Capítulo 42
Nerea
Tengo que reconocer que Nacho se estaba portando conmigo de una manera genial; no podía tener ninguna queja, ni como jefe ni, mucho menos, como amigo, pues no me había dejado sola en ningún momento, y no me refiero al plano físico, sino mental y como apoyo.
Lo mismo sucedió con su madre, al igual que con Manuela. De ellas, recibía una llamada de teléfono diaria, y con Isabel había ido a tomar café en varias ocasiones en estos días.
Por fin tenía las llaves de mi casa nueva y esta mañana me llevaban los muebles. Cuando llegué allí, ya estaban todos, desde mis amigas, sus chicos, hasta mis compañeros de trabajo, que me habían acogido con todo su cariño, incluido Sergio.
—Vamos, chica, no te quejarás de que no tienes ayuda —me dijo Daniela, con sorna.
—Para nada. Al final, con tantas manos, en diez minutos tengo los muebles montados, mis cosas colocadas y hasta la comida hecha.
—Ah, no, eso sí que no. En la cocina no entra nadie. En cuanto que llegue a hora de la comida, ya mismo estamos todos en el restaurante que hay en los bajos del edificio, que he visto que tienen un arroz con muy buena pinta —me contestó Sergio, y me hizo reír.
—Venga, pero invito yo.
—Claro, yo, si tengo que invitarte, prefiero que sea a una cena los dos a solas, pero con desayuno incluido —me replicó.
—Anda, anda, no corras tú tanto, y vamos a empezar con los muebles, que ya están arriba los transportistas —le dijo Nacho, negando con la cabeza.
—¿Estás celoso, jefe?
—Uy, para nada. Nerea, para mí, está completamente prohibida, por muy gilipollas que haya sido mi hermano.
—¿Tu hermano? ¿No me digas que es su exnovia?
—Precisamente eso, pero no quiero que se nombre en mi presencia. Haceros a la idea de que yo soy Harry Potter y él es Voldemort… —le contesté a Sergio.
—Perfecto, a partir de ahora, le diremos el que no puede ser nombrado cuando nos dirijamos a él.
Subimos a mi ático, donde ya estaban dejando los transportistas las diferentes cajas con los muebles en el rellano de la escalera.
Abrí la puerta para que los fueran dejando cada uno en la habitación correspondiente, y lo único que faltaba por subir era el sofá y la televisión que la llevaba en mi coche.
El ático tenía una plaza de garaje y un cuarto trastero incluido en el precio de venta, algo que, por la zona en la que estaba, me vendría de lujo, porque el aparcamiento era misión imposible, y el trastero me serviría para dejar todas las cosas de la playa, y así no subiría arena a la casa.
Nos dividimos en grupos de tres personas y, mientras que unos montaban muebles, otros íbamos colocando cosas, para así organizarnos mejor. Me tocó con Sergio y con Nacho, y nos fuimos para montar el que sería mi dormitorio.
De momento, había comprado los muebles del salón, de mi dormitorio y de uno de los otros dos que tenía, dejando la terraza y la otra habitación vacía, pues mi economía no me daba para más, ya que no quería quedarme sin un colchón económico por lo que pudiera pasar.
—Desde luego, corazón mío, ya podías haber elegido un cabecero más sencillito de montar. Con lo bonitos que son esos de hierro forjado, que vienen con sus barrotes que, además, te sirven para jugar en la cama, ya me entiendes —me dijo Sergio.
—Claro, hombre, ahora voy a elegir el que a ti te dé la gana, ni que fueras a dormir aquí —le respondí.
—A eso aspiro, pero sé que me va a costar que me des una oportunidad.
—Y tanto que te va a costar, como que es prácticamente imposible, ya te lo digo. Como amigos, todo lo que quieras, pero más, lo siento, pero no estoy preparada para que me partan el corazón ni una vez más.
—Mujer, que todos los hombres no somos iguales.
—Y no lo discuto, pero yo he dejado entrar a dos en mi vida, y los dos han sido unos cabrones. Por eso, se terminó toda relación afectiva que no sea una amistad.
—Bueno, si me lo pones así, podemos ser amigos con derecho a roce.
—No, porque uno de los dos terminaría enamorándose del otro. Mi regla, a partir de hoy, es echar un polvo con alguien que conozca de una noche y, luego, si te he visto, no me acuerdo.
—Eres muy joven para decir eso, Nerea. Seguro que encuentras a un hombre que te valore y te quiera como te mereces —me dijo Nacho, que no había intervenido en la conversación hasta este momento.
—Pues no te diré que no, pero, de momento, la primera que me tengo que querer y que valorar es a mí.
—En eso tienes razón. Hasta que tú misma no te quieras lo suficiente como para poner límites, no encontrarás a nadie que lo haga también.
—Lo que sí tengo claro es que quiero ser madre y, en unos meses, si mi recuperación va como hasta ahora, pienso ponerme en manos de un especialista médico en reproducción asistida.
Seguimos hablando durante un buen rato, mientras que ellos montaban los muebles. Os prometo que no hice absolutamente nada de esfuerzo, ni cogí peso, ni moví muebles, pero noté cómo me faltaba el aire.
No quise decir nada, pero empezaba a asustarme, porque, de pronto, una idea se formó en mi cabeza. ¿Y si la herida del pulmón se había abierto de nuevo y me estaba provocando algo irreversible? ¿Y si, todo lo que había hecho hasta ahora, en el tema de mi recuperación, se iba a la mierda?
Algo se me tuvo que notar en la cara, porque Nacho, en cuanto que giró su cabeza y me vio, dejó todo lo que estaba haciendo y se vino hasta donde yo estaba, con una cara de preocupación que era evidente.
—Nerea, ¿qué te ocurre?
—Nacho…
—¿Qué sucede? —preguntó Sergio, igual de preocupado que él.
—Me… falta… el… aire —dije, como pude.
Nacho me cogió en brazos, y Sergio fue a buscar las llaves de su coche, que estaba aparcado en la misma puerta, pues lo dejó allí desde por la mañana temprano, y salieron corriendo.
Todos los demás nos miraban sin saber qué sucedía, preguntando, pero Sergio tan solo les dijo que nos marchábamos al hospital, que no quería perder más tiempo. Automáticamente, todos los demás hicieron lo mismo y salieron detrás de nosotros.
Quería tranquilizar mi respiración, pero era como si el aire no entrara en mi pecho, y eso me estaba agobiando muchísimo. Cerré los ojos, a ver si así lo conseguía y, cuando me quise dar cuenta, ya estábamos en la puerta del hospital.
—¿Qué le ocurre? —preguntó el doctor que me atendió de primeras.
Nacho le contó lo que me había sucedido y las indicaciones que me había dado el médico. Después de eso, me pusieron en una camilla y me internaron en un box, donde empezaron a hacerme pruebas a la velocidad del rayo.
Lo primero que hicieron fue ponerme una mascarilla de oxígeno y sacarme sangre para hacerme una analítica que nos indicara los niveles en sangre, pues con las mediciones del aparato de saturación, no se veía que hubiera ningún problema.
Más de tres horas estuve allí, entre cables, monitores que medían mis constantes y demás, hasta que tuve todos los resultados, que fue cuando vinieron los doctores. Tengo que decir que Nacho no me dejó sola en ningún momento, y que todos los demás estaban en la sala de espera.
—Buenas noticias, señorita Luján.
—¿Ha salido todo bien?
—Mejor que eso. Su herida está completamente cerrada; por eso, podrá hacer vida normal, sabiendo las limitaciones que tendrá en el tema del deporte.
—Entonces… ¿Qué me ha sucedido?
—Muy sencillo, le ha faltado el resuello, y por eso, se ha asustado.
No será la primera vez que le ocurra que sienta que le cuesta trabajo respirar ante un pequeño esfuerzo.
Pero no se preocupe, que eso, en cuanto su pulmón se acostumbre, irá a menos.
Lo importante es que no vuelva a tener una crisis de pánico, como la de hoy.
—¿Eso es todo? ¿Seguro que no tengo nada más?
—Sí, sí que tiene, una crisis de ansiedad como un camión de grande, pero, para eso, le daré unos ejercicios de respiración, y verá cómo no le vuelve a pasar.
Media hora más tarde, abandonábamos el box de urgencias, con Nacho a mi lado, ahora, ya, más relajado. Le había dado al pobre un susto de muerte y, por eso, lo único que me salía era darle un abrazo, y así lo hice.
—Pero, bueno… ¿y esto?
—Gracias.
—Te dije que te cuidaría, y pienso cumplir mi palabra. Puedes haber escuchado muchas cosas sobre mí, pero te aseguro que la mayoría de ellas ya las he superado, te lo aseguro.
—Eso se llama madurar, querido…
—No te quiero dejar esta noche sola; además, tu habitación se ha quedado a la mitad, por lo que no podrás dormir allí.
—Bueno, siempre puedo dormir en el sofá.
—No, no lo harás. Porque te vendrás a dormir a mi casa, y no me pongas esa cara, que tengo una habitación de invitados espectacular.
—Está bien, pero mañana, a primera hora, volvemos a mi casa que tengo que dejarla lista, o me tendré que quedar en tu casa indefinidamente.
—Por mí, ningún problema a ambas cosas, además.
Solté una carcajada. No es que sintiera por Nacho ningún sentimiento romántico, pero sí un fuerte cariño de amistad, por la lealtad que me había demostrado. Ahora entendía cómo la gente se aprovechaba tanto de él, porque tenía un corazón que no le cabía en el pecho.
En cuanto que llegamos a la sala de espera, nuestros amigos se arremolinaron en torno a nosotros, preguntándonos qué era lo que nos había dicho el médico.
En el momento en el que le dijimos que todo estaba bien, que había sido un ataque de pánico, provocado por una secuela normal de lo que me había sucedido, vi cómo mis amigas se echaron a llorar, sin dejar de abrazarme.
—Nos hemos llevado un susto de muerte, Nerea —me dijo Daniela.
—Lo siento, de verdad. No lo he hecho a propósito, te lo prometo.
—Eso lo sabemos, tontita. No tienes ni que decirlo.
—Os juro que, cuando noté que no me llegaba el aire a los pulmones, pensé que había hecho algo que había provocado que la herida se hubiera abierto, pero no, la herida está completamente cerrada, y no será la primera vez que me ocurra.
—Claro, pero si no lo sabías…
—Sí que lo sabía, al menos en la teoría, pero lo que no sabía era que eso sucedería de ese modo, que sería esa la sensación que tendría, y me asusté, muchísimo, además.
—Bueno, gracias al cielo, todo ha quedado en eso, en un susto. Aunque no la pienso dejar sola esta noche, se vendrá a mi casa —dijo Nacho.
—Claro, mira qué listo el jefe —le respondió Sergio, a modo de broma.
Nacho le lanzó una mirada que, lejos de acobardarlo, lo que hizo fue provocarle una carcajada que nos contagió a todos. Según me enteré más tarde, estos dos se conocían de toda la vida y, mientras que Nacho, en los últimos meses, había sentado la cabeza, Sergio seguía tan cafre como siempre.
Al final, paramos un momento en mi casa, pues subí a coger ropa, para darme una ducha y vestirme al día siguiente. Fue Sergio el que se ofreció a llevarme y quien me esperó, junto a Nacho, a que bajara, antes de llevarnos hasta su casa.
La casa de Nacho era realmente preciosa, no tenía nada que ver con la de su hermano o su madre, pues se trataba de una de una sola planta, pequeñita, pero encantadora.