Capítulo 8
Nerea
No os vayáis a pensar que intenté putearlo con los ejercicios, porque, sin saber siquiera quién era mi cliente, sería un poquito complicado. La tabla de entrenamiento la había preparado el sábado por la tarde, cuando me levanté, porque no me gustaba improvisar en mi trabajo.
Por eso mismo, las palabras que había soltado la pija esa me habían sentado como si me hubiera dado una patada en los ovarios, pero con unas botas de esas con tacos, como las que se utilizan para jugar al fútbol.
Tampoco voy a negar que no me sentaba mal la manera en la que había interactuado con Felipe, como si tuvieran algo serio, pero sin dejar de coquetear e insinuarse a Luca.
Si lo estaba haciendo para hacerme ver quién era la que destacaba en la sala, no hacía falta; yo lo tenía clarísimo desde el primer momento.
Salí de allí con un cabreo de mil demonios, entre unas cosas y otras, me habían amargado la mañana. Menos mal que, por la tarde, tenía a mis marujas preferidas, que me hacían la jornada más fácil y más divertida, sobre todo hoy lunes, que me contaban las peripecias del fin de semana.
Entre Crisi y Nandi había un pique de lo más gracioso, porque, al parecer, los sábados, en el baile que la asociación organizaba para los mayores, había un señor que bailaba como los ángeles, y las dos estaban interesadas en él.
El hombre se dejaba querer, y unos sábados bailaba con una y, otros, bailaba con la otra, provocando los celos en la que no había sido la elegida esa semana, y que se tenía que conformar con bailar con otra persona o quedarse en la silla, criticando todo lo que veía.
Llegué a mi casa algo más tarde de lo que tenía previsto, pues, cuando estaba saliendo, me paró una compañera para pedirme si la podía sustituir al día siguiente en una clase de spinning, pues tenía que acudir al médico, y no dudé en decirle que sí.
Sería una paliza para mí, porque, precisamente los martes, era los días que tenía más cargados de trabajo, pero, las veces que yo la había necesitado, ella había estado ahí para mí.
Como no tenía tiempo ni ganas, la verdad, para ponerme a pelar patatas, antes de subir a mi casa, compré una bolsa de patatas congeladas, que echaría en la freidora mientras que calentaba las albóndigas.
Aun sabiendo que Daniela subiría el pan, cogí también una barra, pues con ella, nunca había suficiente pan.
Cuando mi amiga llegó, ya tenía la mesa puesta y acababa de sacar la comida en los platos. Traía una cara que indicaba claramente que se había vuelto a encontrar con alguno de sus padres, y no tardó en decírmelo.
—Otra vez ha ido a buscarme a la puerta del trabajo, y con una melopea de mucho cuidado.
—Joder, amiga. ¿Qué has hecho?
—Amenazarlo con que, la próxima vez que vaya a molestarme a mi trabajo, me importará un cojón de pato que sea mi padre, y llamaré a la policía.
—Eso es lo que tenías que haber hecho, llamarla y que se le quiten las tonterías de una puta vez.
—Esta vez ha tenido suerte, me he encontrado con David, uno de los chicos que conocimos el otro día, que, al verme forcejear con él, ha venido a socorrerme.
—Anda, vamos a comer, y ahora me cuentas. Ponte cómoda, si quieres.
—No puedo, tengo el tiempo justo para comer y largarme, me ha salido otro chico y tan solo puede dar las clases de apoyo a las cuatro.
—Daniela, no puedes seguir con ese ritmo. Mientras que tú te matas a trabajar, tanto tu madre como tu padre están tocándose sus partes nobles a dos manos.
—Lo sé, pero no pienso permitir que mi madre pase ninguna necesidad, aunque ya no esté allí, seguiré llenando su nevera y pagando los recibos.
Era inútil decirle nada, porque no entraba en razón; no se daba cuenta de que sus padres, lo único que estaban haciendo, era aprovecharse de ella.
Su madre se levantaba a las doce, desayunaba y hacía las cuatro cosas de la casa, mientras que su padre se pulía lo que cobraba del subsidio del paro en el bar de la esquina.
Tal y como dijo, terminó de comerse el postre y salió pitando, pues eran más de las tres y media y tenía que ir hasta la otra punta de la ciudad, y no quería llegar tarde. Aprovechaba todo lo que le salía, e iba a terminar enferma de cansancio.
Yo recogí la cocina y me senté a tomarme un café con tranquilidad, mientras que revisaba mi correo electrónico y miraba alguna que otra tabla de baile deportivo para posteriores clases.
No me gustaba copiar nada de nadie, pero esta semana estaba tan a tope que no me había dado tiempo de preparar ninguna propia.
A las cinco menos cuarto, me encaminé de nuevo hasta el gimnasio, encontrándome con mis marujas preferidas en la puerta, que ya venían listas para mover el esqueleto.
Venían cogidas de la mano, y eso sí que me extrañó muchísimo, porque, normalmente, un lunes, traían consigo el rencor del sábado anterior en el cuerpo.
—¿Y esto? ¿Agarraditas del brazo a estas alturas?
—¿Qué hora es? —me preguntó Nandi.
—Las cinco menos diez, ¿por qué? ¿Qué tiene que ver eso con lo que os he preguntado?
—Tenemos tiempo de tomar un café, que hasta las cinco y media no empieza la clase, y tenemos mucho que contarte.
—Uy, uy, uy, eso me indica que algo ha sucedido el sábado en el baile.
—Claro que sí, y por culpa de esta, que es una boca chancla —me contestó Crisi.
—¿Mi culpa?
—Claro, si no le hubieras dicho a Fefi que se viniera al baile con nosotros, no hubiera conocido a Gustavo y no la hubiera elegido a ella.
No podía con las dos; me caían las lágrimas de la risa de la manera en que tenían las dos de reprocharse las cosas. Tenían un arte que no era ni medio normal, porque, aunque venían las dos como si fueran las mejores amigas, los tiritos volaban en ambas direcciones.
—Venga, contadme qué os ha pasado con Gustavo este fin de semana —las piqué.
—Pues verás, el otro día, cuando salimos de la clase de baile deportivo, Fefi se puso a contarnos que ella los fines de semana se aburría en su casa, que ya había hecho trescientas bufandas, vamos, que nadie en su barrio iba a pasar frío en invierno… —empezó a contarme Crisi.
—Y yo, como me dio pena la mujer, pues le dije, hija, vete con tus amigas a bailar, como hacemos nosotras.
Me explicó que ya no tenía amigas, que las que no se habían ido a vivir con sus hijos se habían metido en una residencia.
Entonces, le dije que se viniera con nosotras, que vería lo bien que se lo iba a pasar —añadió Nandi.
—Claro, como debe de ser, no hay que discriminar a nadie.
—Pues, ella nos ha discriminado a las dos. Porque nada más llegar se enganchó al brazo de Gustavo y estuvo toda la noche bailando con él, y a la hora de irse, la acompañó a su casa en un taxi. ¿Tú crees que eso es normal?
—Por supuesto que es normal, ninguno de los dos tiene pareja, y han decidido darse compañía.
—¡Y una leche! Eso es como si viene a al restaurante en el que yo estoy comiendo, y le digo si quiere comer, y se come mi comida —respondió Nandi, completamente indignada.
Lo que yo me pude reír con esas dos mujeres en la media hora del café, no tenía precio. Desde luego, todo el cabreo que llevaba en el cuerpo de lo que había sucedido esa misma mañana se me había disipado de un plumazo.
—Anda, vamos dentro, que nos va a coger el toro.
—Está bien, pero no pienses que voy a ayudar a la Fefi cuando se equivoque de paso, porque la pienso dejar como si fuera un pato mareado, que ya se ha cachondeado bastante de nosotras —dijo Nandi.
—Vamos, amiga, que esa va a saber hoy lo que vale un peine —sentenció Crisi, cogiendo a su amiga de la mano.
—A esa, de pequeña, no le explicaron en qué consistía la amistad, pero lo va a pagar caro.
—Con razón las amistades se han ido marchando de su lado, como que seguro que se ha liado con alguno de los novios o maridos de ellas…
—Chicas, no seáis malas, por favor, que Fefi se ve una buena mujer. Además, en todo caso, la culpa la tendrá Gustavo, que no se ha decidido por ninguna de las dos, desde un principio.
—Pues también tienes razón. La pobre mujer se sentía sola y él ha jugado con las tres. Vamos a entrar y hablar con ella, que tenemos que advertirla.
Hala, ya le habían dado ellas la vuelta a la tortilla y la que empezó siendo la verdugo de esta historia, ahora resultaba que era la víctima.