitarlo, porque me dolía y lo veía como una traición por parte de ambos.

Intenté apartar esos pensamientos de mi cabeza, o tan solo lograría empeorar más las cosas entre nosotros.

Nerea empezó a andar, de camino a la playa, y yo la seguí.

Lo hicimos en completo silencio, y a una distancia prudencial.

Pero no era la distancia física lo que me preocupaba, era la psicológica la que lo hacía.

Aun estando a menos de dos metros el uno del otro, parecía que, entre nosotros, había un abismo.

En un momento determinado, se sentó en la arena, no articuló palabra, esperó a que yo empezara a contarle todo. Me senté a su lado, cogí una fuerte bocanada de aire y empecé a contarle todo desde el principio.

—El día que me acosté sin darte un beso, por la mañana recibí la visita de dos agentes de policía en mi despacho; venían a pedirme algo.

—¿A pedirte algo? ¿Qué podían querer dos agentes de ti?

—Que me acercara a Natalie…

Vi cómo su cara se desencajaba; era como si pensara que le estaba mintiendo, que había confeccionado una excusa para mi manera de actuar. Por eso, le dije que los policías que se habían parado ahora me estaban buscando para decirme que todo había terminado.

Le expliqué todo lo que me habían pedido y el motivo por el que lo hicieron. Pero no solo eso, también le conté que había tenido que mantener sexo con Natalie y con su amiga, que nos estaba esperando en la habitación.

Podía ver el dolor en sus ojos, pero no me quería dejar nada dentro. También le dije que el día de la entrega de premios, mientras que íbamos en el coche, me realizó una felación.

—Te voy a hacer una sola pregunta, y quiero que seas completamente sincero conmigo.

—Me parece que te estoy demostrando que lo voy a ser, ¿no crees?

—¿Lo disfrutaste?

—Sí, pero no por lo que estás pensando.

—No me hace falta saber nada más. Te agradezco que lo hayas hecho para ponerme a salvo, pero como comprenderás, no puedo estar con un hombre que me dice que ha disfrutado manteniendo sexo con otras mujeres, cuando todavía se suponía que era mi pareja.

—Nerea, si lo hice fue por mero instinto, apartando mis sentimientos. No podía dejar que pensara que todo lo que decía era mentira, o todo se iría a la mierda.

—Te entiendo, pero ponte en mi lugar. Si hubiera sido yo la que lo hubiera hecho, ¿cómo te sentirías ahora?

—No creo que mucho peor de lo que lo estoy ya, te lo aseguro. Me siento sucio, mala persona y un gilipollas de manual.

—Será mejor que nos separemos, Felipe, al menos por un tiempo. Yo tengo mucho que pensar, mucho que digerir, y no sé si seré capaz de perdonarte.

No fui capaz de decir una sola palabra más. Dejé que Nerea se levantara de la arena y volviera con los demás. Les tendría que dar explicaciones a todos, pero, ahora mismo, no me sentía con fuerzas ni siquiera para moverme.

Minutos después llegó mi hermano, y se le veía preocupado por mí. No me preguntó nada, ni siquiera abrió la boca. Tan solo se sentó a mi lado, y me ofreció un abrazo, en el que volví a llorar como si fuera un bebé que se había caído y que necesitaba el cariño de todo el mundo.

Estuvimos así por un buen rato, hasta que vio que ya no podía más y se ofreció a llevarme a casa. Le entregué las llaves de mi coche, pues no pensaba dejarlo allí, y me levanté de la arena.

El trayecto lo hicimos en silencio, yo sumido en todo lo que me había dicho Nerea, y él, pendiente de la carretera. Cuando llegamos, y en el momento en el que nos bajamos del coche, fue el momento en el que hablamos.

—Pídete un taxi, yo te lo pago.

—Si te piensas que te voy a dejar solo en este estado, no estás ni tibio, chaval.

—No quiero ser una carga para nadie. La he perdido y tengo que hacer mi duelo, preferiblemente solo.

—Felipe, Nerea te sigue queriendo como la primera vez que te vio, y está completamente enamorada de ti. Sergio se le ha insinuado de todas las maneras posibles, y ninguna de ellas ha caído.

—¿Qué me quieres decir con eso?

—Que no desesperes, que le des tiempo, que le demuestres que eres el hombre que ella necesita, sin ningún escándalo más, sin que llegue a sus oídos que te has acostado con nadie más. Si tienes ganas, pues tocas la zambomba en la ducha…

—¿Te crees que el sexo va a ser un problema? Porque, desde ya, te digo que no lo es ni lo será en un futuro.

—Eso espero, porque siempre has sido el espejo en el que mirarme, y esa mujer me gusta mucho para ti.