Capítulo 27
Nerea
En cuanto llegué al hostal y me asignaron mi habitación, lo primero que hice fue darme una ducha y ponerme ropa cómoda de la que había comprado. No es que fuera nada del otro mundo, pero al menos me serviría para mantenerme calentita y poder cambiarme.
—Señorita Luján, la cena se sirve a las nueve en punto en el comedor del fondo —me explicó la chica de la recepción cuando me entregó la llave.
—Muchísimas gracias, en cuanto me dé una ducha, bajaré a cenar, pues ya pica un poquito el gusanillo —le respondí, con una sonrisa.
No es que me apeteciera para nada comer, pero bueno, no había comido absolutamente nada durante todo el día, desde la tostada que me había comido esta mañana en el desayuno, y no quería caer enferma.
La noche la pasé regular, entre el llanto y la incredulidad que sentía ante todo lo que me había sucedido.
No sé la cantidad de veces que escuché ese audio, y mis sentimientos estaban enfrentados.
Porque, por mucho que pensaba que no ganaba nada al engañarme, puesto que yo no le había exigido nada, por otro lado, mi cabeza me decía que esa conversación existía.
Me desperté sobre las nueve, y con un dolor de cabeza horrible. Me di otra ducha a ver si me quitaba un poquito la pesadez de la cabeza, pero de poco me sirvió, la verdad.
Justo cuando estaba terminando de abrocharme las zapatillas de deporte, el teléfono interno de la habitación empezó a sonar. Me pegué un susto de muerte porque, lo cierto es que no me lo esperaba, pero no dudé en contestar esa llamada.
—Buenos días, señorita Luján, y perdone que la moleste tan temprano…
—Buenos días. No te preocupes, estaba saliendo a desayunar. ¿Ocurre algo importante?
—En la recepción hay dos señoritas que la buscan.
—¿A mí? Debe ser un error, porque nadie sabe que estoy aquí.
—Sí, me han preguntado si podría avisar a la señorita Nerea Luján de que Daniela e Inés estaban aquí.
La madre que las parió. Ahora sabía lo que habían hecho para localizarme: la aplicación que Inés y yo nos bajamos la noche en que nos marchamos por separado de la discoteca, para saber en todo momento dónde nos encontrábamos.
Era una medida de seguridad que ella había utilizado en su propio beneficio.
—Dígales que ahora mismo bajo. Gracias.
—Se lo comunico enseguida, pierda cuidado.
Cogí mi mochila, metí mi móvil en ella para saber la hora, más que nada, porque no pensaba encenderlo y darle la posibilidad a Felipe de encontrarme; ni loca haría eso, y bajé hasta la recepción. Allí estaban las dos, mirándose la una a la otra y hablando en susurros.
—¿Se puede saber qué coño estáis haciendo aquí?
—Eso mismo podríamos preguntarnos nosotras —me dijo Daniela, con las manos en la cintura.
—Chica, que odisea para encontrarte, con la mierda de la ley de protección de datos. Menos mal que decidimos actuar como si supiéramos que estabas en el hotel u hostal alojada…—añadió Inés.
—Venga, vamos a desayunar a la plaza del pueblo, que me muero de hambre, desde las siete que salimos de casa —continuó Daniela.
Salimos del hostal y lo que más me extrañó de todo esto fue que ninguna de las dos me preguntó qué me había sucedido para que tuviera que salir corriendo de mi casa.
Una podría haberlo olvidado por la emoción, por llamarlo de alguna manera en la que me entendáis, de haberme encontrado.
Pero… ¿las dos? Eso no había nadie que se lo creyera.
Era como si ambas supieran lo ocurrido, como si estuvieran sopesando cómo contarme algo de lo que yo no tenía ni idea. Estaba a punto de hablar cuando una voz que venía de mi espalda me sobresaltó, pues era la última persona que esperaba encontrar aquí.
Ahora lo entendía todo: Felipe había ido a buscarlas, con cualquier excusa, y ellas, pensando que me harían un bien, no habían dudado en ayudarlo a encontrarme. Eso sí que no me lo esperaba, una traición por parte de las que consideraba mis hermanas.
—Nerea, nada de lo que has escuchado es cierto —me dijo Felipe.
—¿Cómo sabes lo que he escuchado?
—Porque me han enviado el mismo mensaje que a ti, como si quisieran que supiera que nos había hecho daño a los dos, a propósito y gratuitamente.
—Sinceramente, no me lo creo, Felipe.
—Es verdad, Nerea —me dijo Damián, que también se había acercado, junto a su hermano.
—Vaya, pero si están todos los traidores aquí, juntitos. Mira, que vosotros os pongáis de parte de Felipe, puedo llegar a entenderlo. Pero ¿que me hayan traicionado mis mejores amigas? ¿Qué, las personas a las que consideraba mis hermanas me hayan hecho esto…?
—Nosotras no te hemos traicionado, Nerea, hemos visto la verdad —me contestó Inés, como si la que tuviera que estar enfadada fuera ella.
—¿Y qué verdad es esa? Porque yo, aquí, la única verdad que veo es un audio en el que se grabó una conversación que no me deja en muy buen lugar, precisamente.
—¿Me dejas que te lo explique? —Me preguntó Felipe.
—Será mejor que nosotros nos vayamos a dar un paseo. Nos vemos a la hora de comer… ¿Habréis terminado para entonces? —preguntó David, con una sonrisa en los labios.
—Me parece que esa sonrisa sobra, David. Es a mí a quien le han destrozado el corazón, que no se te olvide —le dije, enfadada.
—Pero lo han hecho con una mentira, Nerea —añadió Inés.
—Tan solo espero que puedas entender la situación cuando mi amigo te la cuente, y que volváis a ser felices ambos —me contestó él.
Nos dejaron a solas en la terraza de la cafetería.
El día era frío, pero el sol brillaba en el cielo, como si se estuviera riendo de la tormenta que tenía yo en mi interior.
No pude evitarlo y empecé a llorar de nuevo, de la misma manera en que lo había hecho toda la noche, de forma desgarradora, como si me estuvieran pisoteando el corazón.
Felipe, en cuanto me vio así, se levantó de la silla y se arrodilló ante mí, refugiándome entre sus brazos, en los que me volví a sentir en casa, pero esa casa debía ser de alquiler, porque al día siguiente me acababan de desahuciar.
—No puedo verte así, Nerea. No por culpa del cabrón de mi hermano…
—¿Qué tiene que ver tu hermano con todo esto? Si ni siquiera lo conozco, no sé qué puede tener en mi contra.
—Él ha sido el causante de todo esto. Déjame que te lo explique.
En el instante en el que iba a empezar a contarme todo, llegó el camarero para preguntar qué íbamos a tomar. No podía ni hablar; menos mal que llevaba conmigo las gafas de sol que me compré el día anterior y pude ponérmelas para que no me vieran llorar.
Felipe pidió dos cafés con leche y dos tostadas con tomate y jamón serrano. No sé si él se las iba a comer las dos, porque a mí, en este momento, no me entraba ni agua. Pero bueno, no tenía ganas de discutir nada de eso, así que lo dejé hacer.
Cuando nos volvimos a quedar a solas, Felipe empezó a contarme la historia de su hermano, supongo que para ponerme en situación y que entendiera todo lo que había sucedido después.
—¿Me estás diciendo que, como tú no has admitido a tu cuñada, tu hermano ha hecho todo esto?
—Exactamente es lo que te estoy diciendo.
—¿Y qué gana con eso?
—Putearme, arruinar mi vida, como se supone que yo intento hacer con él. No sabes cómo es su prometida. Se le nota a leguas que es una trepa. Ha puesto en mi boca las mismas palabras que yo dije de ella.
Os juro que no me lo podía creer. De repente, la imagen de la mujer que se acercó a mí para ponerme ese audio, y todo encajaba. Le dije a Felipe que me hiciera una descripción de la prometida de su hermano, y todo lo que me dijo coincidía con esa mujer.
—Ha sido ella quien me abordó a la salida del gimnasio ayer.
—No me lo puedo creer. ¿Hasta ese punto ha llegado?
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que no dudo en que te ha investigado. Nacho sabe todo de ti, o no hubiera actuado de esa manera; no se habría atrevido.
—¿Por qué todo el mundo se empeña en vernos separados?
—No lo sé, pero no lo van a conseguir, aunque tenga que correr detrás de ti hasta el fin del mundo.
—Recuérdame que desinstale la aplicación de localización la próxima vez que me vaya huyendo de ti.
—Eso no sucederá, porque no lo voy a permitir. Por favor, Nerea, la próxima vez, no dudes en preguntarme a mí primero; yo prometo contarte siempre la verdad.