No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 37
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Capítulo 37

Felipe

Mi teléfono sonó en infinidad de ocasiones y, la mayoría de las veces, era Nerea. Mi primera intención fue contestar, porque pensé que podría estar ocurriendo algo, que su herida se hubiera abierto o algo parecido, pero me resistí.

No podía hacerlo; tenía que demostrar que no me importaba. Ya la llamaría cuando estuviera solo en mi habitación, pero no delante de Natalie, a la que había conseguido convencer de que mi novia me importaba entre menos y nada.

—Chico, qué control. ¿No se va a cansar nunca?

—¿Por qué lo dices? No le he contestado a ninguna de las llamadas; estoy centrado en ti y en lo que te voy a hacer en cuanto subamos a la habitación.

—¿Estás seguro de eso?

—Más que seguro, ¿tú no?

—Lo cierto es que te he echado de menos. Ya sabes que me encanta tu manera de practicar sexo, pero quiero más, mucho más.

—¿A qué te refieres? No te entiendo.

—A que no quiero ser tan solo tu juguete sexual, quiero que seamos pareja, aunque sigamos compartiendo momentos sexuales con otras personas. Creo que me lo merezco.

—Bueno, vayamos despacio, que todavía no he terminado la que tengo con Nerea.

—Ah, por eso no te preocupes, que mañana se va a enterar de todo. Cuando vuelvas, te aseguro que ya no estará en tu casa.

—¿Qué has hecho, loquita?

Hice como el que me hacía gracia, pero por dentro me estaba muriendo de pena. No quería hacerle daño, y ahora entendía que lo mejor que podía haber hecho era cortar con ella antes de marcharme, pero ya no había vuelta atrás. Por eso, cogí a Natalie de la cintura, esperando a que me contestara.

—Todavía no he hecho nada, pero lo haré. Y será mañana, durante la entrega de los premios, a la que asistirá la prensa internacional.

—Miedo me das, chica.

—No, qué va. Tú, déjalo todo en mis manos, que verás cómo sale bien.

De pronto, se sentó en mi regazo y empezó a besarme como solía hacerlo cuando estábamos a solas, aunque en este caso estuviéramos rodeados de gente, de otros empresarios que asistirían a esta entrega de premios.

Natalie se levantó y me cogió de la mano, haciéndome seguirla y subir de nuevo a la habitación, a la suya, concretamente, en la que me llevé una sorpresa, nada agradable, dicho sea de paso.

—Hola, Felipe. ¿Hoy sí te acuerdas de mí?

—Hola, Sofía. Por supuesto que me acuerdo, al igual que lo hacía el día de la clase de baile deportivo, pero no podía permitir que Nerea pensara que le mentía.

—¿Qué te parece la sorpresa? Hoy he decidido que quiero hacerlo acompañados de una mujer, y quién mejor que ella, que no es la primera vez que nos acompaña en la cama.

No sabía a qué se refería, pero entendía que debía haber sido en uno de los clubes a los que habíamos asistido durante el tiempo en el que nos acostamos.

No voy a ser hipócrita, porque no soy así.

Aunque mis sentimientos estaban con Nerea, y aunque hubiera deseado seguir mi vida con ella, ver a esas dos mujeres liándose entre ellas me puso muy cachondo.

Al principio, las dejé besarse y desnudarse entre ellas, hasta que mi miembro alcanzó un grosor y un tamaño que ya no aguantaba más sin que le dedicaran un poquito de atención. Fue en ese momento en el que me acerqué a ellas y dejé que me desnudaran.

No era la primera vez que hacía un trío con dos mujeres; por eso sabía lo que me gustaba y de lo que disfrutaba en estos casos.

Las besé a las dos, primero a una, luego a la otra, y las fui bajando hasta que estuvieron ambas bocas a la altura de mi miembro, donde me practicaron una felación a dos bandas.

Después de no aguantar más, las levanté y les indiqué que las quería a las dos en la cama, a cuatro patas. Me puse un preservativo y las penetré alternadamente, haciendo que ambas gritaran de placer.

Cuando me cansé de hacer eso, cogí uno de los juguetes sexuales que Natalie había dejado sobre su cama y la penetré con uno de los vibradores, mientras su amiga le practicaba sexo oral, se retorcía con el juguete y yo penetraba a su amiga.

Eso lo hicimos varias veces, intercambiando posiciones, hasta que terminé con Natalie cabalgándome y su amiga con su sexo en mi boca. Una vez que habíamos terminado, me levanté y me iba a la ducha cuando mi teléfono volvió a sonar.

Vi que era Nerea, y os prometo que me sentí un miserable. Seguro que ella se preocupaba por mí, mientras yo me acostaba con dos mujeres a la vez. Sabía que tenía que acercarme a Natalie para que me contara la verdad, pero eso no implicaba que tuviera que acostarme también con la amiga.

Por eso, en cuanto que contesté a la llamada, lo hice de malos modos. No solo porque tenía que fingir ante ellas, sino porque tenía mal humor; me sentía tan mal que no me hizo falta hacer mucho para conseguirlo.

—¿Se puede saber a qué vienen tantas llamaditas? ¿No puedes dejarme en paz por un solo día?

—Lo siento, no te preocupes, que no volverá a suceder. Ya sé que estás vivo, así que no te volveré a llamar más. Cuando te apetezca hablar conmigo, ya sabes mi número.

Os prometo que me entraron ganas de marcar su número y pedirle disculpas, de contarle todo lo que se me estaba pasando por la cabeza en estos momentos, pero me tuve que contener; no podía dejar que se enterara de nada.

—Creo que ya no te va a molestar más, a no ser que sea un coñazo de mujer, de esas que tienen que estar pendientes de su pareja durante todo el día, dejando a un lado su dignidad —me dijo Sofía, riendo.

—No, te aseguro que no es de esas. Si algo tiene Nerea es que es muy orgullosa, así que ya no me molestará más. Me voy a dar una ducha antes de irme a mi habitación.

—¿Te vas a marchar ahora? Yo creo que será mejor que nos metamos en la ducha contigo y que te convenzamos de que no puede ser. ¿Estás de acuerdo conmigo, Sofía?

—Completamente de acuerdo. Venga, vamos a lavarle la espalda a este hombre.

—Yo prefiero lavarle otra cosa, y no con jabón, precisamente, pero bueno, cada una que haga lo que crea conveniente.

Respiré hondo, porque me tendría que enfrentar a otro momento como el que acababa de vivir, y no sabía si iba a ser capaz de estar a la altura, porque la llamada de Nerea me había dejado muy tocado.

Tenía que conseguirlo y, para eso, intenté apartar de mi cabeza lo que sentía por mi novia. Ya encontraría el momento para contarle todo cuando terminara y lograra mi cometido, que esperaba no tardar mucho en hacerlo.

Como os podéis imaginar, no es que la ducha fuera muy relajante, que digamos, más bien todo lo contrario, ya que terminamos de la misma manera que en la cama, ambas peleándose por conseguir que fuera a ella a quien me follara.

A eso de las tres y media de la mañana, volví a mi habitación, donde me habían dejado un recado de Damián, para que lo llamara lo antes posible.

Me dolía muchísimo la cabeza y, además, no era hora de llamar a nadie; por eso, dejé la nota sobre la mesilla de noche y ya lo llamaría cuando me levantara.

Estaba agotado del maratón de sexo, pero aun así me costó mucho conciliar el sueño; cuando lo hice, fue profundo y no me desperté hasta bien entrada la mañana.

Total, no tenía que estar en el salón donde se celebraría la entrega de premios hasta las ocho de la tarde, por lo que no saldría de mi habitación durante todo el día.

Cogí mi teléfono y marqué el número de Damián; me cogió al segundo tono y me habló de una manera que no me gustó nada, por mucho que fuera uno de mis mejores amigos.

—¿Se puede saber qué coño estás haciendo?

—Lo que me da la gana. Que yo sepa, no soy un niño, ni tú mi padre para que te tenga que dar explicaciones.

—Te estás equivocando, Felipe.

—Eso es asunto mío. Supongo que no me llamabas para hablar de mi vida privada. ¿Qué ocurre?

—Ya no ocurre nada, ya lo hemos solucionado entre mi hermano y yo. Así que, sigue haciendo lo que te dé la gana, tan solo espero que te merezca la pena perder todo lo que has conseguido.

Me cortó la llamada y me dejó todavía más enfadado que antes.