Capítulo 9
Felipe
Estaba deseando que llegara el día siguiente para volver a ver a Nerea, pero os juro por Dios que me costaba mover hasta las pestañas. Yo creo que no había tenido más agujetas en mi puñetera vida, y eso que, cuando la vi, pensé que no sería para tanto el entrenamiento.
Me senté a comer, después de salir de la oficina, ya que, cuando terminé mi entrenamiento, tuve que volver al trabajo, pues debía firmar los contratos sobre los acuerdos a los que habíamos llegado en la reunión de esa misma mañana.
Os prometo que, una vez que me sentaba, me costaba la misma vida poder levantarme de donde fuera y, justo acababa de sentarme en el sofá, después de recoger la cocina, cuando llamaron al timbre de la verja de fuera.
—Me cago en todo, joder. ¿Quién coño es a estas horas?
Lo dije como si hubiera mirado el reloj y se tratara de las cinco o las seis de la mañana, cuando lo cierto era que las manecillas marcaban las cuatro y media de la tarde.
Para mí, supuso un verdadero suplicio llegar hasta la puerta de entrada, que era donde se encontraba el telefonillo con cámara para poder abrir, y, desde allí, comprobé que se trataban de Damián y David.
—¿Qué hacéis aquí? —les pregunté.
—¿Te cogemos en mal momento? —dijo David.
—¿Estás ocupado o acompañado? —añadió Damián.
—Ni lo uno ni lo otro, lo que estoy es derrotado; no veas la sesión de entrenamiento de hoy, para matarme, vamos.
—¿Cómo vas a estar así, si llevas toda la vida haciendo deporte? —me preguntó uno de los hermanos.
—No sabéis como es mi instructora, a la mierda la teniente Oneill —respondí.
Mis amigos soltaron una carcajada. Venían con una bandeja de pasteles de lo que más me gustaban, y, nada más que por eso, los dejé pasar, aunque no me pensaba mover del sofá. Si querían café, que fueran ellos quienes pusieran la cápsula en la cafetera.
—Venga, cuéntanos cómo está esa instructora, digo, cómo es, que me he equivocado de verbo —me dijo David, levantando las cejas repetidamente.
—Está tremenda, y es tremenda, las dos cosas.
—¿Mi amigo diciendo que una mujer que huele a sudor está tremenda? Me parece que a ti te ha sentado mal el entrenamiento —dijo Damián, completamente extrañado.
—No huele a sudor, ni mucho menos. Si la vierais haciendo la tabla de ejercicios que me ha preparado a mí, como si fuera lo más fácil del mundo, mientras que a mí me caían sudores hasta en los calzoncillos, no diríais eso.
—Pero… algo me dice que ya la conocías y que no te ha cogido de nuevas —dijo David, quien me conocía muy bien.
—Bueno…
Les expliqué lo que me había pasado el día anterior, mientras que hacía deporte en la playa, y ambos se partían de la risa.
Y eso que omití, a posta, que cuando cayó su cara quedó a menos de tres centímetros de mi zona viril, y tampoco les conté lo que me dijo de los huevos, porque entonces la iban a convertir en su ídolo.
Estuvimos un buen rato hablando de todo eso, incluida la actitud de Natalie en el gimnasio, como si entre nosotros hubiera algo serio, cuando ambos sabíamos que no era así.
—Esa mujer te va a traer un disgusto, te lo digo en serio. Sigue teniendo la esperanza de que la veas como una pareja y que la elijas como tu compañera de vida —me dijo Damián.
—Eso no va a suceder nunca. Jamás elegiría a nadie que hubiera compartido con otros hombres como la madre de mis hijos; eso lo tengo claro.
—Lo que dices es un poco injusto, ¿no crees?
—Tal vez, pero una cosa es elegir a una mujer para pasar un rato divertido con ella, sexualmente hablando y sin ocultarle nunca mis intenciones, como ha sucedido con Natalie, y otra muy distinta es elegir a una pareja.
—Ya sabemos que la mujer que elijas para ser tu mujer, mínimo, tiene que tener quince o dieciséis bolsos de firma, a juego con los zapatos —me inquirió David.
Lo que él no sabía era que Nerea no era de ese tipo de mujer que él estaba describiendo y, por muy raro que pareciera, era la única que me había llamado la atención en muchísimos años. Era inteligente, tenía carisma y carácter, y unos ojos y un cuerpo de escándalo.
Con ella no quería tener sexo; al menos, no quería tener solo sexo.
Me gustaría conocerla un poquito más a fondo como persona, aunque sabía que me iba a costar media vida que accediera a tener una cita conmigo, primero porque me consideraba un pijo estirado y, segundo, porque Natalie se había encargado de sembrar la duda sobre lo que éramos.
Les conté a mis amigos lo que había sucedido con mi hermano, porque no habíamos tenido la oportunidad de hablar antes de ello, y se quedaron con la boca abierta, pues no se esperaban que Nacho fuera un tipo tan inconsciente como para hacer eso.
—¿Tu hermano es gilipollas de nacimiento o se ha hecho gilipollas con los años? —Me preguntó David.
—Pues, yo creo que un poquito de cada. Nació medio gilipollas, y se ha ido perfeccionando con los años.
Al final, nos dieron las diez de la noche con la charla y, como no me podía ni mover, pidieron comida para cenar, en concreto tres sándwiches de pollo con patatas fritas que estaban de muerte.
Si os habéis pensado que yo era de los que pedían sushi para cenar o algo parecido, estáis muy equivocados, porque lo que más me gustaba en el mundo era un sándwich o una buena hamburguesa, pero no de las de comida rápida, sino de las de la hamburguesería de toda la vida.
—¿Mañana vas a ir al gimnasio de nuevo? —preguntó Damián.
—Sí, hemos llegado a un trato y el entrenamiento será más ligero.
—Pues, tal y como estás ahora, lo máximo que vas a poder entrenar van a ser los ojos, porque ni el cuello vas a poder ejercitar —me contestó David, riendo a carcajadas.
—Lo que no voy a hacer es ir a la oficina a primera hora; no hay reuniones ni nada importante, así que iré cuando salga del gimnasio.
—¿Quién eres tú y qué has hecho con mi amigo?
—Hermano, me da que, por mucho que Felipe diga que no, esta mujer le gusta bastante más de lo que está dispuesto a admitir —le dijo Damián a su hermano.
—No entiendo por qué dices eso, la verdad —respondí, un tanto indignado.
—En tu puñetera vida has faltado un día a la oficina, ni has entrado más tarde, como no fuera porque tenías una reunión con un cliente. Joder, si has ido hasta con fiebre…
—Bueno, pues todo cambia en la vida. Mi madre me dijo ayer que debía bajar el ritmo, y eso es lo que estoy haciendo.
—Claro, claro, y yo mañana voy a ir a misa de ocho porque mi abuela me ha dicho que, como siga pecando de esa manera, voy a terminar yendo al infierno —sentenció Damián.
Salieron de mi casa riendo y hablando entre ellos de lo mismo, pero antes de llegar al coche, se giraron para decirme que el sábado había salida de amigos, que querían que conociera a las chicas de la semana anterior y que les dirían si quería ir a tomar una copa.
No es que me hiciera especial ilusión estar allí de candelabro, pero bueno, tampoco les iba a decir que no iba. Lo mismo y tenían a una amiga con la que pasar un buen rato, y no en la cama, que no me refería a eso, sino de charla y conversación mientras que estos dos pelaban la pava.
Me fui a la cama tal y como me quedé solo en mi casa; no podía más con mi cuerpo. Eso sí, antes de hacerlo, me tomé un vaso de un complejo vitamínico que el chico de la farmacia me había dicho que era bastante bueno para el tema de las agujetas provocadas por el deporte.
La imagen de Nerea con esas mallas y ese top, que en ella resultaba aún más sexy que en cualquier otra mujer, no pude evitar que mi miembro se endureciera. Resoplé, pues en este estado no me podía dormir y, casi sin darme cuenta, llevé la mano hasta él y empecé a acariciarlo pensando en ella.
Alcancé el clímax con un gruñido, imaginando que era su boca la que rodeaba mi pene, y el simple hecho de imaginarla así me hizo llegar al clímax en pocos segundos. Me tuve que levantar para asearme, y volví a caer en redondo en la cama.