No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 23
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Capítulo 23

Felipe

La clase de baile deportivo de las señoras mayores fue de escándalo. No me pude reír más con ellas; no podían tener más arte, esas tres. Bueno, arte y vitalidad, porque yo estaba como si me hubiera atropellado un camión después de que me tiraran desde lo alto de la azotea.

¡Madre mía de mi alma! ¿Cómo se podían mover de esa manera, con casi ochenta años, y sin cansarse? Si yo tenía cincuenta años menos que ellas y, después de los primeros diez minutos, estaba deseando que parara un solo minuto.

Pero si la primera clase fue de lo más simpática y divertida, la segunda no empezó con buen pie. Una de las ejecutivas que asistían a la clase se puso a increpar a Nerea en mi presencia, y eso no me gustó absolutamente nada.

Por supuesto, las conocía, aunque fuera de vista, y, si no me había fijado en ninguna de ellas fuera, no lo iba a hacer en estos momentos, mucho menos cuando tenía pareja, cuando había conseguido conectar con una mujer más allá del tema sexual.

Menos mal que estaba Fernando ahí para ver cómo Nerea le paraba los pies y no solo la apoyó, sino que les dijo a esas mujeres que, si no estaban conformes, ahí estaba la puerta. Cosa que no dudaron en hacer: abandonaron la clase y dijeron que pondrían una hoja de reclamaciones.

Noté el alivio en la cara de Nerea, sobre todo, cuando una de las chicas, de lo más educada, por cierto, se acercó a ella para darle la enhorabuena por haber puesto en su lugar a esas mujeres.

Me sentí muy orgulloso de ella, pues había demostrado tener una seguridad en sí misma que no me esperaba que tuviera, la verdad.

Nerea me dijo que esa noche dormiría en su casa, pues tenía muchas cosas que hacer y que preparar, y lo entendí. No era cuestión de irnos a vivir juntos de la noche a la mañana; teníamos que tomarnos nuestro tiempo y no acelerar las cosas, porque, luego, se nos podría volver en contra.

—¿Te llevo a tu casa?

—Pues, si lo haces, te lo agradeceré eternamente, porque estoy muerta hoy.

—Si tú estás muerta, yo estoy ya incinerado y todo, verás tú mañana cuando me levante.

—No, mañana no, esta noche, cuando te duches y se te relajen los músculos.

—Venga, sigue dándome ánimos, chica.

—Toma, cuando llegues a casa, tómate un batido de estos, que son de proteínas.

Nerea sacó de su bolso una caja de un preparado alimenticio que, según me contó, era para reponer los nutrientes y evitar que las agujetas me dejaran incapacitado durante todo el día.

Nos subimos a mi coche, y la llevé hasta la puerta de su edificio, donde paré mi coche para que pudiera bajarse. Antes de que lo hiciera, la besé como llevaba deseando hacerlo desde que la vi enfrentarse a esas mujeres, pero no quise incomodarla más.

—Te echaré esta noche de menos, que lo sepas.

—Yo también, Felipe, pero ambos necesitamos espacio.

—Lo sé, y lo entiendo, pero eso no significa que no te vaya a extrañar.

Volvimos a besarnos, y la dejé que entrara en su portal, pero no me marché hasta que no la vi entrar en el ascensor. Una vez que hizo eso, arranqué de nuevo el coche y me marché hacia mi casa. Estaba deseando llegar, darme una ducha y tumbarme en el sofá, frente a la chimenea.

Todavía no había hablado con Damián sobre cómo había ido la reunión de esta mañana. Lo cierto era que se me había olvidado por completo. Era la primera vez en toda mi vida que anteponía mi vida personal a la laboral, y no sé si me dio más miedo que vergüenza, la verdad.

Entré en mi propiedad, aparqué mi coche y me dirigí al interior. Lo primero que hice fue irme a la ducha y ponerme cómodo, hacerme el batido que me había dado Nerea y, una vez que tuve todo esto listo, me senté en el sofá y llamé a Damián.

—Dime, Felipe, estaba esperando tu llamada.

—Primero, disculparme por no haber llamado antes.

—No tienes por qué disculparte por nada, amigo. Es la primera vez, en todo el tiempo que hace que te conozco, que te antepones tú a todo lo demás, y me gusta mucho, porque eso significa que estás empezando a vivir.

—Joder, ni que hubiera estado viviendo en el interior de mi despacho.

—Poco te faltaba. Pero bueno, dime para qué me has llamado.

—¿Cómo ha ido todo esta mañana en la reunión?

—Todo ha ido perfecto. Incluso hemos dejado firmado un preacuerdo, que está a la espera de que tú lo revises mañana, para que se pueda formalizar.

—¿Me lo puedes enviar a mi correo electrónico?

—Claro, pero… ¿no sería mejor que ocuparas el tiempo que queda del día con tu chica?

—No, porque estoy solo. Nerea se ha quedado en su casa hoy, tenía muchas cosas que hacer.

—¡Madre mía de mi alma! Sois tal para cual.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que no sé cuál de los dos tiene más miedo de eso que estáis sintiendo.

Solté una carcajada, porque si alguien era capaz de leerme de esa manera, ese era él. Además, me lo dijo como quien lava y no enjuaga, como el que está hablando de que está nublado y puede llover, con toda la naturalidad del mundo.

—No vas muy desencaminado, amigo.

—Por supuesto que no. Bueno, te envío el correo ahora mismo, para que te entretengas y no eches de menos a tu chica.

—Precisamente eso es lo que pretendo, Damián.

Nos despedimos y cortamos la llamada, pero no me dio tiempo casi a soltar el móvil cuando me llegó una notificación del correo electrónico. Me levanté y me dirigí hasta mi despacho, de donde cogí el portátil y me fui con él al salón.

Lo encendí y me llevé hasta bien entrada la noche leyendo y anotando algunas cosas que debíamos cambiar para que nos fuera más beneficioso a ambos. Se me estaban cayendo los ojos de sueño, y por eso, dejé la redacción del nuevo contrato para el día siguiente, que lo haría en la oficina.

Esa noche descansé como hacía tiempo que no lo hacía, y me levanté como nuevo. Joder, ya me podía haber dado el batido ese el primer día que entrenó conmigo. Hoy no podía acudir al entrenamiento, pues tenía que redactar el contrato y asistir a una reunión que era ineludible.

Por eso, y para que no me esperara, le envié un mensaje de texto a Nerea. Pero bueno, tengo que reconocer que tan solo era una excusa para poder ponerme en contacto con ella sin resultar agobiante.

Felipe: Hola, preciosa. Buenos días… ¿Qué tal has pasado la noche?

Ni dos minutos después, ya tenía la respuesta en mi teléfono, pero en forma de llamada en vez de contestación al mensaje. Ella tuvo las agallas que a mí me faltaron para hacerlo, aunque a mi favor tengo que decir que había esperado a que yo me pusiera en contacto con ella para hacerlo.

—Hola, bonita. ¿Qué tal has pasado la noche?

—Hola, precioso. Pues, he dormido muy bien, no sé si por el cansancio o por qué, pero tengo que reconocer que te he echado muchísimo de menos.

—Yo también he descansado, pero cada vez que me daba la vuelta en la cama, cada vez que me giraba buscándote, el vacío que encontraba a mi lado no me gustaba nada.

—Bueno, esta noche podemos pasarla juntos, si te apetece.

—Por supuesto que me apetece, mucho más cuando no te voy a poder ver hasta esta tarde, como muy pronto.

—¿No vienes al entrenamiento?

—Me es prácticamente imposible, bonita, tengo trabajo que no puedo dejar para más tarde.

—¿No tienes tiempo ni para un cafecito rápido?

—A ver, déjame comprobar la hora que es…

Miré mi reloj y vi que faltaban como diez minutos para las siete y media de la mañana; podría alargar mi entrada en la oficina, como mucho, hasta las ocho y media. Así que, si estaba lista en diez minutos, podríamos tomar ese café.

—Si puedes estar abajo en diez minutos, que es el tiempo que tardaré en llegar hasta allí, podemos desayunar juntos.

—Pues cuelga y ve a por el coche, que ya estoy saliendo de mi casa.

Empecé a reírme de una manera descontrolada, porque su naturalidad, su manera de decir las cosas, era algo que me fascinaba. Me despedí de ella y corté la llamada, cogí mi abrigo y mi maletín, y salí rumbo a su casa, dispuesto a recogerla.

Efectivamente, en cuanto doblé la esquina que me llevaba hasta la puerta de su edificio, la divisé desde lejos. Iba con su habitual ropa deportiva, además de con un buen chaquetón de plumas y su mochila al hombro.

—¿Está esperando a alguien, señorita?

—Pues sí, pero si me dice que lo acompañe, yo no tengo ningún inconveniente en hacerlo, caballero.

—Tengo que decirle que no voy con buenas intenciones, porque, ahora mismo, tan solo con verla, me están entrando unas ganas enormes de besarla.

—Uy, si parece que me ha leído el pensamiento, señor Fajardo.

—Si me vuelves a llamar así, no respondo, señorita Luján.

Nerea soltó una carcajada, que me contagió, mientras que abría la puerta del copiloto y entraba en el coche.

No aguanté más, la cogí por la nuca y la acerqué a mí, haciendo que nuestras narices se rozaran.

Estuvimos así durante unos minutos, en los que ninguno apartaba la mirada del otro, hasta que nos besamos como ambos necesitábamos.

En cuanto que nos separamos, puse el coche de nuevo en marcha y me dirigí hacia la cafetería que había a medio camino entre el gimnasio y mi oficina, para que ninguno tuviera ventaja a la hora de incorporarse.

Sabía que Nerea entraba a las ocho y media, que era su primera clase conmigo, aunque no estuviera yo presente, ella sí que tenía que acudir, y ya se pondría a preparar algo o echarle una mano a alguno de sus compañeros.

Entramos en la cafetería, pero lo que no esperábamos encontrar allí, y mucho menos tan temprano, era a Natalie con una de las chicas que Fernando invitó a abandonar el día anterior de las clases de baile deportivo.

—Mira a quién tenemos aquí, a los amantes de Teruel, tonta ella y tonto él —dijo Natalie.

—Chica, no te sofoques más. El tiempo pondrá todo en su sitio, y a esta mosquita muerta le va a durar Felipe dos telediarios —añadió la otra.

La manera que tenía de mirarme, como si ella supiera algo que podría destruirme, hizo que me inquietara. Joder, con lo bien que había empezado yo la mañana y tenía que encontrarme a estas dos para que me jodieran el día.

—No nos conocemos de nada, así que lo que dices es de oídas de tu amiga, nada más —le respondí.

—¿Estás seguro de que no nos conocemos?

—Completamente seguro.

—Pues yo no lo estaría tanto, y le daría una vueltecita a la cabeza, campeón. Y cuando quieras repetir, ya sabes, me llamas, que yo sí que soy capaz de darte lo que ella no te va a dar en la vida —me dijo.

Nerea me miró de manera interrogante, pero juraba por mi vida que yo no conocía a esta mujer más que de haberla visto en alguna que otra reunión de trabajo o entrega de premios a los que había asistido.

Le negué a Nerea con un gesto que hice con la cabeza, pero no estaba seguro de que me hubiera creído o, al menos, de que me hubiese entendido. Por eso, en cuanto nos sentamos a la mesa a desayunar, se lo dije de viva voz.