No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 13
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Capítulo 13

Felipe

Me sentó como una patada en los cojones eso que había comentado Nerea. Entre otras cosas, porque se estaba creando una imagen de mí que en nada tenía que ver conmigo y que me iba a perjudicar en la relación que quería tener con ella.

—Tío, te has pasado con la chica —me dijo David, delante de sus amigas.

—¿Que me he pasado? Acaba de contar aquí, delante de todo el mundo, la manera en que me gusta practicar sexo, cuando lo cierto es que no es como ella lo ha explicado.

—Acaso… ¿no has ido con esa mujer a un club como ella ha insinuado? ¿No has practicado sexo en grupo como ha dado a entender? —Me preguntó Daniela, tratando de entenderme.

—Claro que sí, pero…

—Entonces, ¿cuál es el problema? Porque Nerea no ha dicho ninguna mentira.

—¿Te gustaría a ti que, Damián, por ejemplo, que no ha estado contigo, se haga una idea errónea en su cabeza sobre quién eres y cómo te gusta el sexo?

—Ya sé lo que te pasa, te gusta mi amiga y te ha repateado en los huevos que esa mujer vaya metiendo mierda —dijo Inés, como si fuera la verdad más verdadera.

¿Tan transparente era que se habían dado cuenta? ¿Qué hacía ahora? ¿Decía la verdad o seguía mintiendo? Mejor que decir nada a nadie que no fuera ella. Me levanté y fui a buscarla; no quería que hubiera malentendidos entre nosotros, que ya había bastante.

—¿Fumas? —le pregunté, asustándola, porque estaba sola y no me esperaba.

—Cuando me pongo de los nervios por algo, y antes de mandar a la mierda a nadie.

—Lo siento, he pagado contigo toda mi frustración, cuando no debía ser así.

—Es que yo no he tenido la culpa, te lo aseguro.

—Lo sé… Natalie es una mujer muy posesiva, a pesar de que le he dicho, por activa y por pasiva, que entre nosotros tan solo había sexo y, ¿sabes qué? Que, a partir de ahora, ni eso.

—No soy nadie para decirte con quién tienes que acostarte o no, pero sí te daré un consejo: procura que sea un poquito más discreta.

—¿Empezamos de nuevo?

—¿Otra vez? Chico, vamos a empezar más veces que si jugáramos a la Oca y cayéramos en la casilla de vuelta a la salida.

Me reí porque esta mujer tenía esa capacidad de hacerme reír como ninguna otra lo había hecho hasta ahora. No me pude resistir: la cogí de la mano y la pegué a mí, dándole un abrazo y un beso en la cabeza, lo que me sorprendió hasta a mí.

Llevaba un pantalón que le quedaba como un guante y le hacía un trasero espectacular, que, por otro lado, era el mismo que lucía cuando estaba en el gimnasio con esas mallas que tanto me gustaban.

Eso sí, estaba aterida de frío, pues sus manos estaban heladas, así que, de esa guisa, la fui llevando hasta entrar de nuevo en la hamburguesería. Todos nos miraban con una sonrisa, en especial mis amigos.

Me anoté mentalmente que llamaría a Natalie y le diría que me dejara en paz, que siguiera acostándose con quien le diera la gana, pero que no me volviera a llamar. Estaba pensando en eso cuando mi teléfono volvió a vibrar en mi bolsillo.

Lo saqué para ver quién era, por si se trataba de mi madre y tenía algo que contarme sobre mi hermano. Pero no, no se trataba de ella, sino de Natalie, que me había vuelto a enviar otro mensaje, demasiado explícito, y que Nerea vio sin que fuera su intención.

Natalie: ¿Vas a venir a follar al club o no? Adolfo dice que te vengas, que el otro día se lo pasó muy bien con nosotros.

Bloqueé el teléfono y lo guardé en el bolsillo, pero me di cuenta de que Nerea había vuelto a subir sus barreras, y de que me iba a costar media vida que las bajara de nuevo, que me mostrara a la Nerea de verdad, y lo comprobé con sus siguientes palabras.

—Puedes contestarle, no te cortes.

—No lo he hecho porque no quiero, no porque me sienta obligado a interpretar un papel que no me corresponda.

—Chicas, yo os agradezco mucho esta salida, de verdad que sí, pero en cuanto termine de cenar, me marcho a casa —les dijo a sus amigas.

—¿Por qué? —le pregunté.

—Porque no quiero que te sientas obligado a quedarte aquí, digamos que, para distraerme, y tampoco quiero, si te vas, quedarme como un candelabro con los chicos.

—Estás dando por hecho que quiero irme con Natalie, o que me quiero quedar aquí para que no te sientas sola, pero nada de eso es cierto.

—Sea como sea, me pienso marchar.

—Está bien, pero entonces, yo lo haré contigo.

—¿Perdona?

—Yo no tengo que perdonar nada. Hay dos opciones: o nos quedamos y disfrutamos juntos de lo que nos depare la noche, o, si no estás a gusto, nos vamos los dos solos y nos tomamos algo en algún lugar tranquilo.

Nerea me miró como si no entendiera lo que le decía; era una mezcla de sorpresa y resignación, pero lo sentía en ella: no se iba a librar de mí tan fácilmente. Si quería utilizar la ironía como mecanismo de defensa, yo aguantaría estoicamente todo lo que me echaran.

Lo que sí que hice fue sacar de nuevo el teléfono, abrí el mensaje y, poniéndolo delante de sus narices, le contesté, pero no como ella se esperaba.

Felipe: Ni voy a follar contigo en el club, ni en tu casa, ni solos, ni en compañía. No me gusta tu juego, así que por favor borra mi número y no me busques más.

Para que Nerea no pudiera evitar ver lo que estaba escribiendo, pasé su brazo por encima de su hombro, haciendo que su cabeza se quedara entre mi brazo y mi cabeza, que pegué a la suya, y tuvo que leer la respuesta por cojones.

—No tenías que hacer eso.

—Lo sé, y no lo he hecho porque tuviera que hacerlo, sino porque quiero y me apetece cortar por lo sano con esa mujer. No me ha gustado su actitud y, cuando eso ocurre, suelo hacerlo así.

Salimos de allí y, en vez de irnos a algún lugar de copas, decidimos ir a tomar algo a mi casa. Nerea como que se tensó, pero no la iba a dejar marcharse, se pusiera como se pusiera.

Pedimos un coche de siete plazas, para que pudiéramos irnos todos juntos y llegar a la vez. En cuanto que llegamos, y como estaba empezando a llover, encendí la chimenea y puse toda la bebida en el carrito que tenía para eso.

—Chico, qué nivel —me dijo Daniela, exagerando con la mano.

—Pues el mismo nivel que llevan estos dos.

Les enseñé la casa a las chicas, que se quedaron encantadas, y me acerqué a Nerea, que estaba mirando el jardín a través de las puertas francesas del salón, desde las cuales se accedía directamente a esa zona de la casa desde el interior.

No dije nada, simplemente me situé a su espalda y puse mis manos abrazando su cuerpo desde atrás. Así estuvimos un buen rato, hasta que, en un momento dado, Nerea se giró hacia mí, me miró a los ojos y me habló desde el corazón.

—¿Qué quieres de mí, Felipe?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Por un lado, me encantaría besarte, poder salir a cenar o al cine contigo, los dos a solas…

—Pero por otro…

—Pero, por otro lado, como tú has dicho, te cogería en brazos y te llevaría a mi cama y te haría el amor hasta quedarme sin fuerzas.

Nerea me miró sin poder creer lo que le estaba contando. Era como si pensara que esas palabras no hubieran salido de mi boca, sino de su imaginación. Continué hablando porque necesitaba entender qué me pasaba con ella, y eso nos valía tanto a ella como a mí.

—Me gustas mucho, Nerea. Y no, no eres el prototipo de mujer con la que suelo acostarme, ni me provocas las mismas cosas que me han podido provocar ellas, y eso me da miedo.

—¿Miedo? Creo que esa es la última palabra que yo utilizaría para definir lo que estás sintiendo. Bueno, lo que estamos sintiendo ambos, porque yo también estoy de lo más confundida.

—¿Y si dejamos que todo fluya como tenga que fluir? ¿Y si dejamos de pensar en lo que podría pasar y dejamos que la vida nos sorprenda?

—Es una buena idea, si no fuera porque, en mi caso, la vida no suele sorprenderme de manera positiva, sino que, más bien, hace todo lo contrario.

—Déjate llevar, Nerea, por favor. Danos la oportunidad de conocernos.