No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 32
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Capítulo 32

Nerea

Acababa de salir del quirófano, y me había enfrentado a una de las pruebas más duras que la vida me había puesto por delante, pues, según me habían dicho los médicos, había perdido mucha sangre y las balas habían atravesado varios órganos.

Me llevaron a una de las habitaciones de cuidados intensivos, donde tendría que permanecer hasta el día siguiente, y en la que me visitó el médico un rato después.

—Buenas tardes, señorita Luján. ¿Cómo se encuentra?

—Buenas tardes, doctor. Ahora mismo, cansada, pero sin dolor.

—Es normal, y estará así de cansada durante algún tiempo, pues ha perdido mucha sangre. Con respecto al dolor, los analgésicos están haciendo su trabajo.

—Doctor, ¿me quedarán secuelas?

—No quiero mentirle, señorita Luján. Hay dos cosas con las que tendrá que lidiar durante toda su vida.

—¿Podré andar o hacer mi vida normal?

Eso era lo que más me preocupaba, el tener que depender de otra persona para todo, las veinticuatro horas del día. Esperaba expectante la respuesta del doctor, porque como me dijera que no, no sabía lo que podía pasar por mi mente.

—Para eso no tendrá ningún problema, señorita Luján. Podrá andar sin ningún tipo de impedimento, y su vida normal, bueno, salvo algunas salvedades…

—¿Qué tipo de salvedades, doctor?

—Una de las balas ha atravesado la parte baja del pulmón, y hemos tenido que cortar una parte. Precisamente por eso, no podrá hacer demasiado ejercicio físico.

—Ese es mi trabajo, pero bueno, podría adaptarme; lo importante es que sigo viva.

—Eso mismo es lo que tienes que pensar, porque, aparte de eso, también hay otra secuela que le puede afectar, al menos, psicológicamente.

—¿Otra secuela? ¿Peor que esa que ya me has dicho?

—Bueno, no sé si peor o no, pero sí importante. Verá, señorita Luján, otra de las balas ha atravesado uno de los ovarios, que hemos tenido que extirpar, por eso, sus posibilidades de ser madre de manera natural se han visto reducidas al mínimo.

Ya no escuché nada más. No era ya por mí, porque, al fin y al cabo, yo entendía que había miles de formas de ser madre, porque una madre no es la que pare, sino la que cría y ayuda a ese bebé, pero no sabía si Felipe estaría dispuesto a renunciar a eso, y tampoco me parecía justo por mi parte ponerlo en esa tesitura.

Eso era lo que más miedo me daba, que se viera obligado a renunciar a algo que quería por mi culpa, por estar conmigo. Tendríamos que tener una conversación larga y tendida, en la que dejar sentadas las bases de nuestro futuro.

El doctor me dejó allí, a solas, pero, como diez o quince minutos después, volvió con la persona que menos me esperaba que estuviera ahí, con Felipe, que traía una cara mezcla de orgullo y preocupación.

—No te puedes imaginar el susto que me has dado, preciosa.

—No me esperaba que mi madre hiciera eso, la verdad.

Lo dejaron que estuviera en la habitación, conmigo, durante cinco minutos, que me parecieron los más rápidos del mundo. Cuando apenas habíamos cruzado un par de palabras, ya vinieron a decirle que se tenía que marchar.

No me quiso escuchar cuando intenté contarle lo que me había dicho el médico sobre la maternidad. En pocas palabras, lo que me dijo fue que lo único que le importaba era que estaba viva, y que no me pensaba dejar irme nunca más.

—Ya has oído, cariño, me tengo que marchar, pero mañana a primera hora, en cuanto que te pasen a una habitación, estaré ahí. Te quiero, duerme y descansa.

—Yo también te quiero, mi amor. Lo intentaré.

Nos despedimos con un beso, y lo vi salir de la habitación en la que yo estaba ingresada en estos momentos.

Quedó en que vendría por la mañana, cuando me subieran a planta, y supe que, por mucho que yo intentara alejarlo de mí, por eso de que sus posibilidades de ser padre conmigo iban a ser en vano, él no se apartaría.

Me pusieron un calmante con el que pude descansar toda la noche y, en el momento en el que me desperté, me tomaron una muestra de sangre para ver mis niveles y me pasaron a planta.

Tal y como me había dicho Felipe, cuando entré en la nueva habitación, allí estaba él, junto a Daniela, ya que Inés tenía turno de mañana y no pudo pedir el día libre. No pude evitarlo, en cuanto que los vi, me puse a llorar como una Magdalena.

—Eh, eh, ¿por qué lloras? ¿Te encuentras mal? —me preguntó Felipe.

—No, no, ha sido la emoción de veros aquí.

—No digas más tonterías, amiga. Es nuestro deber, pero también lo hacemos porque queremos y nos apetece. Los que faltan no están por temas de trabajo —me dijo Daniela.

—Eso mismo pienso yo. Y que sepas que no me moveré de aquí hasta que no te den el alta —me dijo Felipe.

—Ahora soy yo la que te digo que no digas tonterías. Yo estoy bien, y tú tienes que volver al trabajo y a tu rutina diaria.

—Mi trabajo, mi rutina y hasta mi vida entera pasan a un segundo plano desde el momento en el que te fuiste de mi lado, y no permitiré que esto vuelva a suceder.

Daniela se despidió de nosotros, pues tenía que entrar a trabajar, pero prometió volver después, por la tarde, cuando hubieran terminado de trabajar, con todos los demás.

Me vais a tomar por tonta, pero estaba de lo más emocionada por el cariño que estaba recibiendo de todos ellos. Lo que no me esperaba, para nada, era ver aparecer a la madre y al hermano de Felipe por la puerta de la habitación.

—¿Se puede? —preguntó su madre.

—Por supuesto, adelante —respondí, con una sonrisa.

—Buenos días, hermano. Buenos días, Nerea —nos dijo el chico que entró detrás de ella, algo avergonzado.

Era guapísimo, se parecía muchísimo a mi chico, pero se veía como más niño, no sé cómo explicarlo. Felipe tenía un carisma que su hermano no tenía, además de unas facciones más varoniles, mientras que el chico que acababa de entrar era mucho más aniñado.

—Nerea, él es mi hermano, Nacho —me presentó Felipe.

—Encantada, Nacho, y siento que hayamos tenido que conocernos en este lugar y no en una comida, por ejemplo.

—No podía dejar pasar la oportunidad de venir a conocerte, además de pedirte disculpas…

—¿Disculpas? ¿Por qué?

—Amor, la prometida de mi hermano ha sido la que ha ideado todo esto. Lo que están comprobando es que no haya tenido ninguna persona más que la haya ayudado a llevarlo a cabo —me explicó mi chico.

—¿Perdona? ¿Este es tu hermano… del que hemos hablado tanto?

—Sí, pero hemos descubierto que no ha tenido nada que ver, te lo aseguro.

—No, Nerea, te aseguro que, aunque haya discutido con mi hermano, aunque hayamos llegado incluso a las manos, jamás haría algo así en su contra. Bueno, ni de él ni de nadie, porque no soy así.

Vi la vergüenza en sus ojos, y supe que decía la verdad, que no había tenido nada que ver. Le hice un gesto para que viniera hasta mí, y le pedí que me diera un abrazo, porque era lo que ambos necesitábamos.

—Jamás pidas disculpas por algo que ha hecho otra persona. No eres responsable de los actos de los demás.

—Gracias, de verdad, no sabes lo que esto supone para mí. Ver a mi hermano ayer, completamente destrozado por lo que había sucedido, fue lo peor que me podía pasar en la vida.

—Bueno, pues ahora, lo que tienes que hacer es recuperar la relación de hermanos que teníais, salid a cenar, tomar una copa, o lo que hagáis normalmente.

—¿Sabes una cosa? Ahora entiendo por qué mi hermano se ha enamorado de ti: no solo eres bonita por fuera, sino también por dentro, lo cual es casi más importante. Si él no te hubiera conquistado, créeme que lo hubiera intentado yo.

—Eh, aparta las manos de mi novia, si no quieres que te las corte de raíz —le dijo Felipe, sacando su vena celosa.

Todos soltamos una carcajada que resonó en toda la habitación, pero a mí me atravesó una punzada de dolor que me hizo parar de reír de manera inmediata.

—¿Te ocurre algo?

—Nada, que no me acordaba de las dos heridas que tengo en mi cuerpo y que, al reírme, me han tirado los puntos.

—Joder, cuñada, vaya susto que me has dado —me dijo Nacho, sin haber soltado mi mano.

—No te preocupes, que bicho malo nunca muere.

—Si tú eres un bicho malo, no sé qué será entonces la exnovia de Nacho — me dijo su madre, sonriendo.

—Mamá, si lo que ha dicho Nerea es cierto, temo decirte que Melisa será eterna, porque no se puede tener más maldad que ella, te lo aseguro —sentenció Nacho, riendo.