No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 17
38%

Capítulo 17

Felipe

¿De qué coño iba Natalie? ¿Qué pretendía haciéndome ese comentario?

Si lo que quería era joder lo que estaba empezando con Nerea, lo estaba consiguiendo.

En el momento en que nos quedamos a solas en la sala de entrenamiento, os prometo que me entraron ganas de cogerla del cuello, pero, como es lógico, no lo hice.

—¿Cómo eres tan rastrera?

—¿Rastrera? ¿Acaso no estuve ayer en tu casa? ¿Acaso no se me ha podido caer el pendiente en tu sofá?

—Lo has dicho dando a entender algo que no es cierto, y eso es ser una rastrera.

—Lo que los demás entiendan no es mi problema.

—Eres una hija de puta…

—Con balcones a la calle, sí. ¿Y qué?

—¡Que no te quiero cerca, que me dejes en paz!

Sé que le grité, y que no era la manera más sensata de actuar, pero es que esta mujer me sacaba de quicio de una forma que me ponía los nervios de punta. Lo que peor me sentó fue la carcajada que soltó, como si fuera un gilipollas y pudiera hacer conmigo lo que le diera la gana.

No quise hacerle más aprecio; ahora me tocaba salir a buscar a Nerea, darle todas las explicaciones del mundo para que entendiera que, entre Natalie y yo, no había habido absolutamente nada de nada.

La busqué por el gimnasio, sin encontrarla, hasta que la chica de la recepción, que me vio algo desesperado, todo hay que decirlo, se dirigió a mí y me preguntó a quién buscaba. Bueno, más bien, lo dio por hecho.

—¿Buscas a Nerea?

—Sí, por favor. ¿La has visto? ¿Sabes dónde está?

—Ha salido con bastante urgencia; debe estar en la puerta o en los alrededores.

—Gracias, voy a ver si la veo fuera.

Salí apresurado del gimnasio, pero nada más abrir la puerta y que me diera el aire, me la encontré abrazada a Luca. Tuve que hacer un ejercicio de contención horrible para no ir hasta allí, cogerlo de un puñado por la camiseta y apartarlo de ella.

Tuvimos unas palabras, nada agradables, por cierto, entre Luca y yo, que provocaron que Nerea saliera corriendo. No me lo pensé, dejé al gilipollas ese diciendo tonterías y salí detrás de ella, alcanzándola en la esquina.

—Te juro que no me acosté con Natalie ayer, que pasé el día en casa de mis padres.

—Entonces, ¿por qué no se lo has negado? ¿Por qué no le has dicho que no se le pudo caer el pendiente porque no estuvo en tu casa?

Esas fueron las primeras palabras que tuvimos cuando la alcancé, y que nos llevaron a quedar para comer, porque quería darle todas las explicaciones del mundo y lo haría hasta la saciedad si era lo que hacía falta para que ella me entendiera y quisiera continuar lo que habíamos empezado.

Me marché a la oficina, donde me esperaban Damián y David, con los que no había hablado desde que se marcharon de mi casa el día anterior y que no sabían lo que había sucedido con la aparición de Natalie.

—Hola, amigo. ¿Algún problema? Porque tienes una carita… —me dijo Damián en cuanto que entré en mi despacho, donde me estaban esperando los dos.

—¿Problema? Una puta desgracia es en lo que se ha convertido mi vida por culpa de la gilipollas de Natalie.

—¿Qué ha hecho ahora? —preguntó David.

—Qué no ha hecho, sería mejor.

—Te dije que esa mujer te iba a buscar un problema, pero nunca me has querido hacer caso —añadió Damián.

Les conté cómo había aparecido esa mujer en mi casa y lo que hizo, así como lo que me había sucedido en el gimnasio: cómo aprovechó el momento en que yo estaba mejor con Nerea para soltar lo del pendiente.

—Quítatela de encima, amigo, o te va a traer más de un disgusto.

—Eso pretendo, pero parece que no se entera.

—Bueno, más bien que no se quiere enterar —sentenció David.

Entré en la reunión que tenía programada, pero a las dos de la tarde les indiqué a mis clientes que tenía otra cita importante y que continuarían con todo esto mi mano derecha, Damián, porque, por primera vez en mi vida, no iba a permitir que el trabajo me impidiera atender un asunto personal.

Me subí a mi coche y puse rumbo al gimnasio, donde Nerea me esperaba en la puerta. No llegaba tarde, ni mucho menos, porque habíamos quedado a las dos y media y eran las dos y veinte, pero creo que ella tenía las mismas ganas que yo de aclarar todo esto.

—Hola, preciosa.

—Hola…

—Nerea, no quiero que estés conmigo a la defensiva, de verdad. Quiero aclararte todo lo que necesites y que confíes en mí.

—Felipe, no sabes lo que ha supuesto para mí todo lo que ha sucedido esta mañana; ha sido como si me hubieran dado un golpe en el corazón.

—Y te entiendo, pero te vuelvo a jurar por mi vida que no sucedió nada. Desde que me di cuenta de lo mucho que me gustabas, no he vuelto a acostarme con ella.

Esa conversación transcurrió durante el trayecto al restaurante que había elegido para comer con ellas.

Se trataba de uno a las afueras de la ciudad, con unas vistas preciosas, pero no era muy concurrido ni de esos de etiqueta, porque entendí que no necesitaba impresionarla, sino hacerla sentir tranquila.

Aparqué en el estacionamiento del restaurante y ya no pude aguantarme más. Necesitaba abrazarla, besarla, que supiera que era la única mujer que me interesaba en todos los aspectos de mi vida.

Por eso, no dudé: la cogí de la mano para ayudarla a salir del coche y aproveché para pegarla a mi pecho y darle el abrazo que necesitaba. Tras unos momentos así, cuando nos separamos un poco, le cogí la cara, le puse la mano en el mentón y la levanté.

Nos quedamos unos segundos mirándonos a los ojos, el tiempo suficiente para saber que ella deseaba lo mismo que yo. No me lo pensé, acerqué mi boca a la suya y la besé. Primero fue un roce de labios, pero en cuanto ambos nos sentimos seguros de los deseos del otro, profundizamos aún más.

—Vamos dentro, comamos y te explico todo.

—Eso espero, porque te juro que no te entiendo.

—Ahora me entenderás, te lo prometo.

Entramos al interior del salón del restaurante, donde nos acomodamos en una de las mesas del fondo, zona en la que no había nadie, que era lo ideal para lo que teníamos que hablar.

Pedimos un refresco y una botella de agua, además de la comanda de la comida, y mientras no nos la traían, decidí empezar a contarle todo. Cogí sus manos por encima de la mesa y entrelacé nuestros dedos, porque quería que me sintiera; necesitaba que viera la verdad en mis ojos.

Justo cuando estaba a punto de contarle lo que había hecho en el sofá, su teléfono, que estaba sobre la mesa, al igual que el mío, empezó a vibrar y a recibir una serie de mensajes de un número desconocido.

—Un momento, porque no sé de quién es este número ni qué quiere con tantos mensajes; no vaya a ser algo importante.

—Sí, claro, por supuesto.

Separé las manos de las suyas y la dejé atender el teléfono. Pero conforme iba abriendo los mensajes, su cara se iba descomponiendo cada vez más, hasta que llegó un momento en que pensé que se iba a desmayar o vomitar allí mismo.

—¿Qué ocurre, mi niña? ¿Es algo malo? ¿Le ha sucedido algo a alguna de tus amigas? —le pregunté, completamente desconcertado.

—¿Por qué te empeñas en decirme que no te has acostado con ella cuando me acaban de enviar pruebas que te desmienten? ¿No es más fácil admitirlo y buscar una solución?

—¿A qué te estás refiriendo? No entiendo nada, de verdad. Y si quieres, ahora mismo llamo a mi madre que te puede confirmar que estuve con ella todo el día…

—Entonces… ¿qué coño son estas fotos?

Cuando Nerea giró el móvil y me mostró las fotos que le habían enviado, os prometo que casi me da algo. ¿Desde dónde y quién había hecho esas fotos? Eso me demostraba que todo lo que hizo Natalie había sido orquestado, y que no había dejado nada al azar.

—Es una hija de puta que ha aprovechado un instante, que fue el que estuvimos en esa situación, para decirle a alguien que hiciera esas fotos.

—Si eso es cierto, quiero que me lo cuentes todo, desde el principio, sin dejarte nada y sin mentirme. Una sola mentira más, y se acabó todo lo que estamos empezando.

—Y me parece justo, pero déjame explicarte.

Le conté todo lo que había sido mi relación con Natalie: las veces que nos habíamos acostado juntos, cuando habíamos practicado sexo en grupo, los lugares y las circunstancias.

También le aclaré lo que ella pretendía ese día y le mostré los mensajes que me había estado enviando en los días previos, así como cómo yo la había ignorado o las respuestas que le había dado.

Justo cuando estaba terminando de contarle, recibí una llamada de mi madre, que me vino como anillo al dedo. No me lo pensé y, en cuanto contesté a esa llamada, activé el altavoz para que Nerea escuchara la conversación y fuera consciente de que lo que le había dicho era verdad.

—Hola, mamá. ¿Qué ocurre?

—Hola, cariño. No, no ocurre nada. Simplemente te llamaba para saber cómo te había ido hoy con la chica del gimnasio y si esa mujer te había vuelto a molestar.

—Pues mira, precisamente estoy comiendo con ella, y está escuchando la conversación. ¿Le puedes explicar a Nerea lo que sucedió ayer con Natalie y dónde pasé el día, por favor? Luego te cuento lo que ha hecho esta mañana —le pedí a mi madre.

—Hola, Nerea, soy Isabel, la madre de Felipe.

—Hola, doña Isabel. ¿Qué tal está usted?

—Hija, de doña, nada, tan solo Isabel, y, por favor, tutéame, que no soy tan vieja.

—Está bien, Isabel. ¿Cómo te encuentras?

—Pues, según lo que me ha contado mi hijo, creo que mejor que tú, pero ahora mismo te voy a hacer sentir mejor, o, al menos, eso espero.

Mi madre le contó exactamente lo mismo que yo le había explicado minutos antes, y como había pasado todo el día en su casa, pues, nada más echar a Natalie de allí, cogí mi coche y me planté delante de ella para contarle todo y pedirle su consejo.

—¿Sabes una cosa, mi niña? —le preguntó mi madre.

—Dime, soy toda oídos.

—Esa mujer es mala, y va a intentar haceros daño muchas más veces. No la creas, ni aunque te envíen fotos que parezcan evidentes. Si alguna vez tienes una duda, pregúntale a él.

—Lo haré, muchas gracias por contarme la verdad. Porque, si te soy sincera, no estaba muy convencida de lo que estaba oyendo por parte de Felipe.

—Hija, sé que lo que voy a decir a mi hijo no le va a gustar y que querrá matarme, pero me da igual, porque su felicidad vale más que cualquier otra cosa.

—Mamá…

—No, Felipe, no te pienso hacer caso, y ni se te ocurra colgarme la llamada.

Nerea, nunca he visto a mi hijo interesado en una mujer de tu clase, y no me lo tomes a mal, pero siempre se ha visto rodeado de mujeres de alto standing, y eso significa que tienes el carisma y las cualidades necesarias para que no haya supuesto más el exterior que el interior. No sé si me entiendes.

—Perfectamente, Isabel, y le agradezco sus palabras.

Corté la llamada, pero tenía que aclarar esto antes de que Nerea pensara que era un clasista o algo por el estilo, porque entonces sí que sería el fin de mi relación con ella.