No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 14
31%

Capítulo 14

Nerea

Os prometo que no me esperaba para nada la propuesta de Felipe, entre otras cosas, porque pensé que realmente tenía una relación con Natalie. No supe qué contestar y le pedí tiempo para pensarlo, pero se negaba a dejarme ir. Al final, me convenció de que nos dejara conocernos.

—Está bien, pero no quiero ir rápido y no me refiero al sexo.

—Ah… ¿no?

—No, quiero ir despacio en cuanto al tema sentimental.

—En eso estamos de acuerdo. Y tengo que advertirte de algo: nunca he tenido una pareja como tal y, por lo tanto, meteré mucho la pata; me tendrás que tener muchísima paciencia.

—Mientras que no me faltes al respeto, todo lo demás soy capaz de superarlo.

Estábamos tan cerca que casi no había ni espacio físico entre nosotros. Felipe apartó un mechón de mi cabello que había caído sobre mi rostro y aprovechó para acariciarme la mejilla. Nos miramos a los ojos y, casi sin darnos cuenta, nos besamos.

Al principio, fue un leve roce de labios, pero en cuanto se dio cuenta de que no lo iba a rechazar, fue profundizando hasta volverse feroz y voraz.

En ese momento, fue como si no hubiera nada ni nadie más a nuestro alrededor, pero al separarnos, nuestros amigos empezaron a aplaudir, lo que me hizo sonrojarme de vergüenza.

—Ya era hora, chico, de que te decidieras —le dijo David.

—Habló el que ni siquiera le ha dado un abrazo —contestó Felipe.

—Porque tú lo digas, vamos. ¿Acaso no te has enterado de que hace tres días pasamos la noche juntos? —le soltó Inés, dejándonos con la boca abierta.

—¿En serio? ¿Cómo no me has contado nada, asquerosa? —le pregunté, entre sorprendida e indignada.

—Por la misma razón por la que tú no me has contado todo lo de este muchacho, porque no nos hemos visto ni casi hemos hablado por teléfono —me contestó mi amiga.

Al final, terminamos riendo todos y sentándonos a tomar una copa delante de la chimenea, yo, concretamente, en el suelo, entre las piernas de Felipe, que me acariciaba la cabeza con los dedos, como si me estuviera dando un masaje.

Fuera, había empezado a llover con fuerza, y Felipe nos propuso algo que, si bien me apetecía muchísimo, me daba un poquito de vergüenza, la verdad. Nos dijo que nos quedáramos a dormir allí, pues, con la forma en que llovía, era peligroso ponernos en la carretera.

—Por nosotros no hay problemas —dijo Damián, refiriéndose a él y a Daniela.

—Nosotros también nos quedamos —añadió Inés, después de hablarlo con David.

—Bueno, pues como no me voy a ir sola, yo también me quedaré aquí —dije, de manera resignada.

—Si quieres, te preparo la cama en el sofá —me dijo Felipe, en un susurro.

—No he dicho eso, es tan solo que me da vergüenza, nada más.

—Yo te ayudaré a superarla, te lo aseguro. Aunque no creo que sea yo el único hombre con el que has estado de manera íntima, ¿no?

—Contigo todavía no he estado, pero bueno, no, no eres el único hombre, pero sí el que más me impone, además de ser uno de mis clientes en el gimnasio.

—¿No te has liado nunca con alguien de tu gimnasio?

—De alumnos, no. De compañeros…

—¿Con qué compañero has estado?

—Con Luca. Digamos que tenemos una amistad con derecho a roce…

—Querrás decir que teníais, ¿no?

—Bueno, tú me has entendido.

—Muy bien, pero quiero que sepas una cosa. Si estamos juntos, tal y como hemos hablado antes, quiero exclusividad total. No habrá nadie más ni por tu parte ni por la mía.

—¿Se ha puesto usted celoso, señor Fajardo?

—Como me llames otra vez así, te juro que no respondo. Y sí, me he puesto celoso, porque no soporto a ese hombre; el otro día me miraba como si se sintiera superior a mí.

Os prometo que no pude aguantar la carcajada, porque me encantaba cómo se había puesto de momento, cómo su cara había cambiado de gesto con mis palabras. De verdad que no lo hice a propósito, sino que me salió tal y como les decía a mis amigas cuando me preguntaban por él.

Al final, estuvimos allí hasta altas horas de la madrugada, entre risas y anécdotas, pero llegó un momento en el que ya no podíamos aguantar más y nos fuimos, cada pareja, a una de las tres habitaciones de la casa habilitadas para eso.

Nada más cruzar la puerta de su habitación, esa que cerró en cuanto entró, me abrazó por la espalda mientras me besaba el cuello, de una manera tan sensual que me puso todos los vellos del cuerpo de punta, pero de una manera excitante, no mala.

Sus manos entraron por la parte baja de mi jersey, y sentir sus manos en la piel de mi cintura y de mi espalda fue la mejor sensación del mundo. Casi sin darme cuenta, lo sacó por mi cabeza, dejándome en sujetador delante de él.

—Me encantan tus pechos, y pienso dejarlos al aire ahora mismo…

Después de decirme esto, desabrochó mi sujetador y lo lanzó al suelo, junto al jersey, que también estaba por algún lugar de la habitación. Acto seguido, empezó a lamer y succionar mis pechos, alternando uno con el otro.

Yo no me quedé quieta tampoco, pues me deshice del jersey que llevaba y me encontré con unos pectorales que me dejaron completamente asombrada. Sin pensarlo, llevé las manos hasta el botón de su pantalón, ese que también desabroché.

Fui bajando mientras dejaba un reguero de besos por su abdomen y me deshice de sus pantalones. Cuando llegamos a su casa y como tenía suelo radiante, lo primero que hicimos todos fue quitarnos los zapatos, dejándolos en la entrada; por eso, él ya solo tenía puesto el bóxer.

No tardé ni medio minuto más en estar completamente desnuda ante él, quien me miraba como si estuviera frente a una estatua de museo, pues admiraba cada centímetro de mi cuerpo de una manera que me hizo estremecer.

Me fue tumbando en la cama mientras sus besos recorrían mi cuerpo hasta llegar a mi sexo, donde se entretuvo un buen rato, haciéndome gemir con su lengua, con sus dedos y hasta con sus dientes, hasta que me atravesó un orgasmo demoledor.

Ahora era mi turno porque, además, si había algo que me gustaba mucho, era disfrutar de un buen sexo oral, tanto que me lo practicaran como que yo lo hiciera. No os puedo decir en qué momento este hombre se había deshecho de su ropa interior, pero me lo encontré completamente desnudo.

Cogí su miembro y me lo metí en la boca, después de lamer toda su extensión y de juguetear un buen rato con la lengua en su punto. Llegó un momento en el que me confesó que ya no aguantaba más y que no quería terminar en mi boca.

Con la velocidad de un rayo, se puso un preservativo. Mi intención era ponérselo yo, con la boca, pues era algo que me resultaba demasiado excitante, pero no me lo permitió.

—Te prometo que, para la próxima vez, porque si te dejo que lo hagas ahora, no va a servir de nada que me lo pongas, ya que me correré en ese mismo instante.

A continuación, levantó mis piernas y se las dejó caer sobre sus hombros, penetrándome después. Anda que decía que se iba a correr, por los cojones, pues no aguantó nada el muchacho.

No os puedo decir cuántas veces cambiamos de postura ni cuántas veces alcancé el orgasmo, pues en la tercera vez ya perdí la cuenta. Lo que sí puedo contaros es que fue una de las experiencias sexuales más fascinantes de mi vida.

Caímos dormidos después de esa maratón de sexo. Jamás había dormido con nadie de esa manera, pues una vez que terminábamos, mi lema era: rebujina, rebujina, cada uno para una esquina.

Felipe se acurrucó detrás de mí, haciendo la típica postura de la cucharita, como se suele decir, pasando su mano por mi cintura y pegándome a él. La noche iba a ser muy larga para mí porque tenía su miembro pegado a mi trasero y, conforme me movía, iba cobrando forma de nuevo.

—Si sigues moviendo el culo así, te prometo que no me voy a poder controlar —me dijo en un momento determinado de la noche.

—¿Cómo? ¿Así?

Me pegué más a él, que resoplaba de una manera que me estaba poniendo a mil por hora. No hizo falta que se controlara, pues yo misma me giré, cogí un preservativo de la mesilla de noche y, esta vez, sí, se lo puse ayudada de mi boca.

Si ya estábamos completamente preparados, no os podéis imaginar cómo me pusieron sus gemidos. En esta ocasión, fui yo quien se situó a horcajadas sobre su regazo, cogí su miembro y me penetré con él.