No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 10
22%

Capítulo 10

Nerea

Cuando vi llegar a Felipe al gimnasio al día siguiente, no pude aguantarme la risa y solté una carcajada que me salió de lo más hondo de mi ser. Si lo hacía mover un solo músculo hoy, terminaría llamando a emergencias, porque le iba a dar algo.

Os pongo un poquito en contexto: venía con un pantalón de algodón, de esos caídos en la cadera, y una sudadera, bajo la cual se podía vislumbrar una camiseta. Andaba como si acabara de bajar del caballo, con las piernas arqueadas y caminando como si llevara chinitos dentro de las zapatillas.

—¿Se puede saber qué te hace tanta gracia? —me preguntó, pero en un tono divertido.

—Tú, que tienes agujetas hasta en el cielo de la boca.

—Te lo dije ayer, que hoy no podría hacer nada, pero bueno, aquí estoy. Si luego tienes que llamar al ciento doce y pedir una ambulancia para mí, no te quejes.

—Anda, vamos mejor a tomar un café y la hora del entrenamiento de esta semana la dejamos para más adelante, porque no creo que puedas hacer deporte, al menos no entrenamiento como el de ayer, hasta por lo menos el lunes.

—No, no, yo vengo todos los días; si no puedo hacer deporte, pues nos vamos a desayunar. He visto que ahí enfrente hay una cafetería que pone unas tostadas de categoría, y yo no he podido hoy ni agacharme a sacar el pan del congelador para poder comer algo.

Ese tono que estaba empleando conmigo me gustaba más que el estirado que había utilizado hasta el día anterior. Pero, como todo en mi vida, la felicidad no me duró ni un minuto, pues su teléfono empezó a sonar y era una llamada de trabajo.

—¿Ocurre algo, Damián?

—Me aparto un momento, que tengo que mirar algo en mi planilla —le susurré, y él asintió con la cabeza y siguió hablando por teléfono.

Estaba mirando qué era lo que tenía a continuación, cuando me dieron un golpecito en el hombro y, al girarme, pensando que era Felipe que ya había terminado, me encontré con quien menos me apetecía encontrarme, con Natalie.

—¿Hoy no entrenas, Nereita?

—Pues no, Felipe ha venido hoy con muchas agujetas.

—Eso es lo que no entiendo, cómo puede estar así, cuando está acostumbrado a moverse demasiado, tanto haciendo el deporte que practica contigo, como en el que hace conmigo, porque chica, no te puedes imaginar el portento que es en el sexo.

—Pues yo que me alegro por ti, fíjate. Ahora, si no te importa, tengo cosas que hacer, y Luca te está esperando en la sala.

—¿Vamos a estar solos?

—Ni lo sé, ni me importa.

—A mí sí que me importa, porque creo que hoy vamos a practicar un deporte más placentero, aunque no sé si lo voy a hacer en la sala o lo haré en los vestuarios…

Os prometo que se me revolvió el estómago. No podía con ella, de verdad que no. ¿A qué venía la cantidad de chorradas que había soltado sobre Felipe? Sé que entre nosotros no había, ni iba a haber nunca, nada, pero no tenía derecho a humillarme de esa manera.

Me quedé mirando fijamente mi planilla de trabajo, pero en realidad no veía nada. Podéis pensar que era idiota por ponerme celosa de un hombre con el que no tenía nada y, sin embargo, por uno con el que tenía una relación de follamigos ni siquiera me había molestado, y tenéis razón.

—Lo siento, Nerea, pero tendremos que dejar el café para otro momento; tengo que salir de viaje ahora mismo y no sé si llegaré antes del viernes.

—No te preocupes, yo también tengo una emergencia; tengo que cubrir a una compañera y han adelantado la clase. Nos vemos la semana que viene.

Estaba claro que no se lo había tragado, entre otras cosas, porque a esa hora yo tendría que estar entrenándolo a él y no podría dar ninguna clase ni sustituir a nadie, pero fue lo primero que se me ocurrió para zafarme y quitarme de en medio.

Era cierto que tenía que sustituir a mi compañera en la clase de spinning, pero no sería ahora, sino en la siguiente hora. Por eso, si Natalie me había puteado con sus comentarios, pues ahora me tocaba a mí putearla a ella, y me planté en la sala de entrenamiento.

Cuando me vio entrar, su cara era un poema, pues estaba a horcajadas encima de Luca, y pretendía tener sexo allí, con él, sin importarle que cualquiera pudiera entrar y pillarlos in fraganti.

Me puse mis auriculares, que tenía música descargada, y me dispuse a hacer ejercicio, pues era la única manera en la que me quitaba el mal humor y me relajaba. Pocos minutos después, los vi salir de la sala y Luca me lanzó una mirada, como pidiéndome permiso, pero ni caso le hice; seguí con lo mío.

Y así fue durante toda la semana, con la diferencia de que, como Felipe no iba a acudir al entrenamiento, no entraba a trabajar tan temprano, sino que tan solo lo hacía en el turno de tarde, y una clase por la mañana, en la que sustituí a Luca, que se había caído y se había partido un pie.

Quizás estéis pensando que era el Karma, pero no, era el destino, que era muy hijo de puta y ahora me tocaba a mí entrenar también a Natalie, que cambió la hora a las dos de la tarde, como si quisiera putearme más.

Mis amigas me habían avisado de que el sábado saldríamos, y que habían quedado con los chicos del otro día para tomar una copa después de cenar.

Lo primero que pensé fue en volver a mi casa cuando cenáramos, pero luego, decidí que no, que iría a bailar, pues no había nada que me apeteciera más, aunque lo hiciera sola, como la última vez, mientras que ellas charlaban en el reservado.

—Por fin es viernes, Dios mío de mi alma —me dijo Daniela, en cuanto que entré en mi casa.

—Tienes que bajar el ritmo, amiga, o te dará un yuyu.

—Lo sé, pero tengo que aprovechar unos meses más. Por cierto, he hablado con mi madre esta mañana.

—¿Y? ¿Todo bien?

—Mejor que eso. Al final, le ha dado un ultimátum a mi padre: o se cura de su adicción, o pone de su parte, o le pide el divorcio. Mañana van a una clínica de desintoxicación…

—Que te va a tocar pagar a ti, ¿me equivoco?

—No, no te equivocas, pero pienso ir con ellos, eso de darles el dinero, ni mijita.

—Eso espero, y a ver si se ponen las pilas de una puñetera vez, y te dejan vivir tu vida en paz.

Cenamos tranquilamente y llamamos a Inés por si quería unirse a nosotros, pero acababa de llegar de la academia; había tenido un día agotador, pues uno de los padres de los niños que tenía en su clase se había encarado con ella por haber castigado a su hijo.

—Es que no me lo puedo creer, porque, encima, me dice el tío que yo no soy nadie para castigarlo, que se lo hubiera dicho a él, que es quien tiene que tomar las decisiones sobre su hijo.

—Pero, vamos a ver, alma de cántaro. ¿Cómo lo has castigado, pegándole con la regla?

—Pues no, que tan bruta no soy. Simplemente le he dicho que saliera del aula, que ya hablaría con su padre, con la mala suerte de que el padre ha llegado antes de que terminara la clase y le ha contado lo que le ha dado la gana.

—Bueno, cariño, te dejamos descansar. Nos vemos mañana a las nueve para cenar en el restaurante de siempre, ¿no?

—¿Por qué no vamos a esa hamburguesería nueva que han abierto en la zona de ocio? Dicen que se come muy bien.

—Si queréis, por mí no hay problema —respondió Daniela, que se asomó por detrás de mí.

—Entonces, os paso la ubicación y nos vemos allí, que quiero ir a ver a mi madre y comeré en su casa, y así me vengo ya directamente de allí.

—Perfecto, porque Daniela también tiene que ir con su madre a un recado, y yo me voy a poner a lavar la ropa del gimnasio y a recoger un poquito la casa, y así me entretengo.

—Hija, pues ya te podías entretener haciendo sudokus, que te gusta un trapo y una fregona —me contestó Inés.

Daniela sí que sabía lo que me había ocurrido en la playa con Felipe, al igual que cuando me lo encontré en el gimnasio, pero a Inés no me había dado tiempo de contarle nada; se lo diría durante la cena de mañana, a ver qué le parecía a ella.

Mi compañera de piso me había dicho que, si me gustaba, fuera a por él, pero no me veía yo en ese plan, entre otras cosas, porque lo tendría que ver a diario en los entrenamientos.