Capítulo 41
Felipe
—¿Tú no dices nada, Felipe? —me preguntó, como triunfador.
Creo que había confundido mi cara con que la situación no me gustaba, y no lo hacía, pero no por lo que él pensaba, sino porque mi plan se había ido al traste, y me obligaría a continuar fingiendo algo que no quería. Pero, qué le íbamos a hacer, la vida era así de jodida.
—Yo no tengo ningún inconveniente. No lo he tenido nunca, no creo que los vaya a tener ahora.
—Eso esperaba, pero tu cara me decía otra cosa.
—Mi cara, lo único que puede decir, es que estoy cansado hasta la extenuación, nada más.
—Uy, me parece que no es eso, simplemente tenías otros planes para vosotros esta noche, y yo he venido a joderlos.
—Puede ser, pero no pasa nada, ya mañana los llevaré a cabo, y punto.
—Amor, ¿tenías otros planes? Si quieres, dejamos lo de Adolfo para mañana… —me dijo Natalie, y yo aproveché esa condescendencia que me estaba mostrando.
—Ciertamente, lo agradecería, la verdad. Porque hoy, no sé cómo decirlo… me apetece tener sexo un poco más tranquilo, como más íntimo —le respondí.
—Chicos, sin problemas. Nosotros vamos a estar aquí toda la semana, así que podremos aprovechar los días. ¿No os parece? —preguntó Adolfo.
—Yo, mañana, no tengo ninguna reunión programada; podemos quedar en la habitación de Natalie a las doce y media y comer juntos —les indiqué.
—Yo tampoco tengo nada, es más, es que los días que voy a estar aquí son para desfogarme sexualmente antes de volver a casa, con mi mujer. Así que, podemos quedar a la hora que queráis.
—¿Qué os parece si, en vez de estar en el hotel, que todo el mundo puede oírnos, nos alquilamos una casita o algo, más apartado? —nos preguntó Natalie.
—Esa es una buena idea. Mira, en vez de quedar en tu habitación, de donde, como entremos, no vamos a salir, os espero a las doce y media en la puerta, yo me encargo de todo —dijo Adolfo.
Al final, nos dejaron solos, que era lo que yo quería, pero Natalie como que no estaba demasiado receptiva. Era como si el plan de Adolfo le gustara más que el mío, no sé si me entendéis.
—Natalie, si te apetece pasar la noche con ellos, por mí no hay problema.
—¿No te apuntarías?
—Estoy muy cansado, de verdad. Creo que no podré cumplir ni contigo esta noche.
—¿Y te importaría si quedara con ellos después de que cenemos juntos?
—Para nada, ve con ellos y queda. Yo me iré al hotel en cuanto que termine, necesito dormir, pues me duele muchísimo la cabeza. Eso sí, la cena será solo entre nosotros dos.
—Te amo como eres, nada posesivo, nada celoso… Tan solo de pensar en la noche que pasaré con ellos dos, me está poniendo mucho más mojada de lo que ya he entrado después de hacerte esa felación.
—Anda, corre, queda con ellos antes de que se marchen.
Si ella supiera lo posesivo que soy en realidad cuando la mujer que tengo delante me importa, no hubiera estado tan sonriente. Pero no podía hacer otra cosa más que fingir, hacer como que no me importaba que mi pareja follara con otros, pero con un matiz, que ella no era mi pareja.
Dos minutos después, Natalie llegó de lo más sonriente, y tuve claro que había conseguido su objetivo, que no era otro que pasarse por la piedra al amigo de Adolfo, que se le había metido por los ojos desde el mismo momento en el que entramos en el restaurante.
—Listo, ya he quedado con ellos. Van a salir a tomar una copa a un pub cercano, hasta que terminemos de cenar. Luego, nos marcharemos a un chalecito que han cogido para el resto del tiempo que van a permanecer aquí.
—Anda, mira qué bien. Si te apetece irte ya con ellos, no hay problema; yo ceno solo —le dije, como si estuviera algo enfadado, para que ella se sintiera importante en mi vida.
—Para nada, primero estás tú, y luego todos los demás. Incluso si me dices que no quieres que me acueste con ellos sin estar tú delante, lo respetaré, por muchas ganas que tenga.
—No, sabes que, para mí, eso no supone ningún problema, Natalie. Es sexo, puro y duro, nada más.
—Entonces, no se hable más y cenemos tranquilamente, porque no tengo ninguna prisa.
Había conseguido mi objetivo, darle la vuelta a la tortilla y poner todo de mi lado. Empezamos hablando de la hora a la que yo llegaría a esa casa al día siguiente, pues ella decía que no se iba a volver de madrugada, sola, cuando, a las pocas horas, tendríamos que ir de nuevo.
Ahora era el momento en el que le iba a preguntar por todo lo de Nerea y, por tanto, saqué el bolígrafo de mi bolsillo, como si tuviera que anotar algo, y lo activé. Pero, por si acaso fallaba, activé también la grabadora de mi móvil, más valía prevenir que curar, porque sería mi única oportunidad.
—¿Te ocurre algo?
—No, ¿por qué?
—Porque te he visto sacar el móvil y anotar algo en un papel, y pensé que te ocurría algo.
—No, no, es mi madre, que me ha enviado la dirección de una amiga suya y quiere que vaya a recoger un paquete mañana, y la he anotado por si acaso se me borra el mensaje, ya sabes cómo soy con eso.
—Sí, es verdad, no sería la primera vez que le das a borrar a algo importante sin darte cuenta.
—Tengo unos deditos de oro…
—Con la tecnología, no, pero en otras cosas eres un experto con esos dedos.
Empecé a reírme, porque con Natalie todo derivaba en el mismo tema, aunque, por dentro, sentía un asco que no os podéis imaginar, os lo prometo. Una vez que la vi completamente relajada, ataqué y fui directo al grano.
—Cariño, te voy a preguntar algo y espero que no te ofendas, pero la curiosidad me mata.
—Mientras que no me preguntes el número de hombres con los que me he acostado… No por nada, sino porque no los he contado.
—No, eso no me interesa, todos tenemos un pasado.
—Entonces, ¿qué es lo que me tienes que preguntar que te causa tanta duda?
—¿Cómo hiciste para convencer a la madre de Nerea para que hiciera lo que hizo? Porque a la prometida de mi hermano, tengo claro que fue con dinero, que es su máxima ambición.
—¿Das por hecho que fui yo? Ellas no han dicho nada de eso.
—Por supuesto que lo doy por hecho; ellas no tienen la suficiente inteligencia para orquestar nada de esto. Por favor, si son más simples que el mecanismo de un botijo.
Todo esto lo dije con una sonrisa, como si el tema me importara un carajo, y ella soltó una carcajada. Crucé los dedos para que se sintiera lo suficientemente segura como para soltar todo, y esperé a que hablara.
—Con tu cuñada te equivocas, no solo es el dinero lo que la ha motivado a echarme una manita en quitar de en medio a la mosquita muerta, sino que el sexo también ha tenido mucho que ver.
—¿Qué me quieres decir con eso? ¿Se ha acostado contigo?
—Uy, conmigo, con Sofía y con muchas mujeres y hombres más. Ella dice que es bisexual, pero nada de eso, porque como la he visto disfrutar y gemir cuando le hacía sexo oral una mujer, no la he visto con nadie, pero bueno, eso no es asunto mío.
—Vale, eso me ha quedado claro. Melissa fue por una mezcla de sexo y dinero, pero la madre… Porque, para que una madre haga eso, has tenido que ser muy convincente.
—Tampoco me hizo falta mucho. Esa mujer no está bien de la cabeza, y siempre necesita estar por encima de los demás. En cuanto que le toqué el tema de cómo su hija le había quitado todo, y le ofrecí una buena suma de dinero, se prestó a hacerlo.
—Vaya, estoy viendo que se te da bien tratar con personas vulnerables psicológicamente, ¿no?
—Digamos que tengo un gran poder de persuasión, y que lo aproveché para quitarla de en medio, eso sí, sin ensuciarme las manos. Si no han hablado ya es porque las tengo incentivadas con algo más.
—¿Incentivadas? No te entiendo.
—Verás, a Melissa le tienen puesta una presa de confianza en su celda, que le da placer todas las noches, varias veces, además. Ella sabe que, si dice mi nombre, aunque sea solo para decir que le gustan mis zapatos, la dejarán sola y le quitarán ese privilegio.
—¿Y a Maricarmen? ¿Con qué la has «motivado»? —le pregunté, haciendo comillas con mis dedos mientras pronunciaba esa palabra.
—Con que, si me nombra, se le terminan los privilegios a su bebé, al igual que a ella.
—¿Su bebé?
—¿No sabes que ha tenido otro hijo?
—No tenía ni idea. Bueno, lo cierto es que, antes de que apareciera en la puerta ese día, con la pistola, no sabía ni que esa mujer existía.
—Pues yo te lo cuento…
Natalie me contó que había contactado con ella justo antes de que diera a luz a su segundo hijo, un niño que ahora tenía unos cuatro meses. Ella decía que no quería ser madre, y que lo iba a dejar en la puerta de un convento.
—La convencí para que no lo hiciera, y le dije que yo tenía a la familia ideal para que se ocupara del niño, pero que me tenía que firmar un documento en el que le cedía la custodia y renunciaba a él.
—Vale, hasta ahí, todo bien. ¿Pero qué tiene de malo eso para que la tengas amenazada?
—Que lo firmó sin leerlo y en ese documento decía que le daba al niño a cambio de una buena cantidad de dinero, cuando, realmente, ella no cogió ni un céntimo.
—Vamos, que ponía que había vendido al niño, ¿no?
—Eso mismo. Como puedes ver, no soy tan gilipollas como se puede pensar, a pesar de que soy rubia.
—No, no, yo pienso que eres demasiado inteligente.
Terminamos la cena y me sentí de lo más relajado. Tenía su confesión, y, además, por partida doble, porque dejé el móvil encima de la mesa y bocabajo, para que se pudiera grabar bien y que ella no se diera cuenta.
Salimos del restaurante, y fui tan caballeroso que la acompañé hasta la puerta del pub en el que la estaban esperando esos dos hombres.
—Mañana te envío un mensaje con la ubicación.
—Mejor, envíamela esta noche, en cuanto llegues, para saber dónde buscarte si no tengo noticias tuyas.
—Perfecto, que descanses.
—Y tú, pásatelo bien.
Paré un taxi porque el coche con conductor terminó su servicio cuando me dejó en el restaurante y volví al hotel.
En el momento en el que entré en mi habitación, lo primero que hice fue comprobar que se había quedado registrada su confesión en el móvil, porque en el bolígrafo no podía hacerlo, y llamé a uno de los agentes que me habían encargado esa misión.
—Lo tenemos, Felipe. Todo ha quedado grabado y se escucha con total claridad; ya puedes salir de ahí.
—Joder, pensaba que esto no iba a terminar nunca.
—Bueno, tampoco ha supuesto un suplicio para ti, que una de las veces se activó el bolígrafo y no es que estuvierais jugando al parchís, precisamente.
—Sí que ha supuesto un suplicio, sobre todo teniendo en cuenta que le estaba haciendo un daño irreparable a mi pareja, pero todo por saber que estará segura el resto de su vida.
—Y eso dice mucho de ti. A partir de ahora, puedes hacer lo que te dé la gana, quedarte ahí o volver a casa.
—Espero que esa grabación no se pierda, porque me ha costado mucho.
—Ahora mismo la vamos a llevar al juzgado, para que Natalie Segura sea detenida en cuanto ponga un pie en el aeropuerto.