No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 40
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Capítulo 40

Felipe

Había pasado la noche con Natalie y Sofía, pero en esta ocasión, lo hicimos en el club, junto a más personas. Para mí, eso era diferente a si me hubiera acostado con ella a solas, entonces, y siendo completamente sincero, no sabía si iba a ser capaz de cumplir.

Iba a llamar a Nerea; no podía con esto, sabía que, si había visto esas imágenes, la habría destrozado, pero no me dio tiempo. En el instante en el que tenía mi móvil en la mano, me entró una llamada de mi hermano.

Sabía que me venía una bronca, pero no esperé que fuera de él, precisamente. Aunque, bueno, tampoco tenía claro que me llamara para eso, y lo mismo lo hacía para otra cosa.

—Dime, Nacho.

—¿Cómo puedes ser tan cabrón?

—Te pido, por favor, que no te metas. Esto es cosa mía.

—Tuya, y de Nerea. Pero no te preocupes, que si tú no has sabido valorarla, lo haré yo.

—Ni se te ocurra acercarte a ella, o te las tendrás que ver conmigo.

—¿Perdona? Te estás acostando con esa tía, la has destrozado y, encima… ¿te permites el lujo de decirme eso? Eres mucho más cabrón de lo que me imaginaba.

—Vete a la mierda, Nacho. Las explicaciones no te las tengo que dar a ti; se las tendré que dar a ella, pero en un futuro, cuando vuelva a casa.

—Cuando vuelvas a casa, ella no estará allí, te lo aseguro.

—Pues la buscaré hasta por el centro de la Tierra; no será la primera vez que lo hago. Porque te recuerdo que, por culpa de la mujer que metiste en mi vida, ya la perdí una vez.

—Pero de poco te ha servido, porque sigues volviendo a la otra, a Natalie, que es igual de asquerosa que tú.

—¡No me faltes al respeto, porque no tienes ni puta idea!

—Vete al carajo, Felipe, y no te vuelvas a acercar ni a ella, ni a mí.

Mi hermano cortó la llamada, y fue la primera vez que sentí que podía perder a mi chica. Si Nacho no me hubiera amenazado con eso, sabía que podría hablar con Nerea, pero después de decirme esto, tenía claro que no me lo permitirían.

Por mi propio bien, tenía que conseguir esa confesión lo antes posible, o terminaría arruinando mi vida.

Para empezar, iba a llamar por teléfono a Nerea; tenía que decirle que no creyera nada de lo que estaba viendo o escuchando, que, en cuanto regresara, se lo contaría todo y lo iba a entender.

Marqué su número, pero no me dio tono; quise enviarle un audio, pero no le llegó nunca. Por todo eso, supe que me había bloqueado. Así que quise quemar mi último cartucho llamando a Manuela, que seguro que estaba con ella.

—Manuela, por favor, pásame con Nerea.

—¿Con Nerea? ¿Cómo tienes la poca vergüenza de pedirme eso?

—En primer lugar, no olvides con quién estás hablando y no me faltes al respeto, porque te puedes quedar sin trabajo.

—El trabajo me importa una mierda, y te diré todo lo que siento dentro, entre otras cosas, porque ya no trabajo para ti. Me niego a trabajar para un cabrón.

—Deja de insultarme y pásame con mi pareja.

—¿Tu pareja? Ja, ja, ja. No está conmigo, pero aunque estuviera, tampoco te pasaría la llamada.

—¿Cómo que no está contigo? ¿Dónde está?

—Donde le sale del alma. Es una mujer soltera, sin pareja, y puede hacer con su cuerpo y con su vida lo que le dé la gana. ¿Te ha quedado claro ya o necesitas que te lo envíe por escrito?

No supe qué contestar y, cuando me quise dar cuenta, Manuela me había cortado la llamada. Os prometo que me entraron ganas de tirar todo por la borda, mandarlo todo al carajo y volver a mi casa, con mi novia, y suplicarle hasta que me pudiera perdonar.

Pero no podía hacerlo, más bien tenía que hacer todo lo contrario a lo que estaba pensando, acercarme a Natalie todavía más, y sacarle esa confesión antes de que siguiera haciéndonos más daño a los dos.

Tenía una reunión con un cliente importante, y no podía faltar, porque eso tan solo me haría retrasarme más en mi estancia aquí, pero, en cuanto saliera, me llevaría a Natalie a cenar, e intentaría sacarle todo lo que pudiera sobre el asunto de los disparos a Nerea.

Me levanté, me di una ducha y me puse mi traje de chaqueta, pues no me gustaba ir vestido de cualquier manera cuando tenía reuniones de este tipo. Pedí un coche en la recepción para que me llevara hasta allí y que me recogiera pasadas dos horas, pero antes, llamé a Natalie.

—Dime, cariño. ¿Todavía tienes ganas de más? Pues sí que estabas desesperado, mi amor.

—Siempre tengo ganas, pero esa no es la cuestión. Te recojo a las siete para ir a cenar, ya sabes que aquí la gente cena muy temprano.

—¡Vaya! Eso sí que es una sorpresa.

—¿A qué te estás refiriendo con eso?

—Muy sencillo, a que, hasta ahora, siempre me has llamado cuando querías follar, nunca para hacer planes fuera de eso.

—¿No me has pedido que querías hacer cosas de pareja? Pues, qué mejor que salir a cenar y a tomar una copa.

—Me parece una idea fantástica. Te espero en la puerta del hotel a esa hora.

—Sí, porque he contratado un coche con conductor que me recogerá de la reunión que tengo ahora.

—Vale, nos vemos después, no vayas a llegar tarde.

—Sí, porque voy con el tiempo justo.

Corté la llamada y salí rumbo a mi reunión. Estuve en esa empresa reunido durante más de dos horas, que se me hicieron largas y tediosas, pero llegamos a un acuerdo que se firmó en ese mismo momento.

Por fin había llegado el momento en el que tenía que recoger a Natalie, y por eso, nos pusimos rumbo al hotel. Allí estaba, en la puerta, y vestida de una manera que dejaba claro cuáles eran sus intenciones.

—Menos mal que has llegado, ya empezaba a desesperarme.

—Perdona el retraso, pero es que he terminado tarde la reunión.

—Te noto estresado…

—Más bien un poquito cansado, pero nada fuera de lo normal.

—No te preocupes, que yo tengo la solución a eso.

Natalie le dio al botón de la mampara que nos separaba del conductor, subiéndola para que no pudiera vernos. Llevó la mano a mi pantalón, abrió la cremallera y lo desabotonó, sacando mi miembro.

Quise impedirlo, le cogí la mano, pero malinterpretó mi gesto, porque no quería que hiciera lo que hizo a continuación, sino pararla. Pero, como también la conocía, sabía que no pararía hasta que no consiguiera su objetivo, y no pude hacer nada.

Me miró a los ojos antes de hacer nada, y con una sonrisa de lo más lobuna, pasó su lengua desde la base a la punta, metiéndosela a continuación en la boca, donde succionó, lamió y mordisqueó a placer.

No tenía nada que ver con el sexo oral que practiqué con Nerea, en el que los sentimientos tenían mucho que decir, pero no quiero ser hipócrita y decir que no lo disfruté, porque lo hice, y mucho, la verdad.

Puse mi mente en blanco y me dejé llevar, teniendo un orgasmo dentro de su boca. Cuando terminó, se limpió y, con una sonrisa de maldad, volvió a poner mi ropa tal y como estaba y se sentó de nuevo, bajando la mampara.

Respiré hondo, porque me sentía sucio, me sentía un hijo de puta que estaba traicionando a la mujer de su vida. Por cada minuto que pasaba, veía más lejos mi reconciliación con ella, y por eso, necesitaba urgentemente terminar con todo esto.

Bajamos del coche y entramos en el restaurante donde, desde la recepción del hotel, me habían hecho una reserva para dos. Natalie me cogió de la mano, como si realmente hubiera creído que éramos una pareja de verdad.

Eso me venía bien, ya que, de este modo, se sentiría con la suficiente confianza para abrirse a mí. Esta situación me sería beneficiosa y, por eso, solté su mano y le pasé el brazo por sus hombros, de manera que entráramos abrazados.

Pero la suerte no se puso de mi lado, puesto que, nada más entrar, nos dimos de frente con Adolfo, que estaba allí con unos amigos, y que no dudó en acercarse a nosotros.

—Mira a quienes tenemos aquí, ¿de cenita romántica? —nos dijo.

—Dejémoslo en cenita previa a experiencia sexual —le contestó Natalie.

—Uy, entonces, seguro que no os importa que yo me una a la fiesta. ¿Verdad?

—Claro que no, y tu amigo, el de la americana azul, si quiere, que también se venga, porque tiene pinta de que le guste todo esto.

—No lo sabes tú bien…