No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 38
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Capítulo 38

Nerea

Estuve todo el día allí, con Isabel y con su hijo Nacho, que, cuando su madre le contó que iría a comer con ella, pensó que iría con su hermano y se sumó a la comida.

Cuando le contamos y explicamos la manera de actuar de su hermano en los últimos días, no se lo creía; decía que algo tenía que suceder, y que él se iba a encargar de averiguarlo.

Nacho me dijo que se había quedado sin recepcionista en su clínica dental, y que iba a empezar a buscar a alguien que la sustituyera.

De pronto, me dio un flash, no era lo que había estudiado, pero tampoco había que ser ingeniera técnica industrial para coger un teléfono y agendar citas. Por eso, no me lo pensé.

—No busques a nadie, Nacho, que yo me hago cargo.

—¿No estás de baja todavía?

—No, ya tengo el alta médica; lo que ocurre es que no puedo incorporarme a mi trabajo, puesto que no puedo hacer esfuerzos, al menos por el momento.

—Entonces, te espero mañana en mi clínica, así te presento a tus compañeros y aviso al gestor para que te prepare el contrato.

—¿No le vas a explicar las condiciones, Nacho?

—Uy, es verdad, estaba tan emocionado que hasta se me había olvidado hacerlo.

—Me dan igual las condiciones; cualquier trabajo que me permita evadirme de todo lo que ronda mi cabeza me sirve.

—Bueno, dame tu DNI, que le haga una foto y se la envíe al gestor. Mientras tanto, te voy contando las condiciones.

Nacho me contó que trabajaría a diario de nueve a tres y que tendría las tardes libres, pues en el horario de cinco a ocho venía otra chica que no podía ir por las mañanas porque estaba estudiando. Tendría un sueldo de mil trescientos euros, fines de semana libres y un mes de vacaciones.

Me parecía perfecto porque, además de poder ganarme un dinerito, me serviría para entretenerme y conocer a gente nueva, lo cual me vendría muy bien para salir de mi círculo de toda la vida.

Después de que aclaráramos todo eso, me despedí de ellos y me marché a mi casa, pues no quería llegar demasiado tarde, ya que había quedado con Manuela en que nos veríamos a las ocho y que ella traería una pizza para cenar, que nos comeríamos en el salón, viendo la televisión.

En cuanto llegué, aparqué el coche en la zona del jardín destinada para eso, y entré en la casa. Cada vez que atravesaba esa puerta y recordaba lo que había sucedido la noche anterior, era como si me atravesaran el corazón con un puñal.

No quise pensar más en ello; por eso, entré y subí a la habitación, donde me di una ducha y me puse uno de los pijamas calentitos que me había comprado, mis calcetines gordos, y me bajé al salón, justo en el momento en que entraba Manuela por la puerta.

—¿Por qué no me has llamado para decirme que ya estabas aquí?

—Primero, porque acabo de llegar y, segundo, pero no menos importante, porque no me voy a morir por estar sola, Manuela.

—Venga, ve poniendo la mesa del salón, que voy a hacer lo mismo que tú antes de que la pizza se enfríe.

—Madre mía de mi alma. ¿Cuántos vienen a comer? ¿No la había más grande?

—Sí, pero he cogido la familiar en vez de la súper familiar, que ya la vi demasiado excesiva.

—Manuela, esta ya es demasiado excesiva.

—Niña, que tienes que comer, que te estás quedando en los huesos, y seguro que al señorito Felipe le gusta coger carne, no huesos.

—Sobre eso, ya no sé ni lo que pensar. Pero venga, no te entretengas más que se enfría la pizza.

Manuela no tardó ni media hora en volver, ya con su pijama, uno que yo le había regalado el día anterior cuando fuimos de compras al centro comercial.

La mesa ya estaba puesta, y la televisión encendida.

No había elegido ningún canal; estaba puesto el mismo que solía ver Felipe y que era de economía.

En el preciso instante en que cogí el mando para cambiar de canal, vi que iban a retransmitir los premios a los que había asistido Felipe y, por eso, decidí dejarlo a ver si lo veía.

—Anda, mira, así comprobamos si le dan el premio o no —me dijo Manuela.

—Debería cambiar de canal, pero como soy masoquista, lo dejaré, a ver si lo veo.

—Venga, que seguro que se acuerda de ti cuando le den el premio.

Nos sentamos a comer y, mientras la presentadora explicaba cómo se entregarían los premios, vimos cómo llegaban los invitados. Lo que no esperaba ver fue lo que se presentó ante mis ojos en estos momentos.

Según dijo la chica, los premios se iban a entregar en uno de los mejores salones del hotel donde estaban alojados los nominados, junto al resto de los invitados, pero, por un contratiempo ajeno a la organización, se había trasladado a un teatro cercano; por eso, los invitados venían en coche y la prensa se encontraba allí.

Lo vi de lejos; no me hizo falta que estuviera junto a la periodista para saber lo que le ocurría. Felipe se bajó de un coche, vestido de esmoquin, y, colgada de su brazo, se encontraba Natalie, con un traje de lo más sexy y elegante.

No parecía que estuviera incómodo, ni mucho menos, pues venían riendo y, en determinado momento, ella le cogió la cara y lo besó, mientras que Felipe le correspondía ese beso con una sonrisa y otro pico, que fue él quien se lo dio.

Os prometo que me quise morir en ese momento. Manuela no sabía ni qué decirme, pues se quedó igual de pasmada que yo. Me miró y, como si se viera en la obligación de animarme, me dirigió la palabra.

—Tranquila, Nerea, seguro que tiene una explicación.

—Claro que la tiene. En primer lugar, que es un actor de primera; en vez de un premio al empresario del año, le deberían de dar un Óscar.

En segundo lugar, que mucho decir que, para él, el sexo era secundario, cuando, en realidad, en cuanto no ha podido practicarlo conmigo, se ha ido corriendo a buscar a esa.

Y, en tercer lugar, pero no menos importante, que yo aquí sobro, así que me marcho a mi casa.

—No te vayas ahora, Nerea, no en este estado.

—No puedo quedarme entre estas paredes, no puedo dormir en la misma cama que lo he hecho con él, cuando él está retozando con otra mujer. Necesito volver a mi casa, a mi refugio, a mi lugar seguro.

—Si te marchas, me voy contigo.

—Manuela, de verdad que te lo agradezco, pero necesito estar a solas. Por el dinero, no te preocupes, que yo te pagaré como si hubieras estado aquí las dos semanas.

—El dinero me importa una mierda. Ahora mismo, lo único que me preocupa es tu estado de ánimo.

—No te voy a mentir, me siento como si me hubieran arrancado el corazón, pero me recompondré. Además, mañana empiezo en un trabajo nuevo, y eso me vendrá de miedo.

Me levanté del sofá y subí hasta la habitación que había compartido con Felipe.

Las lágrimas caían sin control por mis mejillas, pero no impidieron que preparara mi maleta con mi ropa.

Manuela me trajo un par de cajas que había encontrado en la habitación del sótano que se utilizaba como trastero, y me ayudó a guardar mis enseres personales.

Sobre la cómoda de su cuarto le dejé la pulsera y los pendientes que me había regalado por mi cumpleaños el mes anterior, además de dos billetes de quinientos euros, por mi estancia en su casa, para los gastos.

No quería nada suyo, y creía que, con eso, se daría por enterado de que se había terminado todo.

Salí de esa casa, con mis pertenencias en el maletero de mi coche y Manuela sentada en el asiento del copiloto.

No iba a permitir que se fuera tan tarde en autobús o en un taxi; yo la dejaría en la puerta de su casa.

Me despedí de ella y le dije que podía llamarme cuando quisiera, para charlar, para tomar un café o para todo lo que necesitara.

Una vez que entré en mi casa, en cuanto cerré la puerta a mis espaldas, me derrumbé del todo. Fui resbalando mi espalda por la pared, hasta terminar sentada en el suelo, con las rodillas flexionadas y la cabeza apoyada en ellas.

Ni siquiera me había cambiado de ropa y llevaba el pijama que me puse después de ducharme. No me había dado cuenta de que había estado caminando por la calle vestida de esa manera, pero, siendo sincera, en estos momentos como que me daba exactamente igual.

No sé cuánto tiempo estuve en esa postura; solo sé que, cuando me levanté, mis piernas me dolían por haber estado así.