No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 22
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Capítulo 22

Nerea

No nos podíamos creer la maldad que había tenido Luca, en especial yo, que lo había metido en mi cama en multitud de ocasiones, y pensaba que era mi amigo y que podía contar con él para cualquier cosa.

—Es que, de verdad, no entiendo cuál ha sido el detonante para que haya cambiado tanto.

—Eso es fácil, cariño. El detonante de todo esto ha sido mi aparición en tu vida.

—¿Tú crees? Porque yo le dejé clarísimo que entre nosotros no había más que una amistad con derecho al sexo de vez en cuando.

—Yo también le dije lo mismo a Natalie, y fíjate la que me ha liado.

—Es cierto. Hay personas que no entienden un no como respuesta, sino que siempre tienen que salirse con la suya, da igual lo que tengan que hacer y a quién tengan que pisotear.

—Por eso, ahora más que nunca, debemos mantenernos unidos, que nada ni nadie pueda meter mierda entre nosotros. Si alguna vez llega algo a nuestros oídos, lo que sea, tenemos que hablarlo, Nerea. No podemos guardárnoslo ni sacar conclusiones precipitadas.

—Estoy de acuerdo contigo, porque tengo claro que esta no será la primera vez que alguno de los dos se invente algo así para separarnos.

—Algo así, o de cualquier otro tipo, que nunca se sabe.

Comimos juntos y, cuando llegó la hora de volver al gimnasio, como Felipe quería hacer con nosotras, con mis chicas de la asociación, una clase de baile deportivo, y no tenía ropa adecuada para eso, paró en una tienda de deporte para hacerse con algo que le sirviera.

Eligió un pantalón de algodón que le quedaba de miedo, y que le marcaba el culo de una manera bestial.

Además de eso, también se compró una camiseta sin mangas y unas zapatillas deportivas.

En el momento en que lo vi salir de aquel probador, vestido de esa manera, os prometo que me dieron ganas de devolverlo con un solo empujón.

—Verás tú cuando te vean mis señoras…

—¿Tan mal me queda?

—¿Mal? Estás para mojar pan, chico. Y si no me crees, tan solo tienes que girar la cara hacia la chica que atiende en la caja, que te mira como si fueras la última botella de refresco de cola fría en el desierto.

Felipe soltó una carcajada que resonó en toda la tienda, pero, en vez de mirar hacia donde yo le había indicado, para elevar su ego, lo que hizo fue cogerme de la cintura y besarme en los labios.

Fue como si quisiera dejar claro ante todo el mundo que solo tenía ojos para mí, y no puedo negar que me gustó demasiado.

Mi chico pagó la compra en la caja y metió su traje de chaqueta, así como toda la ropa que llevaba puesta, en una bolsa que le facilitó la chica de la tienda. Salimos de allí y nos fuimos directos al gimnasio, entrando de la mano a la sala de baile deportivo.

—¡Madre del amor hermoso! —exclamó Fefi, desde el final de la clase.

—Chiquilla, ¿dónde se compran hombres así? Porque yo pienso hacerme asidua a esa tienda —añadió Crisi.

—Nerea, cariño, ten cuidado con estas dos lobas que, con todos los años que tienen en lo alto y todo, son capaces de saltarles al cuello y proponerle un trío —dijo Nandi.

Felipe no sabía si reír o llorar, porque, de momento, se vio rodeado de todas las mujeres. Mientras que unas le daban dos besos, otras intentaban tocarle el culo. Yo las observaba, hasta que ya no pude más y solté una carcajada. Parecían una manada de hienas intentando cazar a un cachorrito.

—Chicas, chicas, ya, no seáis acosadoras, por favor, o mi chico no vendrá a ninguna clase más —les dije.

—Hija mía, es que tu chico está para ponerle un piso —dijo Nandi.

—Yo, si se viene conmigo un ratito, le pongo el mío a su nombre —dijo Fefi.

—Tú, calla, que ya nos quitaste a Gustavo, así que pasas a la última de la lista —dijo Crisi.

—Lo siento por todas vosotras, señoras, pero en mi lista nada más que hay un nombre, el de mi chica, Nerea —les dijo Felipe, intentando que lo dejaran un poquito en paz.

—Desde luego, es que las hay con suerte. Eso sí, aunque nada más que te cate ella, no nos vayas a privar de tu compañía, que, a esta edad, con mirar un buen culo, nos conformamos —dijo Nandi, haciéndonos reír a todos.

—Vamos, todas a sus posiciones. Felipe, tú ponte aquí delante, para que cojas bien el ritmo —le dije a mi chico, ganándome la ovación de todas las mujeres.

Era muy sencillo, si mi chico se ponía justo detrás de mí, le podían ver el culo todas, aunque no se lo había dicho por eso, sino porque era la primera clase de baile deportivo de Felipe y, si se situaba al fondo de la clase, no iba a ser capaz de seguirnos ni en el primer paso.

Puse música y me situé delante de la clase, sobre mi atril, y empezamos a movernos de forma completamente coordinada. Cuando miré a Felipe, era como un pato mareado, mientras las señoras lo jaleaban como si fuera el stripper de una despedida de soltera.

—¿Podemos parar cinco minutos? —me preguntó Felipe, casi sin resuello.

—No, porque quedan diez minutos para terminar esta clase. Venga, chicos, vamos a por el último tramo —le contesté.

—¿Cómo aguantan estas mujeres este ritmo? ¿Qué van a pilas?

Solté una carcajada que se escuchó en toda la sala en la que estábamos. Mientras que mis señoras iban saliendo, despidiéndose de mí, como si hubieran salido de una clase de yoga en vez de una de baile deportivo, Felipe estaba tumbado en el suelo, como una esterilla más.

—No me puedo creer que estas señoras de novecientos años tengan más resistencia que yo, te lo juro.

—Novecientos años, dice, tampoco eres exagerado.

—No me digas que, entre todas, no alcanzan esa cifra, porque no me lo creo. Pero vamos, que yo firmo ahora mismo llegar a su edad con esa vitalidad.

—Pero no sabes lo mejor de todas ellas.

—¿Hay más?

—Claro que sí, ahora todas ellas se duchan y salen de aquí arregladitas para irse al baile de la asociación, donde se pasan como dos o tres horas bailando con los señores.

—¡Júramelo!

—Te lo prometo. Son geniales mis señoras mayores.

—¿Señoras mayores? Mayor soy yo, cojones, que he venido dos veces al gimnasio y salgo con agujetas hasta en el cielo de la boca.

—Venga, señor mayor, que ahora vienen las estiradas. ¿Te quedas?

—Me quedo, pero no pienso levantarme de aquel banquito que hay junto a la tarima en la que das tus clases —me contestó, y yo empecé a reír.

Esta clase era la que menos me gustaba, aunque, después de que echaran a Natalie del gimnasio y le prohibieran la entrada, era lo mismo y un poquito menos tediosa que en las ocasiones anteriores.

Estábamos charlando Felipe y yo, cuando entró la primera, que se lo comió con la mirada. No voy a decir que me gustara ese gesto, pero bueno, era lo que había y no podía decir nada al respecto. Al menos hasta que llegó la segunda, que fue aún más descarada que ella.

—Bueno, ¿tenemos un compañero nuevo o es un nuevo monitor de baile deportivo? Porque, aunque lo haga peor que tú, yo lo prefiero, chica, al menos tiene más estilo vistiendo —me dijo, con sorna.

—Pues lo siento, pero ni es un nuevo compañero, ni mucho menos es un monitor. Es mi chico, y está aquí para acompañarme en esta clase —le contesté, visiblemente enfadada.

—Qué cierto es eso que dicen que no está hecha la miel para la boca del asno —contestó la primera.

—No pienso consentir ni una sola falta de respeto más. Ya estoy harta y cansada; si no os gusta mi clase, ya sabéis dónde está la puerta —le contesté, sin saber que Fernando estaba en la puerta.

—Muy bien dicho, Nerea. Vamos a ver, ya se ha expulsado a una clienta por una falta de respeto, y no tengo ningún problema en expulsar a alguien más. El gimnasio tiene lista de espera para esta clase, así que quien no esté conforme ya puede ir saliendo —les dijo Fernando.

Me quedé mirándolas, y un par de ellas se marcharon, prometiendo que pondrían una hoja de reclamaciones, pero me dio exactamente igual. Es más, me quedé de lo más a gusto, porque, precisamente, se habían ido las que más por culo daban.

La clase transcurrió sin problemas y se me hizo de las más cortas. Cuando terminamos, Marcela, una de las chicas, se acercó a mí y me dio un abrazo. La miré porque no sabía a qué había venido eso, y ella, con una sonrisa, no tuvo ningún inconveniente en aclarármelo.

—Nerea, gracias por ponerte en tu sitio, yo también estaba cansada de que te trataran como una mierda por no llevar ropa de firma.

—Gracias, Marcela, pero ya he llegado a mi límite.