Capítulo 39
Nerea
Me sentía engañada, utilizada y una idiota, por haber pensado que un hombre como él se podía fijar en una mujer como yo, por creer que lo que había escuchado en ese audio no eran los verdaderos pensamientos de Felipe.
No me lo pensé; lo primero que hice, nada más abrir los ojos esa mañana, fue bloquearlo absolutamente de todas partes. No necesitaba una excusa más; no quería una mentira que justificara lo que había hecho, porque era evidente, y no iba a hacer más la gilipollas.
Tenía que empezar mi vida de nuevo, completamente de cero, y por eso, tomé la determinación de que pondría mi casa en venta y compraría una nueva. No quería tener más recuerdos de él; tenía que olvidarlo y lo iba a conseguir, sin ninguna duda.
Me di una ducha y me arreglé como nunca lo había hecho, para enfrentarme a mi primer día en mi nuevo trabajo. No es que eligiera una ropa excesivamente elegante, pero sí que me arreglé el pelo y me lo dejé suelto y con los rizos marcados.
Me apliqué maquillaje y máscara de pestañas, y pinté mis labios de un rojo pasión que me hacía sentir poderosa.
Se acabaron las inseguridades, se terminó la Nerea que miraba más por los demás que por ella misma, ya era hora de ser fuerte y de salir de toda la mierda en la que me había visto sumergida.
Cogí mi coche y me encaminé hasta la dirección que me había dicho Nacho, y en la que me indicó que estaba su clínica dental. Nada de lo que me habían dicho sobre él me parecía cierto, y ahora entendía que era otra más de sus mentiras.
—Vaya, qué guapa vienes, Nerea.
—Gracias.
—¿Has sabido algo de mi hermano?
—Lo que vi anoche en la televisión, ¿no lo viste?
—No, pero… ¿mi hermano en la televisión? ¿Qué pintaba? No entiendo nada, de verdad que no.
—¿Tienes un portátil cerca?
—Ven, vamos a mi despacho, que estaremos más tranquilos. Ahora, cuando hablemos, te presentaré al resto de tus compañeros y te explicaré en qué consiste tu trabajo.
Nos encaminamos hacia su despacho; le dije que buscara en internet la entrega de premios y que la viera entera.
Pero pude comprobar que no solo fue ese beso, sino que, cuando él subió a recoger el premio, se lo dedicó a ella, la única mujer que, según él, lo entendía en todos los aspectos de una pareja.
—Me cago en la puta, joder. ¿Mi hermano es gilipollas?
—No, precisamente eso no es. Lo que ocurre es que es un listo, que no se pensaba que yo podría ver nada de eso y, luego, volverá a casa y pretenderá que yo siga esperándolo con los brazos abiertos.
—No lo reconozco, te lo juro por mi vida. Mi hermano no es así, de verdad que no…
—Entiendo que es tu hermano, y que tengas que defenderlo, pero te agradecería que, si quieres que me quede trabajando aquí, ni siquiera me lo vuelvas a mencionar.
—No te preocupes por eso, que no volveré a hacerlo. Eso sí, en cuanto vuelva, tendré unas palabritas, al igual que él, en su día, las tuvo conmigo.
—Ni siquiera creo que estas dos semanas se haya ido a trabajar, independientemente del premio, creo que se ha tomado estos días para estar con ella como si fueran una pareja, para tener el sexo que a él le gusta y que me ha demostrado que no puede pasar sin él.
—Venga, que mi hermano se vaya al carajo y vamos a que te conozcan tus compañeros. Te daré tu bata de trabajo y, después, cuando te explique todo, te doy el contrato para que lo firmes.
—De acuerdo, sí, será lo mejor, porque necesito olvidar todo lo que tengo en mi cabeza en estos momentos.
Salimos de su despacho y fuimos hasta la sala de descanso, donde estaban todos mis nuevos compañeros esperando a que llegaran los pacientes. Nada más entrar, me fijé en uno de los dentistas, que era guapísimo, y tenía una sonrisa preciosa.
No es que me hubiera olvidado de mis sentimientos por Felipe, ni mucho menos, porque lo tenía clavado en mi corazón, pero eso no me impedía ver cuando un hombre era guapo y llamaba la atención, aunque en estos momentos no me planteaba ni siquiera ir a tomar un café con él.
—Hola, chicos, ella es Nerea, la nueva recepcionista —les dijo Nacho.
—Hola, Nerea, bienvenida. Somos Sergio, Ana y María, los odontólogos e higienista dental —me dijo el chico.
—Hola, chicos, gracias a todos por recibirme tan bien.
—Anda, ven, que te voy a explicar cómo funciona la aplicación de las citas y demás.
Nacho me acompañó a mi puesto de trabajo y me estuvo explicando todo; cuando quise darme cuenta, se me había ido la mañana y era mi hora de salir.
El hermano de Felipe me invitó a comer, pero decliné la invitación, puesto que había quedado con la chica de la inmobiliaria para ver un piso que me había gustado.
Llegué a la inmobiliaria y la chica ya me estaba esperando. El piso que había visto en la página web estaba cerca de mi nuevo trabajo; era un ático y tenía una terraza maravillosa con vistas a la playa, que me enamoró.
No era excesivamente caro, por lo que, con el dinero de la venta de mi piso y una pequeña hipoteca con el importe que me faltaba, podría hacerle frente y comprármelo.
La chica me dijo que tenía a una pareja interesada en comprar mi piso, puesto que necesitaban algo por la zona, cerca de sus padres para que se pudieran ocupar de los niños mientras que ellos trabajaban, y que estaban dispuestos a pagar el precio del mercado.
En ese mismo momento, reservé el ático y quedé en que los interesados en mi piso podrían ir a verlo en una hora. Así lo hicimos y, en el mismo día, firmamos todo. La inmobiliaria se encargó de la hipoteca por los cincuenta mil euros que me faltaban.
Ese mismo fin de semana podríamos hacer la mudanza. Yo no me llevaría nada más que el menaje del hogar y la televisión, lo demás se lo dejaría a esa pareja, que vivía en un piso de alquiler amueblado.
Por la tarde, como no tenía nada que hacer, llamé a las chicas para contarles todo y que me acompañaran a buscar los muebles. Tenían que ser de exposición, puesto que necesitaba que estuvieran en mi nueva casa ese mismo viernes, o tendría que dormir en el suelo, pues no tenía ni colchón.
—¿Lo que nos dices es en serio? —me preguntó Daniela, que no terminaba de creérselo.
—Absolutamente, hasta lo de la casa —le respondí, pues ya les había contado lo que me había sucedido.
—Como me lo eche a la cara, te juro que no sé lo que le hago —añadió Inés.
—No le vas a hacer nada, tan solo ignorarlo. ¿No sabes eso de que no hay mayor desprecio que no hacer aprecio? Pues eso mismo.
—No puedes decirnos eso en serio. No me puedes pedir que no le diga a la cara que es un pedazo de cabrón.
—Eso mismo es lo que os estoy pidiendo, a las dos. Además, no quiero que nadie sepa dónde está mi nueva casa, por favor.
—Eso tenlo claro, que de nuestras bocas no saldrá nada, mucho menos al cerdo ese que tan solo es feliz follando como un conejo, y con cuantas más, mejor —me dijo Daniela.
—¿Cómo sabes tú eso? —pregunté, desconcertada.
—Damián me lo ha contado; lo siento por habértelo dicho así, no sé si lo sabías o no.
—Claro que lo sabía, pero no por eso me duele menos. Pero bueno, desde este momento, Felipe queda muerto y enterrado para mí. No quiero que me lo volváis a nombrar en ningún momento más.
—No lo haremos. Ahora, vayamos a buscar los muebles que tanta falta te hacen. Porque en cuanto tengas tu casa nueva, haremos una cena de chicas en esa bonita terraza que dices que tienes.
—Pues más vale que hagamos una comida, porque hace un frío del copón para cenar en la terraza.
Entramos a la tienda y le explicamos a la chica lo que nos ocurría. Ella nos llevó a una parte de la exposición de muebles que tenían en estocaje y que me podrían servir el día que yo dijera.
Me decidí por muebles blancos en la mayoría de los casos, que contrastaba con la cocina abierta al salón, que era de color rojo y una alfombra del mismo color que me encantó y los propietarios me la habían dejado.
Pagué la compra y firmé el albarán para que me los llevaran el viernes por la tarde, porque no quería pedir el día libre con tan poco tiempo que llevaba en mi nuevo trabajo. Durante todo el fin de semana, las chicas habían dicho que pasarían para ayudarme a dejarlo todo a punto.