Capítulo 30
Felipe
No sabía quién era esa mujer que nos había parado en la puerta de la casa, pero no me gustaba la manera en la que estaba mirando a Nerea. Lo hacía con odio, como si ella le debiese algo, y eso me hizo ponerme en alerta.
Sí, me puse en alerta, pero no lo suficiente, puesto que, en el momento en el que ella le dijo que no le daría absolutamente nada, sacó una pistola y le disparó tres veces seguidas, antes de salir corriendo.
Cuando la vi tirada en el suelo, rodeada de un charco de sangre, se me cortó el aliento. No podía perderla ahora, no de esa manera, y por eso, me dediqué a gritar pidiendo auxilio, hasta que un vecino que iba para su casa se paró a ver qué sucedía.
—Por favor, avise a una ambulancia y a la policía, han disparado a mi novia.
—Ya mismo estoy marcando, presiona las heridas para que no pierda más sangre.
—Mi vida, por favor, no te vayas, aguanta, que tú eres una luchadora y una campeona, vamos a salir de esta y tu madre pagará por esto, te lo juro por mi vida.
—¿Qué tiene que ver su madre? Y perdona que te pregunte esto, pero es que algo no me cuadra —me preguntó el vecino.
—Ha sido ella la persona que ha disparado…
Mi vecino me miró y puso cara de terror por lo que yo le había contado, pero no nos dio tiempo a nada más, pues llegaron los sanitarios junto a la policía. Lo primero que hicieron fue atenderla a ella, hasta estabilizarla e introducirla en la ambulancia.
—Caballero, le rogamos que nos espere en la sala de espera de urgencias, debemos hablar con usted.
—Allí estaré, pero ahora, me marcho con mi novia en la ambulancia, no quiero que se vaya y se sienta sola.
—Por supuesto, allí le buscaremos, pierda cuidado.
Me subí a la ambulancia junto a Nerea, cogí su mano y la besé en repetidas ocasiones, hasta el momento en el que llegamos al hospital. Las últimas palabras que había pronunciado se habían quedado grabadas en mi mente, como si me agarrara a ellas como un clavo ardiendo.
Me había dicho que me quería, y yo necesitaba que me lo repitiera cada mañana cuando abriera los ojos, y todas las noches, mientras que hacíamos el amor.
Por eso, tomé una decisión, en cuanto que saliera de esto, porque tenía claro que iba a salir, que eso no ocurriera, ni siquiera se me pasaba por la cabeza.
Antes de entrar en la zona en la que sería atendida, me lanzó una mirada que me transmitió un amor que me llegó al alma. No pude más, y en el momento en el que ella ya no estaba al alcance de mi vista, me derrumbé.
Caí de rodillas en el suelo, llorando de manera desgarradora. Era como si me hubieran arrancado el corazón y lo hubieran apuñalado una vez fuera de mi cuerpo. Así estuve un buen rato, pero no puedo decir el tiempo exacto que me mantuve en esa posición.
Solo sé que, cuando levanté la mirada, allí estaba la policía, esperando a que yo me recuperara para tomarme declaración. Me levanté del suelo, me sequé las lágrimas con un pañuelo de papel que me había dado una de las enfermeras, y me dispuse a contarles todo lo que había sucedido.
Empecé a explicarles desde que apareció esa mujer hasta que disparó, mientras que ellos iban apuntando todo. En un momento determinado, fueron ellos los que se dirigieron a mí.
—Señor Fajardo. ¿Sabe a qué se refería esa mujer con las palabras de «tan solo me has dado la opción de dispararte para tener dinero para salir de aquí»? —Me preguntó uno de ellos.
—Pues no lo sé, pero tampoco descartaría que fuera porque alguien le haya pagado para hacerlo.
—¿Tiene la señorita Luján algún enemigo declarado?
—Ella, no. Al menos no considero que con la capacidad para organizar todo esto, pero yo sí que tengo.
—¿Puede explicarnos todo esto, por favor?
—Con todo el gusto del mundo…
Le conté todo lo que había sucedido, tanto con Natalie como con mi hermano, y ambos tenían el dinero suficiente como para poder darle a esa mujer una buena suma de dinero por arruinar mi vida, porque tenía claro que este ataque iba dirigido a ella, pero con todas las intenciones de hacerme daño a mí.
Quedaron en que me avisarían con cualquier cosa que descubrieran, y se marcharon. Me armé de valor para llamar a Damián, y que fuera él quien se encargara de comentárselo a las chicas, además de avisar también a mi madre.
Por suerte, nos habían llevado a un hospital de nuestra ciudad, por lo que no tardarían más de media hora o cuarenta y cinco minutos en llegar hasta aquí.
Si la primera conversación con mi amigo fue dura, no os podéis imaginar cómo fue la que tuve con mi madre.
Ella vivía completamente ajena a lo que había hecho su futura nuera y su hijo pequeño contra mi relación, pero ahora se lo tendría que contar, para que entendiera todo, pero no lo haría por teléfono, sino que se lo contaría cuando la tuviera frente a frente.
Efectivamente, diez minutos después, entraban por la puerta mis padres, puesto que se encontraban en su puesto de trabajo y su clínica estaba a dos manzanas del hospital donde estábamos.
—Hijo, ¿qué ha pasado?
—Mamá, la madre de Nerea le ha disparado en la puerta de la casa que habíamos alquilado para pasar unos días, pero eso no es lo peor.
—¿Cómo que eso no es lo peor? ¿Qué puede haber peor que una madre que le dispare a su hija?
—Que le hayan pagado para hacerlo y que todo apunte a que lo ha hecho mi hermano.
—¿Qué quieres decir con eso? ¿Qué tiene que ver Nacho en todo esto? Porque, déjame que te diga una cosa, no veo a tu hermano capaz de hacer eso, la verdad.
—Mamá, su prometida abordó a Nerea en uno de los restaurantes que había frente a su trabajo, y le hizo creer algo que no era.
Le conté todo lo que había sucedido, así como las palabras que había pronunciado esa mujer antes de disparar. Mi madre se llevó las manos a la cabeza, y lo primero que hizo fue coger el teléfono y marcar el número de teléfono de mi hermano.
—Nacho, te quiero en el hospital general en menos de media hora —le ordenó mi madre.
—¿En el hospital? ¿Qué ha pasado? ¿Es papá o mi hermano? —le preguntó él, visiblemente afectado.
—No, es la novia de tu hermano, y te quiero aquí, que tenemos mucho que aclarar.
—Ahora mismo estoy ahí, no me encuentro demasiado lejos.
—Eso espero.
Mi madre cortó la llamada y se volvió a sentar, justo cuando entraron nuestros amigos, visiblemente preocupados y ellas con los ojos rojos de llorar.
Volví a repetir la historia, pero me guardé para mí el tema de mi hermano.
Ya lo sabía la policía: que investigarían todo lo sucedido, y no quería que se formara un escándalo cuando este llegara.
—¿Hace mucho que la han traído? —Me preguntó Daniela.
—Hace como una hora, y la han metido del tirón en el quirófano. Había perdido muchísima sangre.
—Joder, ¿cómo se le ha ocurrido a esa mujer hacer eso? —añadió Damián, cogiendo por los hombros a su chica.
—Manda cojones, veintiséis años sin aparecer, ni por navidades, ni por cumpleaños, y aparece ahora de esta manera —dijo Inés, enfadada.
Mi hermano apareció por el hospital, solo y visiblemente preocupado.
Por primera vez, empecé a pensar que no tenía nada que ver con todo esto.
No quería que todos se enteraran de lo que tenía que hablar con mi hermano y, por eso, me levanté de la silla y dirigí mis pasos hasta donde se encontraba él.
—Júrame por lo que más quieras que no tienes nada que ver con esto que ha pasado.
—Pero… ¿cómo me estás preguntando eso? ¿Acaso piensas que yo disfruto haciéndote daño? Me cago en la leche, Felipe, eres mi hermano, la persona que más puedo querer en el mundo, y todo lo que te pase a ti, es como si me sucediera a mí.
—Entonces… ¿cómo es que tu novia la abordó y le hizo creer que yo estaba jugando con ella?
—¿Estás seguro de eso? Porque no tengo la menor idea de eso que me estás contando.
—La descripción que me dio de la mujer que se acercó y que le puso el audio, concuerda con ella… Espera, a mí también me envió ese mensaje falso, a ver si reconoces su número.
Saqué mi móvil del bolsillo y busqué el mensaje que había recibido de ese número desconocido, y noté cómo el rostro de mi hermano cambiaba de color. Me pidió que se lo reprodujera, y eso hice, tendiéndole mi teléfono para que lo escuchara bien.
—Me cago en la puta madre del demonio, Felipe. ¿Esta tía está loca o qué coño le pasa?
—No lo sé, no la conozco demasiado como para saberlo. Lo que sí te digo es que todo esto lo ha hecho a modo de venganza por lo que te dije en el despacho de papá.
—Te debo una explicación y te la pienso dar ahora mismo, y me refiero al puto mensaje que te ha enviado Melisa.
—Soy todo oídos, empieza.
Mi hermano me contó que su novia le había dicho si tenía algún mensaje de audio mío, y él le dijo que sí. Le pidió que se lo enviara, y se lo pintó como un juego. Al principio, utilizó mi voz como si fuera el doblaje de una película de animación, y así lo hizo en diferentes situaciones.
—Te juro que lo que menos pensaba era que me estaba engañando, que quería tu voz para hacer una maldad como esta.
—Pues ya ves cómo es la mujer que tienes a tu lado. Ahora, te toca a ti decidir si la quieres mantener en tu vida o no; yo no me pienso meter más, que suficientemente caro me ha costado ya el consejo que te di.
—No quiero que te apartes de mi lado, Felipe. Ahora he entendido que todo lo que has hecho lo hiciste por mi bien, no para putearme, que fue de lo que me convenció ella.
Mi hermano se giró y la llamó por teléfono, pero no logró que le contestara. Mientras tanto, allí estábamos nosotros, sentados en la sala de espera y con unas ganas tremendas de que salieran a darnos noticias sobre Nerea.
Nacho, después de intentarlo varias veces, terminó por sentarse a nuestro lado, con la cara entre sus manos, y pasándola varias veces por su pelo, en señal de desesperación.
Ninguno quería hablar ni romper ese momento de incertidumbre, porque sabíamos que, como lo hiciéramos y alguno de nosotros expresara en voz alta cualquier sentimiento negativo, todos nos vendríamos abajo.
Mi madre me tenía la mano cogida, entrelazando sus dedos con los míos, mientras que mi hermano me tenía el brazo pasado por detrás de mi silla, como si me estuviera dando un abrazo, pero sin atreverse a hacerlo, no me fuera a sentar mal.
No tenía la cabeza en estos momentos para discutir con nadie, mucho menos para decirle a mi hermano que no me ofreciera su apoyo y su cariño a modo de abrazo.
Justo estaba pensando en eso, cuando vi cómo el mismo médico que había entrado con Nerea salía por la puerta del pasillo en el que entraron ambos.
Fue como si me pusieran un resorte en el trasero, pues me levanté de manera automática y me dirigí hasta donde estaba el doctor, mirando a su alrededor, buscando algún familiar de Nerea.
—Doctor, soy el novio de Nerea Luján. ¿Cómo ha ido todo?
—Buenas tardes, Nerea acaba de salir de quirófano, pero no todo son buenas noticias.