Capítulo 12
Nerea
Daniela y yo nos estábamos vistiendo y, lo cierto es que, aunque al principio, cuando me dijeron que habíamos quedado con esos chicos, la idea no me sedujo demasiado, hoy estaba un tanto expectante, la verdad.
Era como si algo en mi interior me estuviera diciendo que me iba a llevar una sorpresa agradable; por eso, puse especial interés en arreglarme hoy. Tampoco era que fuera a ponerme demasiado elegante, pero sí que quería sentirme sensual.
Por eso, elegí un pantalón vaquero de pitillo que me quedaba como un guante y resaltaba mi trasero de forma bastante notable. Lo combiné con un jersey de hilo, de escote en V y de media manga, y una chaqueta de piel azul marino, así como un taconazo que me hacía las piernas infinitas.
Mi pelo lo recogí en una coleta alta y me apliqué máscara de pestañas y un delineador azul que resaltaba el color de mis ojos, y mi labial rojo, que me hacía sentir sexy y poderosa.
—Ya estoy lista —le dije a Daniela, que me esperaba en el salón.
—Asquerosa, tú no pretenderás ligarte a ninguno de los chicos, ¿no? Porque si eso es lo que pretendes, te decides por David, que a mí me gusta mucho Damián.
—No me seas idiota, yo no quiero nada con ninguno de los dos.
—Entonces, es que tú pretendes darle hoy una alegría al cuerpo.
—Bueno, no me cerraré en banda, pero tampoco es mi intención. Lo que ocurre es que hoy me he levantado con ganas de gustar, de pasármelo bien, y no lo he dudado; he cogido la ropa con la que, a pesar de estar cómoda, puedo sentirme sexy.
—Pues lo has conseguido, y vaya que sí.
—Anda, vamos, que ya me ha llegado el mensaje de que el taxi está abajo, esperándonos.
Salimos de mi casa, cerré, guardé las llaves en mi bolso, y nos dirigimos a subirnos al taxi que nos llevaría hasta donde habíamos quedado con Inés, que nos advirtió de que llegaría como diez minutos tarde, pues había tenido que llevar a su madre a visitar a un familiar enfermo y se le había hecho un poquito tarde.
—No me has contado cómo te ha ido con tus padres. ¿Quieres hablar de ello?
—Pues la verdad es que me ha ido bien, aunque parezca mentira. Mi padre ha entrado convencido de que quiere curarse, y así se lo ha dicho a la psicóloga con la que ha hablado.
—Eso es bueno, de verdad que me alegro muchísimo, tanto por ellos como por ti, que llevas una carga que no te pertenece.
—Además de eso, mi madre ha encontrado trabajo. No es mucho, pero al menos le servirá para distraerse y poder aportar algo económicamente.
—¡Qué buena noticia! ¿Dónde va a trabajar?
—Pues con mi vecina Antonia, más concretamente cuidando a su madre, que vive arriba.
Es mayor y, mientras mi vecina trabaja, le da miedo dejarla sola porque ya se ha caído dos veces.
Le ha dicho que trabajará de ocho a tres y media para que a ella le dé tiempo de llegar del trabajo y le pagará seiscientos euros.
—Bueno, tan poco es un sueldo malo; con eso, al menos para los gastos de la casa, tendrá, aunque tú tengas que pagar la hipoteca para que se quede con algo de dinero para el mes.
—Eso mismo hemos hablado. Y, al final, no tengo que pagar toda la terapia de mi padre; la psicóloga lo ha pasado como caso de beneficencia debido a la situación económica de mis padres, y solo me costará cien euros al mes.
—Chica, tienes mucho por lo que celebrar esta noche.
—Lo sé, pero me ha salido todo tan bien que me da miedo que algo se tuerza.
—No pienses así. ¿No sabes que la negatividad atrae negatividad? Tienes que visualizar la mejoría de tu padre y que, en breve, seguro que vuelve a ser el hombre trabajador que era antes.
—Ojalá, amiga, ojalá…
Todo esto lo hablamos en la puerta de la hamburguesería, mientras esperábamos a que viniera Inés, que se bajaba ahora mismo del taxi que la había llevado hasta nosotras.
—Chicas, perdón por la tardanza, pero es que mi madre…
—¡Es mucha madre! —exclamamos Daniela y yo a la vez.
—Ni que lo digáis. Pero venga, vamos a entrar, que no vamos a encontrar mesa y me muero de hambre.
—Eso, en mi tierra, se llama llegar tarde y con bulla. ¿No crees? —dijo Daniela, negando con la cabeza.
Entramos en la hamburguesería, donde había más gente que en la guerra, y no había ni una sola mesa disponible. Estaba claro que el local se había puesto de moda, pues había gente de todo tipo y, entre ellas, estaba la persona que menos esperaba encontrarme allí, mucho menos esta noche.
—La madre que me parió…
—¿Qué ocurre? —me preguntó Daniela.
—Que ya tenemos mesa donde cenar —dijo Inés.
Cuando mi amiga señaló hacia el lugar en el que quería que miráramos, fue el momento en el que casi me caigo de culo. No me había fijado en quiénes acompañaban a Felipe en esa mesa: no eran ni más ni menos que los dos chicos que mis amigos habían conocido aquella noche.
—Yo prefiero esperar a que se quede una mesa libre o un huequito en la barra; me da lo mismo —le dije, esperando convencerla.
—Claro que sí, y nos comemos la hamburguesa para desayunar. ¿Tú te has fijado en cómo está esto? —me respondió Inés, que ya había empezado a andar hacia donde se encontraban ellos.
Daniela, que se dio cuenta de que me había quedado parada, sin saber si seguir los pasos de Inés o, por el contrario, salir corriendo en dirección completamente opuesta, me cogió del brazo.
—Nerea, ¿qué te ocurre?
—¿Te acuerdas del tipo del que te hablé, con el que me tropecé en la playa y que, luego, el puto destino me puso en el gimnasio?
—Sí, ¿está aquí?
—Sentado con Damián y David, más concretamente.
—No me jodas…
—No, no, en todo caso, me estoy jodiendo yo, pero no a ti.
—¿Qué tiene que ver con ellos? ¿De qué los conoce?
—Siento no poder ayudarte, pero la bola de cristal la tengo en el taller. ¿Eres tonta? Yo qué coño sé, no tengo ni puta idea, la verdad.
—Venga, deja la ironía en la puerta, que ya nos conocemos, y vamos a sentarnos, que los chicos ya han puesto tres sillas más en su mesa.
Daniela tenía toda la razón del mundo, porque yo era así, y creo que ya os habréis dado cuenta. Cuando algo no me cuadraba, cuando mis sentimientos se veían comprometidos o amenazados, me ponía la coraza de la ironía, que me ayudaba a sentirme más segura.
Tengo que reconocer que él tampoco sabía nada, pues su cara, cuando me vio, mostraba la misma sorpresa que la mía, pero con una diferencia entre los dos. Mientras que lo que yo sentí fue miedo, en su mirada se notaba una ilusión enorme, como si hubiera sido una grata sorpresa para él.
—¿Nerea? ¿Qué haces tú aquí? —me preguntó, nada más verme.
—Pues mira, chico, venía a alicatar la cocina, pero como esto está lleno de gente, he decidido sentarme a cenar. ¿Qué voy a hacer, alma de cántaro?
—Nerea… levanta el pie y afloja un poquito, por favor —me pidió Daniela.
—Es cierto, perdón a todos, pero en especial a ti, Felipe. Es que…
—Lo sé, cuando te pones nerviosa, sacas a tu ironía de paseo. No te preocupes, que no pasa absolutamente nada.
—Espera, espera, ¿os conocéis? ¿Me he perdido algo? Bueno, qué gilipollas, me lo he perdido, seguro.
—Felipe, ¿ella es… Nerea? ¿La misma Nerea que…? —le preguntó Damián.
—Sí, sí, ella es la Nerea de la que os he hablado —le contestó Felipe, como si no quisiera que siguieran hablando, no fueran a meter la pata.
Terminamos por sentarnos con ellos, que habían pedido hacía un minuto y, por eso, cuando el camarero nos vio, se acercó de inmediato, para que no hubiera mucha diferencia de tiempo entre la llegada de su comida y la nuestra.
—¿Qué os apetece, chicas? —nos preguntó el camarero.
—Yo quiero un refresco de cola cero y, de comer, una hamburguesa de pollo completa con patatas fritas —le dije.
—¿Con tomate y cebolla?
—Absolutamente, con todo lo que encuentres en la cocina; yo no soy delicada.
Mis amigas pidieron una hamburguesa simple con huevo, sin verdura y con ensalada en vez de patatas. Me di cuenta de que tanto Felipe como los otros dos chicos no apartaban la vista de mí, y no sabía el motivo, así que no me quedé callada.
—¿Por qué me miráis así?
—Es la primera vez que voy a cenar con una chica y que pide casi la misma cantidad de comida que yo —me dijo Felipe.
—Punto número uno: no has venido a cenar conmigo; nos hemos encontrado de manera casual. Aclarado eso, y como habrás podido comprobar, no soy de las que comen como un pajarito; eso no va conmigo.
—¿Sabes qué? Que me encanta. Estoy harto de mujeres que cuentan las calorías de cada plato, cuando en realidad, lo que tendrían que hacer es comer el doble de lo delgadas que están.
—Sí, sí, como tu amiguita Natalie, que es más tonta que darle un bocado al agua.
Cuando dije eso, los tres se me quedaron mirando, y fue Damián quien soltó una carcajada que resonó en todo el establecimiento y contagió a todos los demás. Daniela e Inés me miraban sin entender nada, hasta que las saqué de dudas.
—¿Os acordáis de la pija repelente que os dije que tenía en la clase de baile deportivo de los viernes a última hora? —Les pregunté, y ambas asintieron con la cabeza.
—No la conozco y ya me resulta insufrible, me cae peor que mal —dijo Daniela.
—Pues es la «amiguita» de este muchacho…
—No es mi «amiguita». Simplemente es… una amiga —me contestó él, al que parecía que le habían molestado mis palabras.
—Pues no es eso lo que dice ella, chico. A ver si al menos os ponéis de acuerdo.
—¿Cómo que eso es lo que dice ella? ¿Qué coño te ha dicho?
—En definitiva, que folláis juntos, que vais a no sé qué club y que a ti te gusta un tipo de sexo… digamos que peculiar, por decirlo de una manera menos evidente y que me entiendan todos.
Noté cómo Felipe se tensaba en ese momento, y su cara reflejaba un enfado descomunal que tampoco entendía, porque si ese era el sexo que practicaba, no tenía por qué ponerse así.
—En primer lugar, Natalie no sabe cómo me gusta el sexo, porque cuando me he acostado con ella, lo que he hecho ha sido desfogarme, sin sentimientos. Y, en segundo lugar, no me hace ni puta gracia que vayáis contando mis intimidades por ahí —me contestó, evidentemente molesto.
—Eh, eh, chaval, que yo no he contado intimidades de nadie, entre otras cosas, porque no me gusta hablar de lo que desconozco. Así que, no pluralices, porque no tienes razón.
—Eres tú la que acabas de decir lo que has dicho, no yo.
—Por supuesto, pero ha sido ella quien lo comentó conmigo, sin venir a cuento, porque yo estaba muy tranquila, mirando mi planilla del trabajo.
—Te lo repito: ahora no está ella y has sido tú…
—No me apetece discutir; será mejor que me vaya fuera y que me dé el aire, porque no quiero decir cosas que puedan herir a nadie.
Me levanté y me dirigí hacia la puerta. No fumaba, tan solo de vez en cuando, pero este era uno de los momentos en los que más me apetecía uno. Por eso, en cuanto vi que había una chica fumando, no dudé en pedirle uno, a ver si me tranquilizaba.