No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 25
56%

Capítulo 25

Felipe

El día fue de lo más tedioso y largo; parecía que las manecillas del reloj no avanzaban y, en las reuniones que tenía programadas para toda la jornada, cada vez me costaba más seguirles el hilo.

Damián y David se estaban dando cuenta de que, en ese momento, lo que más necesitaba era salir de aquí y marcharme a buscar a Nerea para hablar con ella de todo lo que había sucedido, porque, de verdad, no recordaba haberme acostado con esa mujer.

—Intuyo que te marchas ya, ¿no?

—Intuyes bien, porque me muero por estar con Nerea.

—¿Por qué no te vas unos días con ella fuera de aquí?

—¿Fuera de aquí? No creo que ninguno de los dos pueda eludir sus responsabilidades laborales.

—Venga ya, Felipe. Cogeros unos días de vacaciones; sorpréndela con un viaje de cuatro días a cualquier parte, aunque sea a una cabañita en la sierra. Creo que ambos lo necesitáis.

—No lo sé… Hablaré con ella para ver qué le parece.

Me despedí de mis amigos y salí rumbo al gimnasio, ya que iba con el tiempo justo para llegar a la hora a la que habíamos quedado. Estacioné el coche en la puerta del edificio, pero me quedé en el interior, ya que no quería incomodarla más en su trabajo.

Pero fueron saliendo las chicas que yo había visto en otras ocasiones que eran de su clase de baile deportivo, y ella no aparecía. Pensé que estaría duchándose o cambiándose de ropa, pero el tiempo pasaba y Nerea seguía sin salir de ahí.

Cogí mi teléfono y marqué su número, pero me salía como apagado o fuera de cobertura. Decidí esperar un poquito más, antes de bajarme del coche. En un momento dado, vi salir a Fernando de la puerta del gimnasio y no me lo pensé; salí de allí como alma que lleva al diablo.

—Fernando, espera, por favor.

—Felipe, ¿qué haces aquí?

—Me lo preguntas como si fuera algo anormal, cuando lo cierto es que sabes que tengo una relación con Nerea, y es lo más normal del mundo que venga a recogerla, ¿no?

—Si ella estuviera aquí, sí que sería lo normal.

—¿Cómo que si ella estuviera aquí?

—Nerea llamó a la hora de comer, diciendo que se encontraba mal y que se iba a ir a casa. Luego, como media hora más tarde, me volvió a llamar, para decirme que se iba a coger las dos semanas de vacaciones que tenía pendientes y que, en un principio, me dijo que cobraría.

—¿Perdona? ¿Cómo que se ha ido dos semanas? ¿A dónde?

—No lo sé, eso se lo tendrás que preguntar a ella.

—La llamo y tiene el teléfono apagado… Joder, me voy a volver loco.

—Tranquilízate, llama a sus amigas; lo mismo, ellas saben algo. ¿Ha sucedido algo entre vosotros? Quiero decir, ¿habéis discutido o algo así?

—No exactamente eso…

Le conté a Fernando lo que había sucedido en la cafetería por la mañana, con Natalie y la otra mujer que la acompañaba, y me escuchó atentamente, sin interrumpirme y sin decir ni una sola palabra más.

Cuando terminé de relatarle todo lo sucedido, Fernando se dirigió a mí.

Lo cierto era que no me reconocía a mí mismo, porque si alguien me hubiera dicho hacía unos meses que estaría contándole a un desconocido todo lo que me ocurría, le hubiera dicho que cambiara de medicación, porque no le estaba sentando bien.

—Felipe, creo que, mientras que ella salió a comer, ha debido ocurrirle algo del mismo tipo de lo que os sucedió esta mañana, a juzgar por el tono de su voz.

—¡Joder, joder, joder!

No pude evitar darle una patada a la rueda de mi coche, pues me encontraba completamente desesperado, tanto por encontrarla como por saber qué había sucedido para que desapareciera de ese modo.

—Fernando, tengo que pedirte un favor. Es muy importante para mí.

—Dime, si está en mi mano, no dudes que lo haré.

—Cuando hables con ella, si se pone en contacto contigo, por favor, dile que me llame; tengo que hablar con ella, que me cuente lo que ha sucedido, o voy a terminar volviéndome loco.

—No te preocupes, que lo haré. Otra cosa es que ella me haga caso; ahí ya, sí que no puedo hacer nada.

—Gracias, Fernando.

—No me las tienes que dar. Quiero a Nerea como si fuera mi hermana pequeña, y todo lo que sea un bien para ella, lo es para mí.

Salí de allí y me volví a subir al coche.

Arranqué y me dirigí a casa de Damián, donde sabía que encontraría a Daniela, pues mi amigo me había dicho que había quedado con ella.

Me daba igual que estuvieran teniendo sexo; me daba igual interrumpir lo que estuvieran haciendo, tan solo quería que su amiga me dijera dónde podía encontrar a mi chica.

—¿Qué haces aquí, Felipe? —Me preguntó mi amigo en cuanto me vio en la puerta de su casa.

—Necesito hablar con Daniela. Es importante.

—Pasa, está en el salón. Íbamos a cenar ahora.

Entré al salón de la casa de mi amigo y me encontré con Daniela, que estaba poniendo la mesa para la cena. Me jodía incomodarlos en un momento tan íntimo, pero necesitaba entender qué era lo que estaba sucediendo.

—¡Felipe! ¿Has venido con Nerea?

—¿No sabes dónde está?

—¿Cómo que si no sé dónde está?

—Se ha pedido dos semanas de vacaciones en el trabajo, y no la encuentro por ninguna parte.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Completamente…

—¿Qué ha sucedido? Es que… de verdad, no me lo puedo creer. Es inaudito que Nerea se comporte de esa manera. Voy a llamarla ahora mismo.

Daniela se marchó hasta la habitación, donde cogió su móvil, y volvió al salón, en el que estábamos Damián y yo, esperando a ver si, con ella, había suerte y contestaba al teléfono.

Eso que esperaba no sucedió; obtuvo el mismo resultado que yo, o sea, ninguno. Daniela me miró a los ojos y me dijo algo que se me clavó en el alma, como un puñal ardiente que me atravesó el corazón.

—Si Nerea ha hecho esto, y conociéndola como la conozco, ha tenido que ver u oír algo que le ha hecho mucho daño. ¿Qué has hecho para que se haya podido sentir así, Felipe?

—Te juro por mi vida que no he hecho nada.

—¿Entonces? Nerea no es una de esas mujeres que se toman las cosas a la ligera, de verdad que no. Mucho menos de las que salen corriendo sin avisarnos a nosotras, y me da miedo por lo que pueda estar sufriendo en estos momentos.

Justo cuando Daniela estaba terminando de pronunciar esas palabras, mi teléfono vibró sobre la mesa, donde lo había dejado cuando entré e intenté contactar con Nerea.

Me levanté y vi que había recibido un mensaje de audio.

No conocía el número y pensé que podía ser Nerea, que hubiera perdido el móvil o algo así.

Le di a reproducir y, cuando empecé a escuchar lo que decía ese audio, os prometo que se me heló la sangre. Pero no solo fui yo, mi amigo y su chica me miraban como si no me reconocieran, y eso me dolió muchísimo, sobre todo por Damián.

— Mamá, ese tipo de mujeres solo vienen por el dinero, así que jamás tendría una relación con ninguna de ellas. Como mucho, me acostaría con ellas durante un tiempo, y se terminó.

— Entiendo que digas eso, pero no todas son iguales.

— Pues no he tenido el gusto de encontrarme con ninguna de ellas, fíjate.

— ¿Y esa chica con la que te estás viendo últimamente?

— Nada importante, mamá. Ya sabes por qué la traje el otro día, me tenías que servir de coartada.

— Sabes que no me gusta hacer esas cosas…

— Venga ya, mamá, ni que fuera la primera vez. Estaré con ella hasta que me canse y luego, pues, me buscaré a otra.

— Tienes que ir pensando en sentar la cabeza, Felipe, que ya vas teniendo una edad.

— Y lo haré, mamá, pero no con ella, no con Nerea, sino con alguien de mi misma clase social. ¿Te imaginas que forme una familia con una monitora de gimnasio?

— Tú sabrás con quién lo haces, pero hazlo pronto, que quiero tener nietos mientras todavía pueda disfrutar de ellos.

— No adelantes acontecimientos, mamá. Todo llegará, pero a su debido tiempo.

¿Qué coño era todo eso? Por supuestísimo que no era yo, en ningún momento había tenido esa conversación con mi madre. ¿Quién demonios había hecho esto y con qué motivo?

—Bueno, ahora sabemos el motivo por el que Nerea ha salido corriendo de la ciudad. Seguro que, lo mismo que te han enviado ese mensaje a ti, se lo han enviado también a ella.