Capítulo 26
Felipe
—Te juro por lo que más quiero en el mundo que ese no soy yo.
—Es tu voz, Felipe, no lo niegues. Lo mismo y tuviste esta conversación antes de darte cuenta de que Nerea te gustaba tanto, antes de conocerla como es realmente ella —me dijo Daniela.
—Felipe jamás diría eso. Si es cierto que, desde siempre, ha dicho que, por regla general, las mujeres se han acercado a él por el dinero, pero eso no implica que sea clasista, como indica este mensaje que hemos oído —me defendió Damián.
—Mira, no sé cómo es ni su manera de pensar, pero lo que sí tengo claro es que mi amiga es Nerea, y ella es la que está sufriendo, porque no es como la están pintando en ese mensaje. Ni es una trepa, ni estaba contigo por lo que dices. Más bien, creo que se siente utilizada.
—¿Me estás insinuando que yo he utilizado a tu amiga? ¿Me estás diciendo que crees todo lo que has escuchado?
—Pues, si te soy sincera, no sé qué pensar, la verdad.
—Joder… ¡Ese no soy yo!
Me di cuenta de que Damián me miraba muy fijamente, como si estuviera dándole vueltas a algo, y me quedé mirándolo. Era como si, aunque tuviera los ojos fijos en mí, su mirada estuviera perdida, vagando en sus propios pensamientos.
—Felipe… ¿puede ser que lo hubiera hecho alguien con inteligencia artificial? —me preguntó, de repente.
—¿Perdona? ¿Quién iba a hacer eso? Y lo más importante, ¿qué sacaría con esto? No creo que haya nadie que pueda hacerme daño por gusto…
—Por gusto, no, pero por venganza, sí que puede.
—¿Por venganza? ¿Quién va a querer vengarse de mí y por qué motivo?
De repente, entendí lo que Damián me quería decir. Pero no podía ser; me negaba a pensar que mi hermano pudiera haber llegado a estos extremos, por el simple hecho de hacerme daño, por vengarse por las palabras que había tenido con él, aquella tarde en el despacho de mi padre.
—Veo que te has dado cuenta de por dónde voy —me dijo Damián.
—¿Me podéis poner al tanto, si sois tan amables? —preguntó Daniela, con muchísima ironía.
—Disculpa, Daniela, que no hemos pensado en que tú no sabes nada de lo sucedido con mi hermano…
Le conté todo lo que había sucedido con mi hermano y cómo, cuando lo enfrenté, no fue porque su prometida fuera de otra clase social, sino porque se veía a leguas que estaba con él por su dinero, pues lo primero que hizo fue engatusarlo con sexo para que la dejara meterse en su casa y no tener que preocuparse por el alquiler.
Algo que tampoco pagaba, y por lo que la iban a echar de la casa.
—Ahora, más que nunca, debemos encontrar a Nerea —me dijo Daniela.
—¿Se habrá puesto en contacto con Inés? —preguntó su chico.
—No lo sé, pero vamos a comprobarlo ahora mismo —añadió la novia de mi amigo.
Daniela cogió su teléfono y marcó el número de Inés, poniendo el móvil encima de la mesa y activando el altavoz para que la escucháramos los tres. Tardó varios tonos en contestar a la llamada, y eso empezó a ponernos nerviosos, bueno, más nerviosos de lo que ya estábamos.
—Dime, Daniela —contestó Inés a la llamada.
—Inés, ¿cuándo fue la última vez que hablaste con Nerea? —le preguntó su amiga.
—Pues, no tengo ni idea. ¿Por qué me preguntas eso?
—Tenemos un problema y no la localizamos. Le han hecho creer algo que no es…
—¿Dónde estás?
—En casa de Damián, ¿por qué?
—No os mováis de allí, que en diez minutos estaremos en su casa; tengo la solución.
—Aquí te esperamos, no tardes.
Ojalá y lo que había dicho Inés, fuera cierto y tuviera la solución y la manera de localizarla, porque estaba completamente desesperado por encontrarla, por decirle que todo era mentira y hacer lo que fuera para que me creyera, como si tenía que enfrentarme al cabrón de mi hermano.
Como quince minutos más tarde, el timbre empezó a sonar con insistencia, como si quien llamara tuviera casi tanta prisa como nosotros por saber dónde estaba Nerea.
Damián se levantó para abrir y entraron su hermano e Inés. Ni siquiera me miró; se sentó directamente delante de su amiga, con el móvil en la mano. Estaba trasteando con él hasta que encontró lo que buscaba.
—Necesito un ordenador —pidió Inés.
—Ahora mismo te lo traigo —le dijo Damián.
—¿Qué vas a hacer, Inés? —le pregunté.
—Mira, te voy a decir una cosa, Felipe. Voy a decir dónde está Nerea, pero si le haces daño, si todo esto es por tu culpa, te juro que te corto los huevos —me respondió.
—No he tenido nada que ver en todo esto, al menos de manera directa y consciente.
—Ya me lo podéis explicar todo ahora mismo. Hasta que no tenga claro que mi amiga estará a salvo, tanto física como mentalmente —nos indicó Inés.
No le dije nada; simplemente le volví a reproducir el audio que había recibido, pero le advertí antes de que todo lo que iba a escuchar había sido creado por inteligencia artificial y que no se trataba de una conversación real.
Conforme Inés iba escuchando todo eso que había recibido un buen rato antes, su rostro se iba cambiando, pasando de la más absoluta indignación al más notable de los enfados. Alternaba su mirada entre mi persona y la de Daniela.
Sabía que, si su amiga hubiera tenido un mínimo de sospecha sobre mí, sobre si lo que estaba escuchando era cierto, no la hubiera llamado ni hubiera movido un dedo para ayudarme y localizar a su amiga, no al menos delante de mí.
—Una noche que salimos de fiesta las dos y, como nos íbamos a marchar por separado, da igual el motivo que fuera, decidimos instalarnos un localizador —nos explicó.
—Pero hemos intentado llamarla, y el móvil está apagado —le dije, empezando a desesperarme.
—No importa. La aplicación que descargamos nos permite obtener la localización incluso si el móvil se queda sin batería o está en modo avión.
—Pues bendito el momento en el que se os ocurrió eso. Aquí tienes el portátil —le dijo Damián, entregándole el ordenador.
Inés lo abrió, pues mi amigo lo tenía encendido, y descargó lo que necesitaba para localizar a su amiga. No sé si fueron diez o quince minutos los que tardó en acceder a su localización, pero os prometo que, para mí, fueron como quince horas.
—Ya lo tengo. Está a un par de horas de aquí en un pueblecito de la sierra.
—¿En qué pueblo? ¿Sabes en qué calle puedo localizarla? Porque pienso salir ahora mismo hacia allá.
—Aguanta el genio. Son casi las doce de la noche; si te vas ahora, llegarás de madrugada y la vas a asustar —me dijo Daniela.
—Me da igual, no puedo esperar ni un minuto más aquí.
—Pues tendrás que hacerlo. No te vamos a permitir que te pongas en la carretera en ese estado, y mucho menos vamos a conducir nosotros a estas horas —me dijo Damián.
—Hagamos una cosa. Inés y yo llamaremos al trabajo, le diremos que tenemos una emergencia y que nos cogemos el día de mañana por asuntos propios, y te acompañaremos —me dijo Daniela, intentando tranquilizarme.
—Yo también iré; mi hermano se puede hacer cargo de la reunión de mañana, tan solo hay una —me dijo Damián.
—No, ahora mismo voy a llamar a la secretaria de Felipe y le pediré que la aplace para dentro de unos días, no es nada urgente y así iremos todos —dijo David.
Así hicimos. Esa noche nos quedamos todos en casa de Damián, repartiéndonos entre las habitaciones y el sofá del salón, donde me quedé yo. Sobra decir que no dormí en toda la noche, pues no me podía quitar la imagen de mi hermano haciéndome daño gratuitamente.
En cuanto amaneció, todos nos pusimos en marcha, pues queríamos estar allí a primera hora de la mañana, antes de que tuviera la oportunidad de marcharse a cualquier otro lugar.
—Verás cómo la vamos a encontrar —me animó Damián.
—Ojalá y sea certera la localización que da esa aplicación.
—No nos va a dar la calle ni el edificio exacto en el que está, pero sí nos mostrará un radio de unos cincuenta metros, por lo que, si nos dividimos, podremos dar con ella fácilmente —me explicó Inés.
—Me muero por hablar con ella, por decirle que nada de eso es cierto, y explicarle el motivo por el que lo ha hecho mi hermano, porque estoy seguro de que ha sido él quien lo ha montado todo.
—Ya no nos queda nada para llegar, mantente tranquilo —me dijo David.
Era Damián quien conducía el coche que habíamos alquilado la noche anterior, y que era de siete plazas, para que cupiéramos todos y no tuviéramos que ir en dos coches diferentes.