No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 21
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Capítulo 21

Felipe

Todo aquello me estaba desconcertando y tocando los cojones a partes iguales. Llevaba toda la mañana en el puto gimnasio, averiguando qué era lo que estaba sucediendo y quién estaba detrás de todo eso, dejando mi trabajo y mis obligaciones a un lado, como si fuera un inconsciente.

En esos momentos, recibí una llamada de Damián, pues teníamos una reunión con unos posibles clientes en menos de media hora. Mi cabeza me decía que tenía que irme, que ellos ya aclararían lo que sucedía, pero mi corazón me indicaba que no podía irme, o la decepcionaría muchísimo.

—Si me permitís un momento, tengo que atender a esta llamada —les dije.

—Por supuesto, mientras tanto, esperaremos a que llegue Luca —me contestó Fernando.

Me fui a un lateral para hablar con Damián que, al escuchar lo que le estaba contando, decidió que me quedara allí, en el gimnasio, que ellos se ocupaban de todo y me justificarían ante el cliente con una visita al médico, y no os podéis imaginar lo que se lo agradecí.

Como Luca no venía, fue Fernando quien bajó a buscarlo, sin decirle absolutamente nada.

Utilizaría el supuesto despido de Nerea para atraerlo a su despacho, con la excusa de tener que cuadrar el resto de sus clases.

Para eso, nos pidió a Nerea y a mí que nos mantuviéramos ocultos en el cuarto de baño que había en su despacho.

—Dime; Fernando. ¿Qué ha ocurrido para que hayas despedido a Nerea?

—Luca, no te hagas el tonto, que lo sabes muy bien. Tú y esa clienta pusisteis una queja a mi nombre, diciendo que se había liado con su cliente en la misma sala de entrenamiento, faltándole el respeto a todos los que estaban allí.

—Bueno, pero siempre puedes pedirle que lo deje y que recupere su trabajo. Yo me puedo ocupar de convencerla, si quieres.

—No, yo creo que tienes cosas mejores que hacer, como explicarme por qué, coño, has contestado al teléfono de recepción como si fuera yo, o por qué has permitido que Nerea incumpla una de las normas fundamentales del gimnasio.

—Yo no he hecho nada de eso; te lo estás inventando y no puedes demostrar nada.

—¿Estás seguro? Porque yo creo que sí que puedo. Será mejor que me confieses ahora tus intenciones, o de lo contrario, el que vas a terminar despedido eres tú.

—No puedes hacer eso, ya te he dicho que no podrás probarlo…

—Felipe, Nerea, ¿podéis salir, por favor? —nos preguntó Fernando.

—Aquí estamos.

—¿Me dejas tu teléfono, si eres tan amable?

La cara de Luca era un poema. Me miraba con odio, con maldad, como si fuera imposible demostrar lo que había hecho, sin saber que lo teníamos todo grabado.

Puse mi móvil en las manos de Fernando, ya desbloqueado, porque sabía lo que iba a hacer. Cuando marcó el teléfono de la recepción del hotel, el que sonó fue el de Luca, al que se le cambió el color de su rostro.

—Esto no demuestra nada… —dijo, intentando defenderse.

—Pero esto, sí que lo demuestra.

Fernando le dio a reproducir, tanto en el ordenador como en mi móvil, la llamada que Nerea le había hecho hacía tan solo unos minutos y que se había quedado registrada. Lejos de justificarse, lo que hizo fue enfrentarse a mí, hasta llegar a querer golpearme.

—Eres un cabrón. ¡Déjala en paz! Yo soy el hombre que necesita a su lado; tú nada más que le puedes dar sexo, y encima, no del que le gusta a ella —me dijo, gritando.

—¿Qué sabrás tú lo que le puedo dar yo, gilipollas? Aléjate de ella; no te quiero cerca de Nerea. Tan solo le haces daño —le respondí.

—Luca, te he dado la oportunidad de explicarte y de disculparte, pero teniendo en cuenta tu actitud, no puedo nada más que despedirte. Te pagaré la indemnización, en reconocimiento a los años que llevas trabajando conmigo, pero nada más —le dijo Fernando, visiblemente afectado.

—No quiero nada tuyo, eres igual que él. ¿Acaso te piensas que no sé que le pones los cuernos a tu mujer con un montón de clientas? ¿Te pensabas que no sabía que te tiras a Marcela, una de las ejecutivas que va a la clase de baile deportivo? —le espetó.

—Para empezar, lo que yo haga en mi vida privada no es asunto tuyo. Y te aconsejo que no hagas el idiota ni que vayas a visitar a mi mujer, porque podrías encontrarte con algo que no esperas y quedar como un imbécil.

—¿Imbécil? No, para nada. Tú lo que temes es que se te desmonte el chiringuito, y que tu mujer te ponga las maletas en la puerta.

—¿Quieres comprobar que eso no es así?

Nos quedamos de piedra cuando Fernando marcó el número de su mujer, que contestó al instante, y le preguntó si había llamado ya a Marcela, la ejecutiva a la que se había referido antes.

—Sí, cariño, la he llamado, pero dice que esta noche no puede porque tiene una cena de negocios. Por lo tanto, tendremos que conformarnos con los juguetitos sexuales, aunque ya sabes que a mí lo que me gusta es el calor del cuerpo humano… —le dijo su mujer, dejándonos a todos atónitos.

—Bueno, en todo caso, podrías llamar a otra de las chicas. Ya sabes que a Marcela no le importa que avisemos a alguien cuando ella no puede —puntualizó Fernando.

—Eso haré. Te aviso cuando localice a alguien. Un beso, cariño.

—Otro para ti.

Fernando cortó la llamada y miró a Luca con una sonrisa de satisfacción, que el otro interpretó como una derrota. Quiso golpear a su jefe, pero lo que nadie esperaba, bueno, ni él ni nadie, fue que Nerea le hiciera una llave y lo tirara al suelo, dejándolo completamente bloqueado.

—No sigas metiendo más la pata, Luca. Sé un hombre, admite tus errores y sal de aquí con la dignidad que te quede —le dijo Nerea.

—Os vais a arrepentir de esto, os lo juro por todos mis difuntos —le contestó.

Nerea lo dejó que se levantara, se sacudió la ropa y salió de allí dando un portazo, no sin antes lanzarme una mirada que, si las miradas matasen, yo habría caído fulminado en ese mismo momento.

—Siento que os hayáis visto involucrados en todo esto, y os pido mis más sinceras disculpas —nos dijo Fernando, pero no me iba a quedar callado, ni mucho menos.

—Y yo te las acepto, pero creo que, si Luca ha sido despedido, la otra, Natalie Segura, también debería de ser expulsada del gimnasio. Al fin y al cabo, estoy seguro de que ha sido la autora intelectual de todo esto —le dije.

—Por supuesto que sí, ahora mismo estaba dispuesto a bajar y darle la noticia, prohibiéndole la entrada de por vida en este y en cualquiera de mis otros negocios —admitió Fernando.

Antes de bajar, nos estuvo contando que, desde hacía muchísimo tiempo, su mujer y él decidieron abrir la pareja, pero con unas condiciones. Unas veces sería un hombre, y en otras, una mujer, la que los acompañara en la cama, pero nunca podía ser por separado.

A ver, nos explicó que, si alguno tenía una necesidad específica, si cualquiera de los dos quería acostarse con otra persona, tenía que ser en presencia del otro, y que admitiera que también jugara con ellos, y les había ido de maravilla.

—No nos tienes que dar explicaciones, Fernando, es tu vida privada, y a ninguno nos importa lo más mínimo —le dijo Nerea.

—Lo sé, pero quiero que os quede claro que no es que yo me acueste con todo el mundo, sino que mi mujer es consciente de todo y se hace en su presencia, y disfrutando —se excusó.

Bajamos al gimnasio, pero antes de hacerlo, le dio a Nerea la mañana libre, ya que sus compañeros la habían sustituido, no así en las horas de la tarde. Entre unas cosas y otras, ya eran casi la una y media de la tarde, y por eso decidimos que nos marcharíamos a comer.

Menos mal que había programado mi teléfono para que grabara todas las llamadas, porque, de lo contrario, no habríamos podido demostrar nada y, en estos momentos, la que estaría en la calle sería Nerea, todo por la maldad de esas dos personas.

Nos decidimos por hacerlo en una de las cafeterías que había cerca del gimnasio, nada formal, nada demasiado elegante, sino algo que nos llenara y que pudiéramos quemar en la clase de baile deportivo, porque no me pensaba perder esa clase ni conocer a esas mujeres de las que tanto me había hablado Nerea.

—Ya las conocerás, pero que sepas que no te van a dejar tranquilo, porque son de armas tomar.

—Y a mí que me gustan las mujeres así. Si me gustan bastante, le diré a mi madre que se apunte.