Capítulo 15
Felipe
Había pasado una de las mejores noches de mi vida, eso era innegable, pero me inquietaba muchísimo que, si se quedara Nerea en mi casa, viera invadida mi intimidad. Por eso, en cuanto que nos levantamos y nos dimos una ducha, cuando la vi vestirse con su ropa de calle, sentí algo de alivio.
—Yo me voy a marchar ya, chicos —dijo Nerea en cuanto que entró en la cocina.
—Espera, que nos vamos juntas. Me ha llamado mi madre para ir al centro a ver a mi padre, para llevarle ropa y demás —le dijo Daniela.
—Venga, vamos a pedir un taxi, ahora que ha dejado de llover. Yo os acompaño —dijo Damián, cogiendo a su chica de la mano.
Una parte de mí me decía que le pidiera a Nerea que se quedara a pasar el domingo conmigo, pero otra me pedía que no, que la dejara ir, que debíamos ir poco a poco, tal y como ella me había pedido.
Los acompañé a la puerta, puesto que David e Inés ya se habían marchado a primera hora de la mañana, porque querían pasar el día juntos, a solas, en casa de él. Al llegar allí, cogí a Nerea del brazo y la frené, pues tenía que hablar con ella.
—¿Nos vemos mañana? —le pregunté.
—Claro, en el gimnasio. ¿Vas a venir mañana a entrenar?
—Sí, y después, me gustaría que comiéramos juntos.
—Me parece bien.
—¿Te has enfadado porque no te he dicho que te quedes a pasar el día conmigo?
—Hombre, no te voy a decir que no me ha desilusionado, porque sí que lo ha hecho, pero entiendo que, al igual que yo, necesito mis tiempos; tú necesitas los tuyos, nada más.
—Gracias por entenderme. Nos vemos mañana.
Le dejé un beso en los labios antes de volver a entrar a mi casa.
Pero minutos después, volvió a sonar el timbre de la verja y pensé que podía ser alguno de ellos, que hubiera olvidado algo, por lo que ni siquiera miré por la cámara para ver quién era; cometí el error de abrir la puerta directamente.
¿Quién era la persona que estaba llamando a mi casa? Pues no os lo vais a creer, pero se trataba de Natalie, que venía como si fuera la señora de la casa, con unos aires de grandeza que ni yo reconocía.
—¿Se puede saber por qué me contestaste ayer de ese modo al mensaje?
—Porque me dio la gana, principalmente.
—No seas borde, Felipe, que vengo en son de paz.
Cuando entró en el salón, porque yo había dejado la puerta abierta, y se quitó el abrigo que llevaba, no me lo podía creer. Debajo tan solo traía un conjunto de lencería que dejaba muy poquito a la imaginación.
Tenía claro que, en otra ocasión, habría saltado sobre ella y la habría devorado, pero ahora, después de pasar la noche con Nerea, lo que menos me apetecía era ponerle una mano encima a esta mujer.
—Ten un poquito de dignidad y vístete. Ya te he dicho que no quiero nada contigo y que no volveremos a tener sexo.
—¿Es por la mosquita muerta del gimnasio? Por favor, si ella folla con Luca, su compañero. Seguro que ahora está retozando con él en su casa.
Pensar en esa posibilidad me estremeció y una punzada de celos se apoderó de mí. Natalie, que me conocía muy bien, se dio cuenta de que su comentario me había molestado, por lo que siguió metiendo el dedito en la llaga.
—Vamos, Felipe, no creo que seas tan ingenuo como para pensar que ella es una mujer para ti. Quizás ahora, por la novedad, puedas pensarlo, pero en cuanto tu verdadero yo salga a la luz, le pedirás el mismo sexo que tienes conmigo y ella no va a consentir…
—¡Cállate! Mi verdadero yo es el que soy cuando estoy con ella, cuando la tengo a mi lado. Me saca mi mejor versión, me río con ella y podemos hacer cosas que contigo no haría en la vida.
Natalie se vino hacia mí, vestida todavía solo con la ropa interior, me cogió desprevenido y me sentó en el sofá de un empujón, sentándose a horcajadas sobre mí. Tardé como un minuto en reaccionar, en cogerla y apartarla de mí, para poder levantarme.
—Quiero que te vayas de mi casa, ahora. No me hagas hacerlo por la fuerza, porque no me temblará el pulso al ponerte de inmediato en medio de la calle.
—Te vas a arrepentir de esto, porque ella no te dará lo que yo puedo darte…
—Pues, si me arrepiento o no, es problema mío. Fuera.
Natalie se puso el abrigo que traía, cogió su bolso y salió de mi casa, pero por la sonrisa que llevaba en la boca pude deducir que no había terminado aquí y que haría todo lo posible para que mi relación con Nerea no siguiera adelante.
Ojalá me equivocara, porque con Nerea me sentía muy a gusto. Como no me quise quedar más tiempo solo en mi casa, me di una ducha, me vestí con un pantalón de algodón y una sudadera y me subí al coche, rumbo a casa de mis padres.
En estos momentos, lo único que me tranquilizaba era hablar con mi madre, que me escuchaba sin juzgarme, como siempre lo había hecho. Ella fue la primera en decirme que tuviera cuidado con esa mujer, un día que nos la encontramos en una comida.
Ni siquiera la avisé; tampoco es que hiciera falta, pues mi madre los fines de semana solía pasar en casa, descansando de sus largos turnos en la clínica y esperando a que fuéramos a comer con ella.
—Pero bueno, ¿y esta sorpresa?
—Estaba solo en casa y me apetecía venir a verte.
—Algo te pasa, empieza a contar.
Solté una carcajada porque, por mucho que intentara disimular —que no era mi intención en este caso—, le bastaba una simple mirada dirigida hacia mí para saber si me encontraba bien, mal o tenía algún problema que me estuviera dando vueltas en la cabeza.
Empecé a contarle que había conocido a una mujer de la manera más tonta del mundo y a relatarle todo lo que había sucedido desde entonces. Cuando llegué al punto de la aparición de Natalie, mi madre empezó a ponerse seria.
—Esa mujer no me gusta. Evita tener contacto con ella, por favor.
—Eso mismo le dije ayer, mamá, pero, al parecer, por un oído le entra y por otro le sale, porque se ha presentado esta mañana en mi casa.
—¿Y la dejaste pasar? Mira que las mujeres así, cuando están despechadas, te pueden jugar una mala pasada.
Le conté a mi madre la manera en la que había entrado y cómo me la encontré en el salón, además de todo lo que hablamos. Por momentos, el gesto de mi madre iba cambiando, pasando de la preocupación a la indignación, y eso fue lo que menos me gustó.
—Felipe, tienes que ser firme, por mucho que te seduzca la idea de tener sexo con ella, porque te la puede liar y a base de bien. No hagas como tu hermano, y no caigas en sus redes.
—Eso no va a pasar, mamá. Tengo claro que no quiero a nadie así en mi vida y, aunque parezca mentira, porque no es el tipo de mujer del que estoy acostumbrado a rodearme, me gusta, y mucho, y no solo para tener sexo.
—Y no sabes lo que me alegra oírte decir eso, mi niño. Lo mismo, y precisamente porque es diferente de lo que estás acostumbrado, te gusta y te ha cautivado.
—No lo sé, mamá, pero le he pedido que nos dé la oportunidad de conocernos de verdad, de compartir más cosas juntos.
Después de estar más de dos horas charlando con mi madre, ambos nos sentamos a comer juntos, porque mi padre había quedado con unos amigos para jugar al tenis y, cuando terminaran, iban a comer juntos, así que mi visita le vino de maravilla.
Estuvimos juntos hablando de todo hasta que llegó la hora de marcharme, pues quería echar un vistazo a la reunión que tenía al día siguiente, después de mi hora en el gimnasio.
Nos dimos un beso y salí de allí justo en el momento en el que entraba mi padre, que no traía muy buena cara y me daba la impresión de que nada tenía que ver ni con el partido de tenis ni con la comida entre amigos.
—¿Ya te marchas?
—Sí, ¿por qué?
—Me gustaría contarte algo, pero si tienes prisa…
—Lo que tengo que hacer puede esperar. Vamos.
Mi padre me contó que venía de hablar con un investigador privado que había contratado para investigar a la prometida de mi hermano, y que le ponía los pelos de punta con lo que había descubierto, pero que no sabía cómo contárselo a Nacho.