No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 29
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Capítulo 29

Nerea

Si os digo que había pasado una de las mejores noches de mi vida, os prometo que me estaría quedando demasiado corta. Sentirme otra vez valorada, querida y deseada por Felipe había supuesto para mí un antes y un después en nuestra relación.

Os estaréis preguntando a qué me estoy refiriendo con estas palabras, pero no os preocupéis, que ahora mismo os lo explico.

Me refería a que, desde el instante en el que abrí mis ojos y lo encontré a él dormido a mi lado, había decidido que confiaría en él plenamente, que, si alguna vez me ocurría algo más como lo que había sucedido en estos días, no huiría, sino que le pediría que me diera las explicaciones oportunas.

Dejamos el hostal, agradeciéndole a la chica lo bien que se habían portado conmigo, permitiendo que Felipe pasara la noche en mi misma habitación y sin cobrarme ni un solo céntimo de más, y pusimos rumbo a la casa que mi chico había alquilado.

Estaba a las afueras del pueblo, por eso, antes de emprender el camino, decidimos parar a desayunar en el mismo bar en el que estuvimos el día anterior, entre otras cosas, porque era uno de los pocos sitios de ocio que había en el pueblo.

Después de eso, entramos en el supermercado e hicimos una compra que nos llevarían en un par de horas. Según el chico del supermercado, para que nos diera tiempo a instalarnos.

Me di cuenta de que, cuando hablaba, solo se dirigía a mí, y pude notar una punzada de celos en la mirada de mi chico, que me resultó de lo más divertido. Por primera vez desde que estábamos juntos, había vivido en sus propias carnes lo que yo sentía a diario, cuando íbamos por la calle.

—Ese tío es gilipollas.

—Y muy mono, la verdad.

—Nerea, no me calientes, hazme el favor.

—¿Está usted celoso, señor Fajardo?

—¿Celoso? Eso es poco para lo que siento por dentro. Tan solo he sentido esto dos veces en toda mi vida, y en ambas te ha tenido a ti como protagonista principal de la historia.

—¿Quieres decir que nunca habías sentido celos estando con otra mujer?

—Te lo aseguro. Me daba igual que se acercaran los demás hombres, como si se la tiraban delante de mí o la compartiéramos, pero contigo… contigo todo es diferente.

—¿A qué te refieres cuando dices que conmigo es diferente?

—Pues es muy sencillo. No sé qué me has hecho, Nerea, pero te puedo asegurar que a ti no quiero que te toque nadie que no sea yo, y que jamás permitiría que ningún otro hombre se acostara contigo, aunque estuviera yo presente.

Iba a buscarle un poquito las cosquillas, pero vi que me lo dijo tan serio que no pude hacer otra cosa más que besarlo y darle un abrazo. Él entendió lo importante que era para mí lo que estaba diciendo.

No nos habíamos dicho que nos queríamos, no habíamos hablado de sentimientos, pero con eso me había dejado clarísimo lo que sentía por mí, y yo se lo quise corresponder de la mejor manera que sabía, con mis besos, esos que tanto le gustaba que le diera.

En un momento dado, me pareció que alguien nos seguía y me tensé. No sabía por qué motivo lo hice, pues ni él ni yo teníamos nada que ocultar; ambos estábamos solteros y no le teníamos que dar cuentas a nadie, pero Felipe lo notó.

—¿Te ocurre algo, Nerea?

—Tengo la impresión de que hay alguien siguiéndonos desde que salimos del supermercado.

No quise mentirle; me había prometido a mí mismo que se acabaron las triquiñuelas entre nosotros, y no lo iba a hacer por algo tan tonto como esto; eso estaba claro.

—Yo también lo he notado, pero pensé que era una sensación mía.

—¿Quién puede ser?

—Pues, siendo sincero, no tengo ni la más remota idea, pero puedo sospechar de mi hermano, sin ninguna duda…

Nada más lejos de la realidad, pues, al llegar a la puerta de la casa que habíamos alquilado para el fin de semana, la persona que nos seguía se puso detrás de nosotros.

Se trataba de una mujer de unos cuarenta y pico de años, bastante desmejorada físicamente, la verdad, pero no la reconocía; no tenía ni idea de quién se trataba. Lo único que pude ver fue odio en su mirada, un odio que me transmitió muchísimo miedo.

—¿Quería algo, señora? —le preguntó Felipe.

—Quiero que la aprovechada esta me dé lo que es mío, lo que me corresponde y lo que me ha quitado —dijo ella.

—¿Yo? Me parece que se equivoca de persona, señora. Yo a usted no la conozco, lo siento.

—¿Equivocarme? ¿Yo? No me hagas reír. Soy la única mujer que te reconocería en diez kilómetros a la redonda…

Su mirada estaba como ida, como si no fuera ella misma, sino que estuviera bajo los efectos de alguna que otra sustancia adictiva, pero no sabía decir exactamente si se trataba de alcohol o drogas, aunque apostaba más por esta última opción.

—Señora, le repito que yo a usted no la conozco, mucho menos le he quitado absolutamente nada.

—¿Eres Nerea Luján? ¿Has vivido toda la vida con una señora que te ha criado, aunque no compartíais la misma sangre?

—Sí, ¿cómo sabe todo eso?

—Porque yo te dejé con ella, y lo hice porque me prometió que, si lo hacía, me dejaría toda su herencia a mí cuando muriera. La vieja asquerosa esa me mintió, siempre supo que te lo dejaría todo a ti, cuando no te correspondía.

—No pienso permitir que hables así de mi yaya. Ella fue la que se desvivió por mí, la que me acompañó al colegio cada mañana, a pesar de que no tenía por qué hacerlo…

—¡Yo no la obligué a hacerlo! —me gritó.

—Pero tampoco apareciste más. Si vienes ahora reclamando atención, asumiendo el papel de madre, llegas un poquito tarde.

—¿Pidiendo atención? ¿Queriendo ser tu madre? No me hagas reír, no quiero ni lo uno ni lo otro, tan solo quiero lo que me corresponde, lo que es mío por derecho, la casa y el dinero de la vieja.

—Te he dicho que no la llames así. Si ella te dijo eso, fue porque sabía que contigo yo no iba a estar bien, ni iba a ser feliz.

—¿Quién te ha dicho que te ibas a quedar conmigo?

—¿Perdona? Entonces… ¿qué es lo que ibas a hacer conmigo?

—Te iba a dar a una familia de mucho dinero, que no podía tener hijos, y que me iban a dar una buena suma para que desapareciera del mapa. Lo tenían todo preparado, pero la vieja asquerosa esa se aprovechó de que estaba puesta hasta las cejas, para mover hilo y quedarse contigo.

Os prometo que, cuando escuché esas palabras, me tuve que sostener al brazo de Felipe, pues pensé que me caería en redondo.

Mi chico no había abierto la boca hasta ese momento, se había mantenido al margen, dejándome que yo resolviera mis problemas con la mujer que me había llevado en su vientre, porque no se le podía llamar madre.

—Señora, será mejor que se marche, su hija no tiene que hablar nada con usted —le dije.

—Esta niñata no es mi hija, ni yo su madre, y tú, más vale que te calles y no te metas en lo que no te importa.

—Por supuesto que me importa, es mi novia, y todo lo que tenga que ver con ella también tiene que ver conmigo.

Ella lo miró con una mezcla de asco e indignación, pero se quedó en eso, en una mirada, porque volvió a ignorarlo y se dirigió de nuevo a mí, y no en un tono amigable, ni mucho menos.

—¿Me vas a dar lo que es mío? —me preguntó.

—No te pienso dar un carajo. Trabaja, que es lo que te toca hacer, que seguro que no la has doblado en tu puta vida.

—Entonces, tan solo me estás dando la opción de hacer lo segundo que me garantiza que tendré el dinero suficiente para irme lejos.

—¿A qué te estás refiriendo?

—A esto…

No sé de dónde sacó la pistola, pero, cuando quise darme cuenta, me había disparado varias veces, antes de salir corriendo, dejándome allí tirada, entre los brazos de Felipe, que gritaba desesperado, pidiendo ayuda, mientras que intentaba taponar mis heridas para que parara de salir la sangre, que ya había formado un charco en el suelo.

—Felipe, si no salgo de esta, quiero que sepas que he sido muy feliz contigo, que me has hecho conocer el amor por primera vez, aunque pensara que ya lo había vivido antes…

—No digas eso, mi amor. Vas a salir de aquí, esto no será más que un bache más al que nos tendremos que enfrentar…

Un vecino que pasaba por ahí, llamó a una ambulancia y a la policía, una vez que Felipe le contó lo que había sucedido. De repente, todo se me volvió negro, tan solo escuchaba a mi chico decir que no me durmiera, que aguantara, mientras que lo oía sollozar.

Las sirenas de la ambulancia se fueron escuchando por la calle, todavía de lejos, y eso fue lo que me hizo abrir de nuevo los ojos. No podía irme de este mundo sin que Felipe supiera lo que lo quería, y por eso, hice un último esfuerzo para que esas palabras salieran de mi boca.

—Mi niño, te quiero, que sepas que has sido el amor de mi vida…

—Y quiero que me lo digas a diario, mi vida. Te amo, te amo más de lo que he amado nunca a nadie, y quien te ha hecho esto, pagará por ello, te lo prometo.

Felipe me dio un beso en los labios, que me supo a gloria, pero ya no aguantaba más. Cerré mis ojos y dejé de escuchar ni de ver nada más. No sabía si mi vida había terminado aquí, en manos de la única persona que no debería haberlo hecho.

Ella me dio la vida, pero también me la había quitado o, al menos, lo había intentado, y eso me dolía en el alma.

No es que guardara en mi mente ningún recuerdo de ella, ni bueno ni malo, y eso era lo que me provocaba ese dolor, que lo único que recordaría mi mente era este momento, en el que me había apuntado con esa pistola y me había disparado.

No debía de haberme muerto, porque noté cómo alguien manipulaba mi cuerpo, como si me estuvieran trasladando a otro lugar, pero ni supe quién era ni a dónde me llevaba.

Ojalá y fuera cierto todo esto y saliera de esta situación, porque ahora tenía claro lo que quería para mi vida, que no era otra cosa que pasar el resto de mis días de la mano de Felipe, viviendo cada minuto como si fuera el último, siendo todo lo feliz que la vida me había prohibido hasta este momento.

La sirena se volvió a oír, y noté cómo alguien me cogía de la mano y me besaba el dorso. Supe que era mi chico, reconocería esos labios y esa manera de besar en cualquier parte del mundo, y tan solo le pedía al cielo que me permitiera seguir sintiéndolos por mucho tiempo más.

Abrí los ojos cuando me estaban bajando de la ambulancia, y reconocí que estaba en la puerta del hospital. No quería que mi chico soltara mi mano, pero los sanitarios le dijeron que tenían que dejarlos trabajar, que el tiempo era oro en la situación en la que iba, y lo hizo.

Antes de entrar en la zona donde me llevaron, me dio tiempo a girar mi cabeza y ver de nuevo a Felipe, que lloraba desconsoladamente.