No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 11
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Capítulo 11

Felipe

Me jodió sobremanera que me llamaran por teléfono, justo en ese momento, cuando empezaba a tener un acercamiento más real con Nerea, pero era algo que no podía eludir.

—Espero que sea importante, porque como me hayas llamado por una tontería, te corto los huevos —le dije a Damián, que era el que me había llamado por teléfono.

—¿Estabas acercando posturas con Nerea y te he jodido el asunto?

—Sí, pero no en el sentido en que te lo estás imaginando. Pero bueno, dime, ¿para qué me has llamado?

—Tenemos un problema con el contrato de la empresa de Londres. Alguien tiene que salir hasta allí de manera inmediata, o las pérdidas serán enormes.

—Alguien, no. El que tiene que ir hasta Londres soy yo. Ve buscándome los billetes, y envíamelos por correo electrónico, que voy a casa a cambiarme y a preparar la maleta.

Cuando corté la llamada, todavía estaba bastante más jodido que antes; cogí una bocanada de aire y me dirigí hasta donde estaba Nerea. Me acerqué a ella para decirle que me tenía que marchar y, sin saber por qué, noté cómo estaba de nuevo a la defensiva.

—Lo siento, Nerea, pero tendremos que dejar el café para otro momento; tengo que salir de viaje ahora mismo y no sé si llegaré antes del viernes.

—No te preocupes, yo también tengo una emergencia; tengo que cubrir a una compañera y han adelantado la clase. Nos vemos la semana que viene.

Se dio media vuelta y se largó. Me quedé allí, parado en el pasillo, como si fuera tonto, mejor dicho, como si ella se hubiera pensado que yo era tonto, o que no me había dado cuenta de que no podía tener ninguna clase ni sustituir a nadie, porque se suponía que, durante este tiempo, tenía que estar entrenándome a mí.

Algo había pasado, pero, por desgracia, no tenía tiempo de descubrir qué había sucedido; aunque apostaba las dos manos a que Natalie había tenido algo que ver con eso y, como fuera cierto, me iba a oír a base de bien.

Salí lo más rápido que pude para mi casa, pues el vuelo hacia Londres salía en tres horas, y tenía que coger la maleta y llegar hasta el aeropuerto. Por suerte, mi abuelo me enseñó que debía tener una preparada para cualquier imprevisto que pudiera surgir.

La semana que pasé en Londres fue la más larga de mi vida y, por mucho que quise avanzar rápido para volver, no lo conseguí hasta el viernes por la tarde, bien entrada, además, agotado mental y físicamente.

No avisé a los chicos; ya los llamaría mañana por la mañana, cuando me encontrara mejor, más descansado y sin tantas cosas en la cabeza, porque en este momento lo que más me apetecía era darme una ducha, comer algo y meterme en la cama hasta el otro día.

Al final, había conseguido solucionar el problema que me había llevado hasta Londres, pero no sin ceder en parte de lo que me había pedido el cliente para sentarme a negociar.

Sin duda, habíamos llegado a un punto muy beneficioso para los dos, porque, si bien él se había ahorrado un buen puñado de miles de euros, yo había conseguido blindar el contrato por el doble del plazo que habíamos acordado en un principio.

Me hubiera gustado ir al gimnasio a ver a Nerea, a cobrarme ese café que me debía, pero, viendo la hora que era, no me iba a dar tiempo a llegar y, si llegaba antes de que hubiesen cerrado, ya no la encontraría allí, porque su última clase de baile deportivo de ese día terminaba a las ocho.

Esa noche había descansado. Desde luego, ahora entendía eso que se solía decir que, como en la cama de uno, no se dormía en ningún otro sitio. Estaba tan acostumbrado a mi colchón y a mi almohada que las de los hoteles eran una auténtica tortura.

Me desperté bien temprano, porque ya tenía la hora cogida y, como además, la noche anterior me acosté demasiado temprano, pues no tenía necesidad de permanecer más tiempo en la cama.

Lo primero que hice fue ponerme en contacto con mi madre, con la que no había hablado en toda la semana y que, de seguro, me decía que fuera a comer a su casa, pero lo cierto era que no me apetecía salir ahora, sobre todo porque había quedado con mis amigos esta noche para cenar y tomar una copa.

—Hola, mamá, ¿qué tal todo?

—Hola, cariño. Pues bueno, como todos los días, lidiando con tu hermano.

—¿Ha entrado en razón?

—Para nada, está completamente ciego, no hay manera de que entre en razón.

—¿Ni siquiera con lo que hablamos la última vez?

—Ni siquiera con eso. Insiste en casarse en gananciales porque, según sus propias palabras, lo que es suyo, también es de su esposa.

—Y sería lo lógico, pero siempre y cuando se tratara de una mujer normal, ya ni siquiera digo que sea de su mismo nivel económico.

—Me da miedo que lo pierda todo, y no solo estoy hablando de lo económico, que me preocupa más su estado psicológico.

—¿Y si le ofrecemos dinero a ella a cambio de que lo deje?

—Nosotros también lo habíamos pensado, no te creas, pero eso puede ser un arma de doble filo.

—¿A qué te refieres?

—A que, si lo acepta, bien; pero si no lo acepta, porque piensa que puede sacar más dinero aguantando unos años a tu hermano, si se lo dice a él, puede alejarlo de nosotros para siempre.

—En eso tienes razón. Déjame que le dé una vuelta a todo, a ver qué se me ocurre…

—Cambiando de tema. ¿Vienes a comer hoy? Hace más de una semana que no te veo.

—Mamá, llegué anoche de Londres. Me tuve que marchar el viernes por la mañana, pues se me complicó un contrato, y esta noche hemos quedado para salir los chicos y yo…

—Está bien, te dejo que descanses esta semana, pero, como el sábado no vengas, voy yo a buscarte y te traigo, aunque te tenga que llevar arrastrando por la parte de tu cuerpo que más te gusta.

Solté una carcajada porque sabía a qué se refería mi madre: no era otra cosa que llevarme arrastrando por los huevos, pero, como ella era muy fina, jamás saldría de su boca esa palabra.

Cuando me despedí de ella, corté la llamada e inicié una videollamada con mis amigos, para explicarles todo y que me dijeran dónde habían quedado para cenar esta noche. No me apetecía nada que fuera a uno de los restaurantes que siempre elegíamos, y decidí proponerles otro lugar.

—Hombre, si ya está aquí el londinense —me dijo Damián, que fue el primero en contestar.

—¿Qué tal ha ido todo? —preguntó David, en cuanto que se incorporó.

—Ha ido todo bien; hemos llegado a un acuerdo bastante beneficioso, pero no quiero hablar de trabajo. Ya os pondré al día el lunes, cuando nos reunamos en la oficina.

—Entonces, ¿para qué nos has llamado, cenutrio? —Me dijo David, negando con la cabeza.

—Para ver a qué hora nos vemos y dónde. Además, quiero proponeros algo, porque no me apetece nada ir a ninguno de los restaurantes de siempre.

—¿Qué propones? ¿Dónde quieres ir? —Me preguntó Damián.

—Han abierto una hamburguesería nueva en la zona de ocio, y en las reseñas de la página web hay muy buenos comentarios.

—La madre que te parió, Felipe. Estás diciendo que no quieres ir a restaurantes pijos, y eliges uno por las reseñas… —me ironizaba David.

—Una cosa es que me apetezca comida grasienta, y otra muy diferente es que me vaya a meter en cualquier cuchitril a cenar, chaval.

—Venga, pues no hay nada más que hablar. Pásanos la ubicación y nos vemos allí a las nueve. ¿Te parece?

—Me parece genial, porque ya sabéis que no me gusta cenar demasiado tarde.

—Sí, hijo, que el señorito no se preocupe, que antes de que se vaya a la cama habrá hecho ya la digestión…

Solté una carcajada porque no sé por qué me decían eso cuando ellos eran más señoritos que yo, pero, en fin, no le iba a debatir nada más. Corté la llamada después de despedirme de ellos, les envié la ubicación y me metí en la cocina para prepararme la comida.

No habían pasado ni dos minutos cuando me llegó un mensaje de Natalie, y os prometo que me sentó hasta mal.

¿A qué venía ponerse en contacto ahora, cuando nunca lo había hecho?

Si tenía mi número de teléfono era porque, en una ocasión, por temas laborales, que fue como la conocí, nos lo tuvimos que intercambiar.

Natalie: Hola, corazón. Te escribo por si te apetece que vayamos al club esta noche. Después de tanto tiempo inmersos en temas de trabajo, nos merecemos pasar un buen ratito.

Ni siquiera le contesté; lo dejé en visto, pues, en primer lugar, no iba a ir a ninguna parte con ella y, en segundo lugar, porque no quería que pensara que tenía una importancia en mi vida que no tenía.

La tarde la pasé en el sofá, tirado y viendo mi serie favorita, porque, aunque tenía un libro que me gustaba a medias en mi lector electrónico, no me apetecía leerlo ahora; lo dejaría para mañana.

Me metí tanto en la trama de la serie que, cuando me di cuenta, ya eran casi las ocho de la tarde y no me gustaba llegar tarde a ninguna parte. Por eso, apagué la televisión y me fui a ducharme.

Había elegido la ropa que me iba a poner antes de sentarme a ver la serie, por lo que solo tenía que ducharme y vestirme; no tardaría más de quince o veinte minutos y llegaría con tiempo suficiente.

En estas ocasiones, no me gustaba conducir, así que programaba un taxi para que me recogiera a las ocho y media y lo hacía por la aplicación, para obtener la confirmación de inmediato, por si acaso había algún problema con la recogida, como ya me había pasado antes.

Para esa noche me apetecía ir más informal, como más casual. Por eso, elegí un vaquero de firma que me quedaba muy bien y era muy cómodo, un jersey de hilo de manga larga, con cuello de pico y un adorno que simulaba llevar una camiseta debajo, y mi chaqueta de piel marrón.

Todo ello lo combiné con unas zapatillas deportivas, también de piel, de color marrón, de una firma que me encantaba tanto en ropa como en calzado, y de la que procedía el jersey que había elegido, de color beige clarito.

Me vestí, me peiné y me perfumé, y salí de casa sin ninguna expectativa, la verdad, a pesar de que mis amigos me habían dicho que las chicas llevarían a una amiga.

Pero, como en mi cabeza se había metido Nerea, cosa que no entendía, porque entre nosotros no había habido ni un simple gesto de acercamiento, como que, en realidad, me daba exactamente lo mismo.

Cuando salí de mi casa, ya estaba allí el taxi esperándome. Le di la dirección adonde quería que me llevara y me puse a mirar cómo la gente paseaba por las calles, cómo los grupos de amigos se reunían para salir de fiesta, como era lógico al ser sábado.

En el momento en que me bajé del taxi y llegué a la hamburguesería, vi a mis amigos doblar la esquina. Venían riendo; seguro que comentaban algo que les había sucedido hacía unos segundos, porque las risas eran bastante ruidosas.

—¿De qué coño os estáis riendo, mamarrachos? —les pregunté.

—Mi hermano, que ha dado un tropezón que, si hubiera ido solo, habría tenido que pedir la hamburguesa con puré —me dijo David, señalando a Damián.