Capítulo 43
Felipe
Le envié un mensaje a Natalie esa misma noche, en ese mismo momento, pues no quería que sospechara nada y se quitara de en medio. Ahora que ya estaba todo cuajado, yo ya no pintaba nada aquí, y quise volver de inmediato.
Felipe: Natalie, tengo que volver urgentemente a casa; un problema de salud de mi padre que me ha dejado algo inquieto. En cuanto que llegues a España, llámame, por favor, que no quiero que lo nuestro se quede aquí.
Entré en internet para buscar un vuelo, uno que saliera cuanto antes, y encontré uno que salía dentro de un par de horas, con lo cual me daba tiempo de sobra para hacer la maleta y llegar al aeropuerto.
Minutos después de terminar mi equipaje, y casi a punto de salir de la habitación, mi móvil vibró en el bolsillo. Lo saqué para ver de quién se trataba, y resultó que era Natalie, así que lo abrí a ver si todo seguía yendo bien.
Natalie: Joder, vaya mala pata. Bueno, que no sea nada. Si tú no vas a estar aquí, pasaré estos días con Adolfo y Ben, y volveré con ellos, pero en cuanto que llegue, te llamaré para vernos. No me eches mucho de menos, yo lo intentaré.
Había que joderse, seguro que me iba a echar de menos, por los cojones. Avisaría a la policía para decirles cuando llegaría, por si acaso se olía algo y compraba los billetes a nombre de otra persona, que todo podía ser posible, y yo quería que todo esto terminara de una puta vez.
Cuando puse un pie en mi casa, ya eran pasadas las cinco de la mañana, puesto que el vuelo que encontré no iba directo al aeropuerto de mi provincia, sino que aterrizaba en otra ciudad desde la que tardaría un par de horas en llegar al aeropuerto donde había dejado mi coche aparcado.
Tenía que ir a hablar con mi hermano, explicarle todo y que me ayudara a llegar hasta Nerea.
Por eso, y como era demasiado temprano, entré, me di una ducha y me cambié de ropa.
El momento de abrir el vestidor y ver que la parte en la que Nerea guardaba la ropa estaba vacía hizo que me viniera abajo.
Sí, lloré como un niño pequeño, porque la vida se me había torcido mucho por culpa de esa mujer que tan mal corazón tenía. No sé el tiempo que estuve así, pero sí que, cuando dejé de hacerlo, entendí que tenía que ir hasta la casa en la que vivía mi hermano.
Tenía una llave de su casa, por si acaso alguna vez ocurría algo y no podíamos localizarlo. Por eso, la saqué del cajón del despacho en el que la guardaba y la metí en mi bolsillo. Me subí al coche y puse rumbo hacia allí.
Abrí la verja de entrada, una vez que aparqué el coche fuera, porque no había suficiente terreno detrás de la verja para aparcar, y entré. Pero lo que no me esperaba era ver salir a Nerea, junto a él, con su brazo echado sobre el hombro de ella, y riendo a carcajadas.
No os puedo explicar con palabras lo que me entró por el cuerpo cuando los vi. Mi vista se convirtió en un color rojo intenso, y no me lo pensé; me lancé hacia mi hermano y lo cogí por sorpresa, pues lo que menos se esperaba era verme allí.
—¡Te ha faltado tiempo para ir a por ella, cabrón! —le dije, y le asesté un puñetazo.
—¿De qué coño estás hablando, gilipollas? —me respondió Nerea, agachándose para atender a mi hermano.
—Y yo pensando que te había destrozado, cuando, en realidad, te lo estabas pasando en grande, y con mi propio hermano. Me dais asco, los dos.
—¿Nosotros te damos asco? ¿Y tú te atreves a decir algo así? Tú sí que me das asco, que no has tenido los cojones para ponerte frente a mí y decirme que me dejabas, que tu manera de practicar sexo era la que era y yo no te lo podía dar.
—Pues sí, me la he follado, a ella y a su amiga, para que te enteres.
—A diferencia de ti, yo no me he acostado con nadie, mucho menos con tu hermano, y le puedes preguntar a cualquiera. Pero, gracias, me has abierto los ojos de una manera bestial para entender que no quiero en mi vida a un hombre como tú.
—Eres un imbécil, y que te quede claro que la acabas de perder para siempre. Si había una pequeña posibilidad de que te perdonara, con tu manera de actuar, la has dinamitado —me dijo mi hermano.
Me quedé allí sin poder moverme, sin poder articular ni una sola palabra, viendo cómo Nerea se iba llorando, otra vez por mi culpa, y mi hermano me miraba con cara de odio, una que se me clavó en el alma.
¿Qué hacía ahora? ¿Cómo me acercaba a ella y le contaba la verdad? No podía, no después de haberle dicho minutos antes que me había acostado con Natalie, que todo lo que ella pensaba sobre mí era mentira, porque no me iba a creer.
Cuando pude moverme, me subí de nuevo a mi coche y empecé a conducir sin rumbo, hasta que me di cuenta de que mi subconsciente me había llevado hasta la casa de mis padres y entendí que lo que tenía que hacer, lo que necesitaba en estos momentos, era hablar con mi madre.
Llamé para que me abrieran la puerta y, cuando mi madre me vio, en vez de preguntarme qué me había sucedido, como hacía siempre, se dio media vuelta y dejó la puerta abierta. En ese instante, me di cuenta de que, hasta ella, estaba enfadada conmigo.
—Mamá…
—Mira, Felipe, no me voy a andar por las ramas, yo no te he educado para que seas un cobarde. No te digo que, si no sientes nada por Nerea, si necesitas otro tipo de cosas, tengas que estar con ella por cojones, pero ten los huevos suficientes para decírselo a la cara.
—Mamá, quiero a Nerea con toda mi alma, y no necesito nada más que estar con ella, aunque no pueda tener sexo nunca más en mi vida.
—Entonces, ¿qué coño estás haciendo con tu vida, Felipe?
—Todo tiene una explicación, pero no puedo decir nada hasta que no se termine la operación.
—Pues, si eso es así, no quiero tenerte delante de mi vista hasta que no me puedas dar una explicación en condiciones. Porque algo me dice que estás pidiendo tiempo para encontrar una excusa que nos convenza a todos.
—Eso no es verdad… ¡Me cago en la leche, mamá! ¿Ni siquiera tú me vas a creer? ¿Prefieres dejar que mi hermano la vaya conquistando poco a poco?
—Tu hermano, lo único que ha hecho ha sido cuidar de ella, ayudarla a recomponer los pedazos de su corazón, esos mismos que tú te has encargado de romper y pisotear.
—Cuando todo se sepa, os prometo que me vais a creer. Pero que tengas en cuenta que, lo mismo, y ya me habéis hecho el suficiente daño como para que sea yo el que me quiera apartar de todos vosotros.
Me levanté y salí de allí. Ya no pensaba ir a ver a nadie más, pues tenía claro que la reacción de todos sería la misma. Por eso, y aprovechando que era sábado y que no tenía que ir a la oficina, me encerré en mi casa, apagando hasta el móvil.
Estaba tan dolido de que ni siquiera mi madre me hubiera dado el beneficio de la duda, que no quería saber nada de ninguno de ellos. Al final, tan solo me faltaban dos días para que todo se supiera, y entonces, serían ellos los que me tendrían que pedir perdón a mí.
Me metí en la cocina y me preparé algo de comer, y mientras que se cocinaba, me fui a mi pequeño jardín a hacer deporte. Llevaba cuatro vueltas cuando empecé a agobiarme y pensé que apagaría la vitrocerámica y me marcharía mejor a correr a la playa.
Ese era el único lugar en el que podía relajar mis nervios; siempre me había pasado así. Por eso, cogí mi bolsa de brazo, en la que guardé mis llaves y mi cartera, porque no pensaba encender el móvil, y me subí al coche, poniendo rumbo a la playa.
Cuando llegué allí, cuando olí el mar, fue para mí como algo mágico. Estiré mis músculos para evitar lesiones, y empecé a correr por la arena mojada, que me costaba menos trabajo.
Llegó un momento en el que tenía que parar, y eso hice, tumbándome en la arena, como el día en el que la conocí. Cuando me levanté de allí, no me lo podía creer: allí estaban todos, saliendo de un portal, incluso un par de mujeres y un hombre que no conocía absolutamente de nada.