Capítulo 36
Nerea
Lo vi salir con su coche de la propiedad, sin ni siquiera volver la vista atrás, y eso me dolió en el alma. Me quedé allí, en la ventana de la cocina, hasta que la presencia de Manuela me sacó de mi ensimismamiento.
—¿Qué te ocurre, mi niña?
—Es Felipe…
—¿Le ha pasado algo a él? ¿No habrá tenido un accidente?
—No, no, no es nada de salud, o al menos eso creo, porque está de un distante conmigo desde ayer… Hasta el punto de que se ha marchado de viaje esta mañana y ha sido como si se tuviera que despedir de mí por compromiso.
—Anda ya, Nerea, no pienses eso. El señor está locamente enamorado de ti; tiene que ser que haya algo en el trabajo que le preocupe.
—Eso espero, porque me partiría en dos, la verdad.
—Venga, date una ducha y quítate el pijama, que hoy, como está toda la casa limpia, creo que me voy a centrar en ti, y nos vamos a ir a pasar el día fuera.
—¿Te llamó anoche para decirte que te quedaras de noche conmigo?
—Pues no, pero sabes que no tengo ningún problema en hacerlo. Vivo sola, y para mí, será un placer tener compañía a la hora de cenar.
—Gracias, Manuela. Yo te pagaré las noches, no te preocupes por eso. Lo digo porque como él no te ha dicho nada…
—Ay, niña, el dinero es lo de menos. Si quisiera, no me haría falta trabajar; tengo la pensión de viudedad. Lo hago para no morirme de asco en mi casa.
—¿Sabes una cosa? Te voy a presentar a mis chicas de oro, las que van a mi clase de baile deportivo, para que te unas a ellas y disfrutes de la vida a tu edad.
—Pues, si piensas que me vendrá bien conocerlas, es porque son buenas personas y muy amables.
—Cotillas como ellas solas, pero con un corazón de oro.
—Uy, hija, es que eso de ser cotillas lo da la edad y el aburrimiento, te lo aseguro.
—Pero tú no eres de esas.
—Anda que no. Yo soy de las que forman parte del sistema de seguridad de mi barrio. Allí no hace falta poner cámaras de seguridad ni nada por el estilo; si algo ocurre, nosotras, el grupo de las bisagras, nos enteramos de todo.
—¿El grupo de las bisagras?
—Sí, mis vecinas y yo, que nos llaman así porque, si no estamos en la puerta, estamos en las ventanas.
Me tuve que reír con ella y sus nombrecitos, a pesar de que la pena me comía por dentro, pero esta mujer tenía ese efecto, sacarte del pozo en el que estaba, aunque fuera más profundo de lo que yo pensaba.
Al final, me di una ducha y me vestí con un pantalón vaquero, un jersey de hilo y unas botas de pelitos, además de coger mi chaquetón y mi bolso, pues hacía un montón de frío. Cogí las llaves de mi coche y nos dispusimos a salir.
Mientras que yo hacía todo eso, Manuela hizo la cama y recogió el baño, ya que todo lo demás estaba limpio y ordenado, y nos marchamos al centro comercial.
Teníamos que hacer la compra semanal, y por eso, empezamos por ahí. Normalmente nos los llevábamos nosotros, pero como hoy estaríamos todo el día en la calle, decidimos que nos lo llevaran al día siguiente, mejor.
—Venga, hoy vamos a comprarnos guarrerías, para comérnoslas por la noche, viendo los programas o las series de la plataforma esa que tenéis vosotros, en la que hay una que quiero ver.
—Pues me parece perfecto, porque la última serie que hemos estado viendo, la terminamos hace unos días.
Entramos al súper, en el que llenamos dos carros de comida, uno de ellos, de guarrerías, como decía Manuela, que no eran otras cosas que multitud de paquetes de patatas fritas, gominolas y refrescos, así como toda clase de dulces.
—Como nos comamos todas estas cosas, al final voy a tener que hacerme una liposucción, porque lo del deporte, de momento, está descartado.
—Anda ya, mi niña, si tienes un cuerpo envidiable, chavala. Igualito que yo, que tengo el culo como una plaza de toros portátil.
—Venga ya, Manuela. Para tu edad, estás estupenda, chica.
Manuela quiso pagar con la tarjeta que Felipe le había dado para las compras y demás, pero no lo permití.
Esa comida y esa compra eran para nosotras dos; por lo tanto, tenía que pagarlas yo, y por eso saqué mi tarjeta y me adelanté a ella, pues sabía que tenía órdenes estrictas de su jefe para que no me dejara pagar nada de eso.
Después de ahí, nos fuimos de tiendas. Me compré varias prendas que me gustaron. En una de ellas, vi una camisa que me encantó para mi chico, y por eso, no dudé en comprarla; sería una sorpresa para cuando volviera de su viaje.
Así estuvimos toda la mañana, hasta que llegó la hora de comer, en el que nos sentamos en uno de los restaurantes del centro comercial, uno que nos encantaba a las dos, pues era de carne a la brasa y a las dos nos apetecía.
Estábamos sentadas a la mesa, cuando mi móvil empezó a sonar, al mirar el nombre de quién me llamaba, pude ver que se trataba de Damián, y me asusté, porque él no era de los que me llamaban habitualmente.
—Dime, Damián. ¿Ocurre algo?
—Eso mismo te iba a preguntar yo a ti. Estoy llamando a Felipe y no me contesta, y la entrega de premios no es hasta mañana por la noche.
—¿Qué entrega de premios? ¿No se suponía que había salido de viaje por trabajo?
—También, o al menos eso es lo que nos dijo a nosotros, que aprovecharía la entrega de premios en Londres para hacer algunas visitas a clientes que tenía pendientes. ¿No te dijo nada sobre eso?
—La verdad es que está muy raro desde que regresó ayer del trabajo. Esta mañana, cuando se ha marchado para el aeropuerto, hemos discutido. Se ha puesto como un energúmeno porque le he preguntado qué le pasaba.
—Joder, ayer también estuvo muy raro en el trabajo, como esquivo y ausente.
—Le ocurre algo, Damián, pero no he conseguido que me lo cuente. Intentaré llamarlo, pero si logras contactar con él antes que yo, por favor, me avisas. ¿Vale?
—No te preocupes, Nerea, que lograré contactar con él, porque, además, sé en el hotel en el que se aloja. Si le ocurre algo a su teléfono, podré dejarle el recado para que me llame en la recepción del hotel.
—Gracias, Damián. Nos mantenemos informados.
Tal y como corté la llamada con Damián, marqué el número de Felipe, sin obtener resultado. Lo intenté en multitud de ocasiones, y llegué a pensar que estaría en alguna reunión; por eso no me contestaba, que ya me llamaría más tarde.
Un nudo se me fue formando en el estómago, conforme las horas iban pasando y seguía sin tener noticias. Damián me dijo que le había dejado un mensaje en la recepción del hotel, porque cuando lo llamó, había salido y no se encontraba en su habitación.
En cuanto que llegamos a casa, sobre las siete de la tarde, y después de comprarnos varias cosas que nos gustaron, y que les regalé a Manuela, pues no se merecía menos, volví a llamar a Felipe, y esta vez sí que me contestó.
—¿Se puede saber a qué vienen tantas llamaditas? ¿No puedes dejarme en paz por un solo día?
—Lo siento, no te preocupes, que no volverá a suceder. Ya sé que estás vivo, así que no te volveré a llamar más. Cuando te apetezca hablar conmigo, ya sabes mi número.
Corté la llamada, sin darme cuenta de que las lágrimas caían por mi rostro. En el momento en que Manuela se dio cuenta del estado en el que me encontraba, no dudó en darme un abrazo. Había oído toda la conversación y negaba con la cabeza.
Pensé que al día siguiente llamaría a Isabel y comería con ella, a ver si era capaz de sacarme de dudas sobre cómo actuar con su hijo, porque no entendía absolutamente nada.
Al final, ni película ni nada parecido. Manuela preparó una tortilla de patatas para cenar, y me tuve que meter con un calzador porque no me entraba nada, no porque estuviera seca o mala. Y me fui a la cama.
No pude pegar ojo en toda la noche, dándole vueltas a lo que podía haber sucedido para que Felipe cambiara de esa manera y de un día para otro. No entendía nada, y me puse a analizar todo lo que habíamos hablado y hecho en esta última semana.
No encontré nada que me pudiera llamar la atención, y lo único que se me pasó por la cabeza fue que lo que me habían hecho creer que era un mensaje hecho por inteligencia artificial era su verdadero pensamiento.
Pero, entonces… ¿Por qué no me había permitido seguir viviendo en mi casa? ¿Por qué me había pedido que me fuera a vivir con él? Es que nada de lo que había hecho tenía sentido, os prometo que, al menos, yo no lo encontraba.
Me levanté con unas ojeras que me llegaban hasta las rodillas y un malestar en el cuerpo que me provocaba unas ganas horribles de llorar. Manuela ya llevaba un buen rato levantada; se había duchado, cambiado de ropa e incluso había preparado el desayuno.
—Venga, a la mesa a desayunar, que es la comida más importante del día.
—No me entra nada, de verdad. Como mucho, me tomaré una taza de café antes de llamar a Isabel. Hoy, si quieres, puedes tener el día libre, porque voy a comer a su casa.
—Bueno, entonces me quedo a recoger la casa y a preparar comida para toda la semana. Cuando termine, y si no te importa, voy a ir a ver a mi sobrina, de la que me he enterado de que está enferma. Se cayó ayer y se ha roto una pierna.
—Entonces, no hagas comida, ya la haremos sobre la marcha. Recoge lo más esencial y te marchas a verla. Si necesitas quedarte con ella a dormir, me avisas, que no hay ningún problema.
—¿Cómo te voy a dejar sola? No, no, ella tiene a su marido y a mi hermana, y tú no tienes a nadie, mi niña. A las ocho estaré aquí, y no vamos a hacer cena, que traeré una pizza de esas que tanto te gustan.
—Gracias, Manuela, por quererme y cuidarme tanto.
Le di un beso y, tras tomarme un café con leche, subí a la habitación para cambiarme de ropa después de darme una ducha, pues me dolía muchísimo la cabeza y quería ver si así me espabilaba un poquito.
Me subí a mi coche y conduje hasta la casa de Isabel, con la que había hablado hacía un rato y me había dicho que estaba sola en su casa, que hoy no tenía consultas y que me esperaba para comer.
—Hola, mi niña. ¿Y esa cara?
—Hola, Isabel. Vengo a hablar contigo, a ver si eres capaz de encontrar un motivo a la manera de actuar de tu hijo.
—¿Qué le ocurre? ¿Vendrá luego a comer?
—Lo dudo, entre otras cosas porque no se encuentra en la ciudad.
Le conté todo lo que me había ocurrido con él, cómo me había ocultado lo de su nominación al premio y cómo me había hablado, tanto antes de marcharse como cuando lo llamé por teléfono.
—Me estás dejando muerta, Nerea. No tenía ni idea; a mí tampoco me ha contado nada.
—Pienso que ya se ha cansado de mí, y que no sabe cómo terminar esta relación, y creo que me voy a marchar a mi casa…
—No hagas eso, seguro que es un problema del trabajo lo que lo tiene así.
—Aunque sea eso, no quiero a mi lado a una persona que actúa así. Lo siento.