No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 34
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Capítulo 34

Nerea

Habían pasado ya tres meses desde el momento en el que mi madre me disparó y, aunque tanto ella como la que fue cuñada de mi chico estaban en la cárcel a la espera de juicio, la policía seguía con sus sospechas de que alguien ajeno a ellas había sido el cerebro de toda esta operación, el autor intelectual.

Estuve en el hospital durante dos semanas, durante las cuales mis amigas se ocuparon de recoger todas mis pertenencias y de trasladarlas hasta la casa de mi chico, para que, cuando me dieran el alta, ya tuviera todo allí.

Al principio, casi no podía moverme con agilidad, y por eso, Felipe decidió contratar a una señora que se ocupaba de ayudarme con mi aseo y con las labores de la casa.

En realidad, era la misma persona que venía a limpiar dos veces a la semana, pero a la que le había ampliado el horario para que yo no estuviera sola.

Como os podéis imaginar, en el gimnasio resultó un escándalo, y recibí la visita de mis chicas de oro, como yo las llamaba a las tres, durante todos los días. No habían faltado ni uno solo en esas dos semanas, y siempre venían con algo.

Cuando no eran bombones, eran unas flores, cuando no, con revistas de cotilleo, hasta una Tablet me regalaron para que me entretuviera en las horas en las que estaba sola.

Porque sí, no permití que Felipe se quedara conmigo ni todo el día, mucho menos por la noche.

La policía me puso una escolta en la puerta en cuanto que sospecharon de la existencia de otra persona.

Por eso, en el momento en el que me quitaron el gotero y demás, y pude moverme sin necesitar ayuda para ir al baño, le dije que volviera a su rutina.

No os penséis que no me costó trabajo que lo hiciera, y, de hecho, no lo conseguí por completo, porque se puso un horario de trabajo en la oficina de ocho a tres, y a las tres y cinco lo tenía sentado a mi lado, hasta las diez y media u once de la noche que lo mandaba para casa.

Manuela resultó ser una mujer encantadora.

Tendría unos sesenta años, más o menos, y era de lo más amable conmigo.

Incluso cuando ya pude ducharme sola, que ya no necesitaba su ayuda, se sentaba en el cuarto de baño, en un banquito que había, porque decía que le daba miedo de que me cayera y ella no se enterara.

—Manuela, te aseguro de que estoy bien, y resbalarse, se puede resbalar cualquiera —le dije esa misma mañana.

—Lo sé, hija, pero no puedo evitar ser un poquito cagueta.

—¿Cuándo Felipe se ducha, también lo esperas ahí sentada?

—¡Ya quisiera yo poder ver ese cuerpo en su plenitud! Niña, que una es vieja, pero no ciega, y una alegría para la vista siempre viene bien.

Lo que yo me reía con ella era no era ni medio normal, porque, según Felipe, desde que yo estaba aquí, le hablaba como con menos miedo y más poca vergüenza.

Ella decía que la presencia de una mujer en esta casa la había liberado un poco, que se sentía como más respaldada y más libre para decir lo que quisiera.

Felipe había llegado hoy más temprano que de costumbre, pero en su cara se reflejaba alguna preocupación, y eso no me gustó. Puse la cena encima de la mesa, y apenas la tocó, se dedicó a pasearla con el tenedor por todo el plato.

—¿Has terminado ya el tour por el plato de las patatas fritas?

—¿Perdona? No me he enterado de lo que has dicho; estaba distraído.

—Te decía que si ya has terminado de pasear la comida por el plato. Y sí, no me hace falta que me jures eso que has dicho de que estabas distraído. ¿Me vas a contar ya qué es lo que te ocurre?

—Tengo un problema en el trabajo y voy a tener que estar fuera unos días. Me preocupa mucho que te pueda pasar algo.

—No me va a pasar nada, me quedaré aquí con Manuela, y listo.

No, no podía viajar todavía, pues, aunque mis heridas externas estaban bien y habían cicatrizado a la perfección, las internas, las del pulmón, sobre todo, todavía podían abrirse con un esfuerzo o un cambio de presión.

Entre Felipe y yo no había habido relaciones sexuales completas como tales, ya que el doctor nos indicó que debíamos esperar, al menos un mes más, para asegurarnos de que la herida del pulmón estuviera completamente cerrada.

Sí, era una tortura tener al hombre que amas durmiendo a tu lado y no poder hacer lo que el cuerpo te pedía, y suponía que para él sería lo mismo, pero no íbamos a poner mi vida en riesgo, y en eso los dos estábamos de acuerdo.

—Eso había pensado, pero quería consultarlo antes contigo.

—¿Qué es lo que me tienes que consultar?

—Pues que me gustaría que los días que esté fuera, que mínimo será una semana, Manuela duerma aquí, contigo.

—Me parece bien, así estaremos las dos acompañadas.

Felipe me dio un beso en los labios y se levantó a recoger los platos, sin haber tocado su comida, y me dijo que iba a darse una ducha y se iría a la cama, pues le dolía muchísimo la cabeza.

No me convenció con el argumento de que tenía problemas en el trabajo; había algo más, y estaba completamente segura de eso, pero no lo pondría en la tesitura de que me contara algo que no quisiera, ya me lo diría cuando él considerara necesario, o cuando estuviera preparado para ello.

Cuando llegué a la habitación, ya se había metido en la cama y girado para el otro lado. Aunque tenía los ojos cerrados, sabía que no estaba dormido; su respiración lo delataba, y eso sí que me preocupaba, porque jamás se había ido a dormir sin darme un beso en condiciones.

Hice lo mismo que él, me metí en mi lado de la cama y me di la vuelta, poniéndome de espaldas a él. Si no quería un acercamiento conmigo, no iba a obligarlo. Era inevitable que, después de todo este tiempo sin encuentros íntimos, nuestra idílica relación se viera comprometida y afectada.

No me pude quitar eso en toda la noche de la cabeza, y por eso, cuando se levantó para ir a trabajar, ya llevaba yo una hora en la cocina, con un café por delante, que ya se debía haber quedado frío.

—¿Qué haces aquí? ¿Para qué te has levantado tan temprano?

—Esa no es la pregunta, Felipe.

—Entonces, según tú, ¿cuál es?

—¿Qué nos está ocurriendo? Anoche, ni siquiera me diste un beso antes de dormir.

—¿Acaso no puedo tener un mal día? Al parecer, el señor Fajardo tiene que ser siempre perfecto. El perfecto jefe, el perfecto amigo, la pareja perfecta… Pues no, lo siento, soy humano y también tengo malos momentos.

No fue lo que dijo, sino la manera en la que lo dijo, el tono que empleó.

Cuando me fijé, detrás de él estaba su maleta, y no llevaba la pequeña, sino la grande, lo que me indicó que serían muchos los días que estaría fuera.

Quise suavizar la situación, porque no me apetecía que se fuera y estuviéramos enfadados, aunque no estaba de acuerdo con su manera de hablarme o tratarme.

—Felipe, ¿estamos bien?

—Mira, Nerea, no tengo ni la cabeza ni las ganas para enfrentarme ahora a tonterías de ese calibre, de verdad. Será mejor que me marche ya, o llegaré tarde al aeropuerto. Cuando pueda, te llamo.

Se acercó a mí y me dio un beso que no me dijo nada. Mi abuela me había dado besos con más pasión que ese, pero no le dije nada. No quería que pensara que era una histérica. A su vuelta hablaríamos largo y tendido, porque no iba a aguantar a una persona así a mi lado; eso lo tenía claro.

Mi idea de pareja era muy diferente a la suya, por lo que estaba viendo. Para mí, una pareja estaba para lo bueno y para lo malo, y cuando uno de los dos tenía un problema, se hablaba, se apoyaba y se contaba con el hombro del otro; no se ignoraba y se trataba mal.

Lo vi marchar de la casa con la cabeza baja, y eso me dolió.

Por un momento, pensé que lo que le ocurría era que quería terminar con la relación, que ya no sentía nada por mí, y no sabía cómo hacerlo.

Si era eso, se lo pondría fácil, porque, a la primera señal que tuviera, en cuanto que volviera, me iba de nuevo a mi casa.

No la quise alquilar ni venderla, y ahora me parecía que había tomado la decisión correcta, porque, aunque tuviera la casa de Inés para irme hasta que encontrara algo, no me apetecía invadir la intimidad de nadie.