Epílogo
Nerea
Cinco años después…
El momento en el que Felipe me contó todo aquello, sentados en la playa, para mí supuso el final de la relación que teníamos, pues el dolor que me atravesó el corazón no podía ser más fuerte.
Pero, como siempre, el destino quiso hacer de las suyas, y nos citaron a todos dos semanas después, en el juzgado, para la celebración del juicio, además de para ir de testigos, y volvimos a encontrarnos allí.
En cuanto que lo vi, mi corazón me dio un vuelco, pues no me lo esperaba así de guapo. Había perdido mucho peso, y en sus ojos se veían unas ojeras más o menos de horribles como las mías.
No supimos cómo actuar, pero, por suerte, Isabel nos hizo de nexo, pues ninguno de los dos fuimos capaces de dar un paso en la dirección del otro. Nos limitamos a mirarnos con pena, con dolor, pero también con todo el amor del mundo.
—¿No pensáis ni saludaros? —nos dijo Isabel.
—Perdón, pero me he quedado un poquito impactado al verte —me dijo Felipe.
—Yo tampoco he sido capaz…
Nos acercamos y nos dimos dos besos, pero cuando sentí cómo sus brazos me rodearon para darme un abrazo, ahí fue cuando supe que lo tenía todo perdido, pues su olor me embriagó y me hizo derrumbarme de nuevo.
No sé si fue la situación, volver a oler su perfume o lo que lo echaba de menos, pero todo lo que me había concienciado que iba a hacer, la manera en la que me imaginé que iba a actuar, se fue al garete.
—No me llores más, por favor, que no puedo verte así.
—Es inevitable, te echo tanto de menos…
—Nerea, por favor, dame una oportunidad, como me dijo mi hermano, de demostrarte que eres el hombre que te mereces.
—No quiero darte otra oportunidad, Felipe. Quiero que empecemos de cero, que dejemos atrás todo lo que hemos pasado y que veamos si somos capaces de construir nuestro amor de nuevo, no de reconstruirlo.
—Te prometo que no te pienso defraudar nunca más; antes, me corto los dos brazos.
Nos besamos, delante de todos nuestros amigos, que empezaron a aplaudir. Teníamos mucho que trabajar por delante, muchas conversaciones y, por supuesto, tomarnos eso sin prisas de ningún tipo.
Y así lo hicimos. En cuanto que salimos de ese juicio, en el que todos los acusados salieron con penas de prisión y con una orden de alejamiento, además de una indemnización que me tendrían que abonar entre las tres, decidimos que nos iríamos a comer todos juntos.
Felipe me preguntó si quería que pasáramos la noche juntos, en su casa, pero le dije que no. No me iba a acostar con él hasta que no estuviera lo suficientemente convencida de que era lo que necesitaba en mi vida.
Me entendió, por supuesto que sí, y no se lo tomó a mal. Así estuvimos durante más de tres meses, como si fuéramos dos adolescentes de quince años, que todavía no se atrevían a dar el siguiente paso, sin pasar de los besos y unas pocas caricias.
El día en el que nos acostamos por primera vez en nuestra nueva relación, os aseguro que fue como si tiraran fuegos artificiales a nuestro alrededor. Una vez que traspasamos ese punto, ya no podíamos volver a separarnos.
Felipe me pidió que viviéramos juntos, pero no pensaba volver a poner un pie en esa casa, en la que tanto dolor pasé y tanto miedo. Le dije que, si quería, que se viniera a la mía.
Nos costó llegar a un punto en común, pues ni él quería renunciar a sus comodidades, ni yo estaba dispuesta a estar en un lugar que me traía malos recuerdos. Por eso, al final, decidimos que ambos alquilaríamos nuestras casas y que buscaríamos una que nos gustara a los dos.
Y la encontramos, junto a la de su hermano Nacho.
Que eso fue otra cosa por la que tuvimos algunos encontronazos.
Él no entendía que pudiera querer a su hermano como lo hacía, y siempre que me iba a trabajar, porque seguía en la clínica dental, se ponía un poquito celoso, tanto por él como por Sergio, con el que también tenía una buenísima relación.
Eso cambió cuando Nacho nos dijo que había empezado una relación con mi compañera Ana, que llevaba toda la vida enamorada de él. Y se dio hacía ya tres años. Esta próxima primavera serían padres de un niño, que se llamaría Ignacio, como su padre.
La casa que elegimos para vivir era una de dos plantas, con jardín, piscina y una zona de barbacoa espectacular. Según él, para cuando tuviéramos hijos, que pudieran correr por todo el jardín y jugar a la pelota.
Llegó el día de nuestra mudanza, y Felipe me tenía preparada una sorpresa. Como siempre, nuestros amigos estuvieron ahí para darnos su apoyo y su ayuda. Justo cuando terminamos, llegaron Manuela e Isabel, acompañadas del padre de mi chico.
Venían cargadas de comida y se dedicaron a poner todo en la mesa del jardín, aprovechando que estaba llegando la primavera y que las temperaturas eran de lo más agradables.
Pero no hicieron solo eso, pues cuando salí al jardín, en el porche trasero, y de una esquina a la otra, había una pancarta desplegada, de lo más bonita, con una foto de Felipe y mía, en la playa, sentados y riendo, y que nos sacó unos de nuestros amigos.
Debajo de la foto, rezaba una pregunta que decía: «Eres el amor de mi vida. ¿Te quieres casar conmigo?»
Al girarme, me encontré a Felipe de rodillas y con un anillo en la mano. Por supuesto que le dije que sí, y nos casamos tan solo tres meses después de esa pedida tan especial.
Fue en nuestra luna de miel cuando empecé a sentirme mal y, a nuestra vuelta, lo primero que hicimos fue ir al médico, por si acaso mi herida del pulmón había vuelto a dar la lata, pues era mucho el cansancio que sentía.
Pero no fue nada de eso. Resultó que, por un milagro de la vida, me había quedado embarazada, y que, encima, eran dos. Como os podéis imaginar, nos volvimos locos de alegría con la noticia, pero eso no fue nada en comparación a los gritos que dieron los de nuestra familia.
No nos habíamos planteado todavía eso de ser padres, porque pensábamos que sería un camino duro y largo, pero, por una vez en la vida, el destino nos puso algo fácil, y todo fue como la seda.
A este mundo llegaron Mario y Gema, porque sí, fueron niño y niña. El nombre de la niña no fue elegido al azar, sino que, cuando me enteré de mi embarazo y como Santa Gema era la abogada de las embarazadas, le prometí que, si todo iba bien y uno de los dos era una niña, llevaría ese nombre.
Mis niños tenían dos años en este momento, lo mismo que Andrés, el niño de Damián y Daniela, que nació tan solo dos días después de los nuestros.
Inés y David no habían tenido hijos, todavía, porque mi amiga estaba embarazada de cinco meses, pero no habían querido saber el sexo; dijeron que, sabiendo que todo iba bien, preferían una sorpresa.
Y ahora viene lo bueno. Cuando nuestros mellizos nacieron, me dijeron que eso no se volvería a producir, que, con mi secuela, con un solo ovario, era prácticamente imposible que sucediera una vez, así que, imagínate dos veces.
Estaba en el sofá de mi casa, sentada junto a mi marido, que acababa de dormir a los niños. Por supuesto, después de decirnos esto, no habíamos tomado precauciones de ningún tipo a la hora de tener sexo.
Yo llevaba un retraso con mi regla de dos semanas y, sin decirle nada a Felipe, le pedí permiso a su hermano en el trabajo y salí antes para ir al ginecólogo. Sí, el milagro se había vuelto a producir, y ni él mismo sabía cómo podía haber sucedido.
En esta ocasión, tan solo venía uno, y estaba embarazada de siete semanas. No sabía cómo se lo iba a tomar mi marido, porque nuestros hijos eran todavía muy pequeños, y cuando llegara su hermanito o hermanita, tendrían tres años.
—¿Te ocurre algo?
—Más bien, nos ocurre… o nos ocurrirá, porque no es algo inmediato.
—Me estás asustando, habla claro ya, por lo que tú más quieras, que se me va a salir el corazón por la boca.
—Será mejor que lo veas por ti mismo.
Abrí mi bolso y saqué la ecografía que me había dado el ginecólogo, y se la puse en la mano. Vi cómo la giraba en multitud de ocasiones, sin saber qué era lo que tenía que ver o qué buscar.
—¿Qué es esto, Nerea?
—Una ecografía.
—¿Para qué te has hecho una ecografía?
—Pues mira, porque he pensado que quedaría bien una imagen de mi útero en un cuadro en un salón. ¿Por qué va a ser, hijo mío de mi alma?
—De verdad, no me gustas nada cuando haces uso de la ironía cuando piensas que algo es evidente.
—Por favor, no seas tan estirado, señor Fajardo, que lo único que te quiero decir es que vamos a ser padres de nuevo.
Os prometo que se quedó de piedra, pero cuando reaccionó, me cogió la cara y me besó, y fue el mejor beso de mi vida, uno que sabía a felicidad, a familia, a nuestra familia, una que no cambiaría por nada en el mundo.