Capítulo 24
Nerea
De repente, la manera en la que Natalie y Sofía se habían dirigido a nosotros, las palabras que dijeron con relación a nosotros me hicieron sentir pequeñita y de lo más insegura. No sabía si lo que decía era cierto o si, por el contrario, se lo estaba inventando para mermar mi confianza.
Felipe, en el momento en el que me vio la cara que tenía, me hizo un gesto negativo con la cabeza, que no supe si era que no le hiciera caso o que no le dijera nada, y eso todavía me dejó más desconcertada.
Por suerte, y no sé de qué manera ni en qué momento, nos sentamos a una de las mesas que había libre en uno de los rincones. Os prometo que se me había quitado hasta el hambre, porque no era plato de buen gusto encontrarte con esto de buenas a primeras.
—No he tenido nada con esa mujer, si es lo que estás pensando.
—Yo, si te soy sincera, ya no sé ni qué pensar.
—Te lo juro por mi vida, Nerea. La conozco, sí, pero tan solo de vista, no he cruzado ni una sola palabra.
—¿Esto va a ser así siempre?
—¿A qué te refieres?
—Pues a tener que preguntarme, cada vez que nos crucemos con una mujer, si se ha acostado contigo o no.
—No lo sé, porque no estoy en tu cabeza, pero, de todas formas, no es eso lo que debe preocuparte, ya que, a partir de que empezamos esto que tenemos, no hay ni habrá otra que no seas tú.
Felipe me dijo eso mirándome a los ojos, y supe que me hablaba en serio y que lo que me estaba diciendo era una verdad como un templo, aunque yo no quisiera verlo así, debido a la inseguridad que me daba todo lo que estaba sintiendo, que, sumado al pasado amoroso de mi chico, era como una bomba de relojería.
Quise cambiar de tema y desayunamos tranquilamente, porque como siguiera dándole vueltas al tema, iba a terminar por volverme loca. Eso mismo fue lo que me dijo mi amiga Daniela en cuanto volví a casa la noche anterior.
—¿Qué haces aquí? Yo te hacía con tu chico.
—No, necesito respirar un poquito de aire libre. Toda esta situación me está saturando mucho.
—¿Por qué no eres capaz de dejarte llevar, Nerea?
—¿A qué te refieres?
—A que tú misma te estás boicoteando, y no dejas que todo fluya como tenga que fluir. Si es para bien, serás feliz durante toda tu vida, y si la cosa se termina, pues habrás disfrutado del tiempo que hayáis estado juntos.
—Tienes razón, pero es que…
—Te da tanto miedo volver a sufrir que, inconscientemente, te bloqueas tú misma.
—Pues sí… Por cierto, ¿qué haces con las maletas en la puerta?
Daniela llevaba unas semanas viviendo conmigo, y me encantaba que lo hiciera, pues me sentía de lo más acompañada, pero, sabiendo que su padre estaba en terapia y que le iba de maravilla, era normal que quisiera volver a casa, como así me explicó.
—Mi padre está superando su adicción, Nerea, y mi madre está sola, así que…
—Vas a volver a tu casa.
—Pues sí. Era la condición que puse para no marcharme definitivamente. Además, mi madre ha estado buscando trabajo, como te conté, y si puedo ayudarla emocionalmente, es mi deber como hija.
—Y yo lo entiendo, pero… ¿no puedes esperar a marcharte hasta mañana?
—Eso iba a hacer. ¿Acaso pensabas que me iba a marchar ahora mismo?
—Pues, cuando he visto las maletas, la verdad es que es lo que he pensado.
—De eso nada, nos debemos una última noche de chicas antes de marcharme.
Y eso hicimos: pedimos pizza y nos sentamos en el sofá para ver una película que, al final, solo nos acompañó de fondo, pues estuvimos hablando la mayor parte del tiempo.
Mi amiga me contó que le iba de maravilla con Damián, y que cada vez se sentía más cómoda con él. Hasta me contó que estaban pensando en hacer una escapada romántica ese fin de semana, pero que todavía no se habían decidido a dónde ir.
Y volviendo al presente, terminamos de desayunar y me acompañó hasta la puerta del gimnasio, donde nos volvimos a besar como si fuéramos dos adolescentes con las hormonas revolucionadas, y quedamos en vernos a las ocho, cuando yo terminara mi última clase de la tarde.
—Te recojo luego, preciosa.
—Aquí te espero, bonito.
Felipe empezó a reírse de la manera en que se lo dije, y me despedí de él con un gesto de la mano, dándole la espalda. Lo vi al arrancar el coche y ponerse en marcha rumbo a su oficina, mientras yo entraba al gimnasio.
La mañana transcurrió más deprisa de lo que esperaba, y, casi sin darme cuenta, llegó la hora de comer. No me apetecía ir hasta mi casa, pues tardaría más tiempo en ir y volver que el que estaría allí. Por eso, decidí comer en uno de los bares de la zona y volver pronto al gimnasio.
Nada más entrar, se me acercó una mujer que se veía que era más o menos de mi edad, pero con un aspecto de lo más… ¿ordinario? ¿Choni? ¿Poligonera? Uf, es que no sé ni cómo describirla, de verdad.
—Hola, ¿eres Nerea?
—Sí, soy yo. ¿Nos conocemos?
—Hasta este momento, personalmente, no. Pero sí que he oído hablar de ti.
—¿De mí? ¿A quién?
—A un conocido. No sé si te sonará el nombre de Felipe Fajardo…
—¿Perdona?
—No, no, si yo no tengo nada que perdonarte. Pero quiero que escuches algo.
Esa mujer sacó el móvil de su bolso y empezó a reproducir una grabación que, os prometo, me dejó con la boca abierta y con una sensación de ahogo, como si me estuviera muriendo ahí mismo.
En esa grabación se escuchaba una conversación entre Felipe y su madre, en la que mi chico decía barbaridades sobre mujeres que no eran de su estatus social.
— Mamá, ese tipo de mujeres solo vienen por el dinero, así que jamás tendría una relación con ninguna de ellas. Como mucho, me acostaría con ellas por un tiempo y se terminó.
— Entiendo que digas eso, pero no todas son iguales.
— Pues no he tenido el gusto de encontrarme con ninguna de ellas, fíjate.
— ¿Y esa chica con la que te estás viendo últimamente?
— Nada importante, mamá. Ya sabes por qué la traje el otro día, me tenías que servir de coartada.
— Sabes que no me gusta hacer esas cosas…
— Venga ya, mamá, ni que fuera la primera vez. Estaré con ella hasta que me canse y luego, pues, me buscaré a otra.
— Tienes que ir pensando en sentar la cabeza, Felipe, que ya vas teniendo una edad.
— Y lo haré, mamá, pero no con ella, no con Nerea, sino con alguien de mi misma clase social. ¿Te imaginas que forme una familia con una monitora de gimnasio?
— Tú sabrás con quién lo haces, pero hazlo pronto, que quiero tener nietos mientras todavía pueda disfrutar de ellos.
— No adelantes acontecimientos, mamá. Todo llegará, pero a su debido tiempo.
Os prometo que me hervía la sangre. ¿Esa conversación era cierta? ¿De verdad pensaba eso de mí, de nosotros? De repente, me entraron unas ganas horribles de vomitar, y salí corriendo hacia el baño, donde eché hasta la primera papilla que me dio mi madre.
Cuando salí del baño, todavía estaba esa mujer ahí, esperándome, y con una sonrisa en la cara, como si le hubiera importado una mierda el daño que me podía estar haciendo. Por eso, lo primero que hice fue pedirle que me enviara esa grabación por mensaje de WhatsApp.
—Aquí tienes mi número de teléfono. ¿Me lo puedes pasar, por favor?
—Por supuesto. Creo que debes tener las pruebas para poder enfrentarlo, o le dará la vuelta a la situación, como siempre hace.
—¿Has estado con él?
—Ni aunque fuera el último hombre en la Tierra. Para mí, un hombre tan clasista como él, que no valora a una mujer por cómo es, no merece la pena, por muy bueno que pueda estar.
Al final, salí de allí sin comer; se me había cerrado el estómago y no me entraba absolutamente nada. Iba camino al gimnasio, pero me lo pensé mejor y llamé a Fernando; no podía dar clases de la manera en la que me encontraba.
—Dime, Nerea. ¿Qué ocurre?
—Fernando, he salido a comer y, de repente, me he puesto mal. He vomitado lo más grande en el bar y me he tenido que ir sin probar ni agua.
—No te preocupes, vete a casa. Ya encontraremos a quien te sustituya; lo importante es que estés bien y te recuperes pronto.
—Gracias, Fernando. Mañana te llamo si sigo igual.
—Mira, cógete también el día de mañana y así puedo programar todas tus clases y repartirlas con calma.
—No sabes cuánto te lo agradezco, porque te juro que todo me da vueltas ahora mismo.
—¿Necesitas que llame a Felipe o que vaya yo mismo a buscarte?
—No, no, voy a parar un taxi. Mañana te llamo.
—Descansa, bonita.
Vi cómo pasaba un taxi en esos momentos por delante de mí, y lo paré. Pero no fui a mi casa, sino que le pedí que me llevara a la estación de autobuses, donde me subí a uno que salía hacia un pueblo de la sierra.
Necesitaba estar sola, necesitaba escuchar esa conversación otra vez, con tranquilidad, y comprobar que esa era la voz de Felipe. Si era cierto, cortaría cualquier contacto por lo sano. Para eso, debía estar tranquila unos días; por eso, no dudé y volví a llamar a Fernando.
—Dime, Nerea, ¿te ocurre algo? ¿Te has puesto peor?
—No, no es eso, al menos, no del todo. Pero debo pedirte un favor.
—Si está en mi mano, no dudes que lo haré.
—Tengo dos semanas de vacaciones todavía pendientes; sé que te dije que no las cogería y que prefería cobrarlas a finales de año, pero he cambiado de opinión.
—No tengo ningún problema con que la cojas a partir de mañana, pero dime la verdad. ¿Te ha ocurrido algo?
—Sí que me ha ocurrido, pero no me apetece hablarlo ahora. Te prometo que, en cuanto vuelva de las vacaciones, hablaré contigo.
—Nerea, quiero que sepas que estoy aquí para ti, para todo lo que necesites. ¿Lo sabes?
—Lo sé, pero ahora solo necesito distancia y tranquilidad, y eso es precisamente lo que voy a hacer.
—Pierde cuidado, te esperamos dentro de dos semanas. Recupérate de todo, bonita.
—Gracias, Fernando.
—No hay por qué darlas, Nerea.
Corté la conversación y esperé a que el autobús echara a andar. No le dije a nadie dónde iba, ni siquiera lo que me había sucedido. Simplemente, apagué el teléfono y dejé que el paisaje que íbamos viendo me distrajera de todo lo que me había sucedido.
Pasé la conversación a una de las carpetas de los archivos del teléfono para poder escucharla aun cuando lo tuviera en modo avión, que era lo que pensaba hacer en ese mismo momento, y antes de que Felipe se pudiera poner en contacto conmigo.
Sabía que si encendía el teléfono y veía mensajes o llamadas suyas, iba a volver a caer, y no quería hacer eso; tenía que pensar primero en mí, después en mí y, por último, en mí también.
Me acababa de dar cuenta de que había salido tan a la ligera que ni siquiera había cogido una mísera mochila con unas bragas limpias.
Esperaba que, cuando llegara, hubiera alguna tienda abierta y que pudiera comprarme un par de conjuntos de ropa interior y un par de chándales con los que poder tirar durante todos estos días.
Como un par de horas después, llegamos al pueblo.
Y sí, tuve suerte, y, nada más bajarme, vi cómo había una pequeña tiendita abierta, en la que había absolutamente de todo, y pude comprar lo que necesité, además de encontrar una habitación en un hotelito cerca del centro del pueblo que me pareció precioso.