Capítulo 31
Felipe
Os juro por mi vida que pensé que había perdido la vida, y el doctor se tuvo que dar cuenta, porque, automáticamente, me agarró del brazo y se dirigió a mí, aclarándome que no era lo que estaba pensando.
—¿A qué se refiere entonces, doctor?
—Su vida no corre peligro, pero han quedado secuelas que son importantes.
—¿Qué tipo de secuelas?
—Una de las balas se ha alojado en un pulmón, y hemos tenido que amputar un buen trozo, por lo que su capacidad pulmonar no será la misma; no podrá hacer determinados ejercicios físicos.
Eso era lo de menos, aunque supusiera que no podría volver a dar clases en el gimnasio, pero ya me aseguraría yo de que pudiera trabajar en otra cosa que le gustase, y si no, yo tenía dinero suficiente como para que ambos nos pudiéramos mantener de por vida.
—Bueno, si eso es todo…
—No, no es todo, porque otra de las balas se ha alojado en un ovario, y sus posibilidades de ser madre de manera natural son prácticamente imposibles.
Eso sí que supe que le iba a doler, pero no había dicho que no fuera posible; además, podríamos recurrir a otros métodos para tener hijos, ya que la ciencia había avanzado muchísimo en ese tema.
Lo principal era que Nerea seguía con vida, podía andar y llevar una vida medianamente normal. Todo lo demás había pasado a un segundo plano, y, por primera vez desde que habíamos llegado al hospital, respiré tranquilo.
Me dirigí hasta donde estaban los demás y, con lágrimas en los ojos, les conté todo lo que me había dicho el doctor. Por el momento, no podíamos verla, pues estaba en la unidad de cuidados intensivos, en la que permanecería, al menos, hasta el día siguiente.
Pero eso me daba igual, no me iba a mover de allí hasta que ella no se viniera conmigo. El trabajo, el descanso, todo eso me daba igual, lo único en lo que podía pensar era en que Nerea estaba viva, pero me que me necesitaba a su lado.
—Felipe, de verdad que siento todo lo que Melisa ha hecho y, si ha tenido algo que ver en todo esto que ha sucedido, no pararé hasta que pague por ello.
—Ahora me he dado cuenta de que tú no has tenido nada que ver, Nacho. Eso sí, y como último consejo, aleja a esa mujer de tu vida, o terminarás muy mal.
—En cuanto llegue a casa, pienso ponerle las maletas en la puerta y que se busque la vida.
Nacho estaba terminando de decir eso cuando vimos cómo la policía entraba de nuevo por las puertas del hospital. En cuanto que me vieron, encaminaron sus pasos hacia mí, parándose delante de mí.
—Señor Fajardo, tenemos buenas noticias.
—¿Han cogido a la mujer que ha disparado a mi novia?
—Sí, pero no solo eso, la cogimos junto a la mujer que le estaba entregando un sobre con una buena cantidad de dinero…
—¿Quién ha sido? ¿Quién le ha pagado para acabar con su vida?
—Nos gustaría poder localizar a su hermano, Ignacio Fajardo, porque es su pareja la que lo estaba haciendo.
—Yo soy Ignacio Fajardo, ¿me puede aclarar eso que ha dicho?
—Necesito que venga con nosotros, caballero. Su pareja insiste en que ha sido usted quien le ha facilitado ese dinero, y hemos podido comprobar que ayer mismo se sacó la misma cantidad de una de sus cuentas.
Mi hermano se puso blanco, llegando incluso a marearse. Mi madre, que lo estaba viendo y escuchando todo, no dudó en levantarse y salir a su rescate. Ahora sabía que él no había tenido nada que ver, por mucho que esa mujer insistiera en que sí.
—Esa mujer ha obtenido el dinero de la cuenta de mi hermano con engaños, se lo aseguro —le dije a la policía.
—¿No había dicho usted que sospechaba de su hermano? —me preguntó uno de los policías.
—Sí que lo dije, pero antes de hablar con él. Ahora me he dado cuenta de que no tiene nada que ver; ha sido su pareja y con la intención de hacerme daño.
—De cualquier modo, tendrá que venir a declarar. No va detenido, quédese tranquilo en ese tema, pero si prefiere declarar en presencia de un abogado, no tenemos ningún problema en que lo localice —añadió el otro.
—Llama al abogado de la empresa, Damián, que vaya para la comisaría norte y que asista a mi hermano. Nacho, cuenta todo, no te dejes nada por protegerla, o, al final, terminarás enredado en un tema con el que no tienes nada que ver.
Mi hermano asintió con la cabeza y se marchó con la policía, eso sí, él en su coche, ya que no iba detenido, simplemente a declarar. Minutos después, y viendo que no teníamos pensamientos de movernos de allí, el doctor se acercó de nuevo a nosotros.
—Señor Fajardo, hagamos un trato, porque, si permanece aquí, no va a conseguir nada más que estar más cansado cuando su novia lo necesite.
—¿Qué tipo de trato?
—Yo lo dejo pasar a la unidad de cuidados intensivos, que la vea, que hable un rato con ella, y luego, cuando salga de ahí, usted se marcha a casa a descansar. Mañana, a primera hora, y si todo sigue como hasta ahora, la subiremos a planta y ya podrá pasar todo el tiempo que quiera a su lado.
—Perfecto, trato hecho.
El doctor me indicó que lo siguiera, y eso hice. Anduvimos por varios pasillos, hasta llegar a la sala en la que se encontraba Nerea. Desde fuera pude comprobar que estaba despierta, aunque algo cansada, y un nudo se me formó en el estómago.
No sabía si ella era consciente de las secuelas que le habían quedado, ni lo que pensaba de ello, pero en estos momentos, lo único que quería era darle un beso y demostrarle todo lo que la amaba.
—Tiene cinco minutos, señor Fajardo.
—Gracias, doctor.
El médico me abrió la puerta y entré con una sonrisa, tragándome todas las lágrimas, esas que ya dejaría salir cuando estuviera fuera de allí. Cuando Nerea me vio, una tímida sonrisa se pintó en sus labios. No me lo pensé, fui hasta ella y la besé.
—No te puedes imaginar el susto que me has dado, preciosa.
—No me esperaba que mi madre hiciera eso, la verdad.
—Bueno, dejemos eso en manos de la policía, que ya la ha capturado y continúan investigando.
—Felipe, quiero hablar contigo, me han dicho las secuelas que me han quedado de esos disparos y…
—Y me importan un carajo, de verdad. ¿Sabes lo único que me importa?
—No, no lo sé.
—Que sigues con vida y estás a mi lado. Por eso, porque he comprendido que no puedo ni quiero despertar ni un solo día sin que lo primero que vea nada más abrir los ojos seas tú.
—¿Qué me quieres decir con eso?
—Algo muy sencillo: que nos vamos a vivir juntos, y no aceptaré un no por respuesta.
—Señor Fajardo, tiene que salir ya. La paciente debe descansar, y usted también, que tiene cara de estar agotado —me dijo uno de los enfermeros.
—Ya has oído, cariño, me tengo que marchar, pero mañana a primera hora, en cuanto que te pasen a una habitación, estaré ahí. Te quiero, duerme y descansa.
—Yo también te quiero, mi amor. Lo intentaré.
Volví a darle otro beso en los labios y me dispuse a salir de la unidad de cuidados intensivos y llegar hasta la sala de espera, donde aún estaban mis amigos con sus chicas.
Mi madre, en cuanto que el doctor me dijo que podía pasar a verla, se marchó con mi hermano para mostrarle su apoyo, al igual que mi padre.
—No vamos a permitir que te vayas a tu casa solo, además de que no tienes coche —me dijo Damián.
—¿Y qué quieres que haga? Localizo un taxi y listo.
—No te vas a ir solo para comerte la cabeza. Te vienes conmigo, y mañana, antes de irme a la oficina, te dejo aquí, en el hospital —me dijo mi amigo.
—Está bien, pero tendré que ir a por ropa, porque no tengo ni idea de dónde está mi mochila ni la de Nerea.
—Nos la ha traído la policía, la tienes ahí. Además, si necesitas otro tipo de ropa, sabes que en mi casa tienes mi armario a tu disposición.
—No, con lo que hay tengo de sobra. No me pienso poner un traje de chaqueta para estar sentado en una silla de un hospital. Eso sí, tengo que pedirte un favor.
—Si está en mi mano, sabes que lo haré.
—Quiero que os hagáis cargo de todo hasta que Nerea se recupere del todo, porque no me pienso mover de su lado.
—Eso está hecho, tú céntrate en lo que te tienes que centrar, que es la recuperación de tu chica, yo me ocupo de todo lo demás.
—Gracias, amigo.