No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 20
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Capítulo 20

Nerea

Tal y como entré en el gimnasio, me encontré con el gerente, que me miraba como si hubiera cometido un asesinato. No me cuadraba su actitud con lo que me había contado Felipe, y por eso, no dudé en preguntar qué era lo que le ocurría.

—¿Te ocurre algo, Fernando?

—¿Encima tienes la poca vergüenza de preguntarme eso, Nerea?

—Hombre, acabo de llegar y me recibes con esa cara… ¿No crees que es lo más lógico?

—No cuando llegas casi dos horas tarde al trabajo.

—Eso no es cierto. Mi primera clase era con Felipe Fajardo, y esta mañana, temprano, me llamó para decir que la clase se daría en su domicilio, y tú le has dicho que no había problema.

—¿Cómo voy a admitir yo algo así? Las clases y los entrenamientos se imparten en el gimnasio; en ningún caso se realizan a domicilio. El cliente que lo quiera de ese modo, tendrá que buscarse un entrenador personal que se adapte a sus necesidades.

—Eso no es así, y ahora mismo te lo voy a demostrar.

Por primera vez, pensé que Fernando me estaba tomando el pelo, o que pretendía abrirme un expediente por absentismo laboral que le permitiera despedirme sin tener que darme indemnización, pues sería un despido procedente, y eso sí que no me lo podía permitir.

Lo primero que hice fue llamar a Felipe, allí, delante de él, para que me explicara con quién había hablado y a qué hora. Tardó como seis o siete tonos en responder a mi llamada, por lo que supuse que estaría en una reunión o algo así.

—Dime, preciosa.

—Felipe, tengo un problema en el trabajo…

—¿Qué sucede?

—Fernando, el gerente del gimnasio, dice que llego casi dos horas tarde a trabajar, y que él no ha autorizado la clase fuera de aquí.

—Estaré allí en diez minutos y le demostraré que todo es cierto.

—Gracias, Felipe.

Miré a mi jefe, como diciendo: te vas a cagar. No sabía la manera en la que Felipe podría demostrarlo, pero, fuera como fuese, me daba exactamente lo mismo; el caso es que pudiera hacerlo y no me afectara en mi vida laboral.

—Tengo una clase ahora, pero, en cuanto llegue Felipe, por favor, me avisas, que quiero estar presente.

—¿Tienes que sustituir a tu compañera?

—Sí, lo llevo haciendo desde que está de baja.

—Vale, no quiero que des esa clase tú ahora, se la pondré a Silvia, que está libre.

—¿Por algún motivo especial?

—Sí, porque quiero que estés presente cuando no haya nada que demostrar.

Salí a la puerta del gimnasio a fumarme un cigarrillo, pues los nervios me estaban comiendo por dentro.

¿Por qué hacía eso Fernando ahora, conmigo?

¿Qué mosca le había picado para actuar de esa manera?

En todos los años que llevaba trabajando en el gimnasio, jamás había faltado; ni siquiera cuando murió mi yaya, me cogí los días que me correspondían.

Vi a Felipe llegar de lejos, y venía bastante enfadado, a juzgar por la cara que traía. Si todo esto que estaba formando Fernando se correspondía con mi relación con Felipe, me iba a oír, porque no sería ni el primer ni el último cliente que se liaba con uno de los entrenadores.

—¿Qué ha sucedido?

—Lo que te he contado. Fernando dice que él no ha hablado con nadie ni ha autorizado nada de eso, porque, entre otras cosas, los entrenamientos fuera del gimnasio están completamente prohibidos.

—Vamos dentro, que le voy a demostrar todo lo que hemos hablado esta mañana.

—¿Cómo lo vas a hacer?

—Desde hace unos meses, y debido a que tuve un problema con un proveedor que negaba mi llamada de teléfono, tengo mi móvil programado para que grabe todas y cada una de mis llamadas, tanto las enviadas como las recibidas.

—Joder, Felipe, eres un genio.

—Venga, que se va a tener que tragar todas sus palabras.

Al entrar en el gimnasio, Fernando nos esperaba y se fijó en que Felipe me llevaba cogida de la mano, con los dedos entrelazados. Nos miró con una sonrisa que no presagiaba nada bueno, pero eso fue lo que menos me preocupó, la verdad.

—Ya veo que es cierto lo que ha llegado a mis oídos —me dijo, sin apartar la mirada de nosotros.

—¿Hay algún problema? Porque, desde nunca, la vida personal de los empleados ha interferido en el trabajo.

—No, mientras que no moleste al resto de los clientes, pero no ha sido el caso. Ha habido un par de clientes, aparte de algunos compañeros, que ya han presentado quejas ante mí.

—Venga ya, Fernando, no me hagas reír. ¿Cuántos entrenadores han tenido relaciones con sus clientes? Si incluso ha habido quienes se han liado con gente casada, por favor.

—Sea como fuere, no va de esto, sino de que alguien ha osado ponerme de mentiroso, y aquí tengo la prueba de que todo lo que he dicho es cierto —dijo Felipe, sacando su móvil del bolsillo de su chaqueta.

Mi chico buscó entre sus conversaciones y reprodujo la llamada, poniendo el altavoz de su móvil para que todos pudiéramos escucharla. En cuanto escuché las primeras palabras del interlocutor, mi cara se puso blanca, como la pared.

—Ese no soy yo. Entre otras cosas, porque a esa hora yo continuaba en mi casa, y mi mujer lo puede confirmar —dijo Fernando, triunfante.

—Eso no puede ser, este es el número del gimnasio. A no ser que… —Felipe se quedó a mitad de camino con sus palabras, unas que yo terminé.

—A no ser que alguien quiera putearme, y yo sé quién es esa persona. He reconocido la voz al momento —dije, casi sin que me saliera la voz.

—¿Perdona? ¿Qué quieres decir? —me preguntó Felipe, desconcertado y enfadado a la vez, pues no entendía a qué me refería.

—Esa persona que cogió el teléfono es Luca y exijo que ahora mismo lo comprobemos.

—¿Cómo se puede comprobar eso?

—Muy sencillo, yo saldré de aquí y llamaré preguntando por él, pero desde el teléfono de Felipe, y comprobaremos que las dos voces pertenecen a la misma persona.

—Venga conmigo, señor Fajardo. Descargaremos ese audio en mi ordenador portátil, para que sea más fácil comprobarlo —le dijo Fernando.

Felipe me tendió su teléfono y salí de allí para que Luca no pudiera verme. Él estaba en la sala de entrenamiento con Natalie, pero sabía que, en cuanto le dijeran que yo lo estaba llamando, iría corriendo a ver qué era lo que me ocurría.

Dicho y hecho, marqué el mismo número que había marcado Felipe esta mañana y, curiosamente, me contestó Luca, que no debía estar en la recepción a esa hora.

—Hola, soy Nerea y necesito hablar con Luca con urgencia, por favor.

—Hola, Nerea, soy yo. ¿Qué te ocurre?

—Fernando me ha despedido.

—¿Que te ha despedido? ¿Por qué?

—Por mi relación con Felipe. Me ha puesto un ultimátum porque alguno de nuestros compañeros se ha quejado de ello. Así que me ha dicho que tengo dos opciones: dejarlo y recuperar mi trabajo, o perder mi trabajo y seguir con él.

—Te lo dije, Nerea, ese hombre te iba a dar muchos problemas. No es de tu mismo estatus social; además, te ve como un capricho. Déjalo, por favor, y vuelve conmigo; si quieres algo serio, yo te lo puedo dar…

—Gracias, Luca. Ya hablaremos.

Corté la llamada más convencida que nunca de que todo esto tenía que ver con él y con la cabrona de Natalie, que, seguro, lo había convencido de la mejor manera que sabía: con sexo fácil, con promesas que no pensaba cumplir.

Entré de nuevo en el gimnasio, pero no accedí por la puerta principal, sino que subí por la escalera del fondo, la que daba directamente al despacho de Fernando, donde me estaban esperando los dos, completamente expectantes.

—Para empezar, Luca tiene desviadas todas las llamadas de la recepción a su teléfono móvil…

—¿Qué me estás contando, Nerea? —Me preguntó Fernando.

—Puedes comprobarlo tú mismo. He llamado a recepción y me ha contestado él, como si estuviera allí mismo, cosa que no es cierta, porque, en la recepción seguía estando Marijo.

Reproduje la conversación y pudimos comprobar que las dos voces correspondían a la misma persona. Se me formó un nudo en el estómago. ¿Qué motivos tenía Luca para querer que me echaran del trabajo? ¿Hasta dónde estaba dispuesto a llegar?

—Voy a hacer una comprobación, porque no sé si tan solo ha desviado las llamadas del señor Fajardo o si han sido todas —comentó Fernando.

—Perfecto, vamos a comprobarlo —le contestó Felipe.

Fernando cogió el móvil y llamó a recepción; contestó Marijo y dijo que no se habían recibido muchas llamadas hoy. A continuación, fue Felipe quien marcó el mismo número que había marcado mi jefe, y le salió la voz de Luca.

—Buenos días, me gustaría hablar con el gerente, por favor.

—Buenos días, soy yo. ¿En qué puedo ayudarle?

—Le estoy esperando en su despacho, si es usted tan amable de venir…