Capítulo 19
Felipe
Por fin había conseguido que Nerea entendiera que no había sucedido, ni volvería a suceder, nada entre Natalie y yo. La conversación con mis padres también ayudó mucho; no voy a negar lo que es evidente. Mi madre la acogió con toda la naturalidad posible, y Nerea lo aceptó con mucho gusto.
—Quiero que pases la noche conmigo —le dije, en cuanto salimos de la casa de mis padres.
—¿Estás seguro? Mira, no quiero precipitar las cosas…
—¿Todavía no confías en mí?
—Si te soy sincera, todavía tengo mis dudas, pero bueno…
—Te juro que no quiero tener nada con ninguna otra mujer que no seas tú.
—¿Y si no soy suficiente para ti? ¿Y si después de que me enamore de ti me dices que necesitas otro tipo de sexo?
—Nerea, no necesito otro tipo de sexo, nada más que el que tú estés dispuesta a practicar conmigo.
Intenté explicarle que no era la persona, sino la situación.
No es que me gustara especialmente ese tipo de sexo; lo disfrutaba porque el destino me lo ponía por delante, pero nada más.
Era completamente capaz de practicar el sexo tradicional, por llamarlo de alguna manera, sin que echara en falta lo que había vivido con anterioridad.
Al final, logré que comprendiera mi postura y, por eso, accedió a que pasáramos la noche juntos; lo hicimos en mi casa. Necesitaba que su olor se quedara impregnado en mi almohada, en mis sábanas, para paliar un poquito la ansiedad que me provocaba cuando no la tenía a mi lado.
No sabía si eso era amor o qué coño era, pero el caso es que cada vez me costaba más separarme de ella.
Lo sé, podéis pensar que era una obsesión lo que me nacía, pero nada más lejos de la realidad, lo que tenía era un miedo atroz a que esa mujer volviera a intentar hacernos daño y yo no estuviera a su lado para aclarárselo.
Como podéis imaginar, no pasamos la noche jugando al parchís, aunque nos comimos más de una ficha. Cuando caímos rendidos, ya eran más de las cinco de la madrugada. Por eso, en el momento en el que sonó el despertador a las siete menos cuarto, me quise morir, pues no podía ni con mi cuerpo.
Nerea se veía tan a gusto durmiendo a mi lado que no me lo pensé. Cogí mi móvil y llamé al gimnasio, donde hablé con el gerente. No sabía si le iba a sentar bien o no, pero realmente me daba igual, porque no iba a despertarla todavía.
—Buenos días, soy Felipe Fajardo, el cliente de Nerea Luján.
—Dígame, señor Fajardo. ¿En qué puedo ayudarlo? ¿Tiene alguna queja con su entrenadora personal?
—No, no, para nada. Estoy encantado con ella; no es por eso que lo llamo.
—Entonces, ¿qué es lo que necesita? ¿Un cambio de hora? ¿Una ampliación o una reducción?
—Tampoco.
—Vaya, no doy una. Será mejor que me calle y lo deje hablar.
—Pues sí, ja, ja, ja. Verá, hoy necesito que el entrenamiento se realice en mi domicilio. Por eso, antes de contactar con mi entrenadora, me gustaría saber si sería posible.
Como comprenderéis, lo último que quería era perjudicar a Nerea en su trabajo. Si el gerente me decía que no era posible, entonces, sí que la despertaría. Por el contrario, si me decía que no había problema, volvería a la cama hasta la hora en que tuviéramos que volver a nuestros trabajos.
—Por supuesto que no hay problema, siempre que ella esté conforme. ¿Necesita que la avise yo?
—No, no, no se preocupe por eso, que yo mismo lo llamo. Lo que ocurre es que, si terminamos aquí a las nueve y media, no podrá estar allí hasta, por lo menos, las diez y cuarto, ya que vivo a las afueras.
—Con que esté aquí a las diez y media, me sirve, que es cuando empieza su siguiente clase.
—Estará allí antes; yo me encargo de ello. Muchas gracias.
—Gracias a usted, señor Fajardo, por contactar con nosotros.
Corté la llamada y me volví a la cama, poniendo el despertador a las nueve de la mañana, para que nos diera tiempo de desayunar tranquilamente, ya fuera en mi casa o en la cafetería que había junto al gimnasio.
Justo cuando estaba a punto de taparme, recordé que Nerea no tenía ropa que ponerse al día siguiente para ir a trabajar, por lo que entré en una página web que te servía el pedido en un par de horas si pagabas el suplemento que pedían, y no dudé en hacer un pedido grande, para que siempre tuviera ropa del trabajo aquí.
Me acurruqué contra su espalda y volví a abrazarla, oliendo el perfume de su cabello, algo que me encantaba, y besé su cuello, que sabía que le encantaba a ella, y ante lo que reaccionó con un ronroneo, como si fuera un gatito que buscaba mimos y caricias.
Me volví a quedar dormido y soñé con ella, con nuestro futuro, y me vi viviendo juntos, con un perro en el jardín y un bebé entre mis brazos. Contra todo pronóstico, me gustó esa sensación.
Por supuesto, no le conté nada cuando nos despertamos, porque, entre otras cosas, si había criticado a mi hermano por actuar de manera precipitada, no iba a hacerlo yo. Además, antes teníamos que conocernos mejor.
—¿Qué hora es? —Me preguntó.
—Son las nueve menos cinco…
—¡¿Qué estás diciendo?! Me cago en la leche, que ya llego tarde al trabajo.
—Eh, eh, tranquila, que ya está avisado el gerente.
—¿Perdona?
Le conté que me había levantado temprano, pero cuando la vi dormida tan plácidamente y supe que la primera clase que tenía era la mía, le avisé de que se daría en mi casa y que estaría allí sobre las diez y cuarto.
—Mira, no sé si darte un beso a modo de agradecimiento, o darte una buena cachetada por meterte donde no te llaman.
—La primera opción siempre es la mejor, cariño.
—Te has levantado tú muy sonriente hoy, ¿no?
—He descansado bien, eso es todo.
—Bueno, si tú lo dices… Me voy a ducharme, que tengo la siguiente clase a las diez y media y tengo que pasar por mi casa antes para cambiarme de ropa.
—No va a hacer falta. He llamado a una empresa de ropa deportiva y he hecho un pedido urgente que debe estar a punto de llegar.
—Que has hecho, ¿qué?
—Un pedido de ropa deportiva, que se quedará en mi casa, para que siempre tengas algo que ponerte por la mañana. Cuando tan solo queden un par de conjuntos, tendrás que traerlo de nuevo.
Nerea me miró con una mezcla de sorpresa e indignación, y por eso, y antes de que dijera nada, la cogí en brazos y me la llevé a la ducha, pero con mis labios en los suyos, besándola para que no tuviera la oportunidad de hablar.
Cuando la dejé en el suelo de la ducha, llamaron al timbre de la verja exterior, y supe que sería el repartidor del paquete. Por eso, la dejé allí y me dirigí a abrir la puerta. Sí que era el repartidor, pero también venía mi hermano.
—¿Qué haces tú aquí?
—Venir a comprobar una cosa.
—En mi casa, no tienes que comprobar absolutamente nada.
—Uy, ropa deportiva de una tienda femenina, y nada de firmas…
—¿Qué estás insinuando?
—No insinúo nada, más bien, confirmo lo que ha llegado a mis oídos.
No me dio tiempo a decirle nada más cuando vi que se daba la vuelta y se metía en su coche, en el que estaba su prometida, mirándome y con una sonrisa en la cara que no me gustó absolutamente nada.
A pesar de que me desconcertó en gran medida, no quise darle más vueltas y entré de nuevo en mi casa con el paquete en las manos, uno que había dejado sobre la cama para que Nerea eligiera lo que quería ponerse, y me metí en la ducha con ella.
Nuestra ducha fue de lo más tórrida y apasionada, pues era justo lo que necesitaba en esos momentos. Sentirla segura y mía, que tuviera claro que no había nada ni nadie por encima de ella.
Salimos de la ducha con el tiempo justo para vestirnos y llegar al trabajo. Al final, no nos daría tiempo para desayunar juntos, pero sí comeríamos, aunque Nerea tuviera clases a las cinco de la tarde, como todos los martes.
Según me contó ella, a esa hora tenía una de sus clases preferidas con sus mujeres de la asociación, aunque luego, a la siguiente, tendría que lidiar con mujeres de la calaña de Natalie, todas pijas ejecutivas que le hacían la clase imposible.
—No te preocupes, Nerea, que Natalie no te va a volver a molestar nunca más.
—Eso espero, porque una cosa son los problemas personales y otra muy diferente, los laborales.