Capítulo 33
Felipe
Dicen que no hay mal que por bien no venga, y todo esto había servido para que mi hermano abriera los ojos con respecto a la mujer con la que pretendía casarse. Mi madre se ofreció a quedarse en la habitación, mientras que mi hermano y yo bajábamos a tomarnos un café.
No es que me apeteciera salir de esa habitación, pero necesitaba hablar con mi hermano y que me contara todo lo que había sucedido ayer por la tarde en la comisaría, pues, cuando salieron ya era demasiado tarde y me había acostado a dormir porque mi cuerpo estaba a punto de saturar.
—Cuéntame. ¿Qué pasó ayer en la comisaría?
—No te lo vas a creer. La muy hija de puta declaró que yo había sido quién la había enviado para llevar el dinero, pero que todo lo había orquestado yo.
—¿Me lo estás diciendo en serio?
—Completamente, menos mal que yo tenía el mensaje que me había enviado pidiéndome dinero para comprarse un reloj de lujo que había visto y que le había gustado.
—Bueno, eso, en cierto modo, tampoco justificaba nada.
—No, pero sí que lo hicieron los mensajes que se había enviado con la madre de tu novia. En ellos, dejaba muy claro que quería que terminara con su vida, que la quitara de en medio, porque era un estorbo para sus planes.
—Joder… ¿Cómo ha podido tener tanta sangre fría?
—Ayer se lo dije a la policía, y ahora te lo digo a ti. No creo que Melisa haya podido hacer todo esto sola. Ella puede tener toda la maldad del mundo, no lo niego, pero no tiene la inteligencia como para orquestarlo todo.
—¿Qué me quieres decir con eso?
—Melisa no es capaz de haber buscado a la madre de Nerea; no tiene medios para hacerlo, empezando por ahí. Tiene que haber alguien más que esté moviendo los hilos en la sombra, y debe ser muy poderosa para que ella haya mantenido la boca cerrada.
—Joder, me lo pones muy negro. No voy a poder estar tranquilo, entonces.
—Hermano, te digo la verdad. No me gustaría que tuvierais más problemas de este ni de ningún otro tipo.
—Y yo te lo agradezco, pero espero que la policía pueda comprobar de quién se trata y detenerla, como es lo normal.
—Lo harán, porque, según me han comentado, tienen su teléfono y no se ha hecho público lo sucedido. Así que están esperando a que esa persona se ponga en contacto de nuevo.
—Ojalá y no tarden mucho.
Estuvimos un buen rato más allá abajo, hasta que decidí que me subía a la habitación. Me llevé un bocadillo para arriba, y me compraría una lata en la máquina de fuera y así no tendría que volver a salir de allí.
—Nacho, por favor, ten mucho cuidado, pues no confío nada en esa mujer, y lo que pueda haber a su alrededor.
—Lo sé, hermano, y lo tendré.
Me despedí de él y volví arriba, donde me encontré a mi madre riendo con Nerea. Me encantaba ver así a las dos mujeres de mi vida, como si se conocieran de toda la vida, como si tuvieran una complicidad de años a sus espaldas, cuando la realidad es que se habían visto dos veces.
—¿Molesto?
—No, hijo. De hecho, te estaba esperando para marcharme.
—Isabel, no hacía falta que te quedaras. Si te tenías que ir, yo hubiera podido quedarme sola, de verdad.
—No te vamos a dejar sola, nunca, hasta que todo el mundo esté donde tiene que estar, que es entre rejas —le dije a mi chica.
—¿No me habías dicho que mi madre y esa mujer que se había prometido con tu hermano estaban ya detenidas? —me preguntó ella, algo angustiada.
—Y lo están, pero piensan que hay alguien más detrás de todo esto.
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir con eso?
—Bueno, yo me marcho ya que tengo consulta dentro de un ratito. Nerea, ya te he dejado mi número de teléfono grabado en el tuyo; cualquier cosita, me llamas.
—Gracias, Isabel. Pierde cuidado, que lo haré, aunque tan solo sea para charlar un rato.
—Uy, eso es lo mejor. En cuanto que te den el alta, nos pasaremos muchas tardes tomando cafelito, te lo aseguro.
Esperé a que mi madre saliera de la habitación para sentarme en la silla que había junto a la cama de Nerea, cogí su mano y empecé a explicarle todo lo que había hablado con mi hermano.
La vi tensarse, como si tuviera miedo, y era lógico, sobre todo después de todo lo que había sucedido. De momento, se quedó pensativa, como si quisiera preguntarme algo, pero no se atreviera, y por eso, fui yo quien la animó a hacerlo.
—No te quedes con eso que estás pensando dentro, cariño. Puedes preguntarme todo lo que se te pase por la cabeza.
—Felipe… ¿y si Natalie ha tenido algo que ver con todo esto?
—No creas que no lo he pensado, incluso en Luca, pero la verdad es que ambos pueden ser ambiciosos, pero no creo que tengan tanta sangre fría.
—Pueden haberlo hecho por venganza. Al fin y al cabo, Luca perdió el trabajo por nuestra culpa, y ella…
—Ella tan solo perdió a uno de sus amantes, no creo que ninguna de las dos cosas sea suficiente motivo como para hacer algo así.
—No lo sé, yo ya veo fantasmas en todas partes, la verdad.
—Bueno, relajémonos y hablemos de otra cosa, como de nuestro futuro, por ejemplo.
—Justo de eso quería hablarte, y no quiero que me interrumpas, por favor.
—Está bien, habla; yo me mantendré en silencio, pero como sé lo que me vas a decir, en cuanto que termines de hablar tú, seré yo quien hable y diga todo lo que estoy pensando.
—Felipe, el médico me dijo anoche que mis posibilidades de ser madre de manera natural son casi imposibles. No quiero que te sientas obligado a estar conmigo y tener que renunciar a algo que sé que te hace mucha ilusión.
—¿Has terminado? ¿Eso era todo lo que tenías que decir?
—Sí, porque…
—Porque nada, ahora me toca a mí. Sí que me encantaría ser padre; no estoy diciendo que sea la semana que viene o dentro de dos meses, te hablo de un futuro.
Eso no significa que quiera renunciar a estar a tu lado; sabes que hay múltiples maneras de ser padres, ya sea con hijos biológicos o adoptados.
—¿Estás completamente seguro de esto que estás diciendo?
—Por supuesto que sí. Además, quiero que te vengas a vivir a mi casa, que seamos la pareja que quiero que seamos, y no me vayas a decir que nos conocemos de muy poco tiempo, porque conozco parejas que llevan toda la vida juntos y no han pasado ni por una cuarta parte de lo que hemos sufrido nosotros.
—En eso tienes razón, y no te la voy a quitar. Es tan solo que me da algo de miedo que no salga bien y verme en la calle.
—En primer lugar, no creo que salga mal, pero si eso ocurre, yo me comprometo a que no te verás con una mano delante y otra detrás…
—Eh, eh, eh, para el carro. No quiero tu dinero, ni que pienses eso. Si lo nuestro sale mal, tendré mi casa y el dinero que pueda ahorrar con mi trabajo. Dicho esto, sentemos las bases de la convivencia, porque no pienso ser ni una ocupa ni una mantenida, que te quede claro.
—¿Estás diciendo que pretendes pagarme un alquiler o algo? Porque, desde ya, te digo que ni lo sueñes.
—No estoy hablando de alquiler, pero sí de compartir gastos, en el tema de la comida, los suministros y demás.
No me lo podía creer; solté una carcajada, porque tan solo a ella se le podía ocurrir decirme estas cosas. Noté cómo me miraba; parecía indignada con mis risas, pero es que no podía parar de hacerlo.
—¿Ha terminado ya la comedia?
—Chica, es que eres única. No te pienso cobrar absolutamente nada. Si algún día quieres comprar algo para la casa, pues bienvenido sea, pero nada más.
—Entonces, lo mismo y me tengo que pensar si me voy a vivir contigo.
—Eso sí que no lo vas a hacer. Mira, Nerea, por suerte o por desgracia, ese dinero no me hace falta, y quiero compartir todo contigo…
—Pues comparte también las facturas.
—Bueno, si eso te hará sentir mejor, lo haremos. Pero tan solo el tema de la compra y poco más.
—Bueno, bueno, siempre podemos ir negociando sobre la marcha.
—Me da igual negociar contigo todo lo que quieras, con lo único que no pienso hacerlo es con el tema de que te alejes de mí.
—No quiero alejarme de ti, más bien todo lo contrario.
—Eso espero, porque no te voy a dejar que vuelvas a tu casa, mucho menos sola, y ahora que sabemos que hay alguien más en todo este asunto.