Capítulo 16
Nerea
El domingo lo pasé limpiando y preparando todo para el trabajo del día siguiente. Había pasado la mejor noche de mi vida; eso era indudable, pero me daba tanto miedo que las cosas no salieran como yo esperaba que ni siquiera quería pensar en ello.
Y otra vez lunes, pero esta vez iba al gimnasio con otro semblante, con otra ilusión, por llamarlo de alguna manera. No es que no fuera contenta con mi trabajo, que sí que lo estaba, pero saber que me volvería a encontrar con Felipe era un aliciente más.
Estaba en la recepción firmando documentación cuando llegó él, me abrazó por la espalda y me dio un beso en el cuello, que llevaba al aire libre, con el pelo recogido en un moño deshecho.
—Hola, preciosa. ¿Qué tal todo ayer?
—Hola, bonito, pues limpiando y preparando todo. ¿Y tú?
—Que sepas que me ha encantado eso de bonito. Dicho esto, me fui a casa de mis padres a comer con mi madre, a quien hacía casi dos semanas que no veía.
—Eso es bueno, a mí me encantaría poder hacerlo, pero…
No me preguntó nada más, y pasamos a la sala, donde Luca ya estaba preparando todo para su clase con Natalie, que tampoco tardaría en llegar. No me gustó nada la mirada que le echó a Felipe, pero no dije nada; esperaría a que estuviéramos a solas los dos, para ponerle las cosas claras.
Como media hora más tarde, y cuando ya habíamos hecho casi la mitad de la tabla que había diseñado para el día de hoy, vimos cómo la puerta de la sala se abría y entraba la reina del glamour, como la habíamos bautizado mis amigas y yo.
—Perdón, cariño, pero una reunión me ha tenido retenida hasta hace quince minutos —se disculpó con Luca, dándole un beso en la mejilla, pero muy cerquita de la comisura de los labios.
—No te preocupes, preciosa, que la siguiente hora la tengo libre; puedes quedarte el tiempo que quieras —le contestó él, de manera muy zalamera.
Continuaron hablando, pero no les presté atención, entre otras cosas, porque Felipe empezó a gastarme bromas y a reír conmigo, hasta que, llegado el momento en que habíamos terminado el entrenamiento, me besó en los labios.
No fue un beso profundo, pero sí que se tomó unos segundos para presionar sus labios contra los míos. A pesar de eso, fue lo suficientemente molesto para Natalie como para que no dudara en dejar de hacer los ejercicios que estaba haciendo y venir hasta donde estábamos nosotros.
—Felipe, mi amor, ayer se me cayó uno de los pendientes de oro en el sofá de tu casa. ¿Puedes comprobarlo cuando llegues y avisarme si está? —le dijo, y me quedé muda de la sorpresa.
—En mi casa no se te ha caído nada, y deja de joderme la vida —le increpó Felipe.
—Será mejor que me vaya y os deje a solas —dije, en voz baja, mientras me giraba para marcharme.
Tenía un nudo en la garganta que casi me impedía respirar. ¿Por qué me había dicho eso el día anterior si él no pensaba cumplirlo? ¿Por qué me había engañado de esa manera, cuando no era necesario? Yo no le había pedido absolutamente nada en relación con nosotros para que me mintiera.
Cuando estaba a punto de llegar a la puerta de la calle, pues necesitaba aire de manera urgente, noté que alguien me agarraba del brazo y me frenaba. Pensé que sería Felipe, pero me equivoqué, pues era Luca quien me había frenado.
—¿Estás bien?
—No, pero lo estaré. Tan solo necesito recomponerme un poco; ahora mismo entro.
—Tienes la siguiente hora libre, así que vamos a tomar un café y te relajas mientras charlamos.
—No hace falta, tú tienes que seguir la clase con Natalie…
—Me importa un carajo la clase, no te pienso dejar sola en este estado.
No sabía a qué se refería hasta que me miré las manos y vi cómo me temblaban; no sabía si era de rabia, de furia o de los nervios que tenía encima, pero, casi sin darme cuenta, me derrumbé, llorando a mares y entre los brazos de Luca.
Al levantar la vista, lo vi allí, en la puerta del gimnasio, mirándome como si estuviera decepcionado, cuando la que tenía que estar así era yo. Era él quien no me había preguntado si quería quedarme a pasar el domingo en su casa, y ahora sabía el motivo: la estaba esperando a ella.
—Nerea, ¿podemos hablar? —me preguntó.
—¿No ves en el estado en el que se encuentra? ¿Por qué no dejas de hacerle daño de una puñetera vez? —le increpó Luca.
—Para empezar, esto no es asunto tuyo y, para terminar, si le tengo que dar explicaciones a alguien, es a ella, ni a ti ni a nadie.
—Claro, por eso has preferido quedarte allí dentro, con Natalie, antes de ver cómo se encontraba la mujer que, se supone, te interesa.
—¿Podéis dejar de hablar como si yo no estuviera? Tengo suficiente capacidad para decidir si quiero hablar con él o no; nadie tiene que defenderlo ni obligarme tampoco —les dije a los dos, visiblemente enfadada.
—¿No te estás dando cuenta de que este hombre no te conviene? Si eres un juguetito nuevo en sus manos, hasta que se canse de ti…
No me lo pensé, le di una bofetada que me dolió hasta a mí. ¿Quién coño se creía que era para decirme esas cosas? Me jodía sobremanera que me trataran como a una muñequita de cristal, sobre todo si la persona que lo hacía podía actuar en beneficio propio.
Me dio igual el gimnasio, la clase de baile deportivo y todo lo demás, y salí corriendo. No llegué muy lejos, pues Felipe vino corriendo detrás de mí y me alcanzó unos metros más adelante, cuando me jaló de la mano y me salvó de que me atropellara un coche que pasaba en ese momento.
—Te juro que no me acosté con Natalie ayer; pasé el día en casa de mis padres.
—Entonces, ¿por qué no se lo has negado? ¿Por qué no le has dicho que no se le pudo caer el pendiente porque no estuvo en tu casa?
—Ese es el punto de inflexión, que sí que estuvo, pero te juro por mi vida que entre nosotros no pasó nada, que la eché al poco tiempo de llegar.
—De verdad que no sé qué creer. No entiendo por qué me pides a mí una cosa cuando tú no estás dispuesto a cumplirla.
—Ya, es Luca el que te ha consolado, ¿no? ¿Te parece mejor su manera de actuar que la mía?
—No, porque, aunque no dudo de sus buenas intenciones, también tenía un interés particular.
—¿Podemos sentarnos en cualquier terraza para hablar con tranquilidad?
—De verdad, Felipe, prefiero no hacerlo ahora; puedo decir cosas en caliente de las que luego me puedo arrepentir.
—Está bien, pero no pienso dejarlo pasar. Te recojo a las dos y comemos juntos.
—Vale, pero no en tu casa ni en la mía. Quiero un lugar neutral, en el que sentirme segura.
—¿He hecho algo para que tengas miedo o la sensación de sentirte insegura?
—No, no es eso, pero necesito poder hablar con tranquilidad, y si estoy en tu territorio o en el mío, no lo haré, que yo me conozco.
—De acuerdo, te respetaré en esto, pero no lo veo lógico.
Felipe me acompañó hasta la puerta del gimnasio, donde se despidió de mí con un beso en los labios. Nada más entrar, me topé de frente con Luca, que me esperaba en la recepción.
—No me puedo creer que actúes de esta manera, Nerea.
—¿De qué manera se supone que estoy actuando?
—Enfrentándote a mí, en vez de hacerlo con él, que es quien te está haciendo daño.
—En primer lugar, no sabes si me he enfrentado a él o no, ni sabes lo que hemos hablado nosotros. Y, en segundo lugar, si me he enfrentado a ti, es porque te crees con derecho a hablar y actuar en mi nombre.
—Te estás equivocando, tanto con él como conmigo.
Luca se dio media vuelta, dejándome allí con la palabra en la boca. Eso era lo que menos me gustaba de él: que siempre quería tener la razón y, cuando veía que iba perdiendo, se marchaba y te dejaba allí, sin escuchar lo que tuvieras que decirle, los argumentos para que actuara de esa manera.
Me tranquilicé un poquito antes de entrar a mi siguiente clase, en la que me esperaban los clientes de spinning, porque seguía sustituyendo a mi compañera, que seguía de baja.
Salí de allí a las dos horas, pues tenía dos clases seguidas, y me dirigí al vestuario, donde me di una ducha y me cambié de ropa para ir a comer con Felipe y escuchar sus explicaciones al respecto.