Capítulo 35
Felipe
Llevaba dos meses viviendo con Nerea y, a pesar de que todavía no habíamos podido hacer el amor por su herida en el pulmón, no nos podía ir mejor.
No voy a decir que no era una tortura tenerla en la cama y no poder hacer nada más que sexo manual u oral, pero bueno, teníamos toda la vida por delante para hacerlo.
Esa mañana estaba en mi despacho cuando recibí la visita de la policía, y eso me alertó, porque tan solo podía significar una cosa: que había avances en la investigación sobre el intento de asesinato de Nerea.
—Buenos días, caballeros. ¿Les puedo ayudar en algo? —les pregunté.
—Buenos días, señor Fajardo. Lo cierto es que sí, que venimos a buscar su ayuda, que será primordial para la investigación —me contestó uno de ellos.
—Perfecto, cuéntenme, porque, si está en mi mano, no duden que lo haré. Todo porque la persona que planeó todo eso pueda estar entre rejas cuanto antes.
—Verá, lo que necesitamos es…
Los policías me estuvieron contando que tenían sospechas claras de que la persona que había orquestado todo era Natalie, pero no tenían pruebas para poder detenerla.
Eso que me habían dicho empezó a tensarme, porque no me estaba gustando nada el cariz que estaba tomando el asunto, y así se lo hice saber.
—¿Cuál sería mi misión en todo esto? Porque me parece que no me va a gustar un pelo.
—Bueno, más bien, no le va a gustar a su novia, señor Fajardo. Pero no se preocupe que, cuando todo termine, le contaremos absolutamente todo.
—Me lo temía, porque, además, ahora me van a decir que no le puedo contar nada. ¿Verdad?
—Efectivamente, no puede contarle absolutamente nada a nadie, porque, si hay una filtración, si por mala suerte llega a los oídos de la señorita Natalie Segura, no nos habrá servido de nada.
—Está bien, explíquenme qué es lo que tengo que hacer.
Los policías me explicaron que debía intentar acercarme a ella, a Natalie, y ganarme su confianza, y yo sabía que la única manera que tenía de hacerlo era a través del sexo. Tenía que hacerle creer que mi relación con Nerea estaba acabada, y que quería volver a lo que teníamos antes.
Una vez que me creyera, tenía que conseguir que me confesara el motivo por el que había intentado matar a Nerea.
Para ello, la policía me dio un bolígrafo que debería llevar siempre encima, o tenerlo lo más cerca posible, porque lo grabaría todo y se utilizaría luego en el juicio, una vez que la detuvieran.
Estuve todo el día dándole vueltas al tema, a la manera que tenía de hacerlo sin dañar a Nerea, pero no encontré la forma. Sabía que Natalie se lo iba a refregar de la manera que fuera, pero tampoco podía contarle nada a mi novia, y eso me estaba volviendo loco.
Justo en ese momento, me llegó una invitación para una entrega de premios en Londres, y tanto la empresa de Natalie como la mía estábamos nominados en varias categorías, por lo que sabía que sería ella la que iría a recogerlo, pues siempre lo hacía.
—¿Te ocurre algo? —me preguntó Damián, que había entrado en mi despacho, acompañado de David, y ni siquiera me había dado cuenta.
—No, simplemente estaba pensando. Estamos nominados para los premios nacionales de sostenibilidad económica.
—¿Cuándo será la gala? ¿Vas a ir tú, o tendremos que ir alguno de nosotros? —me preguntó David.
—Es pasado mañana, pero me iré mañana mismo, ya sabes que no me gusta llegar con el tiempo justo. Creo que esto ha respondido a tu segunda pregunta, ¿no?
—¿Vas a ir tú solo?
—Claro, Nerea no puede viajar todavía. Además, yo aprovecharé para reunirme con algunos de nuestros clientes en Londres, por lo que permaneceré allí unos días más.
—¿Estás seguro de querer dejarla sola? Todavía no han detenido al cerebro de toda la operación, y no creo que…
—¿Queréis dejar de tratarla como si fuera de cristal? Nerea es una mujer fuerte, que sabe valerse por sí misma, por favor…
—Tú sabrás, pero no entiendo nada tu postura. Es como si, de repente, tu manera de verla se hubiera vuelto del revés.
—No digas tonterías, Damián. Simplemente estoy cansado ya de todo esto y necesito respirar un poquito. Este viaje me vendrá bien.
Mis amigos se miraron entre ellos, como si pensaran algo que no era, pero es que, al no poder decirles nada de lo que sucedía, prefería ir preparando el terreno para lo que vendría a continuación.
Llegué a mi casa y me encontré con una Nerea sonriente, que me miraba con un amor que me dolía en el alma, porque sabía que, con lo que tenía que hacer, me arriesgaba a perderla por completo, pero prefería hacer eso y que Natalie estuviera entre rejas, a tenerla a mi lado y que su vida corriera peligro.
Ya tenía la cena en la mesa, y, aunque no tenía hambre, no veía bien marcharme a la cama, que era lo que de verdad quería hacer. Me senté a la mesa, y dejé que me sirviera la comida en el plato, porque ni fuerzas tenía, es que no era capaz de mirarla a los ojos, sabiendo lo que tenía que hacer.
—¿Has terminado ya el tour por el plato de las patatas fritas?
—¿Perdona? No me he enterado de lo que has dicho; estaba distraído.
—Te decía que si ya has terminado de pasear la comida por el plato. Y sí, no me hace falta que me jures eso que has dicho de que estabas distraído. ¿Me vas a contar ya qué es lo que te ocurre?
Tuvimos una conversación que me resultó de lo más falsa. Por eso, me levanté de la mesa y le dije que iba a darme una ducha y a meterme en la cama, que me dolía muchísimo la cabeza.
Subí hasta mi habitación y me metí en el baño al instante, puesto que tenía el tiempo justo para que ella recogiera la cocina. Quería que, cuando subiera, ya estuviera en la cama y hacerme el dormido.
Lo conseguí, pero a lo justo, porque acababa de meterme en la cama cuando escuché sus pasos por la escalera. Cerré los ojos y me volví para el otro lado, pues no me podía permitir acercarme a ella; no quería que se sintiera utilizada, ella debía creer que algo pasaba entre nosotros.
Me levanté temprano, pero Nerea ya no estaba en la cama. Ambos nos habíamos pasado toda la noche despiertos, dando vueltas en la cama, pero haciéndonos creer el uno al otro que estábamos completamente dormidos.
Preparé la maleta para, al menos, dos semanas, que sería el tiempo que tardaría en volver a casa. Necesitaba poner distancia entre nosotros. Aunque al principio la llamaría o le contestaría al teléfono, poco a poco iría espaciando esas llamadas y empleando un tono más cortante.
En cuanto a esto, empezaría hoy mismo, para que Nerea se fuera haciendo a la idea de lo que le estaba a punto de llegar, y que no le cogiera tan de sopetón, porque eso la dejaría completamente devastada.
Bajé a la cocina, y allí estaba, delante de una taza de café que ya no echaba ni humo. A saber, el tiempo que llevaría con ella allí, y lo que su cabeza podría estar maquinando en estos momentos.
—¿Qué haces aquí? ¿Para qué te has levantado tan temprano?
—Esa no es la pregunta, Felipe.
—Entonces, según tú, ¿cuál es?
—¿Qué nos está ocurriendo? Anoche, ni siquiera me diste un beso antes de dormir.
—¿Acaso no puedo tener un mal día? Al parecer, el señor Fajardo tiene que ser siempre perfecto. El perfecto jefe, el perfecto amigo, la pareja perfecta… Pues no, lo siento, soy humano y también tengo malos momentos.
Empezamos a discutir y, aunque ella quiso suavizar la tensión, cuando se fijó en mi maleta, el rostro le cambió por completo.
Encontré en eso la excusa ideal para marcharme antes de tiempo y de la peor manera posible.
Por eso, ni siquiera le di un beso en condiciones, sino que le posé los labios sobre los suyos, como de mala gana, como si no me apeteciera hacerlo, cuando, en realidad, era todo lo contrario.
Salí de allí, me monté en mi coche y abrí la verja de mi casa. Cuando se cerró a mis espaldas, y después de que estuviera lejos del alcance de su vista, paré el coche y me derrumbé.
No me merecía esto, ni ella tampoco, pero era lo que tenía que hacer para poder ponerla a salvo. Porque, aparte de sacarle la verdad de por qué había hecho eso, si la tenía cerca, también podía estar tranquilo en el sentido de que no se acercaría a ella.
Me recompuse como pude y encaminé hasta el aeropuerto, de donde saldría mi vuelo en una hora. Había llamado a su empresa para asegurarme de que cogeríamos el mismo vuelo, con la excusa de que así podríamos ir juntos.
Al llegar al aeropuerto, nada más dejar mi coche en el aparcamiento, la vi de lejos.
Estaba a la entrada de la terminal, fumándose un cigarrillo y con la habitual altivez que demostraba siempre.
Respiré hondo, porque tenía que interpretar un papel y tenía que hacerlo bien, para que ella se lo creyera.
—Pero, bueno, si viene aquí el empresario más guapo de todos los nominados. ¿Eso te lo puedo decir o tu novia se sentirá ofendida?
—Siendo realista, me importa un carajo lo que le ofenda o no.
—¿Problemas en el paraíso?
—Yo diría más bien en el infierno, que es en lo que se ha convertido mi vida desde que Nerea salió del hospital.
—Te dije que esa mujer no iba a estar a la altura, pero bueno, allá tú.
—Y tenías razón. Además, llevamos desde el día que tuvo el accidente, sin tener relaciones sexuales. ¡Yo, dos meses sin follar!
—No me lo puedo creer, debes de estar que te subes por las paredes.
—Spiderman, a mi lado, es paraolímpico, y creo que con eso te lo he dicho todo.
Natalie soltó una carcajada, que no me hizo ni puta gracia. Tenía que disimular, por eso, pinté una sonrisa en mi rostro, que intenté que no se notara que era más falsa que un billete del Monopoly.
—Me alegro de que te haga gracia mi situación…
—No es que me haga gracia, es que jamás imaginé que pudieras aguantarte de ese modo.
—Siempre podemos romper mi mala racha, seguro que tú estarás dispuesta. ¿Me equivoco?
—Para nada, pero no te vayas a pensar que será en exclusiva contigo, que ya sabes que a mí eso no me va.
—Y yo he descubierto que tampoco. Vamos que, en cuanto que vuelva del viaje, en el que estaré dos semanas, creo que le voy a decir que se marche de mi casa.
—¿Dos semanas? ¿Tan agobiado estás?
—No te lo puedes ni imaginar. He dicho en la empresa que aprovecharé para ir a reuniones con algunos clientes, pero lo cierto es que, aunque haga eso en alguna hora del día, el resto me lo pienso pasar en el club que tanto te gusta.
—¿Sabes una cosa? Creo que yo voy a llamar a mi empresa y voy a hacer lo mismo, así podemos acudir juntos. ¿Te parece?
—Me parece, me parece, porque contigo, siempre me lo paso mejor que cuando voy solo.
Entramos en la terminal, y en su cara vi una sensación de triunfo que me hizo saber que se lo había tragado todo. Ahora venía lo peor, al menos para mí, que sería tener sexo con ella. Decidí que apartaría la imagen de Nerea de mi cabeza, o no sería capaz de conseguirlo.
Su secretaria, en el momento en el que yo le hice saber que iba a embarcar en el mismo avión que ella, no dudó en mover los hilos para que los dos asientos estuvieran juntos, y eso me vino mejor que bien.