No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 28
62%

Capítulo 28

Felipe

Me costó muchísimo que volviera a confiar en mí, pero lo conseguí. Tuve que contarle la historia de mi hermano, el enfrentamiento que tuvimos por causa de su «prometida», y fue cuando lo entendió todo.

Después de eso, pudimos desayunar tranquilamente. Había tomado una decisión que no era otra que aprovechar los días de vacaciones que Nerea había pedido para que nos fuéramos a algún lado, a disfrutar de nosotros, a solas.

Pero eso lo había decidido yo sólo y tenía que consultarlo con ella, que lo mismo me decía: que prefería quedarse en casa o volver al trabajo antes. Ojalá y no eligiera ninguna de esas opciones y quisiera pasar estos días conmigo, en cualquiera de los lugares que ella considerara oportuno.

—Nerea, he pensado en tomarme yo también dos semanas de vacaciones, pues hace muchísimo tiempo que no lo hago, y que podríamos pasarlas juntos. ¿Qué te parece?

—Me parece una locura, pero me encanta estar loca.

—¿Dónde nos vamos?

—¿Qué te parece si la pasamos en tu casa? Con tranquilidad, y conociéndonos más allá de lo que nos hemos conocido ahora.

—¿No prefieres que viajemos a algún lugar del mundo?

—Tu casa es una parte del mundo, porque, que yo sepa, no está en el espacio, ¿no?

—Ven aquí, anda, que tienes más salidas que una plaza de toros…

No podía aguantar más, necesitaba besarla, tenerla de nuevo en mis brazos. Así nos encontraron nuestros amigos, que no dudaron en empezar a aplaudir cuando nos vieron de ese modo, causando nuestra risa.

—Chicos, yo me quedo con Nerea aquí durante unos días —les dije a mis amigos.

—¿Cómo que nos quedamos unos días aquí? No me habías dicho nada —me contestó ella, sorprendida.

—Ha sido algo en lo que acabo de pensar y que te iba a decir ahora. ¿Qué te parece si nos buscamos una casita con chimenea y jacuzzi para pasar unos días a solas?

—Felipe, si ella te dice que no, le das los días a tu amigo, que yo llamo a la academia tosiendo, diciendo que he cogido la gripe, y me quedo aquí con él —me dijo Daniela, muy seria, como si estuviera hablando o sentenciando algo.

Nos miramos todos y empezamos a reírnos porque esa mujer tenía mucho arte para decir las cosas.

Al final, comimos juntos, y ellos decidieron que ya era hora de volver a casa.

Yo llevaba conmigo una mochila con algo de ropa, que metí en el coche por si acaso se me daba la oportunidad que tenía ahora mismo ante mis ojos.

Nerea y yo nos fuimos al hostal en el que se estaba alojando, ya que no podíamos ocupar la casa que habíamos elegido y alquilado hasta el día siguiente a media mañana.

El trayecto desde el hostal hasta la casita era de unos diez minutos a pie, pues nos aseguramos de que no estuviera muy lejos, ya que no teníamos coche.

Al final, estaríamos aquí hasta el domingo, pero el viernes por la tarde vendrían nuestros amigos con nosotros en el coche de Damián, que era el único de siete plazas, como ya os he comentado antes.

En cuanto que nos encontramos a solas, en el interior de su habitación, ya no pudimos aguantarnos más y dejamos salir nuestro lado más pasional. A pesar de lo que podáis pensar, no fue algo rápido ni hambriento, sino lento, como si no quisiéramos que este momento terminara nunca.

Nos fuimos desnudando lentamente, despojándonos de nuestras vestiduras, entre besos y caricias, hasta terminar los dos completamente desnudos en la cama. Lo primero que hice, cuando la posé en la cama y la tuve a mi entera disposición, fue recorrer su cuerpo con mis labios, mis dientes y mi lengua.

Sus gemidos fueron para mí como la mejor banda sonora que la vida pudiera ponerme por delante, y así se lo hice saber con el grosor y el tamaño que fue adquiriendo mi miembro.

Me moría por estar dentro de ella, pero no quería hacerlo todavía. Antes de entrar en su vagina, quería que alcanzara al menos dos orgasmos: uno con mi boca y otro con mis dedos, y no iba a parar hasta conseguirlo.

—No pares por favor…

Esas eran las palabras que más salían de su boca mientras mi lengua dibujaba círculos en su clítoris, a la vez que mi boca succionaba y mordisqueaba su botón del placer, hasta que conseguí que alcanzara el clímax por primera vez.

Una vez que alcancé mi primer objetivo, volví a hacer el camino inverso hasta llegar de nuevo a su boca, esa que saboreé y mordí, hasta dejarla otra vez al límite. Llevé mis dedos hasta su sexo, apreté su clítoris con dos dedos mientras con otro lo acariciaba.

No quería penetrarla todavía, ni siquiera con los dedos; prefería que lo deseara sobremanera y hacerlo con mi miembro. Dos minutos después, volvió a llegar y entonces sí, no la dejé terminar de procesar ese orgasmo cuando la penetré fuerte y hasta el fondo.

Sentir su sexo tan caliente, tan preparado para mí, fue la mejor sensación que había tenido en mi vida. Con las demás, el sexo había sido una manera de desahogarme, una necesidad vital que todos tenemos, pero con Nerea todo era completamente diferente.

Con ella, su placer estaría siempre por encima del mío. Sus deseos serían órdenes para mí, y me encantaba penetrarla mientras la miraba a los ojos. Era la primera vez en toda mi vida que sentía esa conexión tan grande con una mujer, como algo más espiritual; no sé si me entendéis.

No solo era que disfrutaba del sexo como con nadie, sino que entre ambos no necesitábamos palabras para entendernos en la cama. Con una sola mirada, sabíamos lo que el otro estaba pidiendo.

No os puedo decir las veces que alcanzó el orgasmo durante este encuentro, ni siquiera las veces que cambiamos de postura.

Lo que sí os puedo decir es que, cuando el orgasmo me llegó a mí, cuando alcancé el clímax, lo hicimos al unísono, y eso tampoco me había sucedido nunca con ninguna de las mujeres con las que me había acostado durante toda mi vida sexual.

Como no teníamos prisa, no nos limitamos a ese encuentro sexual, sino que nos amamos durante toda la noche, y no solo en la cama. La ducha fue otro de los lugares que elegimos para amarnos, así como el mueble del lavabo, la mesa de escritorio que había en la habitación, y hasta una de las paredes.

Completamente saciados, nos quedamos dormidos. El propietario de la casa que habíamos alquilado nos dio el código para poder entrar al día siguiente, pero daba igual a qué hora lo hiciéramos; por eso, no dudamos en quedarnos toda la mañana en la cama, durmiendo y disfrutando el uno del otro.

—No hemos utilizado protección —me dijo Nerea, algo preocupada.

—Para mí no supone ningún problema. ¿Para ti sí?

—No por el tema del embarazo, pues tengo puesto un DIU desde hace mucho tiempo, pero…

—Estoy limpio, Nerea. La única persona con la que me he acostado sin usar preservativo ha sido con Natalie, y no siempre, tan solo cuando hemos practicado sexo los dos solos.

—¿Cómo sabes que ella no hacía eso también con otras personas?

—No lo puedo asegurar, pero lo que sí te puedo corroborar es que, mientras que he estado con ella, me hacía pruebas todas las semanas y estoy limpio. Si te quedas más tranquila, le pido a mi médico que me envíe los resultados de las últimas pruebas que me realizó.

—No hace falta, confío en ti y en tus palabras.

Ese fue el mayor regalo que me pudo hacer, pronunciar esas palabras. Por primera vez desde que estábamos juntos, me lo había dicho de corazón, sin pensar en nada ni en nadie más, y eso me llenó el alma.

No pude evitarlo y la besé de nuevo, lo que fue el pistoletazo de salida de otro encuentro sexual de lo más intenso entre nosotros, como siempre ocurría.

Después de eso, nos dimos una ducha, nos vestimos y salimos del hostal. No permití que Nerea pagara nada, ni de la cuenta de la habitación ni de lo que nos cobraron por el alquiler de la casa. Por eso último, no se lo permití a ninguno; había sido cosa mía y yo me haría cargo de todo.

Ambos llevábamos nuestras mochilas al hombro y nos fuimos dando un paseo hasta allí, no sin antes sentarnos a desayunar en la plaza del pueblo y entrar después en el supermercado para hacer una compra con la que pudiéramos sobrevivir todos estos días, pues no teníamos pensado salir de allí, al menos, hasta que llegaran nuestros amigos.

No le dije nada a Nerea, pero tenía la sensación de que nos estaban siguiendo, aunque no sabía si era solo una percepción mía, después de saber que mi hermano había investigado a mi chica, o que, realmente, teníamos a una persona siguiendo nuestros pasos.