No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 18
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Capítulo 18

Nerea

—Preciosa, no quiero que pienses que soy un clasista, porque no lo soy. Simplemente es que…

—Ya lo sé, no necesito explicaciones.

—Pero yo quiero dártelas. No se trata de que piense que las mujeres que no tienen las mismas posibilidades que yo sean inferiores a mí; es que las mujeres de ese tipo que se me han acercado, tan solo lo han hecho movidas por mi dinero.

—¿Acaso piensas que las que tienen el mismo estatus que tú no puedan hacerlo? Eso es muy injusto. Conozco a muchas mujeres que no han tenido un céntimo, que se han labrado un futuro ellas solas y que, luego, han conocido a un hombre con el que han formado una familia.

—Por supuesto que pueden hacerlo, no lo discuto, pero como que hay menos posibilidades de que lo hagan. Y con eso, no te estoy diciendo que tú seas una de ellas, porque de sobra sé que no eres así. Ni tú ni tus amigas.

—Pues no, desde muy pequeñita he tenido que aprender a sacarme las castañas del fuego yo solita…

—Quiero que me cuentes tu vida, Nerea. Quiero conocerte más allá de todo lo que he visto de ti.

—Está bien…

Empecé a contarle mi historia, de cómo mi padre se había quitado de en medio y mi madre me dejó un día con una vecina y ya no apareció más. Como crecí sabiendo que mi madre no me quería, pero también como la persona que me había criado se volcó en mí para que no tuviera carencias de ningún tipo.

—Joder, tuvo que ser una infancia muy dura para ti, ¿no?

—Al principio, sí, pero en el momento en que mi vecina, a la que yo llamaba yaya porque para mí era mi abuela, entró en escena, se convirtieron en los mejores años de mi vida.

Le conté cómo ella me había hecho una mujer fuerte, segura de sí misma y con suficiente fuerza interior para salir adelante. Estudié y me preparé para ser profesora de educación física, pero como no encontré trabajo en ese campo, empecé en el gimnasio.

También le expliqué cómo había conocido a Daniela e Inés y cómo se habían convertido en mi familia, no de sangre, pero sí de la moral, la que había estado ahí en todos los momentos importantes de mi vida, tanto buenos como malos.

—Y así es como he pasado mis veintisiete años, sin familia de sangre, pero sí de corazón.

—De verdad que no sé qué decir, Nerea…

—No hace falta que digas nada, Felipe. Yo sé lo que soy y lo que quiero en mi vida, y no estoy dispuesta a soportar ni a permitir más miradas de lástima ni más palabras de consuelo; no lo soportaría.

—No es eso lo que pretendo, te lo aseguro.

—Entonces, no me trates como si fuera una desvalida huerfanita, porque te aseguro que no me siento así.

Sé que estaba siendo muy dura con mis palabras, pero es que no podía permitir que nadie me tratara así, mucho menos él. Me había costado mucho llegar a ser la mujer que era en estos momentos, y no iba a permitir que ninguna persona me tratara con esa condescendencia.

Terminamos de comer y entendí que, si quería conocerme bien, tenía que llevarlo a mi casa, a mi barrio, y que viera la realidad de mi vida.

Yo no vivía en una casa con jardín y piscina, ni en una urbanización de lujo.

Vivía en un barrio normal, con gente trabajadora, y en un piso de ochenta metros cuadrados que mi yaya me había dejado en herencia.

—Quiero llevarte a mi casa; quiero que veas mi realidad antes de que sigamos con esto que hemos empezado —le dije.

—Me da igual dónde vivas, Nerea…

—Pero a mí no. Si no vas a ser capaz de entender mi entorno ni aceptarme tal y como soy, cuanto antes, mejor. ¿No crees?

—De mi boca no han salido esas palabras; más bien, todo lo contrario, Nerea.

—Lo sé, pero después de oír a tu madre decir eso, prefiero enfrentarme a la realidad.

—Está bien, si es lo que quieres, si hacer eso te hará sentir mejor, no dudes en llevarme. Te demostraré con hechos lo que no he podido demostrarte con palabras.

Nos subimos a su coche y le fui dando indicaciones para llegar a mi barrio, donde encontró aparcamiento justo en la puerta de mi edificio. El barrio estaba lleno de gente que iba de un lado a otro, bien trabajando, o bien llevando a los niños a extraescolares o al parque.

Entramos en mi portal, donde llamé al ascensor. Hoy había tenido suerte y funcionaba, porque la mayoría de los días había que subir y bajar andando. Abrí la puerta de mi casa, y me aparté para dejarle paso y que pudiera ver todo, sin que yo intercediera.

—Pues bienvenido a mi humilde hogar.

—Tienes una casa preciosa, decorada con muy buen gusto.

—Gracias. Cuando heredé la casa de mi yaya, con el dinero que también me legó, sumado a mis ahorros, le hice una buena reforma y la decoré a mi gusto.

—Pues, que sepas que me encanta tanto como tú.

Felipe me abrazó por la espalda, dándome besos en el cuello, pues era algo que me apasionaba y me encendía como nada, y él era consciente de ello. Por eso, no perdía la oportunidad en cuanto se le presentaba la ocasión.

Lo que empezó de la manera más inocente del mundo se convirtió, poco a poco, en un momento de lo más sensual y sexy, que nos llevó a vivir una de las mejores experiencias sexuales de mi vida.

Tengo que reconocer que tenía miedo de no ser lo suficiente para Felipe en este terreno, ya que él me había admitido que solía practicar otro tipo de sexo, más duro, más extremo, que yo respetaba, pero no sabía si sería capaz de practicarlo o no.

Una vez que estuvimos en la cama, después de haber practicado sexo, porque no me atrevía a decir que habíamos hecho el amor, nos quedamos abrazados el uno al otro, calmando nuestras respiraciones y dándonos arrumacos.

—Si lo que pretendías trayéndome aquí era alejarme, has conseguido todo lo contrario.

—No era eso lo que quería. Mi intención tan solo era mostrarte quién soy de verdad, no con medias tintas.

—Y eso es lo que más me gusta de ti. Nerea, si estoy contigo es, precisamente, por eso. Porque no intentas aparentar ser una persona que no eres, porque me encanta que seas completamente transparente para mí.

—Entonces… ¿no te importa que viva aquí? ¿No me lo reprocharás en el futuro?

—¿Por qué dices eso?

—Creo que es el momento de contarte algo que no sabe nadie…

Cogí una bocanada fuerte de aire y me dispuse a contarle el mayor secreto de mi vida: mi historia de amor con un hombre que me hizo muchísimo daño y que fue quien consiguió que no volviera a creer en nada de eso hasta este momento.

—Verás, hace algunos años conocí a un hombre que me cautivó con sus buenas palabras y su manera de tratarme, y me hizo sentir importante…

Empecé a explicar mi historia. Ese hombre se llamaba Pedro, era un alto ejecutivo de una empresa, y tenía muchísimo dinero. Yo, por aquel entonces, heredaba la ropa de la hija de la casa en la que trabajaba mi yaya como asistente, y que era todo de firma.

Le conté que yo me sentía de lo más chic al vestirme con ese tipo de ropa, pero no porque intentara aparentar lo que no era, sino porque me sentía una chica normal; hasta ese momento no había entendido que muchas personas juzgaban a los demás por su manera de vestir.

—Cuando llevábamos ya casi seis meses, quise que conociera a mi yaya, que viniera a mi casa a comer, pensando que él me aceptaba tal y como era, pero me equivoqué.

—¿Perdón?

—Sí, tal y como te lo estoy contando.

—¿Te dijo algo por la manera en la que vivías?

—Bueno, más que decirme algo, me dejó tirada en el portal; ni siquiera llegó a conocer a mi yaya…

Le conté que, nada más llegar a mi portal, me dijo que lo había engañado, que estaba con él por su dinero y que jamás pensó que yo le haría eso.

—Me echó en cara que hubiera utilizado mi ropa y mi condición de estudiante universitario para camelarlo y contarle mentiras.

—¿Ese tío era gilipollas?

—Gilipollas, no lo sé, pero un cabrón, eso seguro.

—Yo no soy así, Nerea, te lo puedo asegurar.

—Y no te digo lo contrario, pero quería explicarte el motivo por el que he querido que vinieras a mi barrio, a mi casa, que me conocieras en profundidad.

—Ahora que sé el motivo por el que lo has hecho, te entiendo. Pero tengo una duda…

—Tú dirás.

—¿No le dijiste nunca nada a Daniela ni a Inés?

—Jamás. Ni siquiera le conté todo a mi yaya. Me refiero al tema económico.

Empecé a contarles a mis amigas que había conocido a alguien, pero que no quería presentárselo hasta que fuera algo serio, pues no quería hacerme ilusiones.

Él tampoco es que pusiera mucha ilusión en conocer a nadie de mi entorno, la verdad, pero como yo estaba cegada por él, no le di la más mínima importancia.

Felipe me pidió que lo acompañara a casa de su madre, no como novia, no como pareja, si es que yo no quería que me presentara poniendo etiquetas, sino simplemente como Nerea, y acepté.

Pensé que lo decía para hacerlo en días sucesivos, pero no, me pidió que nos diéramos una ducha y que nos vistiéramos para ir a cenar allí. Le faltó tiempo para llamar a su madre y preguntarle si estaba en casa o estaba de guardia, y quedó con ella en una hora.

Me vestí de manera natural, no quería que me volviera a ocurrir lo mismo que en la otra ocasión y, aunque en mi armario seguían colgadas todas esas prendas de ropa que en su día me hicieron sentir fuerte, no había vuelto a ponerme ninguna de ellas.

Salimos de mi casa juntos, de la mano, con los dedos entrelazados, hasta llegar al coche. Al subirnos, bueno, mejor dicho, antes de subirnos, nos dimos un beso que me hizo sentir muy bien, y procedimos a poner rumbo a la casa de sus padres.

Si la casa de Felipe me había causado impresión, esta me dejó, sencillamente, sin palabras.

No puedo describir con palabras lo insignificante que me sentí cuando Felipe abrió la puerta de la cancela y entramos.

Pero esto tan solo fue mientras no tuve delante a sus padres, pues me hicieron sentir todo lo contrario.

—Nerea, mi niña, no sabes lo que me alegra verte así, con mi hijo de la mano y una sonrisa en los labios.

—Hola, Isabel, gracias. Me ha costado mucho, la verdad, pero he decidido darnos una oportunidad.

—Y estoy completamente segura de que no te vas a arrepentir.

Entramos en el salón de la casa, donde se encontraba su padre, Ignacio, quien no dudó en darme un abrazo. Lo vi ponerse serio, pero no era por nada que tuviera que ver conmigo, y así nos lo hizo saber.

—Si la prometida de tu hermano fuera así, yo no tendría ningún problema con que se casara en tan poco tiempo —dijo su padre.

—Lo sé, papá. Pero yo no me pienso casar, al menos no todavía.

Isabel me contó que su hijo pequeño se había echado una novia, digamos que un tanto peculiar, y que habían intentado por todos los medios que recapacitara sobre la boda; pero no hubo manera de que entendiera que lo que querían era su bienestar, que no lo hacían para llevarle la contraria.